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SANGRE CALIENTE. Capítulo 2

 

Arlét.

Lunes. 11 de la mañana.

Arlét saltaba y saltaba encima de su marido, su cuerpo voluptuoso chocando con una ferocidad animal que hacía crujir el colchón viejo de la habitación. El teléfono vibraba en la mesita de noche, un zumbido molesto e insistente que Arlét ignoró por completo, perdido en el rugido de su propia lujuria. Le había prometido a Lorena que iría a visitarla esa mañana, pero la llegada inesperada de Marcus el fin de semana había trastocado todos sus planes. Y ahora, esa misma mañana, él partiría de nuevo, su cargo de director regional obligándolo a supervisar plantas y oficinas por todo el país, saltando de una ciudad a otra para auditar imperios ajenos como un supervisor incansable. Arlét no quería pensar en eso; solo quería sentirlo, poseerlo, exprimirlo antes de que el vacío la devorara otra vez. —¡Aaahhh, papi! ¡Qué rica pinga! ¡Qué rico mi amor! ¡Qué rico me cachas! —aullaba Arlét, con la voz quebrada por la lujuria, su rostro contraído en una mueca de placer casi doloroso. Pero la intensidad era solo de ella. Bajo su cuerpo escultural, Marcus luchaba por no ahogarse. Se había abandonado a una indolencia absoluta, entregándose a una vida de excesos que ya no intentaba disimular. Era la viva imagen de la autocomplacencia corporativa: una barriga fofa y prominente, alimentada por banquetes interminables y alcohol caro. De pronto, un espasmo violento sacudió el cuerpo de Marcus. Su rostro se puso purpúreo y sus manos apretaron con desesperación las carnes de Arlét. —¡Ufff, Arlét, me corro... me corro! —soltó él en un gemido lastimero. Apenas cinco minutos de trote frenético y el motor de Marcus se había calado. Arlét sintió el último pulso dentro de ella y se quedó congelada, con el pecho subiendo y bajando, esperando un clímax que sabía que no llegaría. "Perdóname, mi amor… es que… te movías tan rápido… ufff… no pude contenerme", murmuró, su rostro enrrojecido y sudoroso, esos ojos castaños que una vez la habían enamorado ahora nublados por la culpa y el cansancio. Arlét arrugó el rostro y resopló de frustración, un sonido gutural que escapó de sus labios carnosos. Se desmontó con un movimiento brusco, sus muslos gruesos temblando por el esfuerzo no satisfecho, y miró el condón: apenas un hilillo blanco, insignificante, como si su marido hubiera intentado eyacular, pero su cuerpo traicionero se negara a obedecer. No sabía qué era peor: su casi impotencia sexual, o su propia búsqueda cada vez más desesperada del orgasmo. Ya ni recordaba cuándo fue la última vez que se corrió con la pinga de su marido. En los últimos meses, el placer era una tarea solitaria que terminaba ella misma, a oscuras, con sus propios dedos, mientras Marcus roncaba a su lado.

A pesar de todo, Arlét lo amaba con una ferocidad que le quemaba el pecho. Era su gran amor de la secundaria, el chico rudo que la había besado por primera vez detrás del gimnasio, el que la había dejado embarazada a los 17 y la había llevado al altar con una promesa de eternidad. Se casaron jóvenes, con el vientre de Arlét ya hinchado por Tania, su primogénita, una hembra de 22 años de ojos almendrados y curvas demoledoras. Años después llegó Karli, la menor, otro clon perfecto de Arlét: tetas firmes, caderas anchas y una sonrrisa que volvía locos a los hombres. Esas chicas eran su orgullo, sus cuerpos, un recordatorio de su sangre caliente. Pero en momentos como este, mientras Marcus se incorporaba en la cama con un gemido de esfuerzo, Arlét se preguntaba si el amor bastaba para apagar el fuego que le ardía entre las piernas.

Se levantó de la cama, su cuerpo desnudo emergiendo de las sábanas revueltas como una deidad de carne y pecado. A sus 39 años, era un monumento a la fertilidad y al deseo: sus tetas, grandes, pesadas y redondas, desafiaban la gravedad con una turgencia asombrosa, coronadas por pezones oscuros que se erizaban ante el aire fresco de la mañana. Cada paso que daba hacia el baño era un espectáculo de lujuria; su culo, una masa de carne canela y firme, oscilaba con un ritmo hipnótico, cada mejilla golpeando contra la otra con una elasticidad que invitaba a la perdición. Al entrar en la ducha, el agua caliente golpeó su piel, pero no logró apagar el fuego que Marcus había dejado encendido. Sin poder evitarlo, sus dedos buscaron su intimidad húmeda. Arlét se apoyó contra los azulejos fríos, gimiendo mientras se masturbaba con desesperación, imaginando la pinga de su marido cachándola contra la mampára hasta dejarla sin aliento. Cuando el orgasmo la sacudió, fue un latigazo eléctrico que la dejó temblando. Justo en ese instante, el golpe seco de Marcus en la puerta la hizo saltar. "Arlét, mi amor, ya me voy, te amo", murmuró desde el otro lado. El corazón de Arlét martilleó contra sus costillas. ¿La habría oído gemir?. La vergüenza la invadió, no por ella, sino por él; sabía que para un hombre debía ser humillante saber que su mujer tenía que terminarse el trabajo sola. Se secó a toda prisa y se colocó una de sus batas favoritas, una prenda de algodón suave que no era increíblemente sexy, pero se moldeaba a sus curvas como una segunda piel, acentuando el arco de sus senos pesados y el contorno de sus caderas anchas, dejando entrever la sombra de sus pezones y el vaivén de su trasero al moverse. Arlét corrió por el pasillo, los pies descalzos pisando el suelo frío, y le alcanzó justo en la puerta principal, donde Marcus ya tenía la mano en el picaporte. —Te quiero. Llámame cuando llegues —le pidió Arlét. Marcus sonrrió y le dio un beso rápido en la frente. —Ojalá algún día me manden a auditar una planta que esté cerca de la playa. Estoy cansado de conocer solo aeropuertos y oficinas con aire acondicionado defectuoso —dijo con tono exageradamente dramático.

