Capítulo
I
Ash
Otra
vez había soñado con esa mujer. Se dejó caer contra la almohada y exhaló
profundamente. Lo sabía por el desastre en sus pantalones, cada vez que
aparecía en sus sueños terminaba de la misma forma.
La
alarma de su teléfono no había vuelto a sonar, o quizás solamente la había
apagado, como otras veces que no era capaz de recordar. Abrió el cajón de su
mesita de noche y sacó un par de toallitas húmedas para limpiarse todo el semen
de su erección grande y todavía regordeta.
Encontró
el móvil bajo la almohada y lo levantó. El fondo de pantalla con la fotografía
de Selina y él en su primera cita siempre le hacía levantarse con una sonrisa
en el rostro.
Mientras
observaba la imagen, no pudo evitar desviar la mirada de su cara súper linda y
tierna para descender unos centímetros, deteniéndose brevemente para admirar la
plenitud de sus grandes senos apenas cubiertos, solo para luego avanzar
rápidamente hacia abajo, por su silueta curvilínea, hasta que sus ojos
alcanzaron su objetivo favorito: su fantástico culo respingón.
De
inmediato sintió como su verga empezó a palpitar inquieta. Había esperado
demasiado tiempo, sino le quitaba la virginidad pronto estaba seguro de que iba
a perder la cabeza.
—
¡Ash! ¡El desayuno! — escuchó gritar a Sam desde
el primer piso.
Abrió
la ventana, el día se veía prometedor. Amaba usar su bicicleta en mañanas como
esa.
—
¡Dame un minuto! —gritó, cambiándose tan rápido
como pudo.
Después
de una ducha que lo despejó, Ash bajó las escaleras con un hambre feroz. Apenas
se sentó comenzó a devorar el desayuno, casi atragantándose.
—
Despacio, muchacho —dijo Sam, con un gesto de
fastidio—. No es una carrera.
Ash
sonrió apenas, pero enseguida notó el ceño fruncido de su padrastro.
—
Tu madre contrató a un hombre ayer… para la
gotera del cuarto —murmuró, removiendo el café con desgano—. Un gasto
innecesario, yo podía encargarme.
Ash
evitó responder. Sabía que Sam llevaba meses diciendo lo mismo y nunca lo
hacía. Más que la gotera, lo que le preocupaba era el tono distante con el que
hablaban de todo. Sus padres parecían dos extraños que apenas compartían la
mesa.
Sam
se marchó recordándole que, si volvía a llegar tarde a la escuela, iba a tener
que cortar este fin de semana todo el césped del maldito jardín. Lo que evidentemente
no ayudó a mejorar sus malos hábitos alimenticios. Cuando Ash finalmente
terminó su desayuno, caminó hacia el living y abrió una de las puertas
laterales que conducía al pequeño gimnasio que había construido su madre el año
pasado. Quiso despedirse de ella con un beso, pero la visión que le golpeó en
el momento que abrió la puerta destrozó su confianza.
Se
quedó en shock, embelesado con esas tetas y ese culo de campeonato. A sus 39
años su esbelta progenitora no podía estar en mejor forma, su escultural figura
parecía sacada de un comercial de televisión, o mejor aún, de una escena de su
especial porno favorito: Milf Mayhem. Sus largas piernas estaban extendidas en
direcciones opuestas formando entre ellas un ángulo de ciento ochenta grados.
Sus pantalones cortos se habían pegado a su abultado culo, exponiendo un
corazón perfecto, listo para ser amasado y degustado de todas las formas
posibles.
Aquel
coñito húmedo pegado a la tela hizo que Ash sacara su teléfono y se pusiera a
grabar, poniendo en riesgo de que fuera descubierto con un simple movimiento.
No le importó, se entregó a ese festín de carne completamente ido y fuera de
sí. Estuvo a punto de lanzarse encima de ella en varias ocasiones, sobre todo
cuando paraba sus nalgas y ondeaba sus caderas en un ejercicio de estiramiento
que jamás había visto. Cuando se colocó de perrito supo que estallaría en sus
calzoncillos si no hacía algo en ese momento.
—
Ehhh… mamá…yo…
—
¡Ash,
Dios! ¡Me asustaste! —dijo llevando una de sus manitas a su abundante pecho.
Pecado
o no. Con cada día que pasaba le hacía más difícil contenerse cuando la veía.
Sabía que estaba mal, que no debía tener esos pensamientos. Pero simplemente no
podía evitarlo. Ash estaba seguro que aquel mar de carne en perpetuo
movimiento, no dejaba indiferente a ningún hombre sobre la faz de la
tierra.
—
¿Te vas a quedar ahí? ¿No te haces tarde para ir
a la escuela?
Admirando
por enésima vez su figura, se quedó sin palabras. En su vasto conocimiento del
porno: sus tetas eran más grandes que las de la actriz porno Angela White, y su
trasero más grande, redondo, y en forma de corazón, que el de la leyenda Alexis
Texas. Una hembra con un cuerpo capaz de poner a temblar a cualquier mortal y
que, por si fuera poco, con cada año que pasaba parecía ponerse mejor.
—
Yo… no… no quise molestarte…—dijo balbuceando—
¡Solo venía a despedirme!
Su
apetecible cuerpo de hembra emitió un jadeo que a Ash le hizo temblar.
—
Que tengas un lindo día, amor… cuídate mucho…
La
vio a dirigirse a la cinta de correr. Tomó todo el aire que pudo y dejó de
respirar en ese preciso instante. Su camiseta sin mangas con la frase: “I am
the American Dream”, en el centro, le quedaba a la perfección. Su largo
cabello dorado empezó a agitarse, a la par con aquellas pesadas tetas que
rebotaban con violencia, casi peleando con escapar en cada zancada, mientras
sus nalgas, subiendo y bajando, eran una oda a todo buen amante de los culos
grandes y gordos.
—
“Te vas a hacer tarde otra vez, mi amor” — dijo
con una voz cantarina tan sexy que casi le hizo eyacular ahí mismo.
—
Eeeh… yoo… si… ya me voy… — respondió,
obligándose a salir con todas sus fuerzas.
Afuera
el sol brillaba con generosidad, y el cielo estaba tan claro que parecía
pintado en un lienzo. Sonrió, era un día precioso, tal y como se lo había
imaginado. Se fijó en la hora y vio que todavía le quedaba alguna esperanza
para llegar a tiempo, contestó un par de sus mensajes en su teléfono y abrió la
puerta del garage para tomar su bicicleta.
El
aire fresco de la mañana lo serenó un poco, aunque todavía llevaba en la cabeza
las imágenes prohibidas del exquisito cuerpo de su madre. Al girar hacia la
casa, notó una camioneta estacionada frente al jardín.
En
la puerta lateral resaltaba un logo llamativo: una llave inglesa cruzada con un
martillo, ambos dibujados con formas sugestivas, acompañados de un eslogan que
parecía hecho para arrancar una carcajada maliciosa: “FixRight – Trabajo
profundo, satisfacción garantizada.”
Ash
no pudo evitar reírse por lo bajo. Si Sam viera ese letrero, frunciría el ceño
y diría que era una estupidez, pura payasada infantil, antes de soltar un
bufido de fastidio. A Ash le bastaba imaginarse a su padrastro renegando con
ese tono agrio para que la risa le brotara todavía más fuerte.
Mientras
ajustaba la mochila en la espalda, una voz femenina le interrumpió la
diversión:
—
¡Hola, Ash! ¿está Crystal en casa?
Al
otro de la valla de su jardín, las sinuosas formas de Barbara Lombardo asomaban
para quitarle el aliento, a la vez que su polla volvía a palpitar en su
pantalón. Aquella diosa de raíces latinas se había convertido, junto a su
madre, en otras de sus fantasías recurrentes.
Su piel morena y su cabello rizado color azabache, sumado a su
espectacular figura de reloj de arena, era otro de sus sueños imposibles. Una
mujer de bandera como esa, solo podía ser suya en su imaginación.
—
Bue… buenos días Sra. Lombardo.
—
¡Buenos días, Ash! ¿Puedo hablar con tu mami?
—le preguntó abriendo la pequeña puerta de madera.
Había
escogido un vestido blanco ajustado con un pronunciado escote y que le llegaba
hasta la mitad de los muslos, exhibiendo sus curvas naturales con orgullo y
todo lo que su madre mexicana le transmitió. Tenía unos pechos perfectos,
grandes, redondos, firmes y suaves, que se elevaban con una precisión perfecta,
y que igual que con su madre, apenas se descolgaban.
Y
no solo tenía unas tetas increíbles, sino que su trasero era igual de perfecto:
firme, lleno y bien formado. Su jugoso trasero llamaba tanto la atención como
su pecho. La forma en que sus nalgas, firmes y perfectamente formadas,
resaltaban de su esbelto cuerpo, demostraba su condición física; su rutina de
sentadillas hacía de maravillas, dándole un pedazo de culo por el que la
mayoría de las mujeres matarían.
—
Me preguntaba si podía dejar a Noah con ustedes
esta tarde… — dijo bastante avergonzada.
—
Pero… ¿Y Hailey? — preguntó.
—
Esa niña… —dijo, haciendo un gesto de molestia —
¡No confió en ella, Ash!
—
Ya… bueno… Hailey…
Era
la típica adolescente caprichosa, siempre metida en líos, incapaz de sostener
una responsabilidad más de diez minutos seguidos. Cambiaba de novios como de
ropa, y cada vez que alguien le confiaba un niño, ocurría lo mismo: o terminaba
colgada al teléfono con el chico de turno o se perdía durante horas en TikTok,
olvidando por completo al pequeño a su cuidado.
—
Te pagaré, Ash… aunque tu madre se niegue, lo
prometo.
—
No… no… no hace falta…
—
¡Claro que sí, Ash! ¡No pienso abusar de su
generosidad! — dijo con vehemencia, causando accidentalmente que sus llaves
cayeran al suelo.
Nunca
había tenido a ese culo tan cerca, y estuvo a punto de azotarlo en ese preciso
momento. No se le ocurría mejor forma de alabar tan portentosa obra de arte. La
forma en como le sobresalían aquel par de portentosas nalgas era una
locura.
—
De… de
veras… no… no tiene porque que preocuparse —declaró, perdido en el valle de su
escote. El lunar en una de sus tetas le hizo tragar saliva.
—
Les pagaré a ambos si es necesario. Punto. No se
hable más…
—
Lo… lo que usted diga Sra. Lombardo.
—
¿Crees que tu madre esté de acuerdo? ¿Y Sam?
—
Los dos adoran a Noah… dirán que sí, encantados.
Lo del dinero en cambio…
—
¡Ay, Ash! ¡Por favor! — le rogó, mordiéndose el
labio inferior en un acto que a Ash casi hace que se le detenga el corazón.
—
¡Lo haré! ¡Claro que lo haré!
El
abrazo que llegó a continuación le hizo sonreír de gusto. Y pensó que sentir a
flor de piel toda esa abundante carne le devolvería el alma hasta a un muerto.
—
¡Ash! ¡¿Pero qué te pasa?!
—
Ehh… yo…
Se
sobresaltó como un idiota, y todos los colores se le subieron al rostro. Su
erección, aquella enorme carpa que estiraba la tela de su pantalón sobremanera,
sin lugar a dudas había dicho presente en el afectuoso abrazo. La Sra. Lombardo
tenía el entrecejo fruncido y la mirada de soslayo, lo cual, provocó que
todavía se sintiera peor. Para alivio
suyo, su madre acudió a su rescate.
—
¡Barbara… lo siento! ¡Estaba entrenando! ¡Acabo
de leer tu mensaje!
Cerró
la boca antes de decir cualquier estupidez, era su momento para salir pitando
sin mirar atrás. Vio a la Sra. Lombardo saludar efusivamente a su madre y,
antes de irse, no pudo evitar comparar a ambos especímenes de hembra.
Ambas
tenían un busto prominente, además de muslos gruesos y firmes que conducían a
un trasero ancho y lleno capaz de detener el tráfico. Pero, comparándolas de
cerca, las curvas de su madre se imponían con naturalidad. Verlas juntas
desnudas, era algo que ni siquiera podía imaginarse en sus más perversas
fantasías.
—
¡¿Hasta cuándo piensas quedarte aquí, Ash?! ¡Ya
vas muy tarde!
***
Mientras aparcaba la bici frente al coche de
la Sra. Harris, se dio cuenta que había olvidado imprimir su trabajo de
Literatura.
“Mierda”, dijo mientras se acercaba al
cristal de una de sus ventanas para estudiar su reflejo. Hacía una semana que
se había deshecho de su esponjoso cabello, copiando el estilo moderno de uno de
sus bateristas favoritos. La línea afeitada que había complementado empataba
perfectamente con la de las cejas, lo que le hizo sonreír satisfecho. Su piel bronceada
y sus ojos ambarinos le daban un aura única. O eso creía él al menos. Lo que sí
podían dar crédito sus compañeros de curso, era que su altura y sus músculos
marcados eran intimidantes.
Mientras pensaba en una buena excusa para su
maestra, vio a su novia asomar por la entrada. Enseguida todos los estudiantes
que andaban en los alrededores se giraron para verla. Por supuesto, Ash también
llenó sus ojos de ella.
—
Cada día se pone más buena— opinó uno, haciendo
un gesto obsceno sobre el tamaño de sus tetas.
—
¿Has visto ese culo? Estoy seguro que podría
hacer revotar una moneda de veinte centavos — agregó otro.
Les hubiera dado
una paliza en otra ocasión. En ese momento, solo pudo sonreír orgulloso. Sin
absurdas comparaciones con aquellas diosas que había hablado a tempranas horas,
Selina Rosewood era simplemente la fantasía de cualquier adolescente de su
edad.
Su pequeño rostro
era tan dulce y fascinante. Su cabello, besado por la brisa, tan sumamente
atractivo. Sus ojos, pequeños y rasgados, así como su piel, tan clara y
brillante, le daban el aire de una super celebridad asiática que erizaba la
piel.
Conforme fueron avanzado, sus pesadas tetas
en ese top blanco empezaron a zarandearse obscenamente, causando que una docena
de chicos empezaran a lanzarle miradas voraces, comiendo con los ojos cada
palmo de ese cuerpo tonificado. No era para menos, el pedazo de culo y tetas
que se cargaba le habían convertida en un símbolo sexual en toda la escuela.
— ¡Hey!
¡Por aquí! — gritó Ash, levantando la mano.
El cabello de Selina,
de un negro azulado, se agitó suavemente al girarse. Cuando sus ojos por fin le
encontraron, corrió a su encuentro. Su atrapado pantalón de mezclilla parecía a
punto de reventar, lo que le hizo imaginarse el tormento que tuvo que pasar
para poder ponérselo.
— ¡No
me ibas a esperar! ¿Verdad?
— Claro
que sí, solo estaba pensando en que decirle a la Sra. Harris. Olvidé imprimir
mi maldito informe…
Le cambió la cara
enseguida, y supo que no era el único que se iba a llevar un cero ese día.
— Te
extrañé — dijo, besándola y apretando su cuerpo entre sus brazos.
— ¡Nooo
Ash! ¡Aquí no! — se quejó, intentando liberarse de su agarre.
