Prólogo
Frank
Casa de Mike
Los dedos empezaban a dolerle, a Mike también, supuso. Pero no parecía importarle en lo mas mínimo. Frank dejó el mando de la consola en su regazo para darse un pequeño masaje en las manos. De verdad no habían parado desde la mañana y le dolía abrirlas. Afuera, la ciudad había dejado de moverse. Un par de conductores daba un bocinazo de vez en cuando, el trafico había disminuido casi en su totalidad. Se levantó y abrió la ventana. Todo tranquilo, de verdad le agradaba ese barrio. Una señora paseaba a su perro y una pareja llegaba cansada con su pequeño a cuestas, parecían desesperados por abrir la puerta y por fin echarse a dormir.
Frank miro su propia casa. Al frente todas las luces seguían apagadas, todavía no había vuelto. Y se preguntó si se encontraría esa noche solo en el mismo lugar de siempre. Esperaba que no fuera así. Su madre había fallecido hace menos de un año, la noticia los había devastado. Frank lo acepto, tarde o temprano tenía que superarlo, así que dejo de faltar a clases y regreso a su vida normal. No fue fácil, por supuesto. Pero ponía todo de su parte para que así afuera, el problema no era él. Estas cosas pasan, le había dicho su maestra. Tu padre te necesita, te necesita más que a nada en el mundo. Frank sabía lo que necesitaba, la necesitaba a ella. Y cada vez que lo miraba a los ojos por un instante rápidamente se apartaba. No tenía el valor. Veía a su madre en todas partes todo el tiempo.
Se conocieron en la embajada de Estados Unidos, en Perú. Él, de una familia de las más acomodadas de California y ella, de una de las más pobres de la región del país. Él, rubio, de profundos ojos azules y de piel muy blanca. Ella, toda una latina de piel morena, de labios carnosos y ojos negros impresionantes. Ambos venían huyendo de su pasado, ambos querían empezar una nueva vida desde cero. Por eso, cuando sus destinos se cruzaron congeniaron a la perfección. Estaban destinados a estar juntos, o al menos eso creía Frank. Pero los accidentes pasan, nadie puede saber el momento ni el lugar. Simplemente ocurren y ya. Y aunque cueste asimilarlo la vida dolorosamente continúa.
Vivieron los mejores nueve años de su vida en la capital peruana hasta que una generosa oportunidad de trabajo para ambos les hizo trasladarse a las costas de Florida. Él nunca mantuvo contacto con su familia debido a la cantidad de problemas que le habían traído a su vida. Ella también dejo todo atrás, tratando de olvidar aquel mundo que había estado a punto de devorarla. Pero cuando se establecieron en un barrio de clase media los problemas comenzaron. El círculo familiar de Él no dejaba de acercarse, de entrometerse, de inmiscuirse en el más mínimo asunto. Entonces las discusiones comenzaron y aunque el amor siempre estuvo ahí para enmendar cualquier error, la plena felicidad de aquellos buenos años ya no regresó.
A Frank le encantaba hablar ambos idiomas, había dejado amigos, pero había hecho rápidamente unos nuevos. No le había acostado acostumbrarse a su nuevo estilo de vida. Había hecho buenos amigos en la Escuela, pero en su barrio, Mike era el número uno. Aunque tenía tres años menos que él, se habían llevado desde el principio muy bien. Además, las madres de ambos se hicieron inseparables. Esta era, para Mike, su segunda casa. Quizás la única ahora en la que de verdad podía relajarse y descansar.
— Voy por un vaso de agua— dijo, todavía mirando a la ventana— de repente tengo mucha sed.
— Está bien, yo ya me voy a dormir. Solo no hagas ruido por el pasillo o se enfadaran.
— Ya sé, ya sé —rezongó.
— Oye…
— Mmmm…
— Oye…
— ¿Ahora qué? — preguntó, enfadado.
— No te quedes hasta tarde viendo la ventana.
No dijo nada, salió de la habitación casi azotando la puerta y eso lo hizo enfadarse aún más. Esperaba al menos no comerse una buena reprimenda. Cruzó el pasillo despacio, se escuchaban algunas voces, pero eran demasiado bajas. No la había cagado, pensó. Así que bajo a la cocina y se sirvió en el vaso más grande que encontró.