Arlét cerró la puerta con un suspiro, el silencio de la casa envolviéndola como un manto pesado. Regresó a su habitación, donde el desorden de la cama aún olía a sudor y a la frustración compartida. Se despojó de la bata de algodón, que cayó al suelo como una piel mudada, dejando su cuerpo desnudo expuesto al aire. Ahora, con Marcus lejos, era hora de enfocarse en el día: la promesa a Lorena la esperaba, y no pensaba llegar desarreglada. Se dirigió al armario y sacó su vestido favorito, un ajustado modelo negro de manga corta que le llegaba hasta las rodillas. La tela de punto acanalada se adhería a su figura como un amante posesivo, moldeando cada curva con precisión pecaminosa. Una fila de botones dorados recorría la parte frontal, desde el cuello alto hasta el bajo, pero Arlét dejó varios desabrochados en la zona del pecho, creando un escote profundo que dejaba entrever el valle generoso de su delantera. Se lo puso con cuidado, sintiendo cómo la prenda recorría las montañas que tenía como curvas. Frente al espejo de cuerpo entero, Arlét se acomodó el vestido, ajustando los botones para que el escote quedara justo en el límite de lo provocativo. Su melena larga le caía por debajo de los hombros, un castaño medio con reflejos sutiles y puntas más claras en tonos miel y rubio ceniza, peinada con ondas suaves que le daban un volumen natural. Pasó los dedos por su tez morena clara, aplicando un maquillaje ligero que realzaba sus facciones: sus ojos claros, de un verde grisáceo hipnótico, perfilados con un trazo preciso y enmarcados por pestañas tupidas que aleteaban como alas de mariposa. Sus cejas, definidas y arqueadas, le daban un toque de intensidad felina, mientras que sus labios, de volumen natural y jugoso, brillaban con un toque de brillo rosado que los hacía parecer hinchados por besos recientes. Arlét giró ligeramente, admirando cómo su figura se destacaba en el espejo: el vestido negro marcaba su cintura, realzaba el volumen de su pecho y se ajustaba a la redondez de su cadera. Se pasó las manos por los costados una última vez, corrigiendo una pequeña arruga. Satisfecha, se dio la vuelta, recogió su bolso del mueble y caminó hacia la puerta

Lunes. 11 y media de la mañana.

Arlét estacionó su auto compacto frente a la residencia de su hermana, el sol de la tarde filtrándose a través de las palmeras proyectaba sombras danzantes sobre el asfalto caliente. El viaje había sido corto, pero suficiente para que su mente divagara entre la frustración matutina con Marcus y la promesa pendiente con su hermana. Bajó del vehículo con un contoneo natural que hacía que sus caderas anchas se balancearan como un péndulo hipnótico, sus tacones resonando con autoridad contra el pavimento mientras sus tetas se sacudían como si quisieran escaparse de su vestido ceñido. Tocó el timbre, y la puerta se abrió casi de inmediato, revelando a Lorena en toda su gloria escultural: un top holgado de algodón blanco que luchaba por contener su tetamén supremo, un par de globos gigantescos amenazando con desbordar el escote en cada respiración, mientras unos shorts de jeans deshilachados se clavaban como una segunda piel en la división de su colosal trasero, acentuando las nalgas firmes y redondas que se curvaban como dos hemisferios perfectos, un par de curvas para morirse que rivalizaban con las de Arlét en su propia voluptuosidad obscena. Su cabello platino caía en ondas salvajes sobre su piel canela reluciente, y sus ojos oscuros brillaban con esa mezcla de calidez y fuego latente que siempre la definía. — ¡Hermanita, pasa, pasa por favor! — exclamó Lorena, abrazándola con fuerza. Arlét sintió el abrazo cálido y cercano de su hermana. Los cuerpos se apretaron con naturalidad y notó la suavidad de la figura de Lorena contra la suya. Lorena sonrió con calidez, la soltó con suavidad y la invitó a pasar, cerrando la puerta detrás de ellas.

Entraron a la sala, un espacio acogedor con sofás mullidos y una mesa baja donde ya esperaba una botella de vino tinto y dos copas. Se sentaron una frente a la otra, y Lorena sirvió el primer trago, charlando de trivialidades hasta que el vino aflojó las lenguas y Arlét no pudo contenerse más. Había llegado el momento de soltar lo que bullía en su interior desde que Lorena le había contado por teléfono, en un arrebato de confidencia, lo de las "clases privadas" con Frank.