Cuando atacó
nuevamente, buscando su lengua, sus defensas cayeron. Lo que hizo que
inmediatamente todo el mundo volviera a lo suyo. Los pocos chicos que quedaban
alrededor se despedían soltando varias maldiciones en su contra. En el fondo
los entendía, él también gritaría al hijo de puta con suerte que se estuviera
comiendo un culo como ese.
— ¡Ash!
¡Aaaaahh! ¡Para! ¡Nos están viendo!
— ¡Ya
no hay nadie, mi amor! ¡Ven aquí! — dijo, llevándola contra una moderna
camioneta que tenía toda la pinta de ser de la directora.
Volvió a atacar
ahí, y le comió la boca haciendo que sus lenguas se batieran a duelo. Enseguida
posó una mano en su top y otra en su nalga izquierda. Le sorprendió lo fácil
que ahora le resultaba ponerle caliente.
— ¡Aaaahh!
¡Ay Ash! ¡Es… es que nos van a ver! ¡Estás loco!
— ¡Te
digo que ya no hay nadie! — respondió, lamiendo su oreja derecha y besando su
cuello. Cuando pegó su entrepierna, Selina no pudo evitar soltar otro jadeo.
Un caliente y sexy
cuerpo como el suyo despertaba inevitablemente oscuras pasiones, así que había
estado trabajando cada punto para estimularlo en búsqueda del tan ansiado
coito. Su carita, abochornada, lo decía todo. También lo deseaba, pero se
resistía. Pero no por mucho tiempo, pensaba Ash.
— ¡Ash!
¡Aaaahhh! ¡Por... por… por favor!
El carmín de sus
labios no podía quedarle más sensual. La besó recordándole quien era su hombre,
susurrándole también lo mismo que habían dicho de ella ese par de chicos hace
unos minutos.
— ¡Ash!
¡Me voy a enojar contigo!
— ¡¿Por
qué mi amor?! ¡Por decir la verdad!
Sus redondos
pechos, gordos y llenos eran DD como mínimo. La punta de sus pezones, que
sobresalía por encima de la tela, confirmaba que le había le gustado aquellas
obscenidades.
— Vamos
al gimnasio… por favor… — le rogó, Ash.
— ¡No,
tenemos clase!
— Ninguno
hizo la tarea. Y me extraña de ti, que tienes las mejores calificaciones.
— Estuve
ocupada con mamá hasta muy tarde. Debí haberla hecho el otro día, no sé cómo la
olvidé — dijo, sintiéndose realmente culpable.
— Oye…
oye… tranquila. Hablaré con la Sra. Harris, le diré que fue por las actividades
del club de ciencias. No pasa nada — contestó, volviéndola a besar.
Cuando volvió a
pegar su erección. Selina movió las caderas de una forma que casi le hizo
correrse, lo cual le puso en un estado eufórico.
— ¡Vamos!
¡No hay nada más que hablar! — dijo, tirando de su mano.
— ¡No!
¡No! ¡Espera! ¡Antes quiero que lo prometas!
Ash bebió de su
voluptuosa figura por enésima vez, y tragó saliva. Después de maldecir media docena
de veces abrió la boca.
— No…
no la voy a meter, ¿contenta?
— Ni
un poco, ¿ok?
— Sí,
está bien.
***
El gimnasio tenía
varios almacenes, pero nadie usaba el del fondo. En realidad, no tenían por
qué. Era más un basurero que un almacén, había porquería acumulada en cada
rincón, pero lo que más resaltaba era una cama improvisada en el suelo con
varias colchonetas junto a varios rollos de papel higiénico.
Hace tres meses
había conseguido la llave por una equivocación del entrenador Carson. Después,
gracias a la rotunda negativa de Selina para verse en su casa o en la de ella,
le había obligado a confeccionar ese pequeño nidito de amor.
— Dijiste
que lo ibas a limpiar — dijo Selina, tapándose la nariz. Todavía había restos
de su sesión anterior.
— Lo
siento. Lo haré luego — prometió, abrazándola por detrás. Enterrándole la verga
en medio de sus nalgotas.
— ¡Aaaahh!
¡Ash… no seas brusco! — respondió, parando el culito. Sus palabras decían una
cosa, pero su cuerpo una muy distinta.
— ¡Eres
mala! —dijo, amasando sus tetas con saña, a la vez que no dejaba de puntear su
muy bien dotada retaguardia.
— ¿Yo?
¿Por qué?
— Lo
necesito, mi amor. ¿No lo entiendes?
— ¡Ay
Ash…! ¡Basta! ¡No empieces!
— ¿Es
que a ti te parece normal esto? — dijo bajándose el pantalón para mostrarle su
enhiesta herramienta.
Aquel don que le
había dotado la genética de sus antepasados, dejó a Selina sin palabras. Su
pene, de diámetro y altura casi de una lata de aerosol, se movía inquieto de un
lado a otro casi como un metrónomo. Tenía tanto semen acumulado que sus bolas
parecían pelotas de tenis.
— Mira
como está, me duele mucho…
Abrió su boquita,
pero no dijo nada. Entonces Ash tomó la delicada mano de su novia y la colocó
sobre el tronco de aquel miembro de caballo.
— Está
así por ti — dijo suavemente, tomando su muñeca para que poco a poco comenzara
a hacerle una paja.
Selina gimió, y sus
ojos empezaron a moverse de un lado a otro. La otra mano de Ash buscó el coño
de su novia, estaba más húmeda de lo que imaginaba.
— ¡Lo
ves! ¡Te encanta calentar a tu novio hasta la insanidad! ¿No es así?
— No…
yo… no lo hago a propósito — dijo, respirando agitadamente. Sus pezones duros
parecían a punto de rasgar la tela de su top.
— En
serio, ¿y por qué no llevas brasier? — dijo apretándole uno de sus jugosos
melones.
El rostro, tan
dulce e inocente de la chica más popular de la escuela, era de un mar de dudas.
— Ash…
solo un ratito, ¿sí? — dijo sin mirarle a los ojos, pero sin dejar de pajearlo
— Luego tengo que ir al laboratorio de química.
— Quítate
la ropa, anda… quiero verte…
Él lo hizo en menos
de 15 segundos. Ella, tomándose todo el tiempo del mundo. Levantó el top por
encima de su cuello en cámara lenta, dejando que sus carnosos pechos escaparan
para maravillarlo con su rebote. Después, su pantalón poco a poco fue bajando,
para mostrarle una pequeña tanguita color rosa que le hizo agua la boca.
— Date
la vuelta… —dijo, casi implorándole a sus pies.
Bajo esa cintura
pequeña con un vientre plano, se dibujaba un trasero perfecto. Como había
imaginado, la escasa tela de su ropa interior se había perdido entre ese par de
hemisferios, exponiendo la robusta carne tersa y libre de imperfecciones. Ya no
podía esperar más para embadurnar aquellas nalgotas, con su caliente
semen.
— ¡Ven
acá! — dijo, atrayéndola con violencia a sus brazos.
Su piel, suave y
tersa, como de porcelana, le supo exquisita al tacto. Puso sus manos en sus
caderas y las movió lentamente a su alrededor, para tener una nalga en cada
mano. Luego la volvió a besar, fundiendo su lengua con la suya en un abrazo
lleno de lujuria. Selina empezó a gemir y Ash se mantuvo firme. Siguió
besándola y apretando con frenesí su carne, hundiendo sus dedos en ese culazo lleno
y redondo.
La besó un rato más
así, de pie, explorando sus lenguas. Ash
separó un poco sus nalgas, y las amasó de arriba abajo. Su trasero gordo se sentía
tan bien en sus manos.
— Solo
un ratito, Ash… por favor — le rogó, al oído.
Ash se agachó
sorpresivamente, jalando con agresividad las tiras de su tanga. Inmediatamente
se hundió de cara en la delicada flor de su novia y empezó a lamer y chupar
como si no hubiera un mañana.
— ¡Ayyy
noooo Ashh! ¡Nooo! ¡Noooo! ¡Aaaahhh! ¡Aaaaaaahh!
Por supuesto, no la
escuchó. Batió su lengua de arriba abajo por su rajita, concentrando todos sus
esfuerzos en la preciosa perla que era su clítoris. Su lengua saboreó con fruición
cada gota de su preciado néctar, haciendo chillar y contorsionarse a Selina
como una enajenada.
— ¡Aaaaahhhh!
¡Aaaayy me corroooo! ¡Aaaaahhh me corrooooo!
Ash se abrazó a sus
nalgotas, hundiendo aún más su rostro, haciendo que su lengua atacara con más
energía, arrancando alarido tras alarido de su novia, perdiéndola en un mar de
placer. Finalmente, después de un arduo trabajo, tuvo su recompensa.
— ¡Me
corrooo Aaaaash! ¡Me corrooooo! ¡Me corrooooooo! — dijo, gimiendo con fuerza,
hundiendo sus uñas en sus brazos hasta casi hacerlos sangrar.
Ash bebió todo lo
que Selina expulsó de su caliente cuevita. Saboreó y lamió sin dejar que una
gota resbalara por sus piernas. Después de quedar medianamente satisfecho, fue
subiendo su lengua por su ombligo hasta llegar a sus redondos pechos. Chupó,
sorbió y mordió aquel par de tetas como si quisiera sacar leche de ellas.
Finalmente, su lengua volvió a la boca de su novia.
— Mi
amor… se nos hace tarde… —dijo, débilmente.
— ¡Plas!
¡Plas! — dos fuertes nalgadas fueron su respuesta. Enseguida Selina se acostó
boca abajo sobre esas sucias colchonetas.
Ash se acostó
encima de ella, en posición de cucharita. Rápidamente su gruesa herramienta
encontró un lugar cómodo entremedio de esas duras nalgotas que habían sido
ensalivadas previamente.
Ash metió las manos
debajo para ahuecar sus pechos. Entonces, sin esperar un segundo más, empezó a
sobar su equino miembro sobre aquel divino nalgatorio.
— ¡Aaaaahhhh
mi amoooooor!
Selina empezó a
moverse también, echando su bien dotado trasero hacia atrás, lo que hizo Ash
moviera su polla desnuda con furia sobre sus dos gordas mejillas.
— ¡Te
gusta mi amor!
— ¡Ayyyy
Ash! ¡Síiiiii, me gustaaa… me gustaaa muchoooo!
Ash sintió como
tembló de lujuria cuando lamió su cuello en esa posición, sus caderas empezaron
a menearse dejándose llevar. Ambos cuerpos entonces empezaron una persecución,
las hormonas y el instinto natural se hicieron cargo.
— ¡Aaaaaahhhh!
¡Aahhhhh mi amooooooor!
Selina empezó a
batir sus caderas de un lado a otro como si estuviera bailando una canción que
solo ella podía escuchar. Por su parte, Ash empezó a embestirla como si de
verdad la estuviera follando. Selina giró su cabeza y comenzó a besarlo
eufórica, nuevamente había sabido tocar los botones correctos y Ash lo celebró
pegándole una nalgada.
Selina llevó sus
manos hacia atrás, separando sus glúteos todo lo que su cuerpo le permitía. Ash
se sentó frente a ella para observar, maravillado, como la cabeza de su polla
tocaba sus labios mientras se deslizaba ferozmente en un beso prohibido.
— ¡Que
pedazo de culo tienes, mi amor! —gimió, dándole un beso a cada mejilla.
— ¡Ash…
lo prometiste!
— ¡Y
me lo tienes que recordar de este modo! ¿Verdad?
Ash acomodó su
tranca entre sus cachetes como un hot dog en medio de unos panecillos y empezó
a bombearla de forma feroz. Clavó sus dedos en su carne firme y empujó con la
fuerza de un atleta.
— ¡Aaaaaaahhhh
mi amorrr! ¡Ahhhhh que ricooooo!
Ash la sujetaba firmemente
de sus caderas y la golpeaba duro y seco, sin descanso, dando gala de su
condición física. Selina llevó una mano a su entrepierna, no dejaba de gemir. Iban
a correrse juntos.
— ¡Ayyyyy
amoooor amoooor amoooooor! —gritaba, pidiéndole que no parara.
Ash tomó con ambas
manos su cabello haciendo una cola de caballo perfecta, empotrándola como un
semental haría a su yegua. Estaban tan embarrados de fluidos, que el sonido de
sus cuerpos al frotarse era enloquecedor. Ahora era Selina la que atacaba, y
Ash supo que no tardaría mucho en correrse. Empezó a hacer twerking con sus
caderas batiéndolas a un ritmo endemoniado, su caliente verga se batía en sus
mejillas rojas, deseosa de liberar su preciada carga de una vez por todas.
— ¡Ahhh
Selinaaaaa mi amooooooor! ¡Me corroooo! ¡Me corrooooooo! —dijo vaciando sus
bolas en sus nalgas.
Ambos llegaron al
mismo tiempo, pero la torrencial lluvia de semen de Ash eclipsó la catarata de
fluidos de su novia, cayendo finalmente rendidos.
Maya
El carruaje avanzaba con traqueteos constantes, las ruedas
golpeando contra los adoquines húmedos. Lotrend se extendía frente a ellos,
gris y bulliciosa, con sus altas torres y gruesas murallas. El río quedaba
atrás, y el cruce del Puente de las Cien Almas retumbaba aún en sus oídos como
un recordatorio de que habían dejado Indelond para siempre.
Maya se acomodó en el asiento, a sus 26 años su figura era
un espectáculo viviente. Su largo cabello castaño, liso y brillante, caía sobre
sus hombros como una cascada oscura que enmarcaba su rostro de facciones
intensas y sensuales. En su pierna derecha, un tatuaje en forma de serpiente se
enroscaba desde el muslo hasta casi la cadera. La serpiente se deslizaba
sutilmente sobre su piel, moviéndose con sus emociones: vibraba cuando se
excitaba, se tensaba cuando sentía miedo y se erguía desafiante cuando se
enojaba. En la mano izquierda, un tatuaje en forma de flor florecía y se
marchitaba de acuerdo a su humor, como si respirara junto con ella.
Su cuerpo era pura voluptuosidad: pechos enormes que
parecían desafiar la gravedad, caderas anchas y carnales, muslos gruesos y
firmes que invitaban a ser rodeados, y un culo redondo y apretado que se
marcaba con cada movimiento. Vestía un atrevido vestido negro, abierto en el
centro desde el cuello hasta el ombligo, apenas sostenido por un par de
cordeles que dejaban asomar sin pudor el profundo valle de sus tetas. La tela
se ceñía a su cintura estrecha y luego se abría con descaro, dejando que sus
piernotas quedaran casi al desnudo, apenas cubiertas en ángulos estratégicos.
Cada sacudida del carruaje hacía que sus tetas bambolearan
con peligroso descaro, que la falda se subiera un poco más y que sus tatuajes
mágicos parecieran despertar con fuerza. Era imposible apartar la vista de
ella: cada curva, cada gesto y cada detalle de su piel tatuada parecían gritar
deseo y poder a la vez.
—
Me parece que la ciudad entera podría detenerse
solo para mirarte entrar —murmuró Collem.
Maya arqueó una ceja, conteniendo una risa.
—
No digas tonterías, Collem.
Él se inclinó un poco hacia adelante.
—
No son tonterías. Te miro yo, y eso basta.