La familia Griffin era muy diferente a ellos, habían alcanzado una posición muy alta en los últimos años, pero una mala inversión había echado al garete su patrimonio. Ambos eran Contadores y lo habían puesto todo en la Bolsa. Mike decía que se preocupaban demasiado. Frank estaba seguro que les dolía, más de lo que debería, haber perdido su estatus. Pero eran buenas personas, le habían ayudado a él y a su padre en el momento que los necesitaban. Habían estado ahí siempre y se los agradecía profundamente.
Mike sostuvo el vaso medio lleno. Scarlet era una belleza. Mike le contó que unos chicos de su clase habían comenzado a decirlo en voz alta para molestarlo. Conocía a esos chicos, no quiso decir nada porque su padre y él ya tenían suficientes problemas para sumar otro. Un año antes les había dado una paliza y el director había llamado a sus padres. En ese entonces, su madre acudió sola a la citación.
Llevaba en su despacho más de una hora, así que se coló desde el jardín a la ventana que daba a la oficina del director. Al Sr. Gordon siempre le gustaba hacer bromas con el color de su piel, realmente se divertía con ello. Era un afroamericano de mediana edad que se había ganado el respeto en la comunidad por su labor humanitaria. Su madre le admiraba, su padre también, solo que, nunca veía con buenos ojos a los de su tipo. Mamá discutía con él cuando se refería al Sr. Gordon de esa forma, sacaba a relucir el mismo color de piel de su esposa y él siempre contestaba que era muy distinto. No lo era, claro estaba. La culpa no era de él, sino de su familia, admitía. De su doctrina. Estaba en lo cierto, pero en solo una muy pequeña parte.
Frank alcanzó a ver como el Sr. Gordon le alcanzaba un pañuelo. Los ojos de Alexandra, su madre, estaban rojos e hinchados. No alcanzaba escuchar nada, solo podía ver que sollozaba. No le gustaba verla sufrir, así que corrió a la sala contigua, donde estaban los padres de los chicos que había golpeado y se disculpó de todas las formas que pudo, se humilló, porque odiaba verla sufrir por su culpa. Y aunque en el fondo, no se arrepentía en lo más mínimo, sabía que ya no intentaría hacer esas bromas a sus espaldas. No volverían a referirse así a su madre, nunca más. Cuando por fin pasaron al despacho dejo que sus ojos hablaran por él advirtiéndoles.
Quizás si hacia algo, papá reaccionaria de una vez, pensó Frank. Empezó a elaborar un plan mientras subía las escaleras, por alguna razón todavía tenía el vaso medio lleno en las manos así que volvió a bajar una vez más. Escucho la voz de Donald arriba, parecía muy molesto. O al menos eso supuso en el momento. La voz de Scarlet que parecía suplicarle que se callara se notó también. Se puso nervioso, iba a tener que cruzar el pasillo y si no lo hacía en debido silencio, ahora sí que se iba a ganar una buena reprimenda.
Subió por las escaleras de madera como si de un gato se tratara. Fue un éxito. Temió en el pasillo, las voces ahora parecían más suaves y distantes. Se alegró de que hubieran arreglado sus diferencias, pero antes de que cruzara la puerta de su dormitorio escuchó algo parecido a una cachetada. El sonido le tomo tan de improviso, que estuvo a punto de caer de costado. En realidad, casi lo hizo, agito sus manos y se arrodilló. La puerta estaba semiabierta, se asomó por puro instinto, sin ninguna intención, la imagen le dejo boquiabierto.
La espalda de Scarlet brillaba de sudor, las manos de Donald estaban aferrados a sus nalgas. Estas ni siquiera llegaban a abarcar la mitad y parecían insuficientes para poder mantenerla quieta. Scarlet se movía encima de su marido ferozmente, subía y bajaba a un ritmo del que su marido le resultaba imposible de manejar, gemía más fuerte que ella, y parecía pedirle al oído que se detuviera, o al menos que su ritmo fuera mas lento. Se hablaban en susurros, pero ella parecía no querer darle ninguna tregua.
— Mi amor… ya… ya…
— Ahhh… ahhhh… bebé… aguanta un poco más por favor.