—Lorena, escúchame bien —dijo Arlét, su voz firme pero teñida de preocupación, dejando la copa en la mesa con un tintineo seco—. Lo de Frank se te está saliendo de las manos. ¡Dios mío, hermana! Si siguen así, puede ocurrir cualquier cosa. Ya han cruzado la línea, y ahora están a punto de traspasarla por completo. No puedo creer todo lo que me has contado… estoy impactada. Es tu hijo, Lorena. ¿Qué pasa si un día de estos… no sé, si las cosas escalan a más?. Lorena se recostó contra el respaldo del sofá, cruzando las piernas con fuerza. El movimiento hizo que su amplio trasero se hundiera más en los cojines y que el top blanco se tensara peligrosamente sobre su pecho. Un rubor intenso le subió por el cuello y las mejillas. Lorena bajó la mirada hacia su copa, girándola entre los dedos. Por un momento se quedó en silencio, como si le costara encontrar las palabras. —Sé que esto no está bien —admitió en voz baja—. Me siento culpable porque sé que debería haber parado hace mucho. Sin embargo —levantó la vista, con el tono volviéndose más defensivo—, todo esto empezó por ti. ¿Te acuerdas? Me dijiste que era lo mejor para que Frank ganara confianza con Selina, que un poco de guía maternal no le haría daño. Que era mejor que aprendiera de alguien que lo quiere de verdad antes que de alguna chica que después lo lastimara. Arlét abrió la boca para responder, pero Lorena continuó, con la voz un poco más baja y cargada de algo que parecía culpa. —Lo peor es que, ya no sé cómo pararlo. Al principio era yo la que mandaba. Era yo la que decidía hasta dónde llegábamos. Pero ahora… —hizo una pausa, mirando su copa sin beber—, ahora es él quien me busca. Me pide más. Me dice que necesita practicar, que todavía no se siente seguro. Y yo, yo termino cediendo. Me siento culpable, Arlét. Sé que esto ya no es solo por él. Pero cada vez que intento poner un límite, él me mira de esa forma, y yo termino convencida de que estoy haciendo lo correcto. ¿Ves? Es una locura.

Arlét sintió un calor traicionero subir por su rostro, sus mejillas tiñéndose de un rojo intenso que contrastaba con el brillo rosado en sus labios. Se removió en el sofá, el vestido negro adhiriéndose a sus caderas anchas, y un recuerdo vívido la asaltó como un relámpago. Hacía unos meses, Karli había llegado a casa hecha un mar de lágrimas. Yeison, su novio del instituto, un chico flaco y tímido obsesionado con animes y mangas, no había intentado ni un beso en todo un año de relación. Karli, con su cabello largo vibrante de color rosa y su bello rostro inocente, se había derrumbado en su regazo, sollozando. "¿Por qué no me besa mami?, ¿No soy lo suficientemente bonita?, ¿Es que no me quiere?, ¿O me está siendo infiel con alguna chica?". Arlét no podía creerlo. Su hija era un bombón andante, con curvas que no pasaban desapercibidas. En TikTok tenía más de 500 mil seguidores, casi todos los días Arlét tenía que reportar y borrar comentarios obscenos en su cuenta, donde hombres de todas las edades —desde adolescentes cachondos hasta maduros depravados— le escribían barbaridades. Era un infierno digital, pero también una prueba de lo irresistible que era su niña. Yeison tenía que ser un idiota para no saltarle encima.

—Lorena, lo que te sugerí sobre Frank fue una idea estúpida. Muy estúpida —dijo con voz tensa—. Nunca debí siquiera insinuar algo así. Fue una barbaridad. Y tú tampoco debiste haberme escuchado. Esto ya no es solo “ayudar” hermana. Se está volviendo algo peligroso. Lorena la miró fijamente, con una mezcla de sorpresa y defensa en la mirada. —Pero funcionó —replicó, enderezándose un poco—. Al menos eso fue lo que me contaste. Me dijiste que Karli y ese chico estaban mejor que nunca, que por fin se habían animado y que todo iba bien entre ellos. ¿O me mentiste?. Arlét suspiró profundamente, dejando que el aire escapara despacio de sus pulmones. Bajó la mirada hacia su copa un segundo antes de levantar los ojos y confesar. —Yeison y Karli terminaron hace un par de semanas. Lorena frunció el ceño, claramente sorprendida. —¿Por qué? ¿Ocurrió algo?. Arlét se detuvo un momento para tomar aire. Dudó. Sintió los ojos de Lorena clavados en ella, inquisitivos, casi exigentes. Por un instante la imagen de Yeison se le cruzó por la mente: su timidez, su torpeza, y luego cómo había cambiado después de aquellas “prácticas”. El recuerdo hizo que sus pezones se endurecieran traicioneramente contra la tela del vestido. —No… no lo sé —mintió, manteniendo la voz lo más neutra posible. Lorena inclinó ligeramente la cabeza, sin apartar la mirada. —Dime… ¿pasó algo entre ustedes dos?. — Yo... yo solo... —tartamudeó Arlét, su voz ronca, evitando la mirada penetrante de Lorena—. Yo solo le enseñé a besar, nada más. Fueron solo un par de veces, para que no siguiera sufriendo mi Karli. Y cuando las cosas empezaron a salirse de control, terminé el asunto de inmediato. Juro por Dios que no ocurrió nada más, Lorena. Solo besos, para que él supiera cómo hacerlo bien. Arlét sintió cómo la mirada de Lorena se clavaba en ella con una intensidad incómoda, como si estuviera escaneando cada micro expresión de su rostro. —¿De verdad me estás diciendo la verdad Arlét? —preguntó Lorena con tono bajo pero directo—. Porque juras que solo fueron besos, pero tu cara dice otra cosa.  Arlét se sintió abochornada hasta la médula. Un calor sofocante invadió su cuerpo entero, subiendo desde el pecho hasta las mejillas, que ardían como tomates maduros. Intentó abanicarse con la mano, pero el gesto solo hizo que el escote de su vestido negro se abriera un poco más, revelando la profunda hendidura entre sus pechos pesados y redondos. El rubor le bajó incluso por el cuello.