Maya intentó mantener el gesto serio, pero una sonrisa
traicionó su compostura. El calor subió a sus mejillas; había algo en el
descaro de Collem que siempre la encendía.
—
Deberías ocuparte de lo que nos espera en la
mansión, no de mis pechos —susurró, bajando la voz.
Collem soltó una breve carcajada.
—
Puedo ocuparme de las dos cosas. Créeme, tengo
energía suficiente.
El carruaje dobló hacia la Plaza de los Héroes, donde
gigantescas estatuas de mármol observaban a los transeúntes con aire solemne.
Maya volvió a acomodarse, tratando inútilmente de detener los sugerentes
movimientos que hacían sus tetas.
—
Te estás divirtiendo demasiado mirándome —dijo
en voz baja.
—
Claro que sí —replicó Collem, con lascivia—. Y
lo haré hasta que pueda tocarte.
Maya negó suavemente, aunque su sonrisa era imposible de
ocultar.
—
Eres incorregible…
El carruaje dobló hacia un camino empedrado más ancho. A
través de la ventanilla, Maya divisó por primera vez la mansión de la Casa
Verenthil. La construcción se alzaba sobre una colina, robusta y solemne, con
torres cuadradas, muros de piedra oscura y ventanales alargados que parecían
ojos vigilantes. El blasón de la familia ondeaba en estandartes sobre la
entrada principal.
El carruaje se detuvo al pie de la escalinata. Filas de
sirvientes aguardaban en silencio, inclinando la cabeza en señal de respeto. El
aire estaba cargado de solemnidad, apenas roto por el resoplido de los caballos
y el crujir de las ruedas al detenerse.
—
Ahí viene… — murmuró, Collem.
Desde el fondo del patio, avanzaba la imponente figura de
Lord Dragos Verenthil. Era parcialmente calvo, de mandíbula cuadrada y con un
grueso bigote con puntas hacia arriba. A pesar de la edad, su cuerpo conservaba
un aspecto vigoroso y robusto, muy superior incluso al de su marido. Llevaba
una capa de un rojo oscuro que cubría sus hombros anchos, y en su mano derecha
relucía un anillo grande y ornamentado, cuya forma parecía ocultar algún
misterio.
Cada paso suyo resonaba con autoridad, y hasta los
sirvientes parecían contener el aliento ante su presencia. Maya lo observó con
una mezcla de respeto y desconcierto; aquel era el hombre por el que había
dejado su ciudad natal, el patriarca de la familia, el señor de la Casa
Verenthil. Y ahora, frente a su mirada acerada, comprendió que su vida en
Lotrend apenas estaba por empezar.
Collem fue el primero en descender del carruaje. Ajustó su
capa, respiró profundo y avanzó con pasos firmes hacia la figura de su padre.
Se inclinó ligeramente, en un gesto respetuoso, pero sin excesiva sumisión.
—
Padre.
—
¡Collem! ¡Me alegra verte de vuelta muchacho! —
dijo envolviéndolo en un abrazo.
Maya bajó con cuidado, sosteniendo la mano de un sirviente
para no tropezar con su vestido. La primera imagen que recibió Lord Dragos no
fue su rostro, sino su piernota derecha descubierta hasta el muslo. Allí, el
tatuaje mágico en forma de serpiente se retorcía lentamente, vivo, como si
adivinara la mirada del patriarca. El aire fresco le erizó la piel, y al alzar
la vista se encontró con los ojos penetrantes del señor de la Casa Verenthil.
Dio un paso al frente e inclinó la cabeza con elegancia.
—
Lord Dragos.
Él le tomó la mano con firmeza y, sorprendentemente, inclinó
los labios sobre sus nudillos. Fue un gesto solemne, aunque Maya no pudo evitar
sentir el peso de su mirada desviándose apenas hacia su escote antes de volver
a sus ojos.
—
Así que esta es la razón por la que mi hijo
desapareció siete años de Lotrend —dijo Lord Dragos, sin apartar la vista de
ella—. Me parecía un error imperdonable… hasta ahora.
Collem apretó los labios, pero Lord Verenthil levantó una
mano, mitigando el reproche con un gesto.
—
Te entiendo, hijo. Con una mujer así a tu lado,
cualquiera habría querido perderse del mundo.
Maya sonrió con modestia, inclinando apenas el rostro, aunque
la fuerza de las palabras la hizo estremecerse.
—
Es usted demasiado generoso, mi señor.
—
No. Solo sincero —replicó Lord Dragos con tono
autoritario, aunque sus labios dibujaron un atisbo de sonrisa.
Con un ademán decidido, el señor de la Casa Verenthil avanzó
hacia la escalinata, invitando a Maya y a Collem a seguirlo.
***
La mansión estaba en silencio, pero en el dormitorio la cama
de dosel no paraba de crujir. Maya estaba tumbada boca arriba, completamente
desnuda, con su cabello escarlata desparramado por las sábanas.
Collem se movía sobre ella, girando las caderas en círculos,
apretando con fuerza contra su cuerpo. Cada embestida la hacía gemir con la voz
rota, mientras sus tetotas enormes saltaban y se aplastaban contra su pecho.
Los pezones, duros y sensibles, rozaban la piel de su marido con cada vaivén.
Maya lo abrazaba con todo lo que tenía, brazos aferrados a
su espalda y piernas gruesas cerradas con fuerza alrededor de su cintura,
pegándolo más y más a ella. Sus muslos poderosos lo apretaban, y su gran
trasero se arqueaba contra la cama, buscando frotarse y seguir el ritmo que su
marido le imponía.
—
Así… muévete así —le susurró entre dientes,
mordiéndose los labios.
Collem gruñía, disfrutando de cómo ella se apretaba a su
alrededor, cómo se movía con él, siguiendo cada giro de sus caderas. El sonido
húmedo de sus cuerpos chocando llenaba la habitación, mezclado con los gemidos
ahogados que Maya intentaba contener sin éxito.
—
Dioses… se siente tan bien… —jadeó, apenas capaz
de sacar las palabras entre gemidos. Maya se retorcía bajo él, con las piernas
firmemente enganchadas a su cintura.
Collem gruñó satisfecho, bajando la cabeza hasta atrapar uno
de sus pezones con la boca. Lo mordió y lo chupó con hambre, mientras con la
mano libre amasaba la otra tetota con brutal descaro. Maya se estremeció, sus
muslos gruesos se tensaban a cada arremetida, apretando todavía más la verga de
su marido.
Su largo cabello castaño estaba desparramado en la cama, enredándose
húmedo contra su piel ardiente. Los jadeos salían roncos de su garganta, y cada
vez que Collem se hundía más hondo, su enorme culo se alzaba de la cama,
buscando más, pidiendo más.
—
Síííííííí… asíííííííííí… más fuerteeeee — gemía,
su voz casi un grito.
Collem enterró el rostro en su cuello, gruñendo con cada
movimiento, devorándola a besos y lengüetazos, como si quisiera marcarla
entera. Ella cerró los ojos, perdida en el frenesí… hasta que un destello la
hizo girar la cabeza. La puerta… estaba entreabierta.
“Imposible.” La había cerrado ella misma, lo
recordaba con claridad. El corazón se le aceleró, un escalofrío recorriéndole
la espalda incluso en medio del ardor.
Pero antes de que pudiera decir nada, Collem se aplastó
contra ella con toda su fuerza, hundiéndose hasta el fondo en un último envión
brutal. Maya gritó al unísono con él, y los dos estallaron al mismo tiempo, un
torbellino de placer que la hizo perder la noción de todo.
El silencio que vino después solo estaba roto por sus
respiraciones agitadas. Maya abrió los ojos lentamente, todavía abrazada al
cuerpo de su marido. Giró la cabeza hacia la puerta… ahora estaba cerrada. Bien
cerrada.
Un escalofrío le recorrió la piel. “Lo imaginé. Tiene que
haber sido mi imaginación.”
Aun así, no pudo apartar del todo la sensación de que algo,
o alguien, había estado allí, observando en la penumbra.
Ambos se dejaron caer rendidos en la cama, jadeando todavía,
pegados uno al otro entre besos húmedos y caricias lentas que recorrían sus
cuerpos desnudos. Maya, con el cabello hecho un desastre sobre las sábanas,
sonrió mientras jugueteaba con los labios de Collem.
—
¿Me acompañarás mañana a pasear por las calles
de Lotrend? Quiero conocer la capital contigo… —susurró, acariciándole la barba
corta con la punta de los dedos.
Collem apartó la mirada, exhalando un respiro pesado.
—
No puedo —. Se incorporó un poco sobre la cama y
apoyó el antebrazo en las sábanas—. Debo ponerme al día con mis obligaciones
como heredero. Además, pronto se celebrará una audiencia en la Fortaleza Den
Daral anunciando el compromiso de mi padre con la princesa Edelin. Debo estar a
su lado. Me necesita.
Maya se quedó en silencio, sus labios entreabiertos. La sorpresa
se mezcló con incomodidad en su rostro. Había escuchado historias sobre su
belleza en Indelond. La princesa mestiza había heredado las curvas y
sensualidad de su madre, convirtiéndola en la doncella más deseada de todo
Keldaran.
Sabía que no era cuestión de amor ni de deseo, sino de
poder. El Consejo quería evitar un desastre: sin heredero varón, el trono se
tambaleaba, y la Casa Verenthil era la única lo bastante fuerte para
estabilizar el reino. Pero, aun así, no pudo evitar comparaciones. La princesa tenía
apenas dieciocho años y estaba en la flor de su juventud, mientras Lord Dragos
Verenthil acababa de cumplir cincuenta y tres.
—
Entonces… tu padre y ella… —empezó a decir, pero
se detuvo. Las palabras se le atragantaron.
Collem soltó una risa seca, cargada de ironía. Se dejó caer
de espaldas en la cama, mirando el dosel con una mueca divertida.
—
Pues sí —respondió al fin—. Si la boda se
cumple, a mi padre le espera una juventud muy activa en la cama… y mucho
trabajo por delante. Ya sabes, el Consejo querrá que la princesa le dé hijos
cuanto antes. —Giró el rostro hacia ella y alzó una ceja—. Muchos hijos.
Maya lo miró con una mezcla de incredulidad y risa nerviosa.
—
Eres un descarado —le reprochó, empujándolo
suavemente con la mano en el pecho.
—
¿Y qué quieres que diga? —replicó Collem con
tono burlón, atrapándole la muñeca y besándosela después—. No puedo imaginar a
mi padre siguiéndole el ritmo a una princesa elfa de dieciocho años.
Maya todavía reía suavemente cuando Collem se inclinó sobre
ella de nuevo, besándole el cuello con hambre. Sin darle tiempo a protestar, se
abrió paso entre sus muslos y volvió a hundirse dentro de ella con un gemido
ronco.
—
¡Aaaahhhh! ¡¿Otra vez?! —susurró Maya, arqueando
la espalda mientras lo abrazaba con piernas y brazos nuevamente.
—
No terminé contigo —replicó él, moviéndose más
fuerte, marcando el ritmo sin tregua.
El cuarto volvió a llenarse de jadeos, del ruido húmedo y de
los crujidos de la cama. Maya se retorcía bajo su peso, entregada al vaivén,
perdiéndose en el calor del segundo asalto.
El placer le nublaba los pensamientos, la empujaba más y más
arriba, hasta que apenas podía distinguir sus gemidos de los de su marido. Todo
era calor, piel, humedad, y ese roce incesante que la hacía perder el control.
Entonces lo vio. De reojo, allí donde la penumbra se
filtraba, bajo la puerta cerrada… una sombra. El contorno de unos pies, quietos
al principio, después moviéndose lentamente, como si alguien estuviera de pie
justo al otro lado, escuchando, esperando.
Un escalofrío helado recorrió su espalda, cortando por un
segundo la oleada ardiente que la consumía. Parpadeó, incrédula. “No… no
puede ser.”
Collem seguía dentro de ella, moviéndose sin descanso,
devorándola con la respiración caliente en el cuello. Y ella, pese al miedo, lo
abrazó con más fuerza, como si quisiera perderse en su cuerpo para no pensar.
La sombra desapareció. La rendija quedó oscura, inmóvil.
Cerrada.
Y aun así, el vaivén no se detuvo. Maya gemía cada vez más
alto, ahogada entre el sudor y la piel de su marido, con la sensación de que
alguien, en algún lugar, seguía observando.
Crystal
La mancha en
el techo parecía expandirse, húmeda y oscura, como si quisiera devorar la
esquina entera. Crystal la observaba con fastidio, el peso de su pecho abultado
marcando la tela de su bata ligera, redondeando su respiración con cada suspiro
de impaciencia.
—
Sam, esto no puede seguir así —dijo, apoyando
una mano en la cadera, gesto que hizo resaltar la redondez suave de sus glúteos
bajo la tela ligera de su bata—. La humedad se está filtrando, y si no lo
arreglamos ahora, será peor.
Él, ya
poniéndose la corbata, ni siquiera intentó ocultar la incomodidad.
—
Crystal, es solo agua. ¿Para qué gastar? Se
secará.
Ella giró
lentamente hacia él, las curvas de su cuerpo acomodándose con un movimiento que
a cualquier otro hombre lo habría dejado sin palabras. Pero Sam, siempre el
médico metódico y tacaño, parecía inmune.
—
Sí, claro, hasta que el techo se venga abajo… y
gastemos el doble.
Sam cerró el
maletín y se encaminó a la puerta.
—
No hay dinero para caprichos. Tengo guardia. —La
besó apenas en la mejilla y salió, dejándola con la rabia atragantada.
Crystal
resopló, tomó el teléfono y llamó al técnico de siempre. La voz grabada
contestó alegre: “Estoy de vacaciones, regreso en dos semanas.”
—
Perfecto… —bufó, cortando.
Caminó hacia
la cocina, y con cada paso sus caderas bamboleaban con un vaivén obsceno,
redondo y pesado, como dos lunas compitiendo por atención. Su trasero, grande y
firme, parecía rebotar solo, exigiendo miradas, aunque estuviera sola. Abrió el
refrigerador y sacó un bote de helado, dejándose caer luego en la silla frente
al ordenador.
Una cucharada
generosa se derritió en su boca, pero otra se escapó, resbalando entre sus
pechos hasta perderse en el canal profundo de su escote. Crystal bajó la
mirada, y con la inocencia de quien recoge una miga de pan, metió los dedos
suavemente entre sus curvas y limpió la gota fría. La llevó a la boca,
lamiéndose los dedos con un gesto natural, sin malicia, pero que en ella se
veía inevitablemente erótico.
Suspiró,
volvió a mirar la pantalla y navegó entre anuncios de servicios de reparación.
Hasta que un nombre le llamó la atención: “FixRight”. Marcó sin leer más. Una
voz masculina, segura y cordial, confirmó que enviarían a alguien en unas
horas.
Colgó,
aliviada, y se quedó navegando por la red. Primero buscó artículos de moda:
bolsos, gafas de sol, collares. Luego pasó a ropa íntima; sujetadores de
encaje, transparencias que le recordaban su piel bajo la luz tenue del dormitorio.
Movió el cursor casi sin pensar, y de pronto, un clic errado la llevó a otra
sección.
