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El Reino Prohibido: C1

 

El Reino Prohibido

Capítulo I

Ash

Otra vez había soñado con esa mujer. Se dejó caer contra la almohada y exhaló profundamente. Lo sabía por el desastre en sus pantalones, cada vez que aparecía en sus sueños terminaba de la misma forma.

La alarma de su teléfono no había vuelto a sonar, o quizás solamente la había apagado, como otras veces que no era capaz de recordar. Abrió el cajón de su mesita de noche y sacó un par de toallitas húmedas para limpiarse todo el semen de su erección grande y todavía regordeta.

Encontró el móvil bajo la almohada y lo levantó. El fondo de pantalla con la fotografía de Selina y él en su primera cita siempre le hacía levantarse con una sonrisa en el rostro.

Mientras observaba la imagen, no pudo evitar desviar la mirada de su cara súper linda y tierna para descender unos centímetros, deteniéndose brevemente para admirar la plenitud de sus grandes senos apenas cubiertos, solo para luego avanzar rápidamente hacia abajo, por su silueta curvilínea, hasta que sus ojos alcanzaron su objetivo favorito: su fantástico culo respingón.

De inmediato sintió como su verga empezó a palpitar inquieta. Había esperado demasiado tiempo, sino le quitaba la virginidad pronto estaba seguro de que iba a perder la cabeza.

      ¡Ash! ¡El desayuno! — escuchó gritar a Sam desde el primer piso.

Abrió la ventana, el día se veía prometedor. Amaba usar su bicicleta en mañanas como esa.

      ¡Dame un minuto! —gritó, cambiándose tan rápido como pudo.

Después de una ducha que lo despejó, Ash bajó las escaleras con un hambre feroz. Apenas se sentó comenzó a devorar el desayuno, casi atragantándose.

      Despacio, muchacho —dijo Sam, con un gesto de fastidio—. No es una carrera.

Ash sonrió apenas, pero enseguida notó el ceño fruncido de su padrastro.

      Tu madre contrató a un hombre ayer… para la gotera del cuarto —murmuró, removiendo el café con desgano—. Un gasto innecesario, yo podía encargarme.

Ash evitó responder. Sabía que Sam llevaba meses diciendo lo mismo y nunca lo hacía. Más que la gotera, lo que le preocupaba era el tono distante con el que hablaban de todo. Sus padres parecían dos extraños que apenas compartían la mesa.

Sam se marchó recordándole que, si volvía a llegar tarde a la escuela, iba a tener que cortar este fin de semana todo el césped del maldito jardín. Lo que evidentemente no ayudó a mejorar sus malos hábitos alimenticios. Cuando Ash finalmente terminó su desayuno, caminó hacia el living y abrió una de las puertas laterales que conducía al pequeño gimnasio que había construido su madre el año pasado. Quiso despedirse de ella con un beso, pero la visión que le golpeó en el momento que abrió la puerta destrozó su confianza.

Se quedó en shock, embelesado con esas tetas y ese culo de campeonato. A sus 39 años su esbelta progenitora no podía estar en mejor forma, su escultural figura parecía sacada de un comercial de televisión, o mejor aún, de una escena de su especial porno favorito: Milf Mayhem. Sus largas piernas estaban extendidas en direcciones opuestas formando entre ellas un ángulo de ciento ochenta grados. Sus pantalones cortos se habían pegado a su abultado culo, exponiendo un corazón perfecto, listo para ser amasado y degustado de todas las formas posibles.

Aquel coñito húmedo pegado a la tela hizo que Ash sacara su teléfono y se pusiera a grabar, poniendo en riesgo de que fuera descubierto con un simple movimiento. No le importó, se entregó a ese festín de carne completamente ido y fuera de sí. Estuvo a punto de lanzarse encima de ella en varias ocasiones, sobre todo cuando paraba sus nalgas y ondeaba sus caderas en un ejercicio de estiramiento que jamás había visto. Cuando se colocó de perrito supo que estallaría en sus calzoncillos si no hacía algo en ese momento.

      Ehhh… mamá…yo…

       ¡Ash, Dios! ¡Me asustaste! —dijo llevando una de sus manitas a su abundante pecho.

Pecado o no. Con cada día que pasaba le hacía más difícil contenerse cuando la veía. Sabía que estaba mal, que no debía tener esos pensamientos. Pero simplemente no podía evitarlo. Ash estaba seguro que aquel mar de carne en perpetuo movimiento, no dejaba indiferente a ningún hombre sobre la faz de la tierra. 

      ¿Te vas a quedar ahí? ¿No te haces tarde para ir a la escuela?

Admirando por enésima vez su figura, se quedó sin palabras. En su vasto conocimiento del porno: sus tetas eran más grandes que las de la actriz porno Angela White, y su trasero más grande, redondo, y en forma de corazón, que el de la leyenda Alexis Texas. Una hembra con un cuerpo capaz de poner a temblar a cualquier mortal y que, por si fuera poco, con cada año que pasaba parecía ponerse mejor.

      Yo… no… no quise molestarte…—dijo balbuceando— ¡Solo venía a despedirme!

Su apetecible cuerpo de hembra emitió un jadeo que a Ash le hizo temblar. 

      Que tengas un lindo día, amor… cuídate mucho…

La vio a dirigirse a la cinta de correr. Tomó todo el aire que pudo y dejó de respirar en ese preciso instante. Su camiseta sin mangas con la frase: “I am the American Dream”, en el centro, le quedaba a la perfección. Su largo cabello dorado empezó a agitarse, a la par con aquellas pesadas tetas que rebotaban con violencia, casi peleando con escapar en cada zancada, mientras sus nalgas, subiendo y bajando, eran una oda a todo buen amante de los culos grandes y gordos. 

      “Te vas a hacer tarde otra vez, mi amor” — dijo con una voz cantarina tan sexy que casi le hizo eyacular ahí mismo.

      Eeeh… yoo… si… ya me voy… — respondió, obligándose a salir con todas sus fuerzas.

Afuera el sol brillaba con generosidad, y el cielo estaba tan claro que parecía pintado en un lienzo. Sonrió, era un día precioso, tal y como se lo había imaginado. Se fijó en la hora y vio que todavía le quedaba alguna esperanza para llegar a tiempo, contestó un par de sus mensajes en su teléfono y abrió la puerta del garage para tomar su bicicleta.

El aire fresco de la mañana lo serenó un poco, aunque todavía llevaba en la cabeza las imágenes prohibidas del exquisito cuerpo de su madre. Al girar hacia la casa, notó una camioneta estacionada frente al jardín.

En la puerta lateral resaltaba un logo llamativo: una llave inglesa cruzada con un martillo, ambos dibujados con formas sugestivas, acompañados de un eslogan que parecía hecho para arrancar una carcajada maliciosa: “FixRight – Trabajo profundo, satisfacción garantizada.”

Ash no pudo evitar reírse por lo bajo. Si Sam viera ese letrero, frunciría el ceño y diría que era una estupidez, pura payasada infantil, antes de soltar un bufido de fastidio. A Ash le bastaba imaginarse a su padrastro renegando con ese tono agrio para que la risa le brotara todavía más fuerte.

Mientras ajustaba la mochila en la espalda, una voz femenina le interrumpió la diversión:

      ¡Hola, Ash! ¿está Crystal en casa?

Al otro de la valla de su jardín, las sinuosas formas de Barbara Lombardo asomaban para quitarle el aliento, a la vez que su polla volvía a palpitar en su pantalón. Aquella diosa de raíces latinas se había convertido, junto a su madre, en otras de sus fantasías recurrentes.  Su piel morena y su cabello rizado color azabache, sumado a su espectacular figura de reloj de arena, era otro de sus sueños imposibles. Una mujer de bandera como esa, solo podía ser suya en su imaginación.

      Bue… buenos días Sra. Lombardo.

      ¡Buenos días, Ash! ¿Puedo hablar con tu mami? —le preguntó abriendo la pequeña puerta de madera.

Había escogido un vestido blanco ajustado con un pronunciado escote y que le llegaba hasta la mitad de los muslos, exhibiendo sus curvas naturales con orgullo y todo lo que su madre mexicana le transmitió. Tenía unos pechos perfectos, grandes, redondos, firmes y suaves, que se elevaban con una precisión perfecta, y que igual que con su madre, apenas se descolgaban.

Y no solo tenía unas tetas increíbles, sino que su trasero era igual de perfecto: firme, lleno y bien formado. Su jugoso trasero llamaba tanto la atención como su pecho. La forma en que sus nalgas, firmes y perfectamente formadas, resaltaban de su esbelto cuerpo, demostraba su condición física; su rutina de sentadillas hacía de maravillas, dándole un pedazo de culo por el que la mayoría de las mujeres matarían.   

      Me preguntaba si podía dejar a Noah con ustedes esta tarde… — dijo bastante avergonzada.

      Pero… ¿Y Hailey? — preguntó.

      Esa niña… —dijo, haciendo un gesto de molestia — ¡No confió en ella, Ash!

      Ya… bueno… Hailey…

Era la típica adolescente caprichosa, siempre metida en líos, incapaz de sostener una responsabilidad más de diez minutos seguidos. Cambiaba de novios como de ropa, y cada vez que alguien le confiaba un niño, ocurría lo mismo: o terminaba colgada al teléfono con el chico de turno o se perdía durante horas en TikTok, olvidando por completo al pequeño a su cuidado.

      Te pagaré, Ash… aunque tu madre se niegue, lo prometo.

      No… no… no hace falta…

      ¡Claro que sí, Ash! ¡No pienso abusar de su generosidad! — dijo con vehemencia, causando accidentalmente que sus llaves cayeran al suelo.

Nunca había tenido a ese culo tan cerca, y estuvo a punto de azotarlo en ese preciso momento. No se le ocurría mejor forma de alabar tan portentosa obra de arte. La forma en como le sobresalían aquel par de portentosas nalgas era una locura.  

       De… de veras… no… no tiene porque que preocuparse —declaró, perdido en el valle de su escote. El lunar en una de sus tetas le hizo tragar saliva.

      Les pagaré a ambos si es necesario. Punto. No se hable más…

      Lo… lo que usted diga Sra. Lombardo.

      ¿Crees que tu madre esté de acuerdo? ¿Y Sam?

      Los dos adoran a Noah… dirán que sí, encantados. Lo del dinero en cambio…

      ¡Ay, Ash! ¡Por favor! — le rogó, mordiéndose el labio inferior en un acto que a Ash casi hace que se le detenga el corazón.

      ¡Lo haré! ¡Claro que lo haré!

El abrazo que llegó a continuación le hizo sonreír de gusto. Y pensó que sentir a flor de piel toda esa abundante carne le devolvería el alma hasta a un muerto.

      ¡Ash! ¡¿Pero qué te pasa?!

      Ehh… yo…

Se sobresaltó como un idiota, y todos los colores se le subieron al rostro. Su erección, aquella enorme carpa que estiraba la tela de su pantalón sobremanera, sin lugar a dudas había dicho presente en el afectuoso abrazo. La Sra. Lombardo tenía el entrecejo fruncido y la mirada de soslayo, lo cual, provocó que todavía se sintiera peor.  Para alivio suyo, su madre acudió a su rescate.

      ¡Barbara… lo siento! ¡Estaba entrenando! ¡Acabo de leer tu mensaje!

Cerró la boca antes de decir cualquier estupidez, era su momento para salir pitando sin mirar atrás. Vio a la Sra. Lombardo saludar efusivamente a su madre y, antes de irse, no pudo evitar comparar a ambos especímenes de hembra.

Ambas tenían un busto prominente, además de muslos gruesos y firmes que conducían a un trasero ancho y lleno capaz de detener el tráfico. Pero, comparándolas de cerca, las curvas de su madre se imponían con naturalidad. Verlas juntas desnudas, era algo que ni siquiera podía imaginarse en sus más perversas fantasías.

      ¡¿Hasta cuándo piensas quedarte aquí, Ash?! ¡Ya vas muy tarde!

***

Mientras aparcaba la bici frente al coche de la Sra. Harris, se dio cuenta que había olvidado imprimir su trabajo de Literatura.

“Mierda”, dijo mientras se acercaba al cristal de una de sus ventanas para estudiar su reflejo. Hacía una semana que se había deshecho de su esponjoso cabello, copiando el estilo moderno de uno de sus bateristas favoritos. La línea afeitada que había complementado empataba perfectamente con la de las cejas, lo que le hizo sonreír satisfecho. Su piel bronceada y sus ojos ambarinos le daban un aura única. O eso creía él al menos. Lo que sí podían dar crédito sus compañeros de curso, era que su altura y sus músculos marcados eran intimidantes.

Mientras pensaba en una buena excusa para su maestra, vio a su novia asomar por la entrada. Enseguida todos los estudiantes que andaban en los alrededores se giraron para verla. Por supuesto, Ash también llenó sus ojos de ella.

      Cada día se pone más buena— opinó uno, haciendo un gesto obsceno sobre el tamaño de sus tetas.