Justo cuando iba a responder, el celular de Lorena vibró sobre la mesa. El sonido cortó el aire tenso de la sala. Lorena levantó el teléfono, miró la pantalla un segundo, y, sin decir palabra, rechazó la llamada. Luego colocó el aparato boca abajo con un movimiento firme y deliberado. Su semblante se volvió serio, casi cerrado. Arlét parpadeó, agradecida por la interrupción momentánea, aunque sabía que no duraría. —¿Es ese hombre otra vez? —preguntó en voz baja, observándola con atención. Lorena no respondió. Simplemente tomó su copa de vino y bebió un largo sorbo, manteniendo la mirada fija en el líquido rojo. —Tomaré eso como un sí —dijo Arlét, inclinándose un poco hacia adelante—. ¿Vas a contarme algo sobre ese hombre?. —No —respondió Lorena con sequedad, dejando la copa sobre la mesa—. Ya te he dicho que es parte del pasado. —¿Entonces por qué sigue llamándote? —insistió Arlét, sin poder evitar el tono de preocupación—. ¿Por qué no simplemente bloqueas su número?. —No puedo —admitió Lorena, visiblemente incómoda—. Es complicado. No quiero hablar de ello.

Se produjo un silencio tenso entre las dos. El aire de la sala parecía haberse vuelto más denso. Arlét observaba a su hermana y sentía, con una punzada en el pecho, que Lorena no confiaba del todo en ella. Que todo lo que estaba pasando —las clases con Frank, los secretos, la distancia que se abría entre ellas— era en parte su culpa. Ella había sido la primera en sugerir algo tan peligroso. Y ahora su hermana cargaba con eso sola. Arlét respiró hondo, sintiendo que el corazón le latía con fuerza contra las costillas. Tomó valor, juntando las manos sobre su regazo para que no le temblaran. —Lorena… —empezó, la voz un poco ronca—. Yeison y yo estuvimos a punto de tener sexo. Si hay alguien a quien pueda contarle esto es a ti. Te quiero, hermana. Sé que puedo confiar en ti y que no me vas a juzgar, o al menos espero que no. Me siento tan avergonzada que apenas puedo mirarte a los ojos, pero necesito sacarlo. No soporto seguir cargando esto sola. Lorena se quedó completamente quieta, la copa a medio camino de la boca. Sus ojos se abrieron de par en par. —¿Qué? ¿De verdad? —preguntó, anonadada—. ¿Cómo pasó?.

Lunes. 12 del mediodía.

Arlét sintió que el peso de la pregunta de su hermana flotaba entre ellas como una nube espesa. El aire de la sala parecía más denso, cargado de expectativas que ella misma había provocado con su confesión a medias. Se removió en el sofá, el vestido negro ajustándose a sus curvas pronunciadas mientras intentaba ganar tiempo. Con movimientos nerviosos, Arlét se inclinó hacia la mesa y tomó la botella de vino. Quería servirse otra copa para calmar los nervios que le recorrían el cuerpo. Giró la botella con cuidado, pero apenas cayeron algunas gotas en el fondo de su copa. El líquido rojo apenas alcanzó a formar un pequeño charco insignificante. Arlét soltó un suspiro suave y levantó la mirada hacia Lorena. —Voy a necesitar otra botella si quieres que te cuente algo más —dijo esbozando una sonrrisa forzada, aunque sus mejillas seguían teñidas de un rojo intenso. Lorena se levantó del sofá con naturalidad, el short le ceñía las caderas anchas y dejaba ver la suavidad de su piel. —Claro —respondió Lorena con una sonrisa comprensiva—. Ahora voy por otra. En cuanto Lorena desapareció por el pasillo, Arlét se quedó completamente sola. El silencio la envolvió de golpe. Se preguntó si realmente tendría el valor suficiente para contarle a su hermana todos los detalles de lo que había ocurrido con el exnovio de Karli.  Sin poder resistirse, Arlét tomó su móvil del bolso. La pantalla se iluminó con una notificación nueva. El nombre que apareció le provocó un vuelco en el estómago, Yeison. Le había advertido claramente que no volviera a escribirle. Con dedos que le temblaban un poco, abrió el chat. La imagen que apareció en la pantalla la dejó impactada. Era una foto de su verga. Una pinga dura, bien parada, gruesa y venosa, con la cabeza brillante y un hilo de presemen que le resbalaba por el tronco. La foto estaba tomada desde abajo, como si Yeison estuviera mostrándosela directamente. El recuerdo de cómo se había sentido esa verga contra sus manos meses atrás le hizo cruzar las piernas con fuerza.