Cristalizó en
la pantalla un catálogo inesperado: juguetes sexuales. Vibradores,
consoladores, todo expuesto con colores llamativos y descripciones directas.
Crystal se
mordió el labio. No era la primera vez que veía algo así, pero nunca había
buscado por iniciativa propia. El recuerdo le golpeó de pronto: los últimos
años con John —tan mecánicos, tan secos— habían dejado en ella un vacío. Sexo
rápido, sin pasión, sin ternura, casi como un trámite. Y cada vez que
terminaba, ella quedaba con un silencio interno, con esa hambre insatisfecha
que fingía ignorar.
Crystal detuvo
el cursor sobre la descripción de un vibrador color púrpura. La pantalla
detallaba sus múltiples velocidades, sus curvas diseñadas para “alcanzar cada
rincón de placer”, y lo describía con un lenguaje que parecía sacado de un
sueño. “Orgasmos intensos, oleadas de satisfacción, placer profundo y
prolongado”.
Ella leyó y
releyó las frases, con el ceño ligeramente fruncido. En su mente, esas promesas
parecían pura fantasía. Hacía años que no sentía nada parecido a lo que esas
palabras sugerían. El sexo con John había sido, al inicio, fuego y descontrol…
pero con el tiempo se volvió rutina, casi un trámite. “Esto suena demasiado
bueno para ser verdad”, pensó, indecisa, con la tentación latiendo en la punta
de su dedo, a un clic de distancia.
Se quedó un
momento con la respiración contenida, hasta que suspiró y cerró de golpe la
laptop.
—
¡Ay! ¡No seas estúpida!…
Se levantó y
caminó hasta el espejo grande del pasillo. La luz suave acarició su melena
rubia, larga y brillante, que caía en ondas naturales sobre sus hombros. Se
inclinó un poco hacia adelante, estudiando su rostro: coqueto, atractivo, con
esos labios carnosos que siempre parecían invitar a un secreto.
Luego bajó la
mirada hacia su reflejo completo. Sus senos grandes se proyectaban redondos,
pesados, con una forma tan provocativa que ella misma sonrió. Giró apenas,
dejando que la silueta de sus nalgas, redondas y firmes, se mostrara en el
cristal. Sus manos recorrieron sus propias curvas, acariciándose los costados,
subiendo y bajando con un orgullo sensual.
—
Chica… sigues siendo un bombón —dijo para sí,
entre risas suaves y una pizca de vanidad que le encendió la piel.
El sonido de
una notificación en su teléfono interrumpió el momento. Lo tomó y abrió
WhatsApp. El grupo de enfermeras estaba, como siempre, lleno de tonterías:
stickers, chismes, memes repetidos. Fue bajando sin interés, hasta que un audio
captó su atención.
Lo puso a
reproducir y, al instante, escuchó la voz de una de las enfermeras más jóvenes
del hospital.
“No saben,
chicas… anoche me lo tiré. ¡Qué bruto! Qué manera de cogerme… mi novio jamás me
ha hecho sentir así. Ese pobre cree que con tres empujones ya cumplió. ¡Ja! Ni
se acerca a lo que sentí ayer.”
Crystal apretó
los labios, incómoda. Aquella vulgaridad, ese tono descarado, le arrancó un
gesto de desaprobación.
El segundo
audio llegó enseguida. Ella dudó un instante, pero lo reprodujo.
“Chicas,
estaba que me partía en dos… me agarró como un animal. Me subió la falda, me
corrió las bragas y me la metió de golpe, sin preguntar nada. Yo solo gemía, le
decía que no parara, que me lo hiciera más duro… y él obedecía. ¡Dios, cómo me
hacía chocar la espalda contra la pared! Sentía cada centímetro, como si me
abriera entera. Nada que ver con mi novio, ese pobre apenas entra y ya acaba.”
Crystal tragó
saliva, el corazón acelerado. Le fastidiaba tanta vulgaridad, pero su cuerpo
reaccionaba distinto: un cosquilleo subía por su vientre, haciéndole
estremecer.
El tercer
audio llegó de inmediato.
“Me tenía
contra la pared, con las piernas alrededor de su cintura, dándome sin parar. Yo
le clavaba las uñas en la espalda y gritaba como puta… y él me decía que eso
era lo que era, su puta. ¡Y me encantaba escucharlo! Se me salían las lágrimas
de lo fuerte que lo sentía, chicas, nunca me habían follado así en mi vida.”
Crystal cerró
los ojos, un jadeo escapando de sus labios. El calor les subía a las mejillas,
a los pechos, a todo el cuerpo.
El cuarto
audio empezó con la respiración agitada de la chica, como si apenas hubiera
terminado de hablar para volver a grabar.
“Hizo que
se la chupara en la sala… ahí, sobre el el piso frío. Me agarró del pelo y
empezó a darme con todo en la boca. Yo babeaba, me atragantaba, pero no quería
que se detuviera. Me decía: eso, trágatela toda, así, como una puta de verdad.”
Crystal se
llevó la mano a la frente, cerrando los ojos, pero la imagen ya estaba tatuada
en su mente: la joven, de rodillas, con el maquillaje corrido, tragando entre
jadeos y risas. Le dolía admitirlo, pero el calor entre sus piernas era ya
insoportable.
El quinto
audio sonó casi de inmediato, con la voz de la chica rota, jadeante,
entrecortada:
“Me levantó
del suelo, me puso contra la mesa y me la metió otra vez, hasta el fondo. Me
dio duro, firme, muy rico. Se vino dentro. Y yo acabé también, gritando como
loca, temblando. Fue brutal, chicas. Brutal. Y no me arrepiento de nada, al
contrario… quiero repetirlo esta noche.”
El silencio
después del audio fue ensordecedor. Crystal dejó el teléfono sobre la mesa como
si le quemara las manos. Tenía el pulso acelerado, el pecho subiendo y bajando
con fuerza.
Se abanicó con
las manos, como intentando enfriar el calor imposible que le recorría la piel.
Caminó por la sala, por el pasillo, hasta la cocina y de regreso, incapaz de
estarse quieta. Pero en su cabeza, una y otra vez, seguían los gemidos de la
enfermera, las palabras sucias, el sonido de un orgasmo real, vivo, intenso.
Crystal apretó
las piernas mientras caminaba. Cada paso era un intento inútil de escapar de sí
misma, de esa quemazón que le devoraba por dentro. Sus muslos rozaban entre sí,
húmedos, y cada roce la hacía gemir apenas, con un suspiro que se le escapaba
sin permiso.
De pronto se
detuvo frente al espejo. Su reflejo la confrontó sin piedad: el rubor en sus
mejillas, el cabello rubio despeinado, el brillo húmedo en sus labios… y sobre
todo, sus pezones duros, marcando la tela ligera de la bata. Alzó una mano y
los acarició suavemente, primero con pudor, como si aún alguien pudiera verla.
Pero el gemido que se le escapó cuando pellizcó uno de ellos la desarmó.
—
Dios mío… —susurró, estremecida.
Se giró,
tambaleante, y caminó hacia el pasillo. No vio lo que tenía delante hasta que
tropezó con un paraguas largo, olvidado junto a la pared. El golpe la hizo caer
de espaldas, aterrizando sobre su trasero enorme y redondo que rebotó contra el
suelo. Jadeó, confundida, y al alzar la vista, sus ojos recorrieron la forma
del objeto cilíndrico, erecto, insinuante.
Un escalofrío
la recorrió de pies a cabeza. De pronto todo a su alrededor parecía tener esa
forma: las botellas sobre la mesa, el picaporte al final del pasillo, hasta la
manija de la refrigeradora. Su mente, enardecida, lo traducía todo en lo mismo:
sexo, penetración, fuego.
Crystal se
cubrió la boca con la mano, respirando agitadamente, y huyó al único lugar
donde pensó que podría apagar el incendio: la ducha.
Entró al baño,
tiró la bata al suelo sin pensarlo y abrió la llave. El agua fría golpeó su
piel, arrancándole un jadeo, pero apenas segundos después ya era tibia,
envolviéndola. Sus senos pesados se sacudieron al contacto, resbalando gotas
brillantes hasta su ombligo.
El agua corría
en cascadas por su cuerpo, bajando desde la nuca, recorriendo la curvatura de
su espalda hasta perderse en la redondez obscena de su trasero. Crystal arqueó
más la cintura, ofreciéndose al contacto del agua como si fuese una caricia
viva.
Con una mano
apretaba sus tetotas, frotando con descaro sus pezones hinchados hasta que sus
propios gemidos rebotaban contra el azulejo. Con la otra, descendió,
acariciando las caderas amplias, agarrando con fuerza sus propias nalgas,
hundiendo los dedos entre ellas con un gesto vulgar, necesitada, como si
quisiera abrirse para alguien que no estaba allí.
—
¡Diossss…! —susurró, mordiéndose el labio
mientras el agua la hacía brillar.
Se frotaba con
ansiedad, cada vez más rápido, incapaz de dar abasto al cuerpo que se
desbordaba en cada curva. Sus dedos encontraron ese calor húmedo entre sus
muslos y lo acariciaron con urgencia, presionando, rozando, hundiendo. El
placer la invadía como una ola, los jadeos se transformaban en gemidos roncos,
y estaba a un suspiro de rendirse al clímax.
Entonces sonó
el timbre.
El sonido
estridente la cortó de golpe. Crystal abrió los ojos, maldiciendo con la
respiración entrecortada.
—
¡Joder!… ¡no puede ser ahora! —gruñó,
desesperada, con las piernas aún temblándole.
Cerró la ducha
de un manotazo, salió empapada, resbalándose por el baño. En la prisa abrió el
armario y tomó la primera bata que encontró. No quería tocar la que había
dejado en el suelo. Al ponérsela notó con horror que era demasiado pequeña:
apenas cubría sus senos, dejando medio busto asomando, y en la parte de abajo
quedaba tan corta que sus nalgas redondas y húmedas se adivinaban con cada
paso.
El timbre
volvió a sonar.
Crystal,
jadeante, con el corazón aún al galope, se armó de valor y abrió la puerta.
El técnico
estaba ahí: un hombre gordo, barbudo, con una gorra roja ajustada hasta las
cejas y una camiseta pegada a su panza.
Se quedó
congelado al verla. Sus ojos se abrieron de par en par, recorriendo incrédulos
el pedazo de hembra que acababa de abrirle: el cabello rubio aún húmedo, la
piel perlada de gotas, los senos enormes desbordando la bata, las piernas
torneadas brillando bajo la luz.
El tipo
parpadeó, boquiabierto, como si no pudiera creer que esa visión era real.
—
Ejem… b-buenas tardes… soy de FixRight… —balbuceó,
tragando saliva.
Crystal lo
observó un instante, inmóvil en el umbral, sintiendo cómo el agua que aún
corría por su cuerpo se deslizaba hasta la bata corta, marcando todavía más
cada curva. La tela se le pegaba a la piel, transparente en algunas zonas.
El técnico no
sabía dónde mirar: sus ojos subían y bajaban, atrapados entre el escote que
parecía a punto de reventar y las piernas brillantes que terminaban en un
trasero apenas cubierto. Tragó saliva con tanta fuerza que hasta ella lo
escuchó.
Crystal sonrió
apenas, consciente de la escena. Aún respiraba entrecortado, con el calor
vibrándole en el vientre. Dio un paso atrás para dejarlo pasar, pero lo hizo
lentamente, bamboleo sus caderas inconscientemente. El movimiento hizo que la
bata se abriera un poco más en el pecho, revelando el pezón húmedo que luchaba
por escapar.
—
Adelante… —dijo, sin percatarse de ello.
El hombre
parpadeó varias veces, intentando recomponerse. Dio un paso dentro de la casa,
tropezando casi con la alfombra, y al pasar junto a ella su brazo rozó
accidentalmente el costado de Crystal. La piel de ambos se tocó apenas un
segundo, pero a ella la recorrió un escalofrío.
—
P-perdón… —balbuceó él, nervioso, tratando de
mirar al suelo.
Crystal, se
giró hacia él y, con toda la naturalidad del mundo, llevó una mano al borde de
la bata para ajustarla, aunque en lugar de cubrirse terminó mostrando más piel:
un destello de su pecho húmedo, la curva tentadora de su muslo.
—
No se preocupe… —murmuró, clavando sus ojos
azules en los de él—. Póngase cómodo.
El técnico se
quedó de pie en la sala, incómodo, con las manos apoyadas en el cinturón de
herramientas, pero incapaz de quitarle los ojos de encima.
—
Esto… —balbuceó, jugando nerviosa con un mechón
de su cabello húmedo—, está húmeda… digo… estoy húmeda… digo… la pared está
húmeda.
Sintió que la
cara le ardía. El técnico arqueó las cejas, sorprendido, pero no dijo nada.
—
Ehh… el problema… está arriba… —añadió, y ni
siquiera esa frase le salió con coherencia.
Quiso darse la
vuelta para guiarlo, tratando de retomar la compostura, pero en cuanto dio el
primer paso hacia la escalera comprendió su error.
Subía ella
adelante, con la bata corta pegada a la piel mojada, y él detrás, a escasos
centímetros. El movimiento de sus caderas era inevitable, lento, cadencioso, y
con cada escalón su trasero se alzaba, rebotaba, bamboleaba de manera obscena.
La tela subió aún más, dejando a la vista lo que no debía.
Crystal lo
sintió. Sabía lo que él estaba viendo: sus nalgas descomunales prácticamente en
la cara del técnico, húmedas, brillantes, temblando con cada paso. Contuvo un
gemido, mordiéndose el labio, avergonzada de la escena y al mismo tiempo
incapaz de detenerla.
El aire entre
ellos era espeso, eléctrico. Ella casi podía oír la respiración contenida del
hombre a su espalda.
Cuando por fin
llegaron al pasillo, Crystal apretó los muslos mientras caminaba hasta la
habitación. El bamboleo de su culo era imposible de controlar, cada paso un
vaivén sensual que la traicionaba más que cualquier palabra.
—
A… aquí es… —dijo, entrando al dormitorio y
señalando la mancha oscura en la esquina del techo.
El técnico
levantó la vista apenas un segundo. Pero sus ojos volvieron enseguida a ella.
El agua aún le corría por la clavícula, perdiéndose entre los senos enormes que
apenas contenía la bata, y más abajo la curva obscena de sus caderas.
Se quedó allí,
en silencio, como debatiéndose entre su deber y el deseo. Al fin carraspeó,
frotándose la barba con nerviosismo.
—
Voy a tener que revisar el tejado… —murmuró, y
sin esperar respuesta salió en dirección a la puerta, a buscar la escalera de
su camioneta.
Crystal se
dejó caer sobre la orilla de la cama, con el corazón desbocado, las piernas
ardiendo y la respiración temblorosa. No sabía si estaba aliviada… o
decepcionada. Se llevó ambas manos al rostro, escondiéndose entre los dedos
mientras respiraba agitadamente.
—
¡Estas loca…! ¡Estas completamente loca…!
—susurró con voz quebrada. El cuerpo le ardía como si aún estuviera bajo la
ducha, el corazón no le bajaba el ritmo, y la vergüenza la consumía por lo que
acababa de dejar pasar.