      ¿Has visto ese culo? Estoy seguro que podría hacer revotar una moneda de veinte centavos — agregó otro. 

Les hubiera dado una paliza en otra ocasión. En ese momento, solo pudo sonreír orgulloso. Sin absurdas comparaciones con aquellas diosas que había hablado a tempranas horas, Selina Rosewood era simplemente la fantasía de cualquier adolescente de su edad.   

Su pequeño rostro era tan dulce y fascinante. Su cabello, besado por la brisa, tan sumamente atractivo. Sus ojos, pequeños y rasgados, así como su piel, tan clara y brillante, le daban el aire de una super celebridad asiática que erizaba la piel.

Conforme fueron avanzado, sus pesadas tetas en ese top blanco empezaron a zarandearse obscenamente, causando que una docena de chicos empezaran a lanzarle miradas voraces, comiendo con los ojos cada palmo de ese cuerpo tonificado. No era para menos, el pedazo de culo y tetas que se cargaba le habían convertida en un símbolo sexual en toda la escuela.    

      ¡Hey! ¡Por aquí! — gritó Ash, levantando la mano.

El cabello de Selina, de un negro azulado, se agitó suavemente al girarse. Cuando sus ojos por fin le encontraron, corrió a su encuentro. Su atrapado pantalón de mezclilla parecía a punto de reventar, lo que le hizo imaginarse el tormento que tuvo que pasar para poder ponérselo.

      ¡No me ibas a esperar! ¿Verdad?

      Claro que sí, solo estaba pensando en que decirle a la Sra. Harris. Olvidé imprimir mi maldito informe…

Le cambió la cara enseguida, y supo que no era el único que se iba a llevar un cero ese día.

      Te extrañé — dijo, besándola y apretando su cuerpo entre sus brazos.

      ¡Nooo Ash! ¡Aquí no! — se quejó, intentando liberarse de su agarre.

Cuando atacó nuevamente, buscando su lengua, sus defensas cayeron. Lo que hizo que inmediatamente todo el mundo volviera a lo suyo. Los pocos chicos que quedaban alrededor se despedían soltando varias maldiciones en su contra. En el fondo los entendía, él también gritaría al hijo de puta con suerte que se estuviera comiendo un culo como ese.

      ¡Ash! ¡Aaaaahh! ¡Para! ¡Nos están viendo!

      ¡Ya no hay nadie, mi amor! ¡Ven aquí! — dijo, llevándola contra una moderna camioneta que tenía toda la pinta de ser de la directora.

Volvió a atacar ahí, y le comió la boca haciendo que sus lenguas se batieran a duelo. Enseguida posó una mano en su top y otra en su nalga izquierda. Le sorprendió lo fácil que ahora le resultaba ponerle caliente.

      ¡Aaaahh! ¡Ay Ash! ¡Es… es que nos van a ver! ¡Estás loco!

      ¡Te digo que ya no hay nadie! — respondió, lamiendo su oreja derecha y besando su cuello. Cuando pegó su entrepierna, Selina no pudo evitar soltar otro jadeo.

Un caliente y sexy cuerpo como el suyo despertaba inevitablemente oscuras pasiones, así que había estado trabajando cada punto para estimularlo en búsqueda del tan ansiado coito. Su carita, abochornada, lo decía todo. También lo deseaba, pero se resistía. Pero no por mucho tiempo, pensaba Ash.

      ¡Ash! ¡Aaaahhh! ¡Por... por… por favor!

El carmín de sus labios no podía quedarle más sensual. La besó recordándole quien era su hombre, susurrándole también lo mismo que habían dicho de ella ese par de chicos hace unos minutos.

      ¡Ash! ¡Me voy a enojar contigo!

      ¡¿Por qué mi amor?! ¡Por decir la verdad!

Sus redondos pechos, gordos y llenos eran DD como mínimo. La punta de sus pezones, que sobresalía por encima de la tela, confirmaba que le había le gustado aquellas obscenidades.

      Vamos al gimnasio… por favor… — le rogó, Ash.

      ¡No, tenemos clase!

      Ninguno hizo la tarea. Y me extraña de ti, que tienes las mejores calificaciones.

      Estuve ocupada con mamá hasta muy tarde. Debí haberla hecho el otro día, no sé cómo la olvidé — dijo, sintiéndose realmente culpable.

      Oye… oye… tranquila. Hablaré con la Sra. Harris, le diré que fue por las actividades del club de ciencias. No pasa nada — contestó, volviéndola a besar.

Cuando volvió a pegar su erección. Selina movió las caderas de una forma que casi le hizo correrse, lo cual le puso en un estado eufórico.

      ¡Vamos! ¡No hay nada más que hablar! — dijo, tirando de su mano.

      ¡No! ¡No! ¡Espera! ¡Antes quiero que lo prometas!

Ash bebió de su voluptuosa figura por enésima vez, y tragó saliva. Después de maldecir media docena de veces abrió la boca.

      No… no la voy a meter, ¿contenta?

      Ni un poco, ¿ok?

      Sí, está bien.

***

El gimnasio tenía varios almacenes, pero nadie usaba el del fondo. En realidad, no tenían por qué. Era más un basurero que un almacén, había porquería acumulada en cada rincón, pero lo que más resaltaba era una cama improvisada en el suelo con varias colchonetas junto a varios rollos de papel higiénico.

Hace tres meses había conseguido la llave por una equivocación del entrenador Carson. Después, gracias a la rotunda negativa de Selina para verse en su casa o en la de ella, le había obligado a confeccionar ese pequeño nidito de amor.

      Dijiste que lo ibas a limpiar — dijo Selina, tapándose la nariz. Todavía había restos de su sesión anterior.

      Lo siento. Lo haré luego — prometió, abrazándola por detrás. Enterrándole la verga en medio de sus nalgotas.

      ¡Aaaahh! ¡Ash… no seas brusco! — respondió, parando el culito. Sus palabras decían una cosa, pero su cuerpo una muy distinta.

      ¡Eres mala! —dijo, amasando sus tetas con saña, a la vez que no dejaba de puntear su muy bien dotada retaguardia.

      ¿Yo? ¿Por qué?

      Lo necesito, mi amor. ¿No lo entiendes?

      ¡Ay Ash…! ¡Basta! ¡No empieces!   

      ¿Es que a ti te parece normal esto? — dijo bajándose el pantalón para mostrarle su enhiesta herramienta.

Aquel don que le había dotado la genética de sus antepasados, dejó a Selina sin palabras. Su pene, de diámetro y altura casi de una lata de aerosol, se movía inquieto de un lado a otro casi como un metrónomo. Tenía tanto semen acumulado que sus bolas parecían pelotas de tenis.

      Mira como está, me duele mucho…

Abrió su boquita, pero no dijo nada. Entonces Ash tomó la delicada mano de su novia y la colocó sobre el tronco de aquel miembro de caballo.

      Está así por ti — dijo suavemente, tomando su muñeca para que poco a poco comenzara a hacerle una paja.

Selina gimió, y sus ojos empezaron a moverse de un lado a otro. La otra mano de Ash buscó el coño de su novia, estaba más húmeda de lo que imaginaba.

      ¡Lo ves! ¡Te encanta calentar a tu novio hasta la insanidad! ¿No es así?

      No… yo… no lo hago a propósito — dijo, respirando agitadamente. Sus pezones duros parecían a punto de rasgar la tela de su top.

      En serio, ¿y por qué no llevas brasier? — dijo apretándole uno de sus jugosos melones.

El rostro, tan dulce e inocente de la chica más popular de la escuela, era de un mar de dudas.

      Ash… solo un ratito, ¿sí? — dijo sin mirarle a los ojos, pero sin dejar de pajearlo — Luego tengo que ir al laboratorio de química. 

      Quítate la ropa, anda… quiero verte…

Él lo hizo en menos de 15 segundos. Ella, tomándose todo el tiempo del mundo. Levantó el top por encima de su cuello en cámara lenta, dejando que sus carnosos pechos escaparan para maravillarlo con su rebote. Después, su pantalón poco a poco fue bajando, para mostrarle una pequeña tanguita color rosa que le hizo agua la boca.

      Date la vuelta… —dijo, casi implorándole a sus pies.

Bajo esa cintura pequeña con un vientre plano, se dibujaba un trasero perfecto. Como había imaginado, la escasa tela de su ropa interior se había perdido entre ese par de hemisferios, exponiendo la robusta carne tersa y libre de imperfecciones. Ya no podía esperar más para embadurnar aquellas nalgotas, con su caliente semen.     

      ¡Ven acá! — dijo, atrayéndola con violencia a sus brazos.

Su piel, suave y tersa, como de porcelana, le supo exquisita al tacto. Puso sus manos en sus caderas y las movió lentamente a su alrededor, para tener una nalga en cada mano. Luego la volvió a besar, fundiendo su lengua con la suya en un abrazo lleno de lujuria. Selina empezó a gemir y Ash se mantuvo firme. Siguió besándola y apretando con frenesí su carne, hundiendo sus dedos en ese culazo lleno y redondo.   

La besó un rato más así, de pie, explorando sus lenguas.  Ash separó un poco sus nalgas, y las amasó de arriba abajo. Su trasero gordo se sentía tan bien en sus manos.

      Solo un ratito, Ash… por favor — le rogó, al oído.

Ash se agachó sorpresivamente, jalando con agresividad las tiras de su tanga. Inmediatamente se hundió de cara en la delicada flor de su novia y empezó a lamer y chupar como si no hubiera un mañana.

      ¡Ayyy noooo Ashh! ¡Nooo! ¡Noooo! ¡Aaaahhh! ¡Aaaaaaahh!

Por supuesto, no la escuchó. Batió su lengua de arriba abajo por su rajita, concentrando todos sus esfuerzos en la preciosa perla que era su clítoris. Su lengua saboreó con fruición cada gota de su preciado néctar, haciendo chillar y contorsionarse a Selina como una enajenada. 

      ¡Aaaaahhhh! ¡Aaaayy me corroooo! ¡Aaaaahhh me corrooooo!

Ash se abrazó a sus nalgotas, hundiendo aún más su rostro, haciendo que su lengua atacara con más energía, arrancando alarido tras alarido de su novia, perdiéndola en un mar de placer. Finalmente, después de un arduo trabajo, tuvo su recompensa.

      ¡Me corrooo Aaaaash! ¡Me corrooooo! ¡Me corrooooooo! — dijo, gimiendo con fuerza, hundiendo sus uñas en sus brazos hasta casi hacerlos sangrar.

Ash bebió todo lo que Selina expulsó de su caliente cuevita. Saboreó y lamió sin dejar que una gota resbalara por sus piernas. Después de quedar medianamente satisfecho, fue subiendo su lengua por su ombligo hasta llegar a sus redondos pechos. Chupó, sorbió y mordió aquel par de tetas como si quisiera sacar leche de ellas. Finalmente, su lengua volvió a la boca de su novia.

      Mi amor… se nos hace tarde… —dijo, débilmente.

      ¡Plas! ¡Plas! — dos fuertes nalgadas fueron su respuesta. Enseguida Selina se acostó boca abajo sobre esas sucias colchonetas.   

Ash se acostó encima de ella, en posición de cucharita. Rápidamente su gruesa herramienta encontró un lugar cómodo entremedio de esas duras nalgotas que habían sido ensalivadas previamente.

Ash metió las manos debajo para ahuecar sus pechos. Entonces, sin esperar un segundo más, empezó a sobar su equino miembro sobre aquel divino nalgatorio.

      ¡Aaaaahhhh mi amoooooor!

Selina empezó a moverse también, echando su bien dotado trasero hacia atrás, lo que hizo Ash moviera su polla desnuda con furia sobre sus dos gordas mejillas.

      ¡Te gusta mi amor!

      ¡Ayyyy Ash! ¡Síiiiii, me gustaaa… me gustaaa muchoooo!

Ash sintió como tembló de lujuria cuando lamió su cuello en esa posición, sus caderas empezaron a menearse dejándose llevar. Ambos cuerpos entonces empezaron una persecución, las hormonas y el instinto natural se hicieron cargo.  

      ¡Aaaaaahhhh! ¡Aahhhhh mi amooooooor!

Selina empezó a batir sus caderas de un lado a otro como si estuviera bailando una canción que solo ella podía escuchar. Por su parte, Ash empezó a embestirla como si de verdad la estuviera follando. Selina giró su cabeza y comenzó a besarlo eufórica, nuevamente había sabido tocar los botones correctos y Ash lo celebró pegándole una nalgada.

Selina llevó sus manos hacia atrás, separando sus glúteos todo lo que su cuerpo le permitía. Ash se sentó frente a ella para observar, maravillado, como la cabeza de su polla tocaba sus labios mientras se deslizaba ferozmente en un beso prohibido.

      ¡Que pedazo de culo tienes, mi amor! —gimió, dándole un beso a cada mejilla.

      ¡Ash… lo prometiste!

      ¡Y me lo tienes que recordar de este modo! ¿Verdad?