Arlét escuchó los pasos de Lorena regresando y escondió el teléfono con torpeza bajo el cojín del sofá. El corazón le latía con violencia contra el pecho. No sabía cómo reaccionar ante semejante atrevimiento. Parte de ella quería levantarse, marcharse y gritarle a ese chico malcriado por atreverse a enviarle algo así. Pero otra parte temía que su hermana interpretara mal su salida repentina, así que prefirió quedarse quieta. Lorena entró en ese momento con una botella nueva y la dejó sobre la mesa. Apenas se había sentado cuando el celular de ella volvió a vibrar. Esta vez Lorena sí contestó.

—Ya te he dicho que no vuelvas a llamarme —reclamó Lorena con voz firme al auricular. Al otro lado se escuchó una voz gruesa, masculina y claramente desesperada. Arlét no alcanzó a distinguir las palabras, pero el tono era intenso, casi suplicante. Lorena mantuvo el teléfono pegado a la oreja, escuchando en silencio durante más de dos minutos sin interrumpir. —No —dijo Lorena de pronto, con voz firme pero baja. La respuesta fue breve, apenas un monosílabo. Luego volvió al silencio, aunque su cuerpo empezaba a traicionar la calma que intentaba mantener. Arlét la observaba desde el sofá, notando cómo Lorena cruzaba lentamente las piernas, apretando los muslos con fuerza contra los shorts que le marcaban cada curva. Sus dedos, que antes sujetaban el teléfono con rigidez, ahora se deslizaron hasta su cabello platino en ondas y comenzaron a jugar distraídamente con un mechón, enrollándolo y desenrollándolo una y otra vez. —Ya te dije que no —murmuró Lorena al auricular, otro monosílabo seco que contrastaba con la forma en que su respiración empezaba a entrecortarse. Un leve brillo apareció en sus ojos. Sus hombros, que al principio estaban tensos, se relajaron poco a poco. La mandíbula se aflojó. Una gota de sudor perlada se formó en la base de su cuello y descendió lentamente por el abismo que formaba su top blanco, desapareciendo entre el profundo escote que marcaba sus tetas grandes y pesadas. Lorena jugueteó otra vez con el cabello, esta vez llevándoselo detrás de la oreja mientras escuchaba con más atención. Sus labios se entreabrieron ligeramente y sus piernas volvieron a cruzarse, esta vez en sentido contrario, como si buscara alivio de algo que la incomodaba y excitaba al mismo tiempo. —…No —repitió Lorena en voz aún más baja, casi un susurro. El cambio en ella era cada vez más visible. El rubor subió por sus mejillas, su pecho se elevó con respiraciones más profundas y el brillo en sus ojos se intensificó. Siguió escuchando en silencio durante casi otro minuto, jugueteando con el borde de su short jeans, hasta que finalmente habló de nuevo. —Adiós —dijo Lorena con voz suave, casi temblorosa.

—Perdóname —dijo Lorena, dejando el teléfono boca abajo—. Si no le contestaba iba a seguir molestando todo el rato. Me tiene harta. Sus palabras sonaban secas, como si quisiera transmitir indiferencia. Sin embargo, su rostro contaba otra historia: un leve rubor en las mejillas, una respiración más agitada y en sus ojos brillaba algo que Arlét no supo identificar con claridad. Lorena tomó un sorbo largo de vino, se recostó contra el respaldo del sofá y volvió la mirada hacia su hermana con renovada atención.

—Y bien, ¿vas a contarme lo que pasó con ese chico?

Arlét carraspeó suavemente antes de empezar a hablar. El sonido le salió más seco de lo que esperaba. Lorena la observaba con atención, recostada en el sofá más animada de lo que estaba hace unos minutos. Entonces tomó aire y comenzó.

El chico en cuestión era su vecino. Vivía a dos casas de distancia. Era rubio, parecido a Frank en el color del cabello, pero mucho menos atlético. Delgado, casi flaco, y usaba anteojos que le daban el aspecto un nerd de película de los ochentas. La primera vez que le preguntó por su relación con Karli, Yeison le confesó algo que la sorprendió. Nunca había besado a una chica. Tenía un miedo genuino de hacerlo mal y arruinarlo todo. Además, Karli ahora solo parecía prestarle atención al contenido que ella subía a sus redes sociales. El chico sentía que su novia ya no tenía tiempo real para él. Arlét le recriminó en ese momento que era muy torpe de su parte pensar así. Le dijo que si seguía por ese camino su relación se rompería en cualquier momento. Que si quería avanzar con su hija tenía que aprender a besar de verdad. El chico se quedó sorprendido con esa última frase. —¿Aprender? ¿Pero cómo? —preguntó Yeison con los ojos muy abiertos detrás de los anteojos. Yeison le explicó que por más videos de TikTok que había visto de parejas besándose, no creía poder hacer todo lo que aparecía en la pantalla. Se sentía perdido.

Arlét, ya completamente desesperada y molesta por la torpeza del chico, decidió tomar el control de la situación. Le dijo que era ella quien le iba a enseñar. Esa frase dejó a Yeison con la boca abierta. No podía creer lo que estaba escuchando. Se quedó paralizado en la silla de la cocina, mirando a Arlét sin saber qué responder. El chico finalmente preguntó si hablaba en serio. Arlét no le dio más explicaciones. Simplemente se inclinó hacia adelante y le regaló su primer beso. Arlét explicó todo esto forzando una sonrrisa. Le confesó a Lorena que había sido el peor beso que había tenido en su vida. En parte, reconoció, que tenía razón: al menos le había ahorrado un trauma a Karli. El chico lo hizo fatal. El pobre Yeison se quedó tan impresionado después de ese primer beso, que cuando Arlét le dijo que debía volver al día siguiente a la misma hora, pensó que se trataba de una broma. Tuvo que conseguir su número y llamarlo personalmente para que se convenciera de que las clases eran reales.