Quiso
levantarse, pero sus piernas se negaban. Permaneció sentada en la cama, con los
muslos apretados, inmóvil, como si cualquier movimiento fuera a delatar lo que
realmente sentía.
Entonces
escuchó un ruido afuera: el golpe metálico de una escalera apoyándose contra la
pared.
Crystal giró
la cabeza hacia la ventana y lo vio. El técnico, con su gorra roja, estaba
subiendo por la escalera que daba justo hacia su habitación. Desde esa
perspectiva, podía verla directamente. El aire se le escapó de los pulmones
cuando comprendió la escena: con cada peldaño que el hombre ascendía, la visión
hacia el interior de la habitación se abría más y más.
Se quedó
helada, clavada en la cama, sin saber si apartarse o cubrirse. Y entonces, en
un instante, sus ojos se encontraron. El tiempo pareció detenerse. El gordo
barbudo quedó petrificado en la escalera, con los labios entreabiertos,
atrapado por esa visión imposible: Crystal, con la bata corta pegada a la piel
mojada, con el rubor encendido en sus mejillas y los senos que apenas contenía
la tela.
Su teléfono,
en algún rincón de la casa, rompiendo el silencio con un timbre estridente.
Solo una estúpida notificación. Crystal dio un respingo, y en la prisa por
levantarse, la bata se le enganchó en la muñeca y se deslizó por su cuerpo,
cayendo al suelo.
Quedó desnuda,
de pie, justo frente a la ventana. El agua aún resbalaba por sus pechos
exuberantes, bajando por su vientre hasta desaparecer en la curva salvaje de
sus caderas y el monte húmedo entre sus piernas. Era demasiada carne, demasiada
hembra para aquella mirada que la devoraba desde fuera.
El técnico
abrió la boca, en shock. Su pie dudó un segundo, y pisó mal.
El grito
retumbó en el patio. El cuerpo pesado cayó de golpe contra el césped,
acompañado de un estruendo de metal al desplomarse la escalera.
—
¡Dios mío! —chilló Crystal, llevándose las manos
al pecho, paralizada por el miedo.
Corrió a
recoger la bata del suelo, se la puso a medias, sin siquiera atársela, y salió disparada
de la habitación. Bajó las escaleras con el corazón a punto de estallarle y
atravesó la puerta de la casa.
El técnico
yacía en el césped, quejándose, con la gorra caída a un lado y la respiración
pesada.
—
¡Señor! ¡Señor, está bien! —Crystal gritaba
desesperada mientras se agachaba junto a él, tratando de examinarlo con manos
temblorosas.
El hombre
estaba pálido, sudoroso, respirando fuerte, pero alcanzó a asentir. Sus labios
apretados no decían nada, sin embargo, sus ojos hablaban demasiado: estaban
pegados al busto de Crystal, que se le escapaba de la bata cada vez que ella se
movía.
Crystal lo
notó, se mordió la lengua y desvió la vista, tratando de enfocarse. Lo sostuvo
con firmeza, sintiendo su cuerpo pesado, cálido y rudo apoyado contra el suyo.
Lo llevó hasta el sofá de la sala, y lo dejó caer despacio.
—
Dígame dónde le duele —insistió, arrodillándose
frente a él.
—
La pierna… aquí. —El hombre señaló la parte alta
de su muslo con un gesto torpe.
Crystal puso
la mano sobre su pierna. La musculatura era dura, como piedra. Le recorrió un
escalofrío por la espalda. Se inclinó más, con la bata resbalando de un hombro.
La tela apenas le cubría, y cada respiración profunda la delataba.
—
No puedo revisarlo bien con los pantalones…
—dijo con un hilo de voz. Miró hacia arriba, insegura—. Tendrá que quitárselos.
El hombre
abrió los ojos con sorpresa, pero sin pensarlo demasiado se desabrochó el
cinturón. El sonido metálico retumbó en la sala como un eco vulgar. Bajó los
pantalones con esfuerzo, dejando al descubierto sus piernas robustas, casi
monstruosas, cubiertas de pelo oscuro.
Crystal tragó
saliva, intentando mantenerse serena, hasta que él gruñó:
—
El golpe fue aquí… demasiado cerca de… ya sabe.
Ella bajó la
mirada, y entonces lo vio. La ropa interior estaba tensa, hinchada, formando
una carpa obscena que parecía moverse bajo la tela. Por un segundo se quedó
inmóvil, con los ojos clavados en esa sombra palpitante.
Un rubor
furioso le subió a las mejillas. Se apresuró a mirar hacia otro lado, pero ya
era tarde: la imagen se había grabado en su cabeza.
Aun así, llevó
la mano al muslo lastimado, palpando con timidez, temblando por lo cerca que
estaba de aquello. Sus dedos rozaban la piel caliente, y cada vez que apretaba
un poco más, esa cosa parecía responder con un leve espasmo bajo la tela.
—
A… aquí… ¿le duele? —preguntó, apenas
respirando.
El hombre
inclinó la cabeza y murmuró, ronco:
—
¿Me ayudará, señora… con esto?
Crystal se
congeló. Su mano quedó suspendida en el aire. Sintió que la sangre le hervía,
que todo su cuerpo ardía.
—¿Co… cómo?
—balbuceó, el corazón golpeándole las costillas.
Él sostuvo su
mirada un segundo, y luego sonrió torcido:
—
La pierna… señora… la pierna…
Crystal exhaló
un suspiro largo, casi una risa nerviosa, llevándose una mano al pecho.
—
Sí … claro… la pierna… —dijo, girando la cabeza,
todavía colorada.
Él soltó un
gruñido, sobándose el muslo con mano pesada. Crystal lo miró un instante,
sintiendo todavía ese calor sofocante entre las piernas.
—
Vo… voy a traerle … algo para aliviar el dolor
—anunció, poniéndose de pie.
Crystal
regresó con el tubo del gel en la mano, respirando hondo para intentar
calmarse. Se arrodilló junto al hombre otra vez, apretó un poco de pomada sobre
su palma y empezó a extenderla por la zona golpeada. El frío del ungüento
contrastaba con el calor de su piel, y pronto sus dedos se movían en círculos,
frotando lento, presionando lo suficiente para que penetrara.
El muslo era
duro, firme como un tronco bajo sus manos. A medida que lo masajeaba, sin
quererlo, su cuerpo se inclinaba más y más hacia él. Su rostro quedó
peligrosamente cerca de aquella carpa obscena que se agitaba bajo la tela de la
ropa interior. El bulto se movía, vivo, latiendo, y Crystal sintió que la boca
se le secaba. La respiración se le hizo irregular, y tuvo que morderse el labio
para no gemir.
Crystal no
supo cuánto tiempo estuvo frotando al hombre hasta que este soltó un resoplido
grave:
—
Señora… deténgase. Me hace daño.
Crystal
parpadeó, sacudida, y retiró la mano como si la hubieran atrapado en falta.
—
¿Le… le duele más? —preguntó, tartamudeando.
Él la miró,
directo, sin rodeos, con una media sonrisa en la cara.
—
Ya no me duele ahí. Ahora el dolor lo tengo en
otra parte… ¿me entiende?
Crystal se
quedó helada. Sintió que la sangre le golpeaba en los oídos. Su mano seguía
temblando sobre su regazo, y no podía apartar la vista de esa erección brutal
que se marcaba bajo la tela.
No dijo nada.
No podía. Pero sus labios se entreabrieron y, para su desgracia, una sonrisa
nerviosa se escapó de ellos, ligera, culpable.
El hombre
arqueó una ceja y gruñó:
—
Si sigue así… me va a matar, señora.
Crystal se
quedó congelada, el corazón reventándole en el pecho. Sus ojos,
inevitablemente, volvieron a ese bulto enorme que palpitaba bajo la tela. El comentario
le rompió la última barrera. Tragó saliva, temblando, y notó cómo sus dedos, en
lugar de retirarse, se desviaban lentamente hacia donde no debían.
Rozó primero
el borde de la tela, apenas con la yema, como si buscara una excusa para tocar.
Pero la excitación pudo más. Al fin, con un movimiento tembloroso, descubrió lo
que se ocultaba allí.
No era como
los monstruos de carne que había visto alguna vez en películas porno, pero sí
más grueso, más imponente que el de su marido. Solo con tenerlo delante sintió
un vértigo delicioso. Se le hizo agua la boca, literalmente, y mordió su labio
con hambre.
Lo acunó en su
mano con cuidado, como si no quisiera lastimarlo, y una sonrisa tímida,
culpable, le curvó los labios.
—
Yo… yo lo voy a cuidar —susurró con voz
entrecortada, jadeando—. Todo va a estar bien.
El hombre la
miraba en silencio, ojos abiertos, sin creérselo. Entonces, Crystal empezó a
mover la mano despacio, sintiendo cómo esa dureza crecía aún más en su palma.
El calor que desprendía la quemaba, y cada pequeño tirón le arrancaba un
estremecimiento a ella misma, como si su cuerpo respondiera al suyo.
El movimiento
de la mano de Crystal fue ganando ritmo, de un roce tímido a un vaivén más
firme, húmedo de sudor. La respiración del hombre se volvió ronca, pesada, como
un animal enjaulado.
—
Escúpale… —gruñó, con voz áspera, sin apartar la
mirada de sus pechos que rebotaban bajo la bata.
Crystal
parpadeó, turbada por la crudeza de la orden, pero el calor entre sus piernas
la consumía. Inclinó la cabeza, soltó un escupitajo denso sobre su palma, y lo
extendió sobre aquella dureza. El sonido húmedo llenó el silencio de la sala.
Ahora sus
dedos se deslizaban con una facilidad obscena, cada movimiento arrancándole un
gemido breve al hombre. Crystal mordía su labio, casi babeando, fascinada con
el poder que tenía en la mano. El vaivén subió de intensidad, más rápido, más
fuerte, con un golpeteo viscoso que la enloquecía.
El hombre dejó
caer la cabeza hacia atrás, gruñendo, los músculos tensos. Crystal no se reconocía.
La enfermera recatada, la esposa fiel, la madre de familia… había desaparecido.
Lo que quedaba era una hembra desatada, moviendo la mano como si quisiera
arrancarle el alma a ese bruto. Jadeaba, sonreía torcida, enajenada por el
placer de dominarlo.
Hasta que, de
golpe, él la detuvo. Le agarró la muñeca con fuerza, interrumpiendo la
frenética caricia. Crystal lo miró, con los labios temblorosos, incapaz de
creer que la había parado.
—
Basta… —murmuró él, y antes de que pudiera
reaccionar, la levantó con un movimiento brusco y la arrojó contra el mueble.
Crystal cayó
de espaldas, con la bata desacomodada, los muslos abiertos, el corazón a punto
de estallar. Entendió en un segundo que ya no podía hacer nada por evitar lo
que iba a pasar. Era demasiado tarde.
La bata ya no
era una prenda, sino un trapo inútil desparramado bajo su espalda. Crystal
estaba completamente expuesta, la piel perlada de sudor, los pezones rígidos, y
en su centro, un calor húmedo, impaciente, que parecía latir por sí mismo.
El hombre la
contempló unos segundos, jadeando, como si no pudiera creer la visión. Sus ojos
recorrieron cada curva, cada pliegue, y luego sus manos grandes y ásperas la
devoraron sin compasión. Amasó sus senos con brutalidad, apretando la carne
como si quisiera marcarla. Bajó el rostro y los lamió con ansia, dejando la
piel brillante, babeada, hundiendo la barba en su suavidad.
Crystal arqueó
la espalda, gimiendo alto, sintiendo que se rompía por dentro. No tuvo tiempo
de suplicar, ni de pensarlo demasiado: él ya se acomodaba, esa cosa gruesa y
palpitante rozando la entrada ardiente de su intimidad.
—
Oh, Dios… —alcanzó a suspirar, segundos antes de
sentir cómo la invadía.
El empuje fue
brutal, llenándola por completo. Crystal se aferró a él instintivamente,
clavando las uñas en su espalda, envolviéndolo con brazos y piernas. Su barriga
pesada se aplastó contra su vientre, sofocándola, pero no le importó. Esa
rudeza, esa sensación de ser tomada sin permiso ni delicadezas, la volvía loca.
El vaivén
comenzó, fuerte, húmedo, con cada embestida haciendo chocar sus cuerpos en un
sonido crudo que se mezclaba con los jadeos roncos de él y los gemidos
desgarrados de ella. Crystal no podía detenerse: sus gritos eran tan fuertes,
tan sucios, que jamás podrían compararse con los susurros apagados que daba
cuando estaba con su marido. El contraste era absoluto, hiriente, excitante.
Sus caderas lo
recibían con avidez, como si hubieran estado esperando ese ritmo toda la vida.
Crystal gemía sin control, perdida, abrazada a ese cuerpo tosco que la poseía
con una fuerza que la hacía estremecerse en cada embestida.
—
¡Diooosssss, síííííííííí! —escapó de su boca,
jadeando.
El hombre bajó
la cabeza y le mordió un pezón, con torpeza y hambre, chupando hasta arrancarle
un grito. La carne de su pecho quedó babeada, marcada, y Crystal, enajenada, le
sujetó la cabeza contra sí.
Después los
labios del hombre subieron hasta su boca. Fue un beso sucio, húmedo, donde las
lenguas se chocaron sin ritmo, donde el aliento caliente se mezcló con gemidos
entrecortados. Crystal lo recibió con avidez, casi devorándolo, mientras sus
caderas se movían solas, buscando más de aquella cosa dura que entraba y salía
sin piedad.
El sonido era
obsceno: un chasquido húmedo, rítmico, acompañado por el jadeo ronco de él y los
gritos descarados de ella. Su trasero se levantaba con cada embestida,
ofreciéndose, encajando a la perfección. Era como si sus cuerpos hubieran sido
hechos para acoplarse de esa forma, cruda y animal.
Crystal se
reconocía en el espejo de la ventana: la rubia perfecta, la enfermera
intachable, ahora desparramada, con un hombre gordo y barbudo clavándola sin
miramientos, y lo peor era que le gustaba. Le gustaba demasiado.
Cada entrada
la hacía gemir más fuerte. Cada salida la dejaba temblando, húmeda, rogando por
más. Movía las caderas como una enajenada, siguiendo el ritmo, perdiendo toda
noción de vergüenza. Solo existía ese vaivén, ese mete y saca brutal que la
estaba destrozando de placer.
El hombre
gruñó desde lo más hondo del pecho, como una bestia en celo, y empezó a moverse
con una violencia que arrancó de inmediato un chillido a Crystal. Ya no eran
embestidas rítmicas, sino un mete y saca brutal, rápido, sin piedad, que hacía
chocar sus cuerpos en un estrépito húmedo y obsceno.
La barriga
pesada de él se estrellaba contra su vientre, aplastándola, y el sonido viscoso
de su sexo empapado llenaba la sala. Crystal abría más las piernas, se
arqueaba, se ofrecía sin pensarlo, gimiendo como una puta enloquecida, con la
cabeza sacudiéndose contra el mueble.
—
¡Más, más! —gritó, arañándole la espalda con
uñas furiosas, sintiendo que el cuerpo se le deshacía con cada embate.