Ash acomodó su tranca entre sus cachetes como un hot dog en medio de unos panecillos y empezó a bombearla de forma feroz. Clavó sus dedos en su carne firme y empujó con la fuerza de un atleta.

      ¡Aaaaaaahhhh mi amorrr! ¡Ahhhhh que ricooooo!

Ash la sujetaba firmemente de sus caderas y la golpeaba duro y seco, sin descanso, dando gala de su condición física. Selina llevó una mano a su entrepierna, no dejaba de gemir. Iban a correrse juntos. 

      ¡Ayyyyy amoooor amoooor amoooooor! —gritaba, pidiéndole que no parara.

Ash tomó con ambas manos su cabello haciendo una cola de caballo perfecta, empotrándola como un semental haría a su yegua. Estaban tan embarrados de fluidos, que el sonido de sus cuerpos al frotarse era enloquecedor. Ahora era Selina la que atacaba, y Ash supo que no tardaría mucho en correrse. Empezó a hacer twerking con sus caderas batiéndolas a un ritmo endemoniado, su caliente verga se batía en sus mejillas rojas, deseosa de liberar su preciada carga de una vez por todas.

      ¡Ahhh Selinaaaaa mi amooooooor! ¡Me corroooo! ¡Me corrooooooo! —dijo vaciando sus bolas en sus nalgas.

Ambos llegaron al mismo tiempo, pero la torrencial lluvia de semen de Ash eclipsó la catarata de fluidos de su novia, cayendo finalmente rendidos.

Maya

El carruaje avanzaba con traqueteos constantes, las ruedas golpeando contra los adoquines húmedos. Lotrend se extendía frente a ellos, gris y bulliciosa, con sus altas torres y gruesas murallas. El río quedaba atrás, y el cruce del Puente de las Cien Almas retumbaba aún en sus oídos como un recordatorio de que habían dejado Indelond para siempre.

Maya se acomodó en el asiento, a sus 26 años su figura era un espectáculo viviente. Su largo cabello castaño, liso y brillante, caía sobre sus hombros como una cascada oscura que enmarcaba su rostro de facciones intensas y sensuales. En su pierna derecha, un tatuaje en forma de serpiente se enroscaba desde el muslo hasta casi la cadera. La serpiente se deslizaba sutilmente sobre su piel, moviéndose con sus emociones: vibraba cuando se excitaba, se tensaba cuando sentía miedo y se erguía desafiante cuando se enojaba. En la mano izquierda, un tatuaje en forma de flor florecía y se marchitaba de acuerdo a su humor, como si respirara junto con ella.

Su cuerpo era pura voluptuosidad: pechos enormes que parecían desafiar la gravedad, caderas anchas y carnales, muslos gruesos y firmes que invitaban a ser rodeados, y un culo redondo y apretado que se marcaba con cada movimiento. Vestía un atrevido vestido negro, abierto en el centro desde el cuello hasta el ombligo, apenas sostenido por un par de cordeles que dejaban asomar sin pudor el profundo valle de sus tetas. La tela se ceñía a su cintura estrecha y luego se abría con descaro, dejando que sus piernotas quedaran casi al desnudo, apenas cubiertas en ángulos estratégicos.

Cada sacudida del carruaje hacía que sus tetas bambolearan con peligroso descaro, que la falda se subiera un poco más y que sus tatuajes mágicos parecieran despertar con fuerza. Era imposible apartar la vista de ella: cada curva, cada gesto y cada detalle de su piel tatuada parecían gritar deseo y poder a la vez.

      Me parece que la ciudad entera podría detenerse solo para mirarte entrar —murmuró Collem.

Maya arqueó una ceja, conteniendo una risa.

      No digas tonterías, Collem.

Él se inclinó un poco hacia adelante.

      No son tonterías. Te miro yo, y eso basta.

Maya intentó mantener el gesto serio, pero una sonrisa traicionó su compostura. El calor subió a sus mejillas; había algo en el descaro de Collem que siempre la encendía.

      Deberías ocuparte de lo que nos espera en la mansión, no de mis pechos —susurró, bajando la voz.

Collem soltó una breve carcajada.

      Puedo ocuparme de las dos cosas. Créeme, tengo energía suficiente.

El carruaje dobló hacia la Plaza de los Héroes, donde gigantescas estatuas de mármol observaban a los transeúntes con aire solemne. Maya volvió a acomodarse, tratando inútilmente de detener los sugerentes movimientos que hacían sus tetas.

      Te estás divirtiendo demasiado mirándome —dijo en voz baja.

      Claro que sí —replicó Collem, con lascivia—. Y lo haré hasta que pueda tocarte.

Maya negó suavemente, aunque su sonrisa era imposible de ocultar.

      Eres incorregible…

El carruaje dobló hacia un camino empedrado más ancho. A través de la ventanilla, Maya divisó por primera vez la mansión de la Casa Verenthil. La construcción se alzaba sobre una colina, robusta y solemne, con torres cuadradas, muros de piedra oscura y ventanales alargados que parecían ojos vigilantes. El blasón de la familia ondeaba en estandartes sobre la entrada principal.

El carruaje se detuvo al pie de la escalinata. Filas de sirvientes aguardaban en silencio, inclinando la cabeza en señal de respeto. El aire estaba cargado de solemnidad, apenas roto por el resoplido de los caballos y el crujir de las ruedas al detenerse.

      Ahí viene… — murmuró, Collem.

Desde el fondo del patio, avanzaba la imponente figura de Lord Dragos Verenthil. Era parcialmente calvo, de mandíbula cuadrada y con un grueso bigote con puntas hacia arriba. A pesar de la edad, su cuerpo conservaba un aspecto vigoroso y robusto, muy superior incluso al de su marido. Llevaba una capa de un rojo oscuro que cubría sus hombros anchos, y en su mano derecha relucía un anillo grande y ornamentado, cuya forma parecía ocultar algún misterio.

Cada paso suyo resonaba con autoridad, y hasta los sirvientes parecían contener el aliento ante su presencia. Maya lo observó con una mezcla de respeto y desconcierto; aquel era el hombre por el que había dejado su ciudad natal, el patriarca de la familia, el señor de la Casa Verenthil. Y ahora, frente a su mirada acerada, comprendió que su vida en Lotrend apenas estaba por empezar.

Collem fue el primero en descender del carruaje. Ajustó su capa, respiró profundo y avanzó con pasos firmes hacia la figura de su padre. Se inclinó ligeramente, en un gesto respetuoso, pero sin excesiva sumisión.

      Padre.

      ¡Collem! ¡Me alegra verte de vuelta muchacho! — dijo envolviéndolo en un abrazo.

Maya bajó con cuidado, sosteniendo la mano de un sirviente para no tropezar con su vestido. La primera imagen que recibió Lord Dragos no fue su rostro, sino su piernota derecha descubierta hasta el muslo. Allí, el tatuaje mágico en forma de serpiente se retorcía lentamente, vivo, como si adivinara la mirada del patriarca. El aire fresco le erizó la piel, y al alzar la vista se encontró con los ojos penetrantes del señor de la Casa Verenthil.

Dio un paso al frente e inclinó la cabeza con elegancia.

      Lord Dragos.

Él le tomó la mano con firmeza y, sorprendentemente, inclinó los labios sobre sus nudillos. Fue un gesto solemne, aunque Maya no pudo evitar sentir el peso de su mirada desviándose apenas hacia su escote antes de volver a sus ojos.

      Así que esta es la razón por la que mi hijo desapareció siete años de Lotrend —dijo Lord Dragos, sin apartar la vista de ella—. Me parecía un error imperdonable… hasta ahora.

Collem apretó los labios, pero Lord Verenthil levantó una mano, mitigando el reproche con un gesto.

      Te entiendo, hijo. Con una mujer así a tu lado, cualquiera habría querido perderse del mundo.

Maya sonrió con modestia, inclinando apenas el rostro, aunque la fuerza de las palabras la hizo estremecerse.

      Es usted demasiado generoso, mi señor.

      No. Solo sincero —replicó Lord Dragos con tono autoritario, aunque sus labios dibujaron un atisbo de sonrisa.

Con un ademán decidido, el señor de la Casa Verenthil avanzó hacia la escalinata, invitando a Maya y a Collem a seguirlo. 

***

La mansión estaba en silencio, pero en el dormitorio la cama de dosel no paraba de crujir. Maya estaba tumbada boca arriba, completamente desnuda, con su cabello escarlata desparramado por las sábanas.

Collem se movía sobre ella, girando las caderas en círculos, apretando con fuerza contra su cuerpo. Cada embestida la hacía gemir con la voz rota, mientras sus tetotas enormes saltaban y se aplastaban contra su pecho. Los pezones, duros y sensibles, rozaban la piel de su marido con cada vaivén.

Maya lo abrazaba con todo lo que tenía, brazos aferrados a su espalda y piernas gruesas cerradas con fuerza alrededor de su cintura, pegándolo más y más a ella. Sus muslos poderosos lo apretaban, y su gran trasero se arqueaba contra la cama, buscando frotarse y seguir el ritmo que su marido le imponía.

      Así… muévete así —le susurró entre dientes, mordiéndose los labios.

Collem gruñía, disfrutando de cómo ella se apretaba a su alrededor, cómo se movía con él, siguiendo cada giro de sus caderas. El sonido húmedo de sus cuerpos chocando llenaba la habitación, mezclado con los gemidos ahogados que Maya intentaba contener sin éxito.

      Dioses… se siente tan bien… —jadeó, apenas capaz de sacar las palabras entre gemidos. Maya se retorcía bajo él, con las piernas firmemente enganchadas a su cintura.

Collem gruñó satisfecho, bajando la cabeza hasta atrapar uno de sus pezones con la boca. Lo mordió y lo chupó con hambre, mientras con la mano libre amasaba la otra tetota con brutal descaro. Maya se estremeció, sus muslos gruesos se tensaban a cada arremetida, apretando todavía más la verga de su marido.

Su largo cabello castaño estaba desparramado en la cama, enredándose húmedo contra su piel ardiente. Los jadeos salían roncos de su garganta, y cada vez que Collem se hundía más hondo, su enorme culo se alzaba de la cama, buscando más, pidiendo más.

      Síííííííí… asíííííííííí… más fuerteeeee — gemía, su voz casi un grito. 

Collem enterró el rostro en su cuello, gruñendo con cada movimiento, devorándola a besos y lengüetazos, como si quisiera marcarla entera. Ella cerró los ojos, perdida en el frenesí… hasta que un destello la hizo girar la cabeza. La puerta… estaba entreabierta.

“Imposible.” La había cerrado ella misma, lo recordaba con claridad. El corazón se le aceleró, un escalofrío recorriéndole la espalda incluso en medio del ardor.

Pero antes de que pudiera decir nada, Collem se aplastó contra ella con toda su fuerza, hundiéndose hasta el fondo en un último envión brutal. Maya gritó al unísono con él, y los dos estallaron al mismo tiempo, un torbellino de placer que la hizo perder la noción de todo.

El silencio que vino después solo estaba roto por sus respiraciones agitadas. Maya abrió los ojos lentamente, todavía abrazada al cuerpo de su marido. Giró la cabeza hacia la puerta… ahora estaba cerrada. Bien cerrada.

Un escalofrío le recorrió la piel. “Lo imaginé. Tiene que haber sido mi imaginación.”

Aun así, no pudo apartar del todo la sensación de que algo, o alguien, había estado allí, observando en la penumbra.

Ambos se dejaron caer rendidos en la cama, jadeando todavía, pegados uno al otro entre besos húmedos y caricias lentas que recorrían sus cuerpos desnudos. Maya, con el cabello hecho un desastre sobre las sábanas, sonrió mientras jugueteaba con los labios de Collem.

      ¿Me acompañarás mañana a pasear por las calles de Lotrend? Quiero conocer la capital contigo… —susurró, acariciándole la barba corta con la punta de los dedos.

Collem apartó la mirada, exhalando un respiro pesado.

      No puedo —. Se incorporó un poco sobre la cama y apoyó el antebrazo en las sábanas—. Debo ponerme al día con mis obligaciones como heredero. Además, pronto se celebrará una audiencia en la Fortaleza Den Daral anunciando el compromiso de mi padre con la princesa Edelin. Debo estar a su lado. Me necesita.

Maya se quedó en silencio, sus labios entreabiertos. La sorpresa se mezcló con incomodidad en su rostro. Había escuchado historias sobre su belleza en Indelond. La princesa mestiza había heredado las curvas y sensualidad de su madre, convirtiéndola en la doncella más deseada de todo Keldaran.

Sabía que no era cuestión de amor ni de deseo, sino de poder. El Consejo quería evitar un desastre: sin heredero varón, el trono se tambaleaba, y la Casa Verenthil era la única lo bastante fuerte para estabilizar el reino. Pero, aun así, no pudo evitar comparaciones. La princesa tenía apenas dieciocho años y estaba en la flor de su juventud, mientras Lord Dragos Verenthil acababa de cumplir cincuenta y tres.

      Entonces… tu padre y ella… —empezó a decir, pero se detuvo. Las palabras se le atragantaron.