Eso sí que lo alcanzo a oír. Movió las manos del pecho de su marido a sus pantorrillas y arqueó su espalda en una posición que a Frank le pareció imposible, casi podían verse. Frank se escondió con el corazón queriendo salirle del pecho. ¿Qué iba a hacer ahora? Tenía que moverse, tendría que gatear, pensó. Así no haría ningún ruido, pero no pudo moverse. No porque no lo intentara, algo se estaba moviendo en sus pantalones y no le dejaba pensar con claridad. Lo apretó con fuerza, la erección empeoró por supuesto. No pudo resistirse y se asomó por última vez.
La cara de Donald era como la que ponía su padre cuando le molestaba el estómago, y se preguntó si todo el asunto le dolía más a un hombre que a una mujer. Si se hubiese tratado de una carrera, Donald iba bastante rezagado, ya ni siquiera se esforzaba en mantenerla sujeta. Y si se hubiese tratado de una pelea, era un knock out, un golpe a la mandíbula que había mandado a la lona al otro, y que encima había seguido castigando sin importarle que su rival era incapaz de levantarse.
— Scarlet… ahhh….
El golpe en sus caderas se hizo más audible, eran melodía para los oídos de Frank. Scarlet movió hacia un costado su pelo muy orgullosa y se dedicó una sonrisa así misma en el espejo que tenía a su derecha.
— Te amo Donald… te am…
— Ahhhhhh Scarlet… ahhhhhhhh…
Y su sonrisa se transformó de mil formas: comprensión, tristeza, decepción, disgusto y terminó en enojo. Entonces Frank supo que tenía que moverse, empezó una larga carrera por la supervivencia que lo hizo llegar al dormitorio de Mike empapado de sudor. Escuchó como las voces de nuevo se elevaban, no había salido como habían planeado. Al menos para uno de los dos. Frank se empapó de todo el coraje que pudo y abrió levemente la puerta. Scarlet salió en dirección al baño, llevaba un camisón negro transparente que no dejaba nada para la imaginación. Sus nalgas, como globos de carne gigantescos, rebotaban con cada paso que daba. Una línea blanca y delgada resbalaba por sus piernas. Cerró dando un portazo.
Frank suspiró aliviado. Ahora de verdad necesitaba el vaso de agua, pero esta vez no bajaría ni muerto. Vio a Mike roncando con la maldita televisión encendida, desconectó la consola y apagó todo para acostarse también. Dio un par de vueltas en la cama en los siguientes minutos, la erección no se iba. Mal asunto. Se levantó, le daba igual si lo regañaban, no iba a manchar las sábanas de su mejor amigo. Además, cómo iba a explicárselo. En ese punto, prefería la reprimenda.
Cuando estuvo a punto de salir, unas luces barrieron la ventana. Supo que era su padre al instante, y se alegró. Sacó de su cabeza todo lo anterior y se asomó a la ventana, esperaba no verlo trastabillar o ponerse a orinar en medio de la acera. Ninguna de las dos cosas pasó, aunque con toda seguridad estaba borracho. Una mujer le acompañaba sosteniéndolo a duras penas, vio rebuscarle los bolsillos y abrir la puerta. Le dolió el pecho, hasta qué punto había llegado ¿Por qué no hacía nada por volver a empezar? ¿Por qué no hacía nada por él? ¿Por qué tenía que ser el quien lo sacara de la depresión y no al revés?
Pensó en bajar corriendo ahí mismo. De que serviría, si probablemente no iba a poder escucharle. Se sintió un inútil en ese momento, quiso llorar. Iba a arroparlo bien al menos, se sentarían a hablar por la mañana. Espero en la ventana unos minutos a que esa mujer saliera, pero no sucedió. Entonces espero un poco más, pero nada. Las luces en la habitación de su padre seguían encendidas así que estaba despierto. Empezó a ponerse nervioso, un montón de imágenes empezaron a sacudir, pero las rechazo con furia.
— Él no—murmuró— no se atrevería.
¿Y si era una ladrona? Eso era, tal vez su padre ahora mismo necesitaba su ayuda. Había visto en las noticias casos como ese, así que se horrorizó. Un costado de la ventana estaba completamente expuesta, pero no podía ver muy bien desde su posición por las luces de la calle. ¿Y si despertaba a los padres de Mike para que llamaran a la policía? Antes de eso, debía asegurarse primero. Y eso lo enfado mucho, porque no quería dudar de él. Tuvo una idea, y asomo la cabeza debajo de la cama en busca de la caja marrón. La encontró, pero hizo mucho ruido al arrastrarla, Mike solo movió la cabeza un poco y se volvió a dormir.