Él bajó la
boca a su pecho, mordiendo con brutalidad, chupando, dejando marcas rojizas y
hilos de saliva. Luego subió otra vez a su boca, besándola como si quisiera
arrancarle el aire, baboso, desordenado. Crystal lo recibía con lengua, con
dientes, con todo, perdida, convertida en una hembra que ya no reconocía.
El mete y saca
era feroz, crudo, casi doloroso, pero el placer la estaba consumiendo. Cada vez
que él se hundía hasta el fondo, Crystal chillaba, un grito ronco que jamás
había dejado salir con Sam. Movía las caderas de abajo hacia arriba,
desesperada, encajando con él, sacudiendo su culo enorme contra el vientre
peludo del hombre.
Los dos
sudaban, resbalaban, y el sofá crujía bajo el peso de esa cogida bestial. El
olor era fuerte, mezcla de sudor, sexo y saliva. Crystal jadeaba, gemía fuerte,
con la garganta rota, sintiendo cómo su cuerpo se entregaba más y más.
—
¡Me rompes… oh, Dios, me rompes! —gritó, pero
lejos de apartarlo, lo apretó con las piernas aún más fuerte, atrapándolo,
rogando por más golpes, por más brutalidad.
El hombre no
aflojó ni un segundo. La estaba follando como un animal desbocado, con
embestidas que hacían chocar carne contra carne en un ruido húmedo y
repugnante, tan vulgar que a Crystal la ponía más loca. Ella chillaba como
perra en celo, los muslos temblando, retorciéndose bajo él, gritándole
obscenidades.
—
¡Sí, sí, rómpeme! —gritaba, con la voz ronca,
sin vergüenza, con lágrimas de puro placer corriéndole por las sienes.
Él gruñía,
maldecía, sudor cayendo a chorros de su frente sobre su cara y sus tetas. La
mordía, la baboseaba, le apretaba las carnes como si quisiera arrancarlas. Cada
metida era un castigo, un golpe de pura carne dura rompiéndole las entrañas, y
Crystal lo sentía todo, caliente, crudo, delicioso.
—
¡Más… más fuerte! —aullaba con voz ronca, los
dedos arañándole la espalda, las piernas anudadas a su cintura.
Cada sacudida
hacía que sus tetas se sacudieran violentas, cada embestida le arrancaba un
gemido nuevo, más sucio, más desesperado. El aire apestaba a sudor, a sexo, a
pura vulgaridad. Crystal ya no se reconocía; sentía la carne arderle, la
barriga de él aplastándola, su verga rellenándola como nunca antes.
De pronto, un
espasmo le recorrió todo el cuerpo. El vientre le tembló, la garganta se cerró
en un alarido bestial. La corrida de placer la atravesó entera, haciéndola
arquear la espalda, chocar los talones contra el suelo, gemir como una perra en
celo. El coño se le contrajo, apretando esa verga como si quisiera arrancarle
hasta el alma.
—
¡Me vengo! ¡Me vengo, carajo! —gritó, perdida,
con lágrimas de puro placer en los ojos.
Él rugió al
sentirla apretarse, como si le ordeñara la verga. Se salió de golpe, la agarró
de las tetas y, jadeando como un toro, descargó sobre ellas. El semen le bañó
los senos, escurriéndose por el canal hasta su ombligo, salpicándole incluso la
cara.
Crystal,
todavía temblando por su propio orgasmo, manoteó sobre su pecho mojado, se
embadurnó los dedos y se los llevó a la boca. Chupó, tragó con un gemido ronco
y vulgar, lamiéndose los labios mientras lo miraba con una sonrisa torcida,
caliente, indecente.
El hombre,
respirando a trompicones, seguía con la verga dura apuntando hacia ella,
incrédulo, como si lo que había pasado fuera demasiado incluso para él.
Crystal seguía
jadeando, con el corazón martillándole en el pecho, cuando lo miró. La
respiración de ambos llenaba la sala, pesada, cargada de sexo. Entonces, casi
sin pensarlo, se inclinó sobre él. Sus labios se abrieron y, agradecida,
comenzó a limpiar con la boca lo que quedaba en su verga. Lo lamió despacio,
con devoción, como si quisiera agradecerle con cada chupada lo que le había
hecho sentir. El hombre gruñía bajo, acariciándole el cabello rubio, perdido
también en esa locura.
Cuando
terminó, subió hasta su boca y lo besó. Un beso húmedo, desesperado, que pronto
se convirtió en un abrazo apretado. Se fundieron como si fueran amantes de toda
la vida, como si el mundo a su alrededor no existiera. Por un instante parecían
una pareja de enamorados que se devoraban con ternura y lujuria mezcladas.
Pero de
repente, todo se desmoronó. Como un globo que se pincha y se desvanece, la nube
de lascivia desapareció. El aire volvió a sentirse pesado, sucio, irreal.
Crystal abrió los ojos y lo entendió todo de golpe: lo que había hecho, lo que
acababa de permitir. Un golpe de culpa la atravesó entera.
—
Dios mío… ¿qué hice? —susurró, apartándose
bruscamente.
Se cubrió con
la bata y huyó hacia su habitación, tambaleándose, como si pudiera escapar de
su propio cuerpo. El hombre también retrocedió, recogiendo sus pantalones a
toda prisa, sin mirarla, con el gesto endurecido. Se vistió en silencio y, sin
decir nada, salió por la puerta trasera rumbo al jardín.
Crystal entró
al baño como una fugitiva, cerró la puerta y se dejó caer contra ella, con el
cuerpo aún temblando. Maldiciéndose, se metió bajo la ducha otra vez,
restregándose la piel con furia, como si pudiera borrar lo ocurrido con agua.
Pero cada roce de sus manos le recordaba la brutalidad que acababa de vivir,
los gemidos que había soltado, el placer que había sentido.
—
Soy una zorra… —se dijo entre dientes, mientras
las lágrimas se mezclaban con el agua.
Salió de la
ducha al cabo de un rato, agotada, con la bata empapada pegándose a sus curvas.
Tomó aire, tratando de calmarse, pero entonces lo escuchó: el ruido seco de una
escalera, el crujido de maderas, el golpeteo de herramientas.
El técnico
estaba trabajando en el techo. Como si nada hubiera pasado.
Crystal se
llevó una mano a la boca, luchando contra la tentación de gritarle que se
largara. Pero no pudo. No había manera de echarlo ahora.
Se dejó caer
en la cama, mirando al techo, con el sonido de él martillando justo encima de
su cabeza… y con el eco ardiente de lo que habían hecho aún vibrándole entre
las piernas.
Crystal no
pudo soportar ni un segundo más dentro de esas paredes. Sentía que el aire
mismo la ahogaba. Tomó lo primero que encontró: unos jeans ajustados, una blusa
blanca de tirantes que dejaba adivinar demasiado de su pecho húmedo todavía y
unas sandalias bajas. Ni siquiera se secó bien el cabello; lo dejó suelto,
chorreando, pegado a su espalda. Quería escapar, huir, borrarse.
Agarró las
llaves, su teléfono, y salió a toda prisa. El corazón le daba golpes tan
fuertes que apenas escuchaba otra cosa. Subió al auto, cerró la puerta de un
portazo y encendió el motor. El ruido hizo que el hombre levantara la vista
desde el tejado. Sus ojos se encontraron un instante, apenas un destello,
suficiente para que ella sintiera un escalofrío que le atravesó la espalda.
Bajó la mirada de inmediato, incapaz de sostenerle la mirada, como si sus
pupilas fueran un espejo que delatara todo lo ocurrido.
Aceleró.
La carretera
serpenteaba entre los árboles y Crystal la devoraba sin rumbo, apretando el
volante con los nudillos blancos. Las lágrimas no bajaban, pero la sensación
era la misma: una mezcla de rabia, vergüenza y algo peor… excitación todavía
palpitando en su interior.
—
Soy una puta… —murmuró, golpeando el volante con
la palma de la mano.
Los recuerdos
volvían como latigazos: su boca abierta, los gruñidos del hombre, la manera
brutal en que la había poseído. Y luego la otra cara de su vida: Sam, su
marido, frío, distante, compartiendo casa y hospital con ella, pero no más que
eso. ¿Amor? ¿Cariño? Hacía tiempo que solo parecían cumplir un contrato. Hasta
el sexo, mecánico, apagado, por puro compromiso.
Se mordió el
labio, con los ojos fijos en la línea amarilla de la carretera. “¿Y si se lo
cuento todo? ¿Y si me divorció de una maldita vez?” La idea no le repugnaba
tanto como debería. Y se odió por ello.
Pisó más
fuerte el acelerador. El coche rugió mientras la aguja subía. El bosque se
cerraba a los costados como un túnel infinito, y su cabeza no dejaba de girar.
Todo era un remolino: placer, culpa, deseo, reproche, rabia. La piel le ardía
todavía, los muslos húmedos, como si su cuerpo se riera de su mente.
El tiempo pasó
sin que pudiera medirlo. Apenas se dio cuenta de cuánto había estado
conduciendo hasta que la carretera terminó abruptamente en un muro de árboles.
Se encontró de golpe en un claro donde el asfalto se perdía, tragado por la
naturaleza.
Crystal frenó
en seco. El silencio cayó como una losa.
El sol ya se
estaba hundiendo, tiñendo el cielo de tonos naranjas y violetas. La sombra de
los árboles alargados se mezclaba con la penumbra.
Crystal miró a
su alrededor, atónita, perdida.
—
¿Dónde diablos estoy? —susurró.
El pulso le
retumbaba en las sienes. No recordaba haber tomado ningún desvío. No sabía
cuánto tiempo había pasado. Solo sabía que ahora estaba en medio de la nada,
con la noche cayendo sobre ella… y con la sensación de que ya no había vuelta
atrás.
El teléfono
vibró sobre el asiento del copiloto. Crystal lo tomó al instante, con los dedos
aún húmedos de sudor. Contestó sin mirar la pantalla.
—
¿Hola?
La voz del
técnico sonó al otro lado, con un tono monótono y práctico, como si nada
hubiera pasado esa tarde.
—
Buenas noches, señora Wolff. Estuve revisando mejor
el problema de su techo. Mire, lo que tiene arriba no es gran cosa, es más bien
la unión de la limatesa con el caballete que se aflojó con la tormenta. El agua
se filtró por el tapajuntas y eso hizo que la humedad bajara por la escuadra.
Mañana, si quiere, paso a sellarlo con masilla de poliuretano y a reforzar la
cumbrera con lámina galvanizada. No va a ser costoso.
Crystal lo
escuchaba sin entender una sola palabra. Su mirada estaba fija en la negrura de
los árboles, en esas siluetas que parecían acercarse demasiado al coche. El
pecho le subía y bajaba con violencia. Cuando habló, su voz salió quebrada,
apenas un hilo:
—
Yo… yo no entiendo nada de eso.
El técnico
guardó silencio un segundo, confundido.
—
No se preocupe, yo me encargo. Solo quería que
sepa que no es nada grave.
Crystal tragó
saliva. Se dio cuenta de que ni siquiera estaba pensando en el techo. Lo apretó
más fuerte contra su oreja.
—
No… no es eso. Yo… estoy perdida. —Un sollozo se
le escapó—. No sé dónde estoy.
El silencio al
otro lado se rompió de inmediato con un tono más serio.
—
¿Perdida? ¿Cómo que perdida? ¿Qué pasó?
—
El GPS me mandó por un camino de tierra y… y no
hay salida. Quise volver, pero me enredé más. Todo es bosque, oscuro… —respiró
hondo, la voz temblándole—. Tengo miedo.
El hombre dejó
escapar un resoplido, como si intentara mantener la calma.
—
Escuche, no se asuste. Trate de volver a la
carretera principal. ¿Puede abrir de nuevo Google Maps?
Crystal apretó
los labios.
—
Lo intenté. Por eso estoy peor. Me mandó a
cualquier lado. Yo… no sé volver.
El técnico
calló unos segundos. Luego bajó la voz, como quien habla con un niño.
—
Está bien, tranquila. Respire hondo. No está
sola. ¿Me puede mandar su ubicación?
—
No sé cómo…
—
Sí sabe. Mande las coordenadas por WhatsApp,
solo toque el clip, ubicación. ¿Puede hacerlo?
Las manos de
Crystal temblaban tanto que casi dejó caer el teléfono.
—
Voy a intentarlo…
—
Eso, inténtelo. Yo voy a ir por usted. No se
mueva. —El hombre bajó la voz aún más, cálido, firme—. No le va a pasar nada.
Crystal
pestañeó, luchando contra las lágrimas.
—
¿De verdad va a venir?
—
Claro que sí. No la voy a dejar ahí sola.
Con torpeza,
logró abrir la aplicación y enviar la ubicación. La batería marcaba el dos por
ciento.
—
Ya… ya está.
—
Muy bien. —La voz del técnico sonaba distinta ahora,
menos seca, más preocupada—. Lo recibí. Aguante ahí. No tardaré mucho.
Crystal bajó
el teléfono despacio, el silencio era tan espeso que pesaba sobre su pecho.
Afuera, los árboles parecían moverse con vida propia, las ramas agitándose como
brazos retorcidos que se inclinaban hacia ella. Las sombras se estiraban sobre
la carretera de tierra, largas, amenazantes, hasta rozar las ventanillas del
coche.
El corazón de
Crystal golpeaba tan fuerte que apenas podía escuchar otra cosa. Recordaba esa
sensación: la opresión, el escalofrío en la nuca, la certeza de que algo la
estaba mirando. Lo había sentido antes… en otro tiempo, en otro lugar.
—
No… no puede ser… —murmuró con voz rota.
Las siluetas
entre los árboles empezaron a transformarse en figuras más definidas,
humanoides, con extremidades largas y torsos deformes, semejantes a soldados
envueltos en sombras. Crystal parpadeó, apretó los ojos con fuerza, pero cuando
los abrió seguían ahí, acercándose.
Un recuerdo la
atravesó como una descarga: ella, más joven, espada en mano, luchando hombro
con hombro con Darkan, su príncipe, y su hermana, Jasmine, contra esas mismas
criaturas. Los gritos de batalla, el resplandor de los hechizos, la sangre
derramada en la tierra de Keldaran. El nombre que jamás pudo borrar de su
memoria emergió como un trueno: Argos Malakar.
Crystal se
llevó una mano a la frente, temblando.
—
¡No, no puede ser! Yo… yo dejé todo eso atrás…
Las sombras se
abalanzaron. Crystal gritó, abrió la puerta del coche de golpe y salió
tambaleando hacia el camino de tierra. El aire estaba frío, húmedo, y el olor a
bosque mojado la envolvía.
Las figuras la
rodeaban. El terror la dominó al principio, pero de pronto algo más antiguo,
más profundo, despertó en su interior: un calor en el pecho, una vibración que
recorría sus venas. Su respiración se calmó apenas un instante. Recordó lo que
era, lo que había sido.
—
Atrás… —dijo primero, apenas un susurro. Luego
gritó con toda la fuerza de su alma—. ¡Atrás, bestias!
Extendió la
mano y, sin pensarlo, pronunció una palabra que creía olvidada. Una ráfaga de
luz estalló desde su palma, iluminando todo el bosque. Las sombras chillaron
como animales heridos y retrocedieron. Crystal, con los ojos muy abiertos, vio
cómo la hierba se aplastaba bajo sus pies: estaba levitando.