Collem soltó una risa seca, cargada de ironía. Se dejó caer de espaldas en la cama, mirando el dosel con una mueca divertida.

      Pues sí —respondió al fin—. Si la boda se cumple, a mi padre le espera una juventud muy activa en la cama… y mucho trabajo por delante. Ya sabes, el Consejo querrá que la princesa le dé hijos cuanto antes. —Giró el rostro hacia ella y alzó una ceja—. Muchos hijos.

Maya lo miró con una mezcla de incredulidad y risa nerviosa.

      Eres un descarado —le reprochó, empujándolo suavemente con la mano en el pecho.

      ¿Y qué quieres que diga? —replicó Collem con tono burlón, atrapándole la muñeca y besándosela después—. No puedo imaginar a mi padre siguiéndole el ritmo a una princesa elfa de dieciocho años.

Maya todavía reía suavemente cuando Collem se inclinó sobre ella de nuevo, besándole el cuello con hambre. Sin darle tiempo a protestar, se abrió paso entre sus muslos y volvió a hundirse dentro de ella con un gemido ronco.

      ¡Aaaahhhh! ¡¿Otra vez?! —susurró Maya, arqueando la espalda mientras lo abrazaba con piernas y brazos nuevamente.

      No terminé contigo —replicó él, moviéndose más fuerte, marcando el ritmo sin tregua.

El cuarto volvió a llenarse de jadeos, del ruido húmedo y de los crujidos de la cama. Maya se retorcía bajo su peso, entregada al vaivén, perdiéndose en el calor del segundo asalto.

El placer le nublaba los pensamientos, la empujaba más y más arriba, hasta que apenas podía distinguir sus gemidos de los de su marido. Todo era calor, piel, humedad, y ese roce incesante que la hacía perder el control.

Entonces lo vio. De reojo, allí donde la penumbra se filtraba, bajo la puerta cerrada… una sombra. El contorno de unos pies, quietos al principio, después moviéndose lentamente, como si alguien estuviera de pie justo al otro lado, escuchando, esperando.

Un escalofrío helado recorrió su espalda, cortando por un segundo la oleada ardiente que la consumía. Parpadeó, incrédula. “No… no puede ser.”

Collem seguía dentro de ella, moviéndose sin descanso, devorándola con la respiración caliente en el cuello. Y ella, pese al miedo, lo abrazó con más fuerza, como si quisiera perderse en su cuerpo para no pensar.

La sombra desapareció. La rendija quedó oscura, inmóvil. Cerrada.

Y aun así, el vaivén no se detuvo. Maya gemía cada vez más alto, ahogada entre el sudor y la piel de su marido, con la sensación de que alguien, en algún lugar, seguía observando.

Crystal

La mancha en el techo parecía expandirse, húmeda y oscura, como si quisiera devorar la esquina entera. Crystal la observaba con fastidio, el peso de su pecho abultado marcando la tela de su bata ligera, redondeando su respiración con cada suspiro de impaciencia.

      Sam, esto no puede seguir así —dijo, apoyando una mano en la cadera, gesto que hizo resaltar la redondez suave de sus glúteos bajo la tela ligera de su bata—. La humedad se está filtrando, y si no lo arreglamos ahora, será peor.

Él, ya poniéndose la corbata, ni siquiera intentó ocultar la incomodidad.

      Crystal, es solo agua. ¿Para qué gastar? Se secará.

Ella giró lentamente hacia él, las curvas de su cuerpo acomodándose con un movimiento que a cualquier otro hombre lo habría dejado sin palabras. Pero Sam, siempre el médico metódico y tacaño, parecía inmune.

      Sí, claro, hasta que el techo se venga abajo… y gastemos el doble.

Sam cerró el maletín y se encaminó a la puerta.

      No hay dinero para caprichos. Tengo guardia. —La besó apenas en la mejilla y salió, dejándola con la rabia atragantada.

Crystal resopló, tomó el teléfono y llamó al técnico de siempre. La voz grabada contestó alegre: “Estoy de vacaciones, regreso en dos semanas.”

      Perfecto… —bufó, cortando.

Caminó hacia la cocina, y con cada paso sus caderas bamboleaban con un vaivén obsceno, redondo y pesado, como dos lunas compitiendo por atención. Su trasero, grande y firme, parecía rebotar solo, exigiendo miradas, aunque estuviera sola. Abrió el refrigerador y sacó un bote de helado, dejándose caer luego en la silla frente al ordenador.

Una cucharada generosa se derritió en su boca, pero otra se escapó, resbalando entre sus pechos hasta perderse en el canal profundo de su escote. Crystal bajó la mirada, y con la inocencia de quien recoge una miga de pan, metió los dedos suavemente entre sus curvas y limpió la gota fría. La llevó a la boca, lamiéndose los dedos con un gesto natural, sin malicia, pero que en ella se veía inevitablemente erótico.

Suspiró, volvió a mirar la pantalla y navegó entre anuncios de servicios de reparación. Hasta que un nombre le llamó la atención: “FixRight”. Marcó sin leer más. Una voz masculina, segura y cordial, confirmó que enviarían a alguien en unas horas.

Colgó, aliviada, y se quedó navegando por la red. Primero buscó artículos de moda: bolsos, gafas de sol, collares. Luego pasó a ropa íntima; sujetadores de encaje, transparencias que le recordaban su piel bajo la luz tenue del dormitorio. Movió el cursor casi sin pensar, y de pronto, un clic errado la llevó a otra sección.

Cristalizó en la pantalla un catálogo inesperado: juguetes sexuales. Vibradores, consoladores, todo expuesto con colores llamativos y descripciones directas.

Crystal se mordió el labio. No era la primera vez que veía algo así, pero nunca había buscado por iniciativa propia. El recuerdo le golpeó de pronto: los últimos años con John —tan mecánicos, tan secos— habían dejado en ella un vacío. Sexo rápido, sin pasión, sin ternura, casi como un trámite. Y cada vez que terminaba, ella quedaba con un silencio interno, con esa hambre insatisfecha que fingía ignorar.

Crystal detuvo el cursor sobre la descripción de un vibrador color púrpura. La pantalla detallaba sus múltiples velocidades, sus curvas diseñadas para “alcanzar cada rincón de placer”, y lo describía con un lenguaje que parecía sacado de un sueño. “Orgasmos intensos, oleadas de satisfacción, placer profundo y prolongado”.

Ella leyó y releyó las frases, con el ceño ligeramente fruncido. En su mente, esas promesas parecían pura fantasía. Hacía años que no sentía nada parecido a lo que esas palabras sugerían. El sexo con John había sido, al inicio, fuego y descontrol… pero con el tiempo se volvió rutina, casi un trámite. “Esto suena demasiado bueno para ser verdad”, pensó, indecisa, con la tentación latiendo en la punta de su dedo, a un clic de distancia.

Se quedó un momento con la respiración contenida, hasta que suspiró y cerró de golpe la laptop.

      ¡Ay! ¡No seas estúpida!…

Se levantó y caminó hasta el espejo grande del pasillo. La luz suave acarició su melena rubia, larga y brillante, que caía en ondas naturales sobre sus hombros. Se inclinó un poco hacia adelante, estudiando su rostro: coqueto, atractivo, con esos labios carnosos que siempre parecían invitar a un secreto.

Luego bajó la mirada hacia su reflejo completo. Sus senos grandes se proyectaban redondos, pesados, con una forma tan provocativa que ella misma sonrió. Giró apenas, dejando que la silueta de sus nalgas, redondas y firmes, se mostrara en el cristal. Sus manos recorrieron sus propias curvas, acariciándose los costados, subiendo y bajando con un orgullo sensual.

      Chica… sigues siendo un bombón —dijo para sí, entre risas suaves y una pizca de vanidad que le encendió la piel.

El sonido de una notificación en su teléfono interrumpió el momento. Lo tomó y abrió WhatsApp. El grupo de enfermeras estaba, como siempre, lleno de tonterías: stickers, chismes, memes repetidos. Fue bajando sin interés, hasta que un audio captó su atención.

Lo puso a reproducir y, al instante, escuchó la voz de una de las enfermeras más jóvenes del hospital.

“No saben, chicas… anoche me lo tiré. ¡Qué bruto! Qué manera de cogerme… mi novio jamás me ha hecho sentir así. Ese pobre cree que con tres empujones ya cumplió. ¡Ja! Ni se acerca a lo que sentí ayer.”

Crystal apretó los labios, incómoda. Aquella vulgaridad, ese tono descarado, le arrancó un gesto de desaprobación.

El segundo audio llegó enseguida. Ella dudó un instante, pero lo reprodujo.

“Chicas, estaba que me partía en dos… me agarró como un animal. Me subió la falda, me corrió las bragas y me la metió de golpe, sin preguntar nada. Yo solo gemía, le decía que no parara, que me lo hiciera más duro… y él obedecía. ¡Dios, cómo me hacía chocar la espalda contra la pared! Sentía cada centímetro, como si me abriera entera. Nada que ver con mi novio, ese pobre apenas entra y ya acaba.”

Crystal tragó saliva, el corazón acelerado. Le fastidiaba tanta vulgaridad, pero su cuerpo reaccionaba distinto: un cosquilleo subía por su vientre, haciéndole estremecer.

El tercer audio llegó de inmediato.

“Me tenía contra la pared, con las piernas alrededor de su cintura, dándome sin parar. Yo le clavaba las uñas en la espalda y gritaba como puta… y él me decía que eso era lo que era, su puta. ¡Y me encantaba escucharlo! Se me salían las lágrimas de lo fuerte que lo sentía, chicas, nunca me habían follado así en mi vida.”

Crystal cerró los ojos, un jadeo escapando de sus labios. El calor les subía a las mejillas, a los pechos, a todo el cuerpo.

El cuarto audio empezó con la respiración agitada de la chica, como si apenas hubiera terminado de hablar para volver a grabar.

“Hizo que se la chupara en la sala… ahí, sobre el el piso frío. Me agarró del pelo y empezó a darme con todo en la boca. Yo babeaba, me atragantaba, pero no quería que se detuviera. Me decía: eso, trágatela toda, así, como una puta de verdad.”

Crystal se llevó la mano a la frente, cerrando los ojos, pero la imagen ya estaba tatuada en su mente: la joven, de rodillas, con el maquillaje corrido, tragando entre jadeos y risas. Le dolía admitirlo, pero el calor entre sus piernas era ya insoportable.

El quinto audio sonó casi de inmediato, con la voz de la chica rota, jadeante, entrecortada:

“Me levantó del suelo, me puso contra la mesa y me la metió otra vez, hasta el fondo. Me dio duro, firme, muy rico. Se vino dentro. Y yo acabé también, gritando como loca, temblando. Fue brutal, chicas. Brutal. Y no me arrepiento de nada, al contrario… quiero repetirlo esta noche.”

El silencio después del audio fue ensordecedor. Crystal dejó el teléfono sobre la mesa como si le quemara las manos. Tenía el pulso acelerado, el pecho subiendo y bajando con fuerza.

Se abanicó con las manos, como intentando enfriar el calor imposible que le recorría la piel. Caminó por la sala, por el pasillo, hasta la cocina y de regreso, incapaz de estarse quieta. Pero en su cabeza, una y otra vez, seguían los gemidos de la enfermera, las palabras sucias, el sonido de un orgasmo real, vivo, intenso.

Crystal apretó las piernas mientras caminaba. Cada paso era un intento inútil de escapar de sí misma, de esa quemazón que le devoraba por dentro. Sus muslos rozaban entre sí, húmedos, y cada roce la hacía gemir apenas, con un suspiro que se le escapaba sin permiso.

De pronto se detuvo frente al espejo. Su reflejo la confrontó sin piedad: el rubor en sus mejillas, el cabello rubio despeinado, el brillo húmedo en sus labios… y sobre todo, sus pezones duros, marcando la tela ligera de la bata. Alzó una mano y los acarició suavemente, primero con pudor, como si aún alguien pudiera verla. Pero el gemido que se le escapó cuando pellizcó uno de ellos la desarmó.

      Dios mío… —susurró, estremecida.

Se giró, tambaleante, y caminó hacia el pasillo. No vio lo que tenía delante hasta que tropezó con un paraguas largo, olvidado junto a la pared. El golpe la hizo caer de espaldas, aterrizando sobre su trasero enorme y redondo que rebotó contra el suelo. Jadeó, confundida, y al alzar la vista, sus ojos recorrieron la forma del objeto cilíndrico, erecto, insinuante.

Un escalofrío la recorrió de pies a cabeza. De pronto todo a su alrededor parecía tener esa forma: las botellas sobre la mesa, el picaporte al final del pasillo, hasta la manija de la refrigeradora. Su mente, enardecida, lo traducía todo en lo mismo: sexo, penetración, fuego.

Crystal se cubrió la boca con la mano, respirando agitadamente, y huyó al único lugar donde pensó que podría apagar el incendio: la ducha.