Suspiro aliviado, lentamente fue quitando cosas una por una hasta que dio con lo que quería. Los binoculares parecían del siglo pasado, pero servían, que era lo importante. Tragó saliva y se dirigió a la ventana, vio los pies de su padre, todavía tenía las medias puestas. Le acostó ajustar los binoculares, no quería romperlos, apretó los dientes y maldijo a su padre por vez primera. Lo insultó como nunca antes lo había hecho con alguien. Fue en ese momento en que su relación terminó, y un profundo rencor empezó a formarse en su interior.
La mujer se parecía a su madre, su silueta al menos. Su cabello caía como cascada por su espalda y acariciaba sus nalgas. Aunque era difícil apreciarla por la distancia, pudo reconocer que sus formas eran superiores a la de la madre de su mejor amigo, superiores de una forma enfermiza. Si Scarlet era una diosa en la Tierra, esa mujer era de otro planeta, y la velocidad con la que se follaba a su padre dejaba en evidencia su diferencia.
Sus caderas se movían vertiginosas, violentas, no había pasión, o no la reconoció, como si había hecho cuando había visto a Scarlet. El matrimonio se amaba, y había sentimiento en cada una de sus caricias. Esa mujer parecía querer romper la cama de su padre con esos duros movimientos, se levantaba con violencia y se dejaba caer. Era la misma imagen que había visto minutos antes, pero al mismo tiempo completamente distinta. Esa mujer no subía y bajaba sus caderas, las batía como si se tratara de un duelo a muerte, eran sus propias manos las que acariciaban su piel y las de su pobre padre las que sujetaban las sábanas.
De pronto aquella erección que parecía lejana volvió con más fuerza. Se odio por eso, y odio a su padre, a esa mujer, al tipo que hizo la ventana tan grande. Lamento haberlos descubierto, lamento que su madre haya confiado tan ciegamente en ese hombre, ese hombre que ahora la había olvidado y que ahora gozaba con el cuerpo de una completa desconocida. Eso era lo que estaba buscando después de todo, había sido tan tonto ¿Qué le diría ahora? ¿Tendría el valor para decírselo a la cara? Tal vez pensaba que era demasiado pequeño. Y una mierda, a la mañana siguiente se encargaría de que sus vidas, para bien o mal, cambiaran por completo.
Pero faltaba mucho para la mañana, parecía tan lejana. Admitió que su padre también la había traído por el color de su piel, ¿acaso pensaba realmente reemplazar a su madre? ¿desde cuándo se veían? Eso le dolió todavía más, las emociones en ese momento se entrecruzaban unas con otras y mientras más miraba a esa mujer, mas sentía su cuerpo corromperse por la lascivia. Iba a empezar una batalla, y ahora mismo ya estaba perdiendo.
Sus anchas caderas, que hacían desaparecer el cuerpo de su padre, martillaban con vehemencia, quiso comparar otra vez la escena con la de los padres de Mike. Donald era Rocky, el Semental Italiano, a lado de su padre. Hasta en eso la distancia era abrumadora. Lo vio intentando levantar una de sus manos para tocarla, pero la rechazó, como cuando te corren en el patio de la Escuela con un palito manchado de mierda. Ella era la que follaba, ella mandaba. Fin del asunto. Él tenía la suerte de estar bajo ella, debía estar más que agradecido. Aceleró o eso le pareció, ya de por si se movía demasiado rápido, de pronto su padre le dijo algo, vio su rostro contraerse y estirar sus piernas con dolor. No había durado más que Donald, estaba seguro. Siendo generosos un empate, pero considerando a la hembra, a quien habría que darle el diploma seria a su padre, pensó Frank.
Se palpó la polla con una mano, el líquido pre seminal le empapó. En algún momento se había quitado el pantalón y no recordaba cuando, fue por un poco de papel de la repisa de Mike y se limpió, ya había hecho un completo desastre. Se colocó los binoculares para cerciorarse de que habían terminado y su polla comenzó a gotear otra vez. El cuadro pervirtió su mente todavía más. El ritmo de sus caderas continuaba frenético, delirante, su padre ya no se movía, pero ella continuaba moviendo su endiablado cuerpo hasta hacerlo trizas.