Se elevó,
lenta pero firme, sobre los árboles. El aire le azotaba el rostro, y por
primera vez en años sintió la magia recorrerla de nuevo. Estaba viva. Estaba de
vuelta.
Pero la
sensación pronto se volvió caótica. Su cuerpo ascendió demasiado rápido, perdió
el control.
—
¡No, no, no! —gritó, agitando brazos y piernas,
sin saber cómo frenar.
Subió alto,
muy alto, hasta ver el bosque abierto bajo ella. Y ahí estaba: la carretera, el
sendero perdido. Pero algo no iba bien. Sus músculos temblaban, el poder se
desbordaba, incontrolable. Llevaba años sin usarlo. Desde que huyó de Keldaran,
desde que cruzó el espejo de Oscentis con el corazón hecho trizas.
Un vértigo
brutal la sacudió. La magia la arrastró como una flecha a través de los
árboles, cortando el aire a toda velocidad. No podía detenerse. Sentía que, si
caía, moriría destrozada contra el asfalto.
Y entonces, en
medio de la carretera, se materializó. Su cuerpo descendió en seco, torpemente,
justo cuando un coche apareció a toda velocidad con el logo de “FixRight”
pintado en el costado. Frenó de golpe, neumáticos chillando contra el
pavimento.
La puerta se
abrió. El técnico bajó tambaleándose, con los ojos como platos.
La vio
suspendida todavía a unos palmos del suelo, con el cabello rubio agitándose como
fuego, con la blusa pegada a su cuerpo por el sudor y los jeans rasgados por
ramas en su vuelo. Sus ojos se cruzaron, boquiabiertos los dos.
El hombre
soltó un jadeo.
—
¿Pero qué… diablos…?
Crystal
aterrizó de golpe, tambaleante, y lo miró con una mezcla de miedo, vergüenza y
un poder que ya no podía ocultar. El técnico no dejaba de mirarla con la boca
abierta, incapaz de articular más que un murmullo incrédulo. Levantó una mano
temblorosa, casi amenazante.
—
Nadie va a creerte nunca, ¿entiendes? Así que olvídalo.
El silencio se
estiró unos segundos hasta que él ladeó la cabeza, aún con la gorra roja
torcida, y preguntó con total seriedad:
—
¿Eres… un extraterrestre?
Crystal bufó,
entre nerviosa y ofendida.
—
Claro que no, idiota.
El hombre
soltó una carcajada ronca, inesperada, que rompió de golpe la tensión.
—
Pues… no puedo creer que me acosté con “Hechizada”.
Crystal
parpadeó un par de veces antes de comprender la referencia. Una risa escapó de
sus labios, suave primero, después más fuerte. Recordó las tardes de infancia,
sentada junto a sus padres y Amara, mirando la serie vieja en blanco y negro,
soñando con una vida que entonces le parecía imposible. Por un instante,
comparó a Samantha moviendo la nariz con sus propios poderes, y la analogía le
resultó tan absurda que se rió aún más.
—
Eres un estúpido —dijo, limpiándose una lágrima
de risa de la mejilla.
—
Puede ser, pero me hizo reír —contestó él,
encogiéndose de hombros.
La miró
entonces con otra expresión, más sobria, como si quisiera darle forma a todo lo
que había visto. Dio un paso hacia ella, tendiéndole la mano con torpeza.
—Soy Dominic
Blake, pero puedes llamarme Dom. Un gusto en conocerle… oficialmente, Señora
Wolff.
Ella dudó un
segundo, pero al final aceptó el apretón. Su mano áspera contrastaba con la
suavidad de la suya.
—
Crystal… Crystal esta bien. No vuelvas a
llamarme señora.
—
Un placer, Crystal. —Sus ojos se clavaron en los
de ella, y esta vez no había incredulidad ni chistes. Había algo distinto. Una
chispa encendiéndose en medio de la oscuridad del bosque y de la locura de la
noche.
El silencio
volvió, pero ya no era incómodo. Ambos se quedaron quietos, mirándose, como si
el mundo entero hubiera decidido detenerse en ese momento improbable.
—
Entonces, ¿nos vamos? —dijo Dom, todavía con la
risa pegada en la garganta—. ¿O prefieres irte en tu escoba volando?
Crystal bufó,
volteándolo a ver con una ceja arqueada.
—
Eres un estúpido.
Él se rió de
nuevo, sin pudor, como si nada pudiera incomodarlo.
—
Lo sé. Pero admito que me dio miedo por un
momento.
Crystal giró
la vista hacia su coche, estacionado un poco más atrás en la terracería.
—
No puedo dejar mi auto aquí.
—
No te preocupes —contestó Dom, sacando el
teléfono—. Le mando un mensaje a un amigo. Mañana lo trae con una grúa si hace
falta. Esta noche lo último que necesitas es seguir sola en este bosque.
Ella lo miró
con duda, luego suspiró.
—
Está bien… gracias.
Caminaron
hacia su coche. Crystal seguía con el corazón acelerado, todavía sintiendo el
eco de la magia en sus venas. Se detuvo de golpe, le apretó el brazo y le habló
en voz baja:
—
No puedes hablar de esto, ¿ok? Lo que viste… lo
que pasó. Tienes que olvidarlo. Lo siento.
Dom asintió
sin pensarlo demasiado, sus ojos brillando bajo la luz de los faros.
—
Está bien. De todas formas, tal como dijiste, nadie
me creería.
Crystal bajó
la mirada, incómoda. Se dio la vuelta para abrir la puerta de su coche, pero
fue ahí cuando lo notó. El eslogan, pintado en letras grandes y algo descaradas
en el costado del vehículo de Dom:
“FixRight – Trabajo profundo, satisfacción
garantizada.”
Entró al auto
de Dom y cerró la puerta de golpe. El interior olía a madera, grasa y un toque
de tabaco. Se acomodó en el asiento mientras él encendía el motor. El silencio
los envolvió, pesado, lleno de todo lo que no habían dicho.
Ella giró
apenas el rostro, todavía nerviosa, y preguntó en voz baja:
—
¿De verdad… usan ese eslogan?
Dom encendió
el auto, sonrió de medio lado y comenzó a avanzar.
—
Claro. Suena ridículo, ¿no? —sus manos en el
volante—. Pero funciona. La gente recuerda la frase.
Crystal apartó
la vista, intentando no sonrojarse. Entonces él la miró de reojo, sus labios
curvándose en una sonrisa distinta, más lenta, más segura.
—
Aunque… si lo piensas bien, eso de satisfacción
garantizada no es solo publicidad —murmuró, con un dejo vulgar en la voz—.
Ya lo comprobaste tú misma.
Crystal giró
el rostro de inmediato, intentando apagar el calor en sus mejillas.
—
Eres un imbécil.
Él rió bajo,
disfrutando de la reacción.
—
Sí, pero un imbécil que te hizo gemir como no lo
habías hecho en años.
Crystal lo
fulminó con la mirada.
—
Cállate. Eso… eso nunca pasó. Olvídalo. Estoy
casada, ¿entiendes? Fue un error.
Dom chasqueó
la lengua, sin perder la sonrisa.
—
Un error que repetirías si te dejo… —se inclinó
apenas hacia ella, bajando la voz—, sola, otra vez.
—
Eres un maldito arrogante.
—
No —contestó rápido, divertido—. Solo realista.
Mira, Samantha siempre fue demasiada mujer para Dick York. Y tú, Crystal, eres
demasiada mujer para tu pobre marido.
Crystal bufó,
mordiéndose el labio.
—
¡Eres un maldito hijo de perra!
—
Quizás —replicó Dom, volviendo la vista a la
carretera, aunque su voz seguía siendo un roce en su oído—, pero dime la
verdad… ¿acaso no te gustaría probar qué tan garantizada es la
satisfacción cuando me lo propongo en serio?
Crystal se
cruzó de brazos, fingiendo indiferencia.
—
Te crees muy gracioso, ¿no?
Él volvió a
reír, bajo, grave, casi provocador.
—
No, preciosa. No gracioso. Peligroso. Y tú lo
sabes.
Dom mantuvo la
sonrisa torcida mientras conducía, sin dejarle espacio para escapar.
—
Vamos, Crystal… admítelo. Te gustó.
—
Cállate.
—
No me hagas repetirlo. ¿Te gustó o no?
Ella desvió la
mirada hacia la ventana, apretando los labios.
—
No pienso hablar de eso.
Él soltó una carcajada
ronca.
—
Claro que sí, porque sabes que lo disfrutaste
como una perra en celo. Te temblaban las piernas, ¿o ya se te olvidó?
Crystal se
giró bruscamente, los ojos encendidos.
—
¡Eres un cerdo!
—
Puede ser —asintió, disfrutando la furia en su
voz—. Pero dime una cosa, ¿cuándo fue la última vez que gritaste así con tu
marido?
Crystal se
quedó helada. Su silencio lo excitó más que cualquier insulto.
—
Vamos, preciosa —insistió, ladeando la cabeza
con picardía—. Dímelo. ¿Te gustó que te cogiera así o no?
—
¡No!
—
Mentira. —Dom bajó la voz, áspera, provocadora—.
Me corrí en tus tetas, Crystal. Y luego me chupaste la polla
Ella sintió el
calor subirle a las mejillas, odiándose a sí misma por revivir cada segundo.
—
No voy a responder a eso.
Él no se
rindió, su tono se volvió más sucio.
—
Te encantó que te abriera las piernas. Que te
follara hasta dejarte temblando. Dilo.
Crystal lo
miró, fulminante, pero sus labios se apretaban con fuerza. Dom sonrió como un
cazador que huele la presa.
—
Anda, preciosa. No seas orgullosa. Respóndeme.
¿Te gustó o no?
El coche
avanzó varios minutos entre el bosque, llenos de ese silencio cargado. Hasta
que, finalmente, Crystal soltó, con un hilo de voz:
—
…Sí.
Dom frenó de
golpe al costado de la carretera. Giró hacia ella con los ojos brillantes,
devorándola con la mirada.
—
Mierda, sabía que lo admitirías. —Se inclinó,
rozándole la pierna con la mano—. Crystal, eres la mujer más buenota con la que
he estado. La más hembra. Y no me arrepiento de nada.
Crystal lo
miraba, jadeando, atrapada entre el miedo, la rabia y un deseo que volvía a
prenderse en su vientre.
Dom la
observaba como si acabara de descubrir un tesoro maldito, de esos que uno sabe
que van a arruinarte la vida, pero no puede soltar. Su voz salió ronca, cargada
de una verdad sucia, sin disfraz:
—
Crystal… nunca en mi puta vida he visto una
mujer como tú. No existe. Ni en sueños, ni en las películas, ni en los bares
más turbios. Eres perfecta. Un cuerpo hecho para volver loco a cualquiera.
Ella resopló,
bajando la mirada, incómoda con tanta desnudez verbal.
—
Deja de decir estupideces…
Dom soltó una
risa corta, incrédula.
—
No son estupideces. Tienes unas curvas que
deberían estar prohibidas. Un culo que pide mordidas, unas tetas que… —se
detuvo un segundo, relamiéndose—, que me tienen maldito desde que las probé. Y
esa boca… esa boca me va a perseguir hasta el día que me muera.
Crystal cerró
los ojos, intentando no dejarse arrastrar.
—
Ya basta…
—
No, no basta. —Dom se inclinó, su barba
rozándole la mejilla, voz al oído—. ¿Y sabes por qué? Porque no tengo miedo de
ti. No me importa si me dices que eres bruja, diosa o lo que coño quieras. Lo
único que me asusta no es que me conviertas en sapo, ni en piedra… Lo único que
me da pánico es que me quites esto. Que mañana me despierte y resulte que todo
fue un maldito sueño.
Crystal lo
miró de golpe, con los labios entreabiertos, fulminándolo con una mezcla de
rabia y temblor.
—
Eres idiota…
Dom sonrió,
descarado, sin retroceder ni un centímetro.
—
Puede… pero soy el idiota que acaba de tener la
suerte de acostarse con la mujer más ardiente, más buena, más jodidamente
irresistible que existe. ¿Y sabes qué? No me arrepiento de nada.
Él estaba tan
cerca que el calor de su cuerpo la envolvía, que su respiración era la suya.
Crystal, con un nudo en la garganta, murmuró:
—
¿No te das cuenta? Soy peligrosa…
Dom le tomó la
cara con una mano grande, firme, mirándola con ojos brillantes.
—
Lo único peligroso de ti… es lo mucho que me
gustas.
Entonces le
robó el beso. Profundo, desesperado, con la barba raspándole la piel y la
lengua invadiéndola. Ella quiso resistirse, pero sus manos ya lo sujetaban,
como si no pudiera hacer otra cosa.
Crystal trató
de apartarlo, pero Dom la tenía atrapada, su lengua invadiendo cada rincón de
su boca. El forcejeo se convirtió en un gemido ahogado. Algo dentro de ella se
rompió: se rindió. Lo abrazó con furia, arañando su espalda, devorándole los
labios como una mujer que llevaba demasiado tiempo muerta de hambre.
Las manos iban
por todas partes: suyas, suyas, mezcladas, agarrando carne, arrancando ropa,
frotándose con desesperación. Crystal jadeaba como una perra en celo, incapaz
de detenerse, incapaz de reconocerse. El calor los envolvía, pegajoso,
sofocante. El coche se llenó del ruido de telas desgarradas, de los chasquidos
húmedos de sus besos, de los gruñidos animales que él soltaba al devorarle el
cuello y las tetas.
Dom la levantó
de golpe, como si no pesara nada, y la llevó al asiento trasero. Las
herramientas cayeron al suelo con estrépito, pero a ninguno le importó. Él cayó
sentado, ella encima, y en un movimiento brusco, sin pensarlo, bajó la mano,
tomó aquello duro, palpitante, y lo hundió dentro de sí de un solo empuje.
El gemido que
salió de su garganta fue salvaje, inhumano.
—
¡Ahhh, mierda…!
Sus ojos se
cerraron, la cabeza hacia atrás, el pelo pegado a su rostro por el sudor.
Comenzó a rebotar sobre él como una loca, como poseída, con un ritmo violento
que hacía temblar todo el coche. Cada salto hacía que los amortiguadores
crujieran, que el chasis retumbara, que los cristales vibraran.
—
¡Eso, joder! —gruñó Dom, sujetándole las caderas
con brutalidad—. ¡Revienta mi verga con ese chocho, cabálgame hasta que me
dejes seco!
Crystal
brincaba sobre él como una potra desbocada. Su trasero monumental se estrellaba
contra los muslos de Dom con un estrépito húmedo, cada golpe hacía temblar el
asiento. Las nalgas rebotaban, firmes, obscenas, tragándose todo su grosor
antes de volver a escupirlo. Sus tetas enormes brincaban delante de él,
bamboleándose con violencia, sudadas, con los pezones duros como piedras,
reclamando la boca de Dom a cada vaivén.
—
¡Sí, sí, joder, métemelo más! ¡Rómpeme toda,
cabrón! —gritaba Crystal, la voz rota, llena de lujuria, un chillido que
mezclaba placer y rabia. Cada palabra era un latigazo que le incendiaba la garganta.