Entró al baño, tiró la bata al suelo sin pensarlo y abrió la llave. El agua fría golpeó su piel, arrancándole un jadeo, pero apenas segundos después ya era tibia, envolviéndola. Sus senos pesados se sacudieron al contacto, resbalando gotas brillantes hasta su ombligo.

El agua corría en cascadas por su cuerpo, bajando desde la nuca, recorriendo la curvatura de su espalda hasta perderse en la redondez obscena de su trasero. Crystal arqueó más la cintura, ofreciéndose al contacto del agua como si fuese una caricia viva.

Con una mano apretaba sus tetotas, frotando con descaro sus pezones hinchados hasta que sus propios gemidos rebotaban contra el azulejo. Con la otra, descendió, acariciando las caderas amplias, agarrando con fuerza sus propias nalgas, hundiendo los dedos entre ellas con un gesto vulgar, necesitada, como si quisiera abrirse para alguien que no estaba allí.

      ¡Diossss…! —susurró, mordiéndose el labio mientras el agua la hacía brillar.

Se frotaba con ansiedad, cada vez más rápido, incapaz de dar abasto al cuerpo que se desbordaba en cada curva. Sus dedos encontraron ese calor húmedo entre sus muslos y lo acariciaron con urgencia, presionando, rozando, hundiendo. El placer la invadía como una ola, los jadeos se transformaban en gemidos roncos, y estaba a un suspiro de rendirse al clímax.

Entonces sonó el timbre.

El sonido estridente la cortó de golpe. Crystal abrió los ojos, maldiciendo con la respiración entrecortada.

      ¡Joder!… ¡no puede ser ahora! —gruñó, desesperada, con las piernas aún temblándole.

Cerró la ducha de un manotazo, salió empapada, resbalándose por el baño. En la prisa abrió el armario y tomó la primera bata que encontró. No quería tocar la que había dejado en el suelo. Al ponérsela notó con horror que era demasiado pequeña: apenas cubría sus senos, dejando medio busto asomando, y en la parte de abajo quedaba tan corta que sus nalgas redondas y húmedas se adivinaban con cada paso.

El timbre volvió a sonar.

Crystal, jadeante, con el corazón aún al galope, se armó de valor y abrió la puerta.

El técnico estaba ahí: un hombre gordo, barbudo, con una gorra roja ajustada hasta las cejas y una camiseta pegada a su panza.

Se quedó congelado al verla. Sus ojos se abrieron de par en par, recorriendo incrédulos el pedazo de hembra que acababa de abrirle: el cabello rubio aún húmedo, la piel perlada de gotas, los senos enormes desbordando la bata, las piernas torneadas brillando bajo la luz.

El tipo parpadeó, boquiabierto, como si no pudiera creer que esa visión era real.

      Ejem… b-buenas tardes… soy de FixRight… —balbuceó, tragando saliva.

Crystal lo observó un instante, inmóvil en el umbral, sintiendo cómo el agua que aún corría por su cuerpo se deslizaba hasta la bata corta, marcando todavía más cada curva. La tela se le pegaba a la piel, transparente en algunas zonas.

El técnico no sabía dónde mirar: sus ojos subían y bajaban, atrapados entre el escote que parecía a punto de reventar y las piernas brillantes que terminaban en un trasero apenas cubierto. Tragó saliva con tanta fuerza que hasta ella lo escuchó.

Crystal sonrió apenas, consciente de la escena. Aún respiraba entrecortado, con el calor vibrándole en el vientre. Dio un paso atrás para dejarlo pasar, pero lo hizo lentamente, bamboleo sus caderas inconscientemente. El movimiento hizo que la bata se abriera un poco más en el pecho, revelando el pezón húmedo que luchaba por escapar.

      Adelante… —dijo, sin percatarse de ello.

El hombre parpadeó varias veces, intentando recomponerse. Dio un paso dentro de la casa, tropezando casi con la alfombra, y al pasar junto a ella su brazo rozó accidentalmente el costado de Crystal. La piel de ambos se tocó apenas un segundo, pero a ella la recorrió un escalofrío.

      P-perdón… —balbuceó él, nervioso, tratando de mirar al suelo.

Crystal, se giró hacia él y, con toda la naturalidad del mundo, llevó una mano al borde de la bata para ajustarla, aunque en lugar de cubrirse terminó mostrando más piel: un destello de su pecho húmedo, la curva tentadora de su muslo.

      No se preocupe… —murmuró, clavando sus ojos azules en los de él—. Póngase cómodo.

El técnico se quedó de pie en la sala, incómodo, con las manos apoyadas en el cinturón de herramientas, pero incapaz de quitarle los ojos de encima.

      Esto… —balbuceó, jugando nerviosa con un mechón de su cabello húmedo—, está húmeda… digo… estoy húmeda… digo… la pared está húmeda.

Sintió que la cara le ardía. El técnico arqueó las cejas, sorprendido, pero no dijo nada.

      Ehh… el problema… está arriba… —añadió, y ni siquiera esa frase le salió con coherencia.

Quiso darse la vuelta para guiarlo, tratando de retomar la compostura, pero en cuanto dio el primer paso hacia la escalera comprendió su error.

Subía ella adelante, con la bata corta pegada a la piel mojada, y él detrás, a escasos centímetros. El movimiento de sus caderas era inevitable, lento, cadencioso, y con cada escalón su trasero se alzaba, rebotaba, bamboleaba de manera obscena. La tela subió aún más, dejando a la vista lo que no debía.

Crystal lo sintió. Sabía lo que él estaba viendo: sus nalgas descomunales prácticamente en la cara del técnico, húmedas, brillantes, temblando con cada paso. Contuvo un gemido, mordiéndose el labio, avergonzada de la escena y al mismo tiempo incapaz de detenerla.

El aire entre ellos era espeso, eléctrico. Ella casi podía oír la respiración contenida del hombre a su espalda.

Cuando por fin llegaron al pasillo, Crystal apretó los muslos mientras caminaba hasta la habitación. El bamboleo de su culo era imposible de controlar, cada paso un vaivén sensual que la traicionaba más que cualquier palabra.

      A… aquí es… —dijo, entrando al dormitorio y señalando la mancha oscura en la esquina del techo.

El técnico levantó la vista apenas un segundo. Pero sus ojos volvieron enseguida a ella. El agua aún le corría por la clavícula, perdiéndose entre los senos enormes que apenas contenía la bata, y más abajo la curva obscena de sus caderas.

Se quedó allí, en silencio, como debatiéndose entre su deber y el deseo. Al fin carraspeó, frotándose la barba con nerviosismo.

      Voy a tener que revisar el tejado… —murmuró, y sin esperar respuesta salió en dirección a la puerta, a buscar la escalera de su camioneta.

Crystal se dejó caer sobre la orilla de la cama, con el corazón desbocado, las piernas ardiendo y la respiración temblorosa. No sabía si estaba aliviada… o decepcionada. Se llevó ambas manos al rostro, escondiéndose entre los dedos mientras respiraba agitadamente.

      ¡Estas loca…! ¡Estas completamente loca…! —susurró con voz quebrada. El cuerpo le ardía como si aún estuviera bajo la ducha, el corazón no le bajaba el ritmo, y la vergüenza la consumía por lo que acababa de dejar pasar.

Quiso levantarse, pero sus piernas se negaban. Permaneció sentada en la cama, con los muslos apretados, inmóvil, como si cualquier movimiento fuera a delatar lo que realmente sentía.

Entonces escuchó un ruido afuera: el golpe metálico de una escalera apoyándose contra la pared.

Crystal giró la cabeza hacia la ventana y lo vio. El técnico, con su gorra roja, estaba subiendo por la escalera que daba justo hacia su habitación. Desde esa perspectiva, podía verla directamente. El aire se le escapó de los pulmones cuando comprendió la escena: con cada peldaño que el hombre ascendía, la visión hacia el interior de la habitación se abría más y más.

Se quedó helada, clavada en la cama, sin saber si apartarse o cubrirse. Y entonces, en un instante, sus ojos se encontraron. El tiempo pareció detenerse. El gordo barbudo quedó petrificado en la escalera, con los labios entreabiertos, atrapado por esa visión imposible: Crystal, con la bata corta pegada a la piel mojada, con el rubor encendido en sus mejillas y los senos que apenas contenía la tela.

Su teléfono, en algún rincón de la casa, rompiendo el silencio con un timbre estridente. Solo una estúpida notificación. Crystal dio un respingo, y en la prisa por levantarse, la bata se le enganchó en la muñeca y se deslizó por su cuerpo, cayendo al suelo.

Quedó desnuda, de pie, justo frente a la ventana. El agua aún resbalaba por sus pechos exuberantes, bajando por su vientre hasta desaparecer en la curva salvaje de sus caderas y el monte húmedo entre sus piernas. Era demasiada carne, demasiada hembra para aquella mirada que la devoraba desde fuera.

El técnico abrió la boca, en shock. Su pie dudó un segundo, y pisó mal.

El grito retumbó en el patio. El cuerpo pesado cayó de golpe contra el césped, acompañado de un estruendo de metal al desplomarse la escalera.

      ¡Dios mío! —chilló Crystal, llevándose las manos al pecho, paralizada por el miedo.

Corrió a recoger la bata del suelo, se la puso a medias, sin siquiera atársela, y salió disparada de la habitación. Bajó las escaleras con el corazón a punto de estallarle y atravesó la puerta de la casa.

El técnico yacía en el césped, quejándose, con la gorra caída a un lado y la respiración pesada.

      ¡Señor! ¡Señor, está bien! —Crystal gritaba desesperada mientras se agachaba junto a él, tratando de examinarlo con manos temblorosas.

El hombre estaba pálido, sudoroso, respirando fuerte, pero alcanzó a asentir. Sus labios apretados no decían nada, sin embargo, sus ojos hablaban demasiado: estaban pegados al busto de Crystal, que se le escapaba de la bata cada vez que ella se movía.

Crystal lo notó, se mordió la lengua y desvió la vista, tratando de enfocarse. Lo sostuvo con firmeza, sintiendo su cuerpo pesado, cálido y rudo apoyado contra el suyo. Lo llevó hasta el sofá de la sala, y lo dejó caer despacio.

      Dígame dónde le duele —insistió, arrodillándose frente a él.

      La pierna… aquí. —El hombre señaló la parte alta de su muslo con un gesto torpe.

Crystal puso la mano sobre su pierna. La musculatura era dura, como piedra. Le recorrió un escalofrío por la espalda. Se inclinó más, con la bata resbalando de un hombro. La tela apenas le cubría, y cada respiración profunda la delataba.

      No puedo revisarlo bien con los pantalones… —dijo con un hilo de voz. Miró hacia arriba, insegura—. Tendrá que quitárselos.

El hombre abrió los ojos con sorpresa, pero sin pensarlo demasiado se desabrochó el cinturón. El sonido metálico retumbó en la sala como un eco vulgar. Bajó los pantalones con esfuerzo, dejando al descubierto sus piernas robustas, casi monstruosas, cubiertas de pelo oscuro.

Crystal tragó saliva, intentando mantenerse serena, hasta que él gruñó:

      El golpe fue aquí… demasiado cerca de… ya sabe.

Ella bajó la mirada, y entonces lo vio. La ropa interior estaba tensa, hinchada, formando una carpa obscena que parecía moverse bajo la tela. Por un segundo se quedó inmóvil, con los ojos clavados en esa sombra palpitante.

Un rubor furioso le subió a las mejillas. Se apresuró a mirar hacia otro lado, pero ya era tarde: la imagen se había grabado en su cabeza.

Aun así, llevó la mano al muslo lastimado, palpando con timidez, temblando por lo cerca que estaba de aquello. Sus dedos rozaban la piel caliente, y cada vez que apretaba un poco más, esa cosa parecía responder con un leve espasmo bajo la tela.

      A… aquí… ¿le duele? —preguntó, apenas respirando.

El hombre inclinó la cabeza y murmuró, ronco:

      ¿Me ayudará, señora… con esto?

Crystal se congeló. Su mano quedó suspendida en el aire. Sintió que la sangre le hervía, que todo su cuerpo ardía.

—¿Co… cómo? —balbuceó, el corazón golpeándole las costillas.

Él sostuvo su mirada un segundo, y luego sonrió torcido:

      La pierna… señora… la pierna…

Crystal exhaló un suspiro largo, casi una risa nerviosa, llevándose una mano al pecho.

      Sí … claro… la pierna… —dijo, girando la cabeza, todavía colorada.

Él soltó un gruñido, sobándose el muslo con mano pesada. Crystal lo miró un instante, sintiendo todavía ese calor sofocante entre las piernas.

      Vo… voy a traerle … algo para aliviar el dolor —anunció, poniéndose de pie.

Crystal regresó con el tubo del gel en la mano, respirando hondo para intentar calmarse. Se arrodilló junto al hombre otra vez, apretó un poco de pomada sobre su palma y empezó a extenderla por la zona golpeada. El frío del ungüento contrastaba con el calor de su piel, y pronto sus dedos se movían en círculos, frotando lento, presionando lo suficiente para que penetrara.