Y así empezó todo, le dice Arlét a su hermana. Más que nada, antes de pasar a los besos, ella le explicaba las cosas que Karli quería escuchar de él. Le enseñaba cómo ser cariñoso y detallista con su pareja. Después, solo si prestaba la suficiente atención, Arlét pasaba a los besos. Siempre uno, y como máximo dos por sesión. Nada más.

Arlét se detuvo un momento, dejando que el silencio cargado de la sala se hiciera más denso mientras observaba a su hermana. Lorena ya no disimulaba su interés, y Arlét sintió que cada palabra que pronunciaba la arrastraba más profundo en el recuerdo de aquellas tardes. Con el pasar de las semanas las prácticas dieron sus frutos, pero no de la forma inocente que ella había imaginado al principio. Los besos empezaron a mejorar de manera notable. Lo que al comienzo había sido un choque torpe de labios se transformó poco a poco en algo más fluido, más húmedo y deliberado. Yeison aprendía rápido, y cada sesión parecía afilar su confianza. Arlét notaba cómo los ojos del chico, detrás de aquellos anteojos, ya no se quedaban solo en su rostro. Cada vez que se inclinaba para corregirle la postura o para darle un beso de ejemplo, la mirada de Yeison bajaba inevitablemente hacia sus senos. Parecía hipnotizado por la forma en que se movían con cada respiración, por la profunda hendidura que se formaba entre ellas cuando ella se inclinaba hacia adelante. Los besos fueron volviéndose más intensos con el tiempo. Ya no eran simples roces. Ahora incluían lenguas que se buscaban con más audacia, respiraciones entrecortadas y manos que empezaban a explorar. Arlét recordaba cómo Yeison se atrevía a deslizar las palmas por su cintura hasta llegar a la curva pronunciada de sus caderas, apretando apenas el borde de su culo firme, como si temiera y deseara al mismo tiempo tocarlo por completo. Le dijo a Lorena que en esos momentos se sentía dividida. Por un lado, sabía que debía detenerlo, pero por otro, el hecho de que un chico tan joven se fijara con tanta hambre en su cuerpo, la encendía de una forma que llevaba años sin sentir. Los pezones de Arlét se hinchaban contra el sostén cada vez que Yeison la miraba de esa manera, y el calor entre sus piernas crecía sin permiso. Una tarde, después de un beso particularmente largo y profundo en el que la lengua de Yeison exploró su boca con una confianza que ya no tenía nada de principiante, él se atrevió a bajar las manos hasta su culo y lo apretó con suavidad mientras la atraía contra su cuerpo. Arlét sintió claramente su erección presionando contra su vientre y tuvo que morderse el labio para no gemir.

Lorena, que ya no se limitaba a escuchar, cruzó las piernas con fuerza y se abanicó la cara con la mano. Arlét la imitó sin darse cuenta, apretando los muslos y sintiendo cómo su sexo se humedecía bajo la ropa. El relato la estaba afectando tanto como a su hermana.

Arlét continuó con la mirada perdida en el pasado. Lo que siguió, te imaginarás, ya no tenía nada de didáctico. Cada tarde se convertía en un juego de besos robados que duraban minutos enteros, caricias que empezaban en la cintura y terminaban recorriendo las curvas más prohibidas de mi cuerpo, y piropos susurrados al oído sobre lo “buena” que estaba, sobre lo mucho que le gustaban mis tetas, sobre mi culo que él apenas se atrevía a tocar pero que miraba con devoción cada vez que me daba la vuelta.

Arlét se detuvo un instante para tomar aire y siguió. “A partir de la tercera semana empecé a vestirme de forma deliberadamente provocadora para las lecciones. Una tarde me puse un vestido de tirantes finos y escote muy pronunciado que se ajustaba como una segunda piel a mis curvas; cada vez que me movía, el tejido se tensaba sobre mis tetas y dejaba que el escote se abriera más, exponiendo el borde de mis pezones cuando me inclinaba. Yeison no podía evitar que sus ojos se clavaran allí, siguiéndome el balanceo mientras yo le explicaba cómo sostener un beso más largo”.

Arlét continuó con la voz más ronca, notando cómo Lorena se removía en su asiento. “En esa misma sesión los besos se volvieron más intensos y húmedos. Él me apretaba contra la pared del pasillo, su lengua entrando y saliendo de mi boca con movimientos lentos y profundos, casi como si ya supiera cómo hacerme jadear. Sus manos subían por mis costados hasta que me sujetaba las tetas por encima del vestido, apretando con fuerza y rozando los pezones con los pulgares. Cada vez que lo hacía, yo sentía cómo mi sexo se humedecía y mis caderas se empujaban solas contra él”.

“La semana siguiente elegí otra ropa distinta”, prosiguió Arlét, cruzando las piernas sin darse cuenta. “Me puse una blusa semitransparente de manga larga que apenas disimulaba el sostén negro que llevaba debajo, combinada con unos leggins ajustados que marcaban cada curva de mi culo y se metían entre mis nalgas. Yeison me recibió con la mirada baja, pero en cuanto cerré la puerta sus manos fueron directo a mi trasero, amasándolo con ambas palmas mientras me besaba con más urgencia, mordiéndome el labio inferior y succionando mi lengua hasta dejarla brillante de saliva”.