Dom trataba de
agarrarla, de contenerla, de imponerle un ritmo, pero Crystal se soltó como una
fiera indomable. Sus caderas chocaban arriba y abajo sin compás, salvajes,
tragándose hasta la última pulgada y saltando de nuevo, haciéndole perder el
control.
—
¡Eres una maldita yegua! —gruñó, azotándole el
culo con la mano abierta—. ¡Te voy a domar, aunque me revientes!
Crystal solo
chillaba más fuerte, con los ojos cerrados y el cabello enredado en su rostro,
sin escuchar, sin freno. Era un torbellino de carne, sudor y gemidos, follando
como una posesa, como si se jugara la vida en cada embestida.
—
¡Joder, nunca vi un culo moverse así! —bramó
Dom, sus manos clavadas en la carne de sus nalgas—. ¡Me vas a pulverizar la
polla, Crystal!
Ella reía y gemía
a la vez, el sudor corriendo por su pecho mientras se clavaba hasta el fondo
una y otra vez.
—
¡Cállate y cómete esto, cabrón! —le gritó,
sacudiendo las caderas con tal violencia que el coche entero se tambaleaba
sobre sus amortiguadores.
Las tetas enormes
le golpeaban el torso y la cara cada vez que saltaba, los pezones raspándole la
boca cuando lograba atraparlos un instante. Dom trataba de aferrarse, de
imponer un ritmo brutal, pero Crystal lo rompía cada vez con un vaivén salvaje,
con ese culo masivo que subía y bajaba como una tormenta imparable.
—
¡Eres una bestia, Crystal! —jadeó él,
desesperado—. ¡Me vas a matar, coño, pero qué manera de matarme!
Ella arqueó la
espalda, los gemidos convirtiéndose en gritos:
—
¡Eso quiero, cabrón, que me supliques! ¡Que no
olvides nunca cómo te cabalgó esta zorra!
Dom la
abofeteó en el culo, un chasquido seco que retumbó en el habitáculo.
—
¡Toma zorra… toma, toma! —mascullaba, los ojos
vidriosos de lujuria—. ¡Te juro que voy a hacerte mía aunque revientes los
putos muelles del coche!
Pero Crystal
se agitaba como si estuviera poseída, un vendaval de carne y deseo que no se
dejaba someter. Sus caderas se retorcían, cambiaban de ángulo, lo exprimían con
una ferocidad casi inhumana.
De pronto, en
medio del estruendo de jadeos y golpes húmedos, un sonido distinto se coló
desde afuera: el rugido grave de un motor acercándose por la carretera. Los
faros iluminaron fugazmente la carrocería del vehículo donde se desataba aquel
infierno de cuerpos.
Crystal se
congeló apenas un segundo, los pechos aún bamboleando, el culo apretado contra
él. Miró hacia el parabrisas, con el pulso desbocado.
—
Alguien viene… —susurró, entre excitación y
miedo.
Pero ninguno
de los dos pudo detenerse. La carne chocando, húmeda, violenta, era más fuerte
que cualquier alarma. Crystal seguía cabalgando a Dom con un frenesí animal, el
coche entero rechinando y bamboleando como si fuera a partirse en dos.
El rugido del
motor ajeno se hizo más claro. La luz de los faros inundó el interior, bañando
su piel sudorosa, brillando en las gotas que corrían entre sus pechos que
saltaban como locos con cada embestida. Crystal abrió la boca, un grito ahogado
escapando de su garganta, pero no redujo el ritmo.
—
¡Mírame, joder, mírame! —le gruñó Dom, hundiendo
la cara entre sus tetas mientras la levantaba aún más fuerte contra él—. ¡Que
vean cómo te follo, que vean que eres mía!
El otro coche
redujo la velocidad, avanzando despacio, casi rozando la carrocería del suyo.
Crystal lo sintió, lo supo. A través de las ventanillas podían verlos
claramente, ella desnuda rebotando sobre el regazo de Dom, con su trasero
sudoroso encajando una y otra vez contra su pelvis.
—
¡Oh, Dios! —gimió, apretando los ojos, incapaz
de frenar—. ¡Nos están mirando, Dom…!
Pero sus
caderas no obedecían. Saltaban, bajaban, se retorcían, salvajes. Su cuerpo
estaba desbocado, convertido en pura carne y deseo.
El coche ajeno
pasó lento, muy lento, los ojos curiosos clavados en la escena. El zumbido del
motor rugió unos segundos más hasta perderse finalmente en la carretera.
Crystal se
desplomó un instante sobre él, jadeando, pero ni así pudo parar el vaivén
brutal de sus caderas.
—
¡No puedo… no puedo detenerme! —chilló,
mordiéndole el cuello.
Dom, con la
cara roja, los músculos tensos como cuerdas, gruñó con la voz rota:
—
¡No lo hagas, joder! ¡Reviéntame aquí mismo,
Crystal! ¡Hazme explotar!
Los dos
estaban al borde, devorados por el frenesí, su sexo resonando con cada
embestida como un tambor salvaje.
El rebote de
las nalgas de Crystal era ensordecedor, carne contra carne chocando sin
descanso, como un látigo húmedo golpeando el aire. Dom la tenía bien aferrada,
sus dedos hundidos en la carne de sus caderas, guiándola sin piedad. Ella se
arqueaba hacia adelante, los pechos rebotando salvajes sobre su cara.
—
¡Eso, putita! —gruñó él, sacando la lengua para
atrapar un pezón—. ¡Revienta encima de mí!
Crystal gritó
como una endemoniada, un chillido ronco que desgarró la noche, mientras su
cuerpo temblaba entero y la corrida la atravesaba brutal. Se sacudió sobre él,
desbocada, con los gemidos convertidos en alaridos.
Dom no aguantó
más. Soltó un gruñido animal, la apartó apenas y sacó la verga hinchada de su
interior. Con un par de sacudidas, estalló sobre ella. Grandes chorros
calientes bañaron sus nalgotas y resbalaron por la curva de su espalda,
chorreando hasta manchar los asientos traseros.
—
¡Joder, Crystal! —rugió, sujetándola todavía
contra él.
Ella jadeaba,
completamente empapada en sudor, temblando en sus brazos. Se besaron con
hambre, con rabia, con ternura. Largos minutos de labios contra labios, lengua
contra lengua, hasta que la lujuria empezó a desvanecerse poco a poco y quedó
solo el silencio húmedo del coche.
Se pasaron a
los asientos delanteros, todavía medio desnudos, respirando fuerte. Crystal se
acomodó la ropa con las manos torpes, y entonces lo sintió: no había culpa.
Nada de ese peso que la aplastaba antes. Lo que había ahora era otra cosa. Una
calma deliciosa, como si por fin hubiera recibido lo que necesitaba. “Un
trabajo profundo”, pensó, recordando el eslogan en el auto de él. Ahora estaba
satisfecha. Por fin satisfecha.
Dom la miró y
sonrió con picardía, encendiendo el motor.
—
Nunca voy a olvidar lo de esta noche.
—
Eres un animal —dijo ella, pero sonrió también.
En el
recorrido, entre risas y silencios cómplices, Dom empezó a contarle cosas de su
vida: lo mucho que odiaba la rutina en la que estaba atrapado, lo que había
perdido, sus miedos, hasta un par de secretos que nunca había compartido.
Crystal lo escuchó más atenta de lo que esperaba, y en cada confesión lo sentía
más cercano.
Finalmente,
llegaron a su vecindario. El aire se sentía distinto, cargado de algo que no
supo explicar. De pronto, un auto salió despacio de entre la oscuridad de unos
árboles, faros encendiéndose como ojos acechantes. Dom apretó el volante,
frenando suavemente. Se estacionó a un lado, en silencio.
La miró, con
una sonrisa cansada, tierna y llena de fuego todavía.
—
Crystal… ha sido lo mejor que me ha pasado en la
puta vida.
El aire estaba
cargado, espeso, como si la penumbra de la calle los envolviera en una burbuja
ajena al mundo. Crystal lo miró, sus ojos ardiendo en contradicción.
—
Por más que lo haya disfrutado… —su voz tembló,
y tragó saliva—, lo que le hice a Sam está mal. Es mi marido, Dom. No debería
haber pasado.
Él giró hacia
ella, apoyando un codo en el volante, los labios tensos pero con una calma que
la desconcertaba.
—
¿Mal? ¿De verdad crees que lo que tienes con él
sigue siendo un matrimonio? —se inclinó, sin apartar la mirada—. Una vida donde
no hay pasión, donde apenas se hablan, donde te acuestas con él por compromiso…
eso sí es estar muerta en vida, Crystal. Lo que pasó aquí dentro fue real. Fue
fuego. Fue vida.
Ella abrió la
boca, queriendo responder, pero no salió nada. El discurso de Dom le retumbaba en
la cabeza, desmontando capa por capa las justificaciones que había usado
durante años.
—
No tienes por qué sentir culpa —insistió,
bajando la voz, casi susurrando—. Lo único que hiciste fue recordarte que
sigues viva. Que mereces más. Que puedes tener más.
Crystal lo
miró con rabia, con miedo, con deseo. Y cuando él se inclinó de golpe y la
besó, no lo detuvo. Sus labios se encontraron con hambre renovada, sus lenguas
peleando otra vez, encendiéndolos como brasas.
Sintió de
pronto el bulto duro, creciendo bajo la tela de su pantalón. Se separó un
segundo, jadeando.
—
¿Otra vez?… —dijo con un susurro incrédulo,
arqueando las cejas.
Él sonrió
contra su boca.
—
Ni yo lo creo. Debe ser un hechizo tuyo.
Crystal soltó
una carcajada suave, nerviosa, y volvió a besarlo.
—
Eres peligroso…
—
Lo mismo pienso de ti —respondió él, mordiéndole
suavemente el labio.
Ella alcanzó a
ver, a lo lejos, la silueta de su casa, apenas distinguible entre los árboles.
El lugar donde estaban era perfecto: sombras cerradas, el auto apagado, ni un
rastro de luz. El interior del coche era un escondite de deseo y penumbra.
Se besaron de
nuevo, con urgencia. Pero de pronto Crystal abrió la puerta. El aire fresco de
la noche entró como una bofetada.
—
No… es demasiado. Tengo que irme.
Antes de que
pudiera dar un paso, Dom se movió con rapidez. De un salto pasó de su asiento
al del copiloto. Ella ya estaba fuera, con un pie sobre la grava, cuando sintió
sus brazos atrapándola desde atrás. La levantó apenas y la guió para que cayera
sobre su regazo.
Crystal soltó
un jadeo ahogado. Estaba de espaldas a él, sus pies firmes en el suelo, pero su
trasero se hundía justo contra su entrepierna dura y caliente.
—
Dom… —susurró, mordiéndose los labios.
La besó en el
cuello, húmedo y hambriento. Ella arqueó el cuerpo, sin poder resistirse. Su
respiración se volvió frenética cuando notó cómo él bajaba el cierre del
pantalón, con manos firmes y seguras, moviéndose con más precisión que la vista
en esa oscuridad total.
Los dedos de
Dom apartaron la tela de sus bragas con una torpeza deliciosa, y sin darle
tiempo a pensar la guió hacia abajo. Crystal se dejó caer sobre esa carne dura,
gimiendo al sentir cómo la llenaba otra vez.
—
Dios… no puedo creer que lo estemos haciendo de
nuevo… —jadeó, con la voz rota.
Pero ya estaba
dentro de él, sentada en esa verga que tan brutalmente la había hecho temblar
antes. Y en la penumbra, entre besos y mordiscos, Crystal se volvió a perder.
—
¡Aaaahhhh Diossss! ¡Que ricoooo!
Crystal
jadeaba con cada embestida, arqueando el cuello hacia atrás mientras sus senos
rebotaban bajo la tela pegada de su blusa empapada en sudor. La fricción era
brutal, sus caderas golpeando contra el regazo de Dom en una cadencia salvaje.
—
Me encanta tu verga… —soltó entre gemidos
roncos, sin poder callarse—. ¡Me encanta, Dom! Me hace sentir tan… tan
jodidamente rica…
Dom gruñó
contra su oído, apretándole la cintura con ambas manos.
—
Entonces sigue cabalgándola, preciosa. Hazme
mierda con ese culo…
Crystal
obedeció con ansia, su trasero rebotando una y otra vez, provocando chasquidos
húmedos que llenaban el silencio de la noche. El coche entero crujía con los
golpes, como si los amortiguadores no pudieran seguirle el ritmo a esa potra
desbocada. Dom, ya habiéndose corrido dos veces esa noche, aguantaba más, resistiendo
la tormenta de placer con los dientes apretados.
Los minutos
pasaban y el rebote de Crystal no disminuía. Era un espectáculo salvaje: sus
nalgas subiendo y bajando sin parar, el sudor bajándole por la espalda, el pelo
pegado al rostro.
—
Ahhh… —gimió con fuerza, pero de pronto ladeó la
cabeza, jadeante—. No… no puedo más así. Esta posición… me mata.
Dom la rodeó
con un movimiento brusco, sin sacarse de ella. La levantó como si fuera ligera
y la llevó hacia un árbol cercano, con la puerta del copiloto aún abierta
detrás. La empotró contra el tronco, su espalda arqueada, el trasero bien
expuesto.
—
¡No! —Crystal intentó resistirse—. Es peligroso,
nos pueden ver…
—
Que nos vean —gruñó Dom, clavándola más fuerte,
haciéndola chillar.
Ella terminó
rindiéndose, apoyando una mano contra el tronco rugoso y con la otra tapándose
la boca, sofocando gritos cada vez más intensos. Dom la taladraba con una
fuerza salvaje, sin compasión, mientras el eco de sus cuerpos chocando se
mezclaba con el canto de insectos nocturnos.
—
¡Dios!… ¡Me vas a partir en dos! —soltó ella
entre sollozos de placer, los muslos temblándole.
Él la sujetaba
de las caderas, empujando con un ritmo bestial, como si quisiera tatuarse
dentro de ella. Y entonces, justo cuando sentía que no podía más, Crystal
explotó. El orgasmo le recorrió la columna entera, sus piernas casi fallándole,
su voz quebrada escapando de detrás de la mano que le tapaba la boca.
Dom apenas
aguantó unos segundos más. Con un gruñido animal, la sacó de golpe y terminó
derramándose sin control, chorros calientes manchando su camiseta, sus
pantalones, la ropa interior de ella. El desastre fue inmediato, ensuciándolo
todo.
—
¡Eres un imbécil! —Crystal lo miró furiosa, aún
jadeando, empapada en sudor y placer—. ¡Mira cómo me dejaste!
Dom levantó
las manos, todavía jadeante.
—
Perdón… perdón, preciosa. Fue demasiado… —sonrió
con descaro mientras buscaba unos trapos en el coche y trataba de ayudarla a
limpiarse.
Ella le dio un
manotazo, pero terminó riéndose entre dientes. Se besaron otra vez, profundo,
lento, como si aún no pudieran separarse.
Él la miró de
cerca, acariciándole el rostro con la barba rozándole la piel.
—
Entonces… hasta mañana, Crystal.
Ella se quedó
mirándolo, la respiración aún entrecortada, antes de soltar una pequeña
sonrisa.
—
Hasta mañana, Dom.

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