El muslo era duro, firme como un tronco bajo sus manos. A medida que lo masajeaba, sin quererlo, su cuerpo se inclinaba más y más hacia él. Su rostro quedó peligrosamente cerca de aquella carpa obscena que se agitaba bajo la tela de la ropa interior. El bulto se movía, vivo, latiendo, y Crystal sintió que la boca se le secaba. La respiración se le hizo irregular, y tuvo que morderse el labio para no gemir.

Crystal no supo cuánto tiempo estuvo frotando al hombre hasta que este soltó un resoplido grave:

      Señora… deténgase. Me hace daño.

Crystal parpadeó, sacudida, y retiró la mano como si la hubieran atrapado en falta.

      ¿Le… le duele más? —preguntó, tartamudeando.

Él la miró, directo, sin rodeos, con una media sonrisa en la cara.

      Ya no me duele ahí. Ahora el dolor lo tengo en otra parte… ¿me entiende?

Crystal se quedó helada. Sintió que la sangre le golpeaba en los oídos. Su mano seguía temblando sobre su regazo, y no podía apartar la vista de esa erección brutal que se marcaba bajo la tela.

No dijo nada. No podía. Pero sus labios se entreabrieron y, para su desgracia, una sonrisa nerviosa se escapó de ellos, ligera, culpable.

El hombre arqueó una ceja y gruñó:

      Si sigue así… me va a matar, señora.

Crystal se quedó congelada, el corazón reventándole en el pecho. Sus ojos, inevitablemente, volvieron a ese bulto enorme que palpitaba bajo la tela. El comentario le rompió la última barrera. Tragó saliva, temblando, y notó cómo sus dedos, en lugar de retirarse, se desviaban lentamente hacia donde no debían.

Rozó primero el borde de la tela, apenas con la yema, como si buscara una excusa para tocar. Pero la excitación pudo más. Al fin, con un movimiento tembloroso, descubrió lo que se ocultaba allí.

No era como los monstruos de carne que había visto alguna vez en películas porno, pero sí más grueso, más imponente que el de su marido. Solo con tenerlo delante sintió un vértigo delicioso. Se le hizo agua la boca, literalmente, y mordió su labio con hambre.

Lo acunó en su mano con cuidado, como si no quisiera lastimarlo, y una sonrisa tímida, culpable, le curvó los labios.

      Yo… yo lo voy a cuidar —susurró con voz entrecortada, jadeando—. Todo va a estar bien.

El hombre la miraba en silencio, ojos abiertos, sin creérselo. Entonces, Crystal empezó a mover la mano despacio, sintiendo cómo esa dureza crecía aún más en su palma. El calor que desprendía la quemaba, y cada pequeño tirón le arrancaba un estremecimiento a ella misma, como si su cuerpo respondiera al suyo.

El movimiento de la mano de Crystal fue ganando ritmo, de un roce tímido a un vaivén más firme, húmedo de sudor. La respiración del hombre se volvió ronca, pesada, como un animal enjaulado.

      Escúpale… —gruñó, con voz áspera, sin apartar la mirada de sus pechos que rebotaban bajo la bata.

Crystal parpadeó, turbada por la crudeza de la orden, pero el calor entre sus piernas la consumía. Inclinó la cabeza, soltó un escupitajo denso sobre su palma, y lo extendió sobre aquella dureza. El sonido húmedo llenó el silencio de la sala.

Ahora sus dedos se deslizaban con una facilidad obscena, cada movimiento arrancándole un gemido breve al hombre. Crystal mordía su labio, casi babeando, fascinada con el poder que tenía en la mano. El vaivén subió de intensidad, más rápido, más fuerte, con un golpeteo viscoso que la enloquecía.

El hombre dejó caer la cabeza hacia atrás, gruñendo, los músculos tensos. Crystal no se reconocía. La enfermera recatada, la esposa fiel, la madre de familia… había desaparecido. Lo que quedaba era una hembra desatada, moviendo la mano como si quisiera arrancarle el alma a ese bruto. Jadeaba, sonreía torcida, enajenada por el placer de dominarlo.

Hasta que, de golpe, él la detuvo. Le agarró la muñeca con fuerza, interrumpiendo la frenética caricia. Crystal lo miró, con los labios temblorosos, incapaz de creer que la había parado.

      Basta… —murmuró él, y antes de que pudiera reaccionar, la levantó con un movimiento brusco y la arrojó contra el mueble.

Crystal cayó de espaldas, con la bata desacomodada, los muslos abiertos, el corazón a punto de estallar. Entendió en un segundo que ya no podía hacer nada por evitar lo que iba a pasar. Era demasiado tarde.

La bata ya no era una prenda, sino un trapo inútil desparramado bajo su espalda. Crystal estaba completamente expuesta, la piel perlada de sudor, los pezones rígidos, y en su centro, un calor húmedo, impaciente, que parecía latir por sí mismo.

El hombre la contempló unos segundos, jadeando, como si no pudiera creer la visión. Sus ojos recorrieron cada curva, cada pliegue, y luego sus manos grandes y ásperas la devoraron sin compasión. Amasó sus senos con brutalidad, apretando la carne como si quisiera marcarla. Bajó el rostro y los lamió con ansia, dejando la piel brillante, babeada, hundiendo la barba en su suavidad.

Crystal arqueó la espalda, gimiendo alto, sintiendo que se rompía por dentro. No tuvo tiempo de suplicar, ni de pensarlo demasiado: él ya se acomodaba, esa cosa gruesa y palpitante rozando la entrada ardiente de su intimidad.

      Oh, Dios… —alcanzó a suspirar, segundos antes de sentir cómo la invadía.

El empuje fue brutal, llenándola por completo. Crystal se aferró a él instintivamente, clavando las uñas en su espalda, envolviéndolo con brazos y piernas. Su barriga pesada se aplastó contra su vientre, sofocándola, pero no le importó. Esa rudeza, esa sensación de ser tomada sin permiso ni delicadezas, la volvía loca.

El vaivén comenzó, fuerte, húmedo, con cada embestida haciendo chocar sus cuerpos en un sonido crudo que se mezclaba con los jadeos roncos de él y los gemidos desgarrados de ella. Crystal no podía detenerse: sus gritos eran tan fuertes, tan sucios, que jamás podrían compararse con los susurros apagados que daba cuando estaba con su marido. El contraste era absoluto, hiriente, excitante.

Sus caderas lo recibían con avidez, como si hubieran estado esperando ese ritmo toda la vida. Crystal gemía sin control, perdida, abrazada a ese cuerpo tosco que la poseía con una fuerza que la hacía estremecerse en cada embestida.

      ¡Diooosssss, síííííííííí! —escapó de su boca, jadeando.

El hombre bajó la cabeza y le mordió un pezón, con torpeza y hambre, chupando hasta arrancarle un grito. La carne de su pecho quedó babeada, marcada, y Crystal, enajenada, le sujetó la cabeza contra sí.

Después los labios del hombre subieron hasta su boca. Fue un beso sucio, húmedo, donde las lenguas se chocaron sin ritmo, donde el aliento caliente se mezcló con gemidos entrecortados. Crystal lo recibió con avidez, casi devorándolo, mientras sus caderas se movían solas, buscando más de aquella cosa dura que entraba y salía sin piedad.

El sonido era obsceno: un chasquido húmedo, rítmico, acompañado por el jadeo ronco de él y los gritos descarados de ella. Su trasero se levantaba con cada embestida, ofreciéndose, encajando a la perfección. Era como si sus cuerpos hubieran sido hechos para acoplarse de esa forma, cruda y animal.

Crystal se reconocía en el espejo de la ventana: la rubia perfecta, la enfermera intachable, ahora desparramada, con un hombre gordo y barbudo clavándola sin miramientos, y lo peor era que le gustaba. Le gustaba demasiado.

Cada entrada la hacía gemir más fuerte. Cada salida la dejaba temblando, húmeda, rogando por más. Movía las caderas como una enajenada, siguiendo el ritmo, perdiendo toda noción de vergüenza. Solo existía ese vaivén, ese mete y saca brutal que la estaba destrozando de placer.

El hombre gruñó desde lo más hondo del pecho, como una bestia en celo, y empezó a moverse con una violencia que arrancó de inmediato un chillido a Crystal. Ya no eran embestidas rítmicas, sino un mete y saca brutal, rápido, sin piedad, que hacía chocar sus cuerpos en un estrépito húmedo y obsceno.

La barriga pesada de él se estrellaba contra su vientre, aplastándola, y el sonido viscoso de su sexo empapado llenaba la sala. Crystal abría más las piernas, se arqueaba, se ofrecía sin pensarlo, gimiendo como una puta enloquecida, con la cabeza sacudiéndose contra el mueble.

      ¡Más, más! —gritó, arañándole la espalda con uñas furiosas, sintiendo que el cuerpo se le deshacía con cada embate.

Él bajó la boca a su pecho, mordiendo con brutalidad, chupando, dejando marcas rojizas y hilos de saliva. Luego subió otra vez a su boca, besándola como si quisiera arrancarle el aire, baboso, desordenado. Crystal lo recibía con lengua, con dientes, con todo, perdida, convertida en una hembra que ya no reconocía.

El mete y saca era feroz, crudo, casi doloroso, pero el placer la estaba consumiendo. Cada vez que él se hundía hasta el fondo, Crystal chillaba, un grito ronco que jamás había dejado salir con Sam. Movía las caderas de abajo hacia arriba, desesperada, encajando con él, sacudiendo su culo enorme contra el vientre peludo del hombre.

Los dos sudaban, resbalaban, y el sofá crujía bajo el peso de esa cogida bestial. El olor era fuerte, mezcla de sudor, sexo y saliva. Crystal jadeaba, gemía fuerte, con la garganta rota, sintiendo cómo su cuerpo se entregaba más y más.

      ¡Me rompes… oh, Dios, me rompes! —gritó, pero lejos de apartarlo, lo apretó con las piernas aún más fuerte, atrapándolo, rogando por más golpes, por más brutalidad.

El hombre no aflojó ni un segundo. La estaba follando como un animal desbocado, con embestidas que hacían chocar carne contra carne en un ruido húmedo y repugnante, tan vulgar que a Crystal la ponía más loca. Ella chillaba como perra en celo, los muslos temblando, retorciéndose bajo él, gritándole obscenidades.

      ¡Sí, sí, rómpeme! —gritaba, con la voz ronca, sin vergüenza, con lágrimas de puro placer corriéndole por las sienes.

Él gruñía, maldecía, sudor cayendo a chorros de su frente sobre su cara y sus tetas. La mordía, la baboseaba, le apretaba las carnes como si quisiera arrancarlas. Cada metida era un castigo, un golpe de pura carne dura rompiéndole las entrañas, y Crystal lo sentía todo, caliente, crudo, delicioso.

      ¡Más… más fuerte! —aullaba con voz ronca, los dedos arañándole la espalda, las piernas anudadas a su cintura.

Cada sacudida hacía que sus tetas se sacudieran violentas, cada embestida le arrancaba un gemido nuevo, más sucio, más desesperado. El aire apestaba a sudor, a sexo, a pura vulgaridad. Crystal ya no se reconocía; sentía la carne arderle, la barriga de él aplastándola, su verga rellenándola como nunca antes.

De pronto, un espasmo le recorrió todo el cuerpo. El vientre le tembló, la garganta se cerró en un alarido bestial. La corrida de placer la atravesó entera, haciéndola arquear la espalda, chocar los talones contra el suelo, gemir como una perra en celo. El coño se le contrajo, apretando esa verga como si quisiera arrancarle hasta el alma.

      ¡Me vengo! ¡Me vengo, carajo! —gritó, perdida, con lágrimas de puro placer en los ojos.

Él rugió al sentirla apretarse, como si le ordeñara la verga. Se salió de golpe, la agarró de las tetas y, jadeando como un toro, descargó sobre ellas. El semen le bañó los senos, escurriéndose por el canal hasta su ombligo, salpicándole incluso la cara.

Crystal, todavía temblando por su propio orgasmo, manoteó sobre su pecho mojado, se embadurnó los dedos y se los llevó a la boca. Chupó, tragó con un gemido ronco y vulgar, lamiéndose los labios mientras lo miraba con una sonrisa torcida, caliente, indecente.

El hombre, respirando a trompicones, seguía con la verga dura apuntando hacia ella, incrédulo, como si lo que había pasado fuera demasiado incluso para él.

Crystal seguía jadeando, con el corazón martillándole en el pecho, cuando lo miró. La respiración de ambos llenaba la sala, pesada, cargada de sexo. Entonces, casi sin pensarlo, se inclinó sobre él. Sus labios se abrieron y, agradecida, comenzó a limpiar con la boca lo que quedaba en su verga. Lo lamió despacio, con devoción, como si quisiera agradecerle con cada chupada lo que le había hecho sentir. El hombre gruñía bajo, acariciándole el cabello rubio, perdido también en esa locura.