Se cogió la polla y empezó a agitarla con fuerza, no podía creer como manejaba a su padre esa mujer. ¿Cómo se oirían sus gemidos? ¿Se había corrido? Claro que no, por eso continuaba en busca de lo suyo sin importar las pésimas condiciones de su padre. Mantuvo esa misma intensidad, no la redujo ni una sola vez. Sus gigantescas nalgas devoraban lo que tenían debajo mientras se perlaban poco a poco orgullosas.
Un chico en la Escuela le había enseñado un par de videos porno. A decir verdad, ese día le enseñó esos mismos videos a la mitad del colegio. Cuando llegó a casa tuvo una larga y muy incómoda conversación con su mamá en su habitación. Al chico, tuvieron que suspenderlo. A él, le quitaron el internet sin avisarle. En ese momento no estaba interesado en absoluto en ese tipo de cosas, aunque aún las recordaba, algunas escenas. Ahí, en ese rincón de su mente, por fin encontró algo con que comparar a lo que veían sus ojos.
Su madre le había hablado de amor, de cómo vienen los bebes y todo eso. Ya estaba grande para el famoso discurso, pero no había querido interrumpirla por temor a enfadarla. Ahí no había amor, era sexo, sexo duro, sexo en toda su expresión y por fin entendió el significado de esa palabra, por fin entendió la diferencia con aquello que llaman hacer el amor. Esa mujer era una máquina sexual, y no podía más que aplaudir con su polla la maestría de sus movimientos. No era una mujer cualquiera, y la pobre polla de su padre ahora pagaba las consecuencias.
La vio hundirse más, ajustó las binoculares al máximo, hacía rato que ya los había roto, y le importaba un carajo ahora mismo si era uno de los últimos regalos que había dejado el padre de Donald a su nieto. Empezó a temblar, esa mujer temblaba de la cabeza a los pies, y la vio dirigir su mirada al espejo en la habitación. No sonrió orgullosa como Scarlet, abrió la boca y enseño la lengua, se detuvo para estirarla todo lo que pudo. En ese momento hubiera matado por ver su reflejo, cuando por fin se levantó tuvo la gentileza de recoger la ropa tirada del suelo. Hizo una llamada que fue muy breve, jugó con su extenso cabello, lo peinaba con sus dedos.
Se irguió cuan alta era y se dirigió a la ventana. Frank no se movió, y su mano derecha seguía con una paja que ahora le dolía. Desplazó ambas cortinas y por fin pudo contemplarla en todo su esplendor. Giro el pestillo de ambas ventanas con intención de salir al balcón, se había vuelto loca. No había absolutamente nadie, era verdad. Pero bien podía en cualquier momento alguien pasar con su coche. ¿Y si le descubría observándola? Las luces de la calle no la dejarían, pensó Frank. Toda la casa de Mike estaba a oscuras. No se movió un milímetro. No quería hacerlo, y no iba a hacerlo.
Tenía el pelo recogido en una cola de caballo. Sus descomunales tetas le embobaron, esas areolas tan marcadas y extendidas le parecieron los girasoles más grandes y bellos que había visto en su vida. Y sus caderas, montañas que terminaban en unas tremendas nalgas que no parecían tener limite. Su coñito, en cambio, era lo más pequeño de toda su anatomía, una rajita que apenas parecía medir la mitad de su dedo menique. Frank sintió que se le había acabado la saliva y ahora moría por verla desde atrás. No hubo tal satisfacción, antes de irse cogió dos de sus dedos y los metió entre sus piernas para llevárselos a la boca. Hizo una mueca similar a la de un cocinero que sabe que a su salsa le falta un poco de sal. Desapareció y apagó las luces.
Frank cerró la ventana, el primer lechazo golpeo tan duro en el vidrio como si se hubiera tratado de una piedra, luego llego otro más, y otro, y otro, hasta que su cuerpo se rindió exhausto. Estaba equivocado, su vida no cambiaría en la mañana siguiente. En los próximos años, estos recuerdos lo llevarían a cometer una serie de actos que le llevarían al lugar menos pensado en su imaginación. Esa noche lo cambio todo. Ella había llegado a su vida para ponerla patas arriba.
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