Arlét se inclinó un poco hacia adelante, como reviviendo el momento. “En esa tarde los manoseos subieron de nivel. Mientras me besaba con esa mezcla de torpeza y deseo que ya se volvía adictiva, él deslizó una mano por delante y me apretó la concha por encima del leggins, frotando con los dedos hasta que yo empecé a gemir contra su boca. Mis tetas se frotaban contra su pecho y él no apartaba la vista ni un segundo de cómo se marcaban los pezones duros contra la tela fina”. “Otra tarde opté por un top de tirantes que dejaba mis hombros y la mayor parte de mi escote al descubierto, junto con unos shorts cortos de algodón que apenas cubrían la parte baja de mis nalgas”, contó Arlét con una sonrrisa torcida. “Yeison me miró de arriba abajo apenas entré, y, en cuanto estuvimos solos, me levantó casi en peso para besarme. Sus manos se metieron por debajo del top y me agarraron las tetas directamente, pellizcando los pezones con los dedos mientras su lengua exploraba cada rincón de mi boca. Yo le respondía con besos más largos, girando la cabeza para que pudiera profundizar más, y sentir su verga dura presionando contra mi vientre”.

Arlét bajó la voz aún más, casi un susurro. “En esa ocasión los besos se volvieron salvajes. Él me mordía el cuello entre beso y beso, y sus manos bajaban hasta meterse dentro de mis shorts para apretar mis nalgas desnudas, separándolas un poco mientras me empujaba contra la puerta. Yo gemía en voz baja, odiándome por lo mojada que me ponía sentir que un chico tan joven adorara mis curvas de esa manera tan descarada”.

“Otro día me decidí por algo aún más revelador”, siguió Arlét, abanicándose con la mano. “Elegí una playera sin mangas muy corta que dejaba ver mi ombligo y se ajustaba tanto que marcaba el contorno de mis senos, junto con unos pantalones de yoga que se pegaban a mi culo como si fueran pintados. Yeison apenas pudo hablar cuando me vio. En cuanto empezamos, sus manos fueron directo a mi culo, metiéndose dentro de los pantalones para amasarlo con fuerza mientras me besaba con la lengua entrando y saliendo, lamiéndome el interior de la boca y haciendo que saliváramos los dos”. Arlét se detuvo un segundo, mirando a su hermana. “Esa tarde los manoseos fueron más atrevidos todavía. Me subió el top hasta dejar mis tetas al aire y las chupó por encima del sostén mientras me apretaba el culo con las dos manos, frotando su verga contra mi cadera. Los besos ya no eran solo de boca; me besaba el cuello, los pechos, y volvía a mi boca con un hambre que me dejaba temblando”. “Al final de esa misma semana”, confesó Arlét, “ya ni siquiera fingíamos que eran lecciones. Cuando cerraba la puerta él se lanzaba contra mí, me besaba con esa lengua experta que yo misma le había enseñado y me manoseaba sin control: apretaba mis tetas, me bajaba los pantalones un poco para tocar mi culo desnudo y me decía obscenidades al oído sobre lo puta que me veía con esa ropa tan provocadora. El día que llevé mi mano hasta su pinga fue mi perdición. Estaba tan dura, tan caliente bajo el pantalón, que no pude resistirme. La acaricié por encima de la tela mientras él me besaba con más fuerza, gimiendo contra mi boca”.

Lorena la miró con los ojos muy abiertos y preguntó con la voz temblorosa. “¡Dios! ¿Qué hiciste?”.

Arlét esquivó la mirada de su hermana un segundo antes de confesarlo en voz baja. “Se la chupé. Se la chupé hasta dejarlo seco. Me arrodillé frente a él, saqué esa verga joven y dura y me la metí en la boca sin pensarlo dos veces. La chupé con ganas, lamiendo y succionando hasta que Yeison se corrió entre mis labios, temblando y agarrándome del cabello mientras yo tragaba cada gota”.

Lorena tomó la botella de vino, le sirvió una copa primero a Arlét y luego a ella. Entonces dijo. “Pero, después de eso, seguiste, ¿verdad?”. Arlét tragó saliva y afirmó con la cabeza. “Dime, ¿qué pasó después? ¿Qué hizo para que dejaras de verlo?”.

Arlét levantó la copa, pero luego la dejó. “Es muy temprano para que estemos bebiendo”, le dijo. “Mejor comamos algo”. “Ya ordené pasta”, le dijo Lorena. “Llegará en unos minutos. ¿Quieres dejarlo para otro día?”. Arlét lo pensó, y luego respondió. “No, es mejor ahora. No creo poder atreverme otro día”. Respiró hondo. “Pues bien, a partir de ese día empezamos a incluir en el menú el sexo oral”, continuó Arlét con la historia.