Cuando terminó, subió hasta su boca y lo besó. Un beso húmedo, desesperado, que pronto se convirtió en un abrazo apretado. Se fundieron como si fueran amantes de toda la vida, como si el mundo a su alrededor no existiera. Por un instante parecían una pareja de enamorados que se devoraban con ternura y lujuria mezcladas.

Pero de repente, todo se desmoronó. Como un globo que se pincha y se desvanece, la nube de lascivia desapareció. El aire volvió a sentirse pesado, sucio, irreal. Crystal abrió los ojos y lo entendió todo de golpe: lo que había hecho, lo que acababa de permitir. Un golpe de culpa la atravesó entera.

      Dios mío… ¿qué hice? —susurró, apartándose bruscamente.

Se cubrió con la bata y huyó hacia su habitación, tambaleándose, como si pudiera escapar de su propio cuerpo. El hombre también retrocedió, recogiendo sus pantalones a toda prisa, sin mirarla, con el gesto endurecido. Se vistió en silencio y, sin decir nada, salió por la puerta trasera rumbo al jardín.

Crystal entró al baño como una fugitiva, cerró la puerta y se dejó caer contra ella, con el cuerpo aún temblando. Maldiciéndose, se metió bajo la ducha otra vez, restregándose la piel con furia, como si pudiera borrar lo ocurrido con agua. Pero cada roce de sus manos le recordaba la brutalidad que acababa de vivir, los gemidos que había soltado, el placer que había sentido.

      Soy una zorra… —se dijo entre dientes, mientras las lágrimas se mezclaban con el agua.

Salió de la ducha al cabo de un rato, agotada, con la bata empapada pegándose a sus curvas. Tomó aire, tratando de calmarse, pero entonces lo escuchó: el ruido seco de una escalera, el crujido de maderas, el golpeteo de herramientas.

El técnico estaba trabajando en el techo. Como si nada hubiera pasado.

Crystal se llevó una mano a la boca, luchando contra la tentación de gritarle que se largara. Pero no pudo. No había manera de echarlo ahora.

Se dejó caer en la cama, mirando al techo, con el sonido de él martillando justo encima de su cabeza… y con el eco ardiente de lo que habían hecho aún vibrándole entre las piernas.

Crystal no pudo soportar ni un segundo más dentro de esas paredes. Sentía que el aire mismo la ahogaba. Tomó lo primero que encontró: unos jeans ajustados, una blusa blanca de tirantes que dejaba adivinar demasiado de su pecho húmedo todavía y unas sandalias bajas. Ni siquiera se secó bien el cabello; lo dejó suelto, chorreando, pegado a su espalda. Quería escapar, huir, borrarse.

Agarró las llaves, su teléfono, y salió a toda prisa. El corazón le daba golpes tan fuertes que apenas escuchaba otra cosa. Subió al auto, cerró la puerta de un portazo y encendió el motor. El ruido hizo que el hombre levantara la vista desde el tejado. Sus ojos se encontraron un instante, apenas un destello, suficiente para que ella sintiera un escalofrío que le atravesó la espalda. Bajó la mirada de inmediato, incapaz de sostenerle la mirada, como si sus pupilas fueran un espejo que delatara todo lo ocurrido.

Aceleró.

La carretera serpenteaba entre los árboles y Crystal la devoraba sin rumbo, apretando el volante con los nudillos blancos. Las lágrimas no bajaban, pero la sensación era la misma: una mezcla de rabia, vergüenza y algo peor… excitación todavía palpitando en su interior.

      Soy una puta… —murmuró, golpeando el volante con la palma de la mano.

Los recuerdos volvían como latigazos: su boca abierta, los gruñidos del hombre, la manera brutal en que la había poseído. Y luego la otra cara de su vida: Sam, su marido, frío, distante, compartiendo casa y hospital con ella, pero no más que eso. ¿Amor? ¿Cariño? Hacía tiempo que solo parecían cumplir un contrato. Hasta el sexo, mecánico, apagado, por puro compromiso.

Se mordió el labio, con los ojos fijos en la línea amarilla de la carretera. “¿Y si se lo cuento todo? ¿Y si me divorció de una maldita vez?” La idea no le repugnaba tanto como debería. Y se odió por ello.

Pisó más fuerte el acelerador. El coche rugió mientras la aguja subía. El bosque se cerraba a los costados como un túnel infinito, y su cabeza no dejaba de girar. Todo era un remolino: placer, culpa, deseo, reproche, rabia. La piel le ardía todavía, los muslos húmedos, como si su cuerpo se riera de su mente.

El tiempo pasó sin que pudiera medirlo. Apenas se dio cuenta de cuánto había estado conduciendo hasta que la carretera terminó abruptamente en un muro de árboles. Se encontró de golpe en un claro donde el asfalto se perdía, tragado por la naturaleza.

Crystal frenó en seco. El silencio cayó como una losa.

El sol ya se estaba hundiendo, tiñendo el cielo de tonos naranjas y violetas. La sombra de los árboles alargados se mezclaba con la penumbra.

Crystal miró a su alrededor, atónita, perdida.

      ¿Dónde diablos estoy? —susurró.

El pulso le retumbaba en las sienes. No recordaba haber tomado ningún desvío. No sabía cuánto tiempo había pasado. Solo sabía que ahora estaba en medio de la nada, con la noche cayendo sobre ella… y con la sensación de que ya no había vuelta atrás.

El teléfono vibró sobre el asiento del copiloto. Crystal lo tomó al instante, con los dedos aún húmedos de sudor. Contestó sin mirar la pantalla.

      ¿Hola?

La voz del técnico sonó al otro lado, con un tono monótono y práctico, como si nada hubiera pasado esa tarde.

      Buenas noches, señora Wolff. Estuve revisando mejor el problema de su techo. Mire, lo que tiene arriba no es gran cosa, es más bien la unión de la limatesa con el caballete que se aflojó con la tormenta. El agua se filtró por el tapajuntas y eso hizo que la humedad bajara por la escuadra. Mañana, si quiere, paso a sellarlo con masilla de poliuretano y a reforzar la cumbrera con lámina galvanizada. No va a ser costoso.

Crystal lo escuchaba sin entender una sola palabra. Su mirada estaba fija en la negrura de los árboles, en esas siluetas que parecían acercarse demasiado al coche. El pecho le subía y bajaba con violencia. Cuando habló, su voz salió quebrada, apenas un hilo:

      Yo… yo no entiendo nada de eso.

El técnico guardó silencio un segundo, confundido.

      No se preocupe, yo me encargo. Solo quería que sepa que no es nada grave.

Crystal tragó saliva. Se dio cuenta de que ni siquiera estaba pensando en el techo. Lo apretó más fuerte contra su oreja.

      No… no es eso. Yo… estoy perdida. —Un sollozo se le escapó—. No sé dónde estoy.

El silencio al otro lado se rompió de inmediato con un tono más serio.

      ¿Perdida? ¿Cómo que perdida? ¿Qué pasó?

      El GPS me mandó por un camino de tierra y… y no hay salida. Quise volver, pero me enredé más. Todo es bosque, oscuro… —respiró hondo, la voz temblándole—. Tengo miedo.

El hombre dejó escapar un resoplido, como si intentara mantener la calma.

      Escuche, no se asuste. Trate de volver a la carretera principal. ¿Puede abrir de nuevo Google Maps?

Crystal apretó los labios.

      Lo intenté. Por eso estoy peor. Me mandó a cualquier lado. Yo… no sé volver.

El técnico calló unos segundos. Luego bajó la voz, como quien habla con un niño.

      Está bien, tranquila. Respire hondo. No está sola. ¿Me puede mandar su ubicación?

      No sé cómo…

      Sí sabe. Mande las coordenadas por WhatsApp, solo toque el clip, ubicación. ¿Puede hacerlo?

Las manos de Crystal temblaban tanto que casi dejó caer el teléfono.

      Voy a intentarlo…

      Eso, inténtelo. Yo voy a ir por usted. No se mueva. —El hombre bajó la voz aún más, cálido, firme—. No le va a pasar nada.

Crystal pestañeó, luchando contra las lágrimas.

      ¿De verdad va a venir?

      Claro que sí. No la voy a dejar ahí sola.

Con torpeza, logró abrir la aplicación y enviar la ubicación. La batería marcaba el dos por ciento.

      Ya… ya está.

      Muy bien. —La voz del técnico sonaba distinta ahora, menos seca, más preocupada—. Lo recibí. Aguante ahí. No tardaré mucho.

Crystal bajó el teléfono despacio, el silencio era tan espeso que pesaba sobre su pecho. Afuera, los árboles parecían moverse con vida propia, las ramas agitándose como brazos retorcidos que se inclinaban hacia ella. Las sombras se estiraban sobre la carretera de tierra, largas, amenazantes, hasta rozar las ventanillas del coche.

El corazón de Crystal golpeaba tan fuerte que apenas podía escuchar otra cosa. Recordaba esa sensación: la opresión, el escalofrío en la nuca, la certeza de que algo la estaba mirando. Lo había sentido antes… en otro tiempo, en otro lugar.

      No… no puede ser… —murmuró con voz rota.

Las siluetas entre los árboles empezaron a transformarse en figuras más definidas, humanoides, con extremidades largas y torsos deformes, semejantes a soldados envueltos en sombras. Crystal parpadeó, apretó los ojos con fuerza, pero cuando los abrió seguían ahí, acercándose.

Un recuerdo la atravesó como una descarga: ella, más joven, espada en mano, luchando hombro con hombro con Darkan, su príncipe, y su hermana, Jasmine, contra esas mismas criaturas. Los gritos de batalla, el resplandor de los hechizos, la sangre derramada en la tierra de Keldaran. El nombre que jamás pudo borrar de su memoria emergió como un trueno: Argos Malakar.

Crystal se llevó una mano a la frente, temblando.

      ¡No, no puede ser! Yo… yo dejé todo eso atrás…

Las sombras se abalanzaron. Crystal gritó, abrió la puerta del coche de golpe y salió tambaleando hacia el camino de tierra. El aire estaba frío, húmedo, y el olor a bosque mojado la envolvía.

Las figuras la rodeaban. El terror la dominó al principio, pero de pronto algo más antiguo, más profundo, despertó en su interior: un calor en el pecho, una vibración que recorría sus venas. Su respiración se calmó apenas un instante. Recordó lo que era, lo que había sido.

      Atrás… —dijo primero, apenas un susurro. Luego gritó con toda la fuerza de su alma—. ¡Atrás, bestias!

Extendió la mano y, sin pensarlo, pronunció una palabra que creía olvidada. Una ráfaga de luz estalló desde su palma, iluminando todo el bosque. Las sombras chillaron como animales heridos y retrocedieron. Crystal, con los ojos muy abiertos, vio cómo la hierba se aplastaba bajo sus pies: estaba levitando.

Se elevó, lenta pero firme, sobre los árboles. El aire le azotaba el rostro, y por primera vez en años sintió la magia recorrerla de nuevo. Estaba viva. Estaba de vuelta.

Pero la sensación pronto se volvió caótica. Su cuerpo ascendió demasiado rápido, perdió el control.

      ¡No, no, no! —gritó, agitando brazos y piernas, sin saber cómo frenar.

Subió alto, muy alto, hasta ver el bosque abierto bajo ella. Y ahí estaba: la carretera, el sendero perdido. Pero algo no iba bien. Sus músculos temblaban, el poder se desbordaba, incontrolable. Llevaba años sin usarlo. Desde que huyó de Keldaran, desde que cruzó el espejo de Oscentis con el corazón hecho trizas.

Un vértigo brutal la sacudió. La magia la arrastró como una flecha a través de los árboles, cortando el aire a toda velocidad. No podía detenerse. Sentía que, si caía, moriría destrozada contra el asfalto.

Y entonces, en medio de la carretera, se materializó. Su cuerpo descendió en seco, torpemente, justo cuando un coche apareció a toda velocidad con el logo de “FixRight” pintado en el costado. Frenó de golpe, neumáticos chillando contra el pavimento.

La puerta se abrió. El técnico bajó tambaleándose, con los ojos como platos.

La vio suspendida todavía a unos palmos del suelo, con el cabello rubio agitándose como fuego, con la blusa pegada a su cuerpo por el sudor y los jeans rasgados por ramas en su vuelo. Sus ojos se cruzaron, boquiabiertos los dos.

El hombre soltó un jadeo.

      ¿Pero qué… diablos…?

Crystal aterrizó de golpe, tambaleante, y lo miró con una mezcla de miedo, vergüenza y un poder que ya no podía ocultar. El técnico no dejaba de mirarla con la boca abierta, incapaz de articular más que un murmullo incrédulo. Levantó una mano temblorosa, casi amenazante.

      Nadie va a creerte nunca, ¿entiendes? Así que olvídalo.

El silencio se estiró unos segundos hasta que él ladeó la cabeza, aún con la gorra roja torcida, y preguntó con total seriedad:

      ¿Eres… un extraterrestre?

Crystal bufó, entre nerviosa y ofendida.

      Claro que no, idiota.

El hombre soltó una carcajada ronca, inesperada, que rompió de golpe la tensión.

      Pues… no puedo creer que me acosté con “Hechizada”.