La tarde siguiente, me recosté en el sofá del living mientras Yeison se arrodillaba entre mis piernas abiertas. Con manos temblorosas él me bajó las bragas despacio, dejando al descubierto mi concha ya hinchada y brillante de humedad. Hundió la cara entre mis muslos y empezó a lamerme con lengua ávida, lamiendo desde el clítoris hinchado hasta el interior palpitante, succionando mis labios carnosos y penetrándome con la lengua mientras yo le agarraba la cabeza y gemía su nombre. El placer subió rápido, oleadas intensas que me hicieron arquear la espalda y gritar cuando el orgasmo me sacudió, mojando la cara del chico con corrida. Como premio, me arrodillé frente a él, saqué su verga dura y palpitante y me la metí hasta el fondo de la garganta, chupando con fuerza y lamiendo el glande sensible. Yeison no aguantó mucho y se corrió con fuerza, disparando chorros calientes y espesos sobre mis tetas pesadas, cubriéndolas de semen blanco que extendí con los dedos mientras sonrreía satisfecha.

La tarde siguiente lo dejé subir a mi habitación matrimonial. nos desnudamos con urgencia y él me acostó sobre las sábanas que compartía con Marcus, abriéndome las piernas para devorarme la concha con besos húmedos y lamidas profundas que me hicieron retorcer de placer. Después de hacerme correrme otra vez con la boca, Yeison se colocó detrás de mí, presionó su verga entre mis nalgas y empezó a masturbarse, frotando toda su longitud caliente contra mi piel, apretando mis nalgas con ambas manos para crear un canal apretado; el ritmo se volvió frenético hasta que eyaculó con fuerza, cubriéndome con chorros pegajosos que resbalaron por mi culo.

La tarde siguiente me presenté con lencería erótica negra: un conjunto de encaje transparente que apenas cubría mis tetas pesadas y dejaba ver los pezones duros, combinado con una tanga diminuta que desaparecía entre mis nalgas. Desfilé lentamente frente a él, girando para mostrarle cada curva, hasta que Yeison no pudo más y me atrajo a la cama. Nos colocamos en 69. yo chupé su verga con avidez mientras él me lamía la concha con la misma hambre, lamiendo y succionando hasta que ambos alcanzamos el clímax al unísono, yo corriéndome con un chorro repentino que salpicó la cara y el pecho de Yeison mientras yo llenaba mi boca con su semen caliente.

Arlét interrumpió la narración para observar a su hermana: tenía los muslos muy juntos, apretados con fuerza, y sus pezones duros eran demasiado evidentes bajo la tela fina de su top. “Ay Arlét, no me dejes así, sigue”, dijo Lorena, suplicante. Arlét la miró a los ojos, y sin pestañear, esta vez con confianza, le dijo. “Estuvimos a punto de coger. Y lo hubiera hecho si no fuera por Karli. Fue una locura, Lorena. ¿Entiendes? Todo esto fue una locura. El mayor error que he cometido en mi vida”. “Pero, ¿acaso los vió? ¿Qué pasó?, dime”.

“Estaba completamente desnuda sobre la cama que comparto con Marcus, con las piernas abiertas como alas de mariposa. Yeison se arrodilló entre ellas y empezó a frotar su verga gruesa y caliente directamente sobre mi clítoris hinchado, moviéndola despacio de arriba abajo, presionando justo donde más me gustaba. Cada vez que pasaba el glande por encima, sentía cómo mi concha se contraía de ganas, mojándome aún más. ‘Mételo ya, mételo ya’, le supliqué en voz baja, casi sin aliento, pero él solo sonrrió con esa mezcla de timidez y malicia que yo misma le había enseñado. En vez de entrar, se limitó a deslizar su polla por encima de mis labios hinchados, rozando la entrada sin empujar, dejándome sentir el calor y el peso de esa verga joven y dura contra mi piel sensible”. “Seguía jugando conmigo, moviéndola en círculos lentos alrededor de mi entrada, a veces golpeándola suavemente contra mi clítoris, otras veces dejando que solo la punta presionara un segundo antes de retirarla. Yo estaba desesperada, arqueándome hacia él, abriéndome más, rogándole que dejara de torturarme. Mi cuerpo entero temblaba de anticipación; cada roce me hacía soltar un gemido ahogado y mis pezones estaban tan duros que me dolían. Yeison se inclinó sobre mí, apoyando una mano a cada lado de mi cabeza, y siguió restregando su verga por toda mi rraja empapada, subiendo y bajando, presionando justo en el borde sin llegar a penetrarme. El morbo era insoportable: estaba en mi cama matrimonial, completamente expuesta, sucia de saliva y excitación, rogándole a un chico mucho más joven que me cachara mientras mi marido estaba de viaje”.

“Entonces él colocó el glande exactamente contra mi entrada, presionando con más fuerza que antes. Sentí cómo mi concha empezaba a abrirse alrededor de esa cabeza hinchada, cómo me estiraba poco a poco. ‘Ay Sí… así… mételo’, gemí, levantando las caderas para recibirlo. Yeison empujó apenas un centímetro, solo lo suficiente para que el glande quedara atrapado dentro de mí, y se quedó quieto, disfrutando de verme suplicar. Mis paredes internas se contraían alrededor de él, intentando absorberlo más profundo. Estaba a punto de metérmela toda cuando una voz familiar resonó en el pasillo”.

“Mamá, soy yo, voy a bañarme, gritó Karli. Ambos nos congelamos. El pánico fue instantáneo. Yo empujé a Yeison fuera de mí con las manos temblando, él se apartó a toda prisa, recogiendo su ropa mientras yo me tapaba con la sábana. Cuando Karli cerró la puerta del baño, saqué a Yeison de la habitación a medio vestir, casi corriendo. Ambos sabíamos que lo nuestro había terminado para siempre”.


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