Crystal parpadeó un par de veces antes de comprender la referencia. Una risa escapó de sus labios, suave primero, después más fuerte. Recordó las tardes de infancia, sentada junto a sus padres y Amara, mirando la serie vieja en blanco y negro, soñando con una vida que entonces le parecía imposible. Por un instante, comparó a Samantha moviendo la nariz con sus propios poderes, y la analogía le resultó tan absurda que se rió aún más.

      Eres un estúpido —dijo, limpiándose una lágrima de risa de la mejilla.

      Puede ser, pero me hizo reír —contestó él, encogiéndose de hombros.

La miró entonces con otra expresión, más sobria, como si quisiera darle forma a todo lo que había visto. Dio un paso hacia ella, tendiéndole la mano con torpeza.

—Soy Dominic Blake, pero puedes llamarme Dom. Un gusto en conocerle… oficialmente, Señora Wolff.

Ella dudó un segundo, pero al final aceptó el apretón. Su mano áspera contrastaba con la suavidad de la suya.

      Crystal… Crystal esta bien. No vuelvas a llamarme señora.

      Un placer, Crystal. —Sus ojos se clavaron en los de ella, y esta vez no había incredulidad ni chistes. Había algo distinto. Una chispa encendiéndose en medio de la oscuridad del bosque y de la locura de la noche.

El silencio volvió, pero ya no era incómodo. Ambos se quedaron quietos, mirándose, como si el mundo entero hubiera decidido detenerse en ese momento improbable.  

      Entonces, ¿nos vamos? —dijo Dom, todavía con la risa pegada en la garganta—. ¿O prefieres irte en tu escoba volando?

Crystal bufó, volteándolo a ver con una ceja arqueada.

      Eres un estúpido.

Él se rió de nuevo, sin pudor, como si nada pudiera incomodarlo.

      Lo sé. Pero admito que me dio miedo por un momento.

Crystal giró la vista hacia su coche, estacionado un poco más atrás en la terracería.

      No puedo dejar mi auto aquí.

      No te preocupes —contestó Dom, sacando el teléfono—. Le mando un mensaje a un amigo. Mañana lo trae con una grúa si hace falta. Esta noche lo último que necesitas es seguir sola en este bosque.

Ella lo miró con duda, luego suspiró.

      Está bien… gracias.

Caminaron hacia su coche. Crystal seguía con el corazón acelerado, todavía sintiendo el eco de la magia en sus venas. Se detuvo de golpe, le apretó el brazo y le habló en voz baja:

      No puedes hablar de esto, ¿ok? Lo que viste… lo que pasó. Tienes que olvidarlo. Lo siento.

Dom asintió sin pensarlo demasiado, sus ojos brillando bajo la luz de los faros.

      Está bien. De todas formas, tal como dijiste, nadie me creería.

Crystal bajó la mirada, incómoda. Se dio la vuelta para abrir la puerta de su coche, pero fue ahí cuando lo notó. El eslogan, pintado en letras grandes y algo descaradas en el costado del vehículo de Dom:

 “FixRight – Trabajo profundo, satisfacción garantizada.”

Entró al auto de Dom y cerró la puerta de golpe. El interior olía a madera, grasa y un toque de tabaco. Se acomodó en el asiento mientras él encendía el motor. El silencio los envolvió, pesado, lleno de todo lo que no habían dicho.

Ella giró apenas el rostro, todavía nerviosa, y preguntó en voz baja:

      ¿De verdad… usan ese eslogan?

Dom encendió el auto, sonrió de medio lado y comenzó a avanzar.

      Claro. Suena ridículo, ¿no? —sus manos en el volante—. Pero funciona. La gente recuerda la frase.

Crystal apartó la vista, intentando no sonrojarse. Entonces él la miró de reojo, sus labios curvándose en una sonrisa distinta, más lenta, más segura.

      Aunque… si lo piensas bien, eso de satisfacción garantizada no es solo publicidad —murmuró, con un dejo vulgar en la voz—. Ya lo comprobaste tú misma.

Crystal giró el rostro de inmediato, intentando apagar el calor en sus mejillas.

      Eres un imbécil.

Él rió bajo, disfrutando de la reacción.

      Sí, pero un imbécil que te hizo gemir como no lo habías hecho en años.

Crystal lo fulminó con la mirada.

      Cállate. Eso… eso nunca pasó. Olvídalo. Estoy casada, ¿entiendes? Fue un error.

Dom chasqueó la lengua, sin perder la sonrisa.

      Un error que repetirías si te dejo… —se inclinó apenas hacia ella, bajando la voz—, sola, otra vez.

      Eres un maldito arrogante.

      No —contestó rápido, divertido—. Solo realista. Mira, Samantha siempre fue demasiada mujer para Dick York. Y tú, Crystal, eres demasiada mujer para tu pobre marido.

Crystal bufó, mordiéndose el labio.

      ¡Eres un maldito hijo de perra!

      Quizás —replicó Dom, volviendo la vista a la carretera, aunque su voz seguía siendo un roce en su oído—, pero dime la verdad… ¿acaso no te gustaría probar qué tan garantizada es la satisfacción cuando me lo propongo en serio?

Crystal se cruzó de brazos, fingiendo indiferencia.

      Te crees muy gracioso, ¿no?

Él volvió a reír, bajo, grave, casi provocador.

      No, preciosa. No gracioso. Peligroso. Y tú lo sabes.

Dom mantuvo la sonrisa torcida mientras conducía, sin dejarle espacio para escapar.

      Vamos, Crystal… admítelo. Te gustó.

      Cállate.

      No me hagas repetirlo. ¿Te gustó o no?

Ella desvió la mirada hacia la ventana, apretando los labios.

      No pienso hablar de eso.

Él soltó una carcajada ronca.

      Claro que sí, porque sabes que lo disfrutaste como una perra en celo. Te temblaban las piernas, ¿o ya se te olvidó?

Crystal se giró bruscamente, los ojos encendidos.

      ¡Eres un cerdo!

      Puede ser —asintió, disfrutando la furia en su voz—. Pero dime una cosa, ¿cuándo fue la última vez que gritaste así con tu marido?

Crystal se quedó helada. Su silencio lo excitó más que cualquier insulto.

      Vamos, preciosa —insistió, ladeando la cabeza con picardía—. Dímelo. ¿Te gustó que te cogiera así o no?

      ¡No!

      Mentira. —Dom bajó la voz, áspera, provocadora—. Me corrí en tus tetas, Crystal. Y luego me chupaste la polla

Ella sintió el calor subirle a las mejillas, odiándose a sí misma por revivir cada segundo.

      No voy a responder a eso.

Él no se rindió, su tono se volvió más sucio.

      Te encantó que te abriera las piernas. Que te follara hasta dejarte temblando. Dilo.

Crystal lo miró, fulminante, pero sus labios se apretaban con fuerza. Dom sonrió como un cazador que huele la presa.

      Anda, preciosa. No seas orgullosa. Respóndeme. ¿Te gustó o no?

El coche avanzó varios minutos entre el bosque, llenos de ese silencio cargado. Hasta que, finalmente, Crystal soltó, con un hilo de voz:

      …Sí.

Dom frenó de golpe al costado de la carretera. Giró hacia ella con los ojos brillantes, devorándola con la mirada.

      Mierda, sabía que lo admitirías. —Se inclinó, rozándole la pierna con la mano—. Crystal, eres la mujer más buenota con la que he estado. La más hembra. Y no me arrepiento de nada.

Crystal lo miraba, jadeando, atrapada entre el miedo, la rabia y un deseo que volvía a prenderse en su vientre.

Dom la observaba como si acabara de descubrir un tesoro maldito, de esos que uno sabe que van a arruinarte la vida, pero no puede soltar. Su voz salió ronca, cargada de una verdad sucia, sin disfraz:

      Crystal… nunca en mi puta vida he visto una mujer como tú. No existe. Ni en sueños, ni en las películas, ni en los bares más turbios. Eres perfecta. Un cuerpo hecho para volver loco a cualquiera.

Ella resopló, bajando la mirada, incómoda con tanta desnudez verbal.

      Deja de decir estupideces…

Dom soltó una risa corta, incrédula.

      No son estupideces. Tienes unas curvas que deberían estar prohibidas. Un culo que pide mordidas, unas tetas que… —se detuvo un segundo, relamiéndose—, que me tienen maldito desde que las probé. Y esa boca… esa boca me va a perseguir hasta el día que me muera.

Crystal cerró los ojos, intentando no dejarse arrastrar.

      Ya basta…

      No, no basta. —Dom se inclinó, su barba rozándole la mejilla, voz al oído—. ¿Y sabes por qué? Porque no tengo miedo de ti. No me importa si me dices que eres bruja, diosa o lo que coño quieras. Lo único que me asusta no es que me conviertas en sapo, ni en piedra… Lo único que me da pánico es que me quites esto. Que mañana me despierte y resulte que todo fue un maldito sueño.

Crystal lo miró de golpe, con los labios entreabiertos, fulminándolo con una mezcla de rabia y temblor.

      Eres idiota…

Dom sonrió, descarado, sin retroceder ni un centímetro.

      Puede… pero soy el idiota que acaba de tener la suerte de acostarse con la mujer más ardiente, más buena, más jodidamente irresistible que existe. ¿Y sabes qué? No me arrepiento de nada.

Él estaba tan cerca que el calor de su cuerpo la envolvía, que su respiración era la suya. Crystal, con un nudo en la garganta, murmuró:

      ¿No te das cuenta? Soy peligrosa…

Dom le tomó la cara con una mano grande, firme, mirándola con ojos brillantes.

      Lo único peligroso de ti… es lo mucho que me gustas.

Entonces le robó el beso. Profundo, desesperado, con la barba raspándole la piel y la lengua invadiéndola. Ella quiso resistirse, pero sus manos ya lo sujetaban, como si no pudiera hacer otra cosa.

Crystal trató de apartarlo, pero Dom la tenía atrapada, su lengua invadiendo cada rincón de su boca. El forcejeo se convirtió en un gemido ahogado. Algo dentro de ella se rompió: se rindió. Lo abrazó con furia, arañando su espalda, devorándole los labios como una mujer que llevaba demasiado tiempo muerta de hambre.

Las manos iban por todas partes: suyas, suyas, mezcladas, agarrando carne, arrancando ropa, frotándose con desesperación. Crystal jadeaba como una perra en celo, incapaz de detenerse, incapaz de reconocerse. El calor los envolvía, pegajoso, sofocante. El coche se llenó del ruido de telas desgarradas, de los chasquidos húmedos de sus besos, de los gruñidos animales que él soltaba al devorarle el cuello y las tetas.

Dom la levantó de golpe, como si no pesara nada, y la llevó al asiento trasero. Las herramientas cayeron al suelo con estrépito, pero a ninguno le importó. Él cayó sentado, ella encima, y en un movimiento brusco, sin pensarlo, bajó la mano, tomó aquello duro, palpitante, y lo hundió dentro de sí de un solo empuje.

El gemido que salió de su garganta fue salvaje, inhumano.

      ¡Ahhh, mierda…!

Sus ojos se cerraron, la cabeza hacia atrás, el pelo pegado a su rostro por el sudor. Comenzó a rebotar sobre él como una loca, como poseída, con un ritmo violento que hacía temblar todo el coche. Cada salto hacía que los amortiguadores crujieran, que el chasis retumbara, que los cristales vibraran.

      ¡Eso, joder! —gruñó Dom, sujetándole las caderas con brutalidad—. ¡Revienta mi verga con ese chocho, cabálgame hasta que me dejes seco!

Crystal brincaba sobre él como una potra desbocada. Su trasero monumental se estrellaba contra los muslos de Dom con un estrépito húmedo, cada golpe hacía temblar el asiento. Las nalgas rebotaban, firmes, obscenas, tragándose todo su grosor antes de volver a escupirlo. Sus tetas enormes brincaban delante de él, bamboleándose con violencia, sudadas, con los pezones duros como piedras, reclamando la boca de Dom a cada vaivén.

      ¡Sí, sí, joder, métemelo más! ¡Rómpeme toda, cabrón! —gritaba Crystal, la voz rota, llena de lujuria, un chillido que mezclaba placer y rabia. Cada palabra era un latigazo que le incendiaba la garganta.

Dom trataba de agarrarla, de contenerla, de imponerle un ritmo, pero Crystal se soltó como una fiera indomable. Sus caderas chocaban arriba y abajo sin compás, salvajes, tragándose hasta la última pulgada y saltando de nuevo, haciéndole perder el control.

      ¡Eres una maldita yegua! —gruñó, azotándole el culo con la mano abierta—. ¡Te voy a domar, aunque me revientes!

Crystal solo chillaba más fuerte, con los ojos cerrados y el cabello enredado en su rostro, sin escuchar, sin freno. Era un torbellino de carne, sudor y gemidos, follando como una posesa, como si se jugara la vida en cada embestida.

      ¡Joder, nunca vi un culo moverse así! —bramó Dom, sus manos clavadas en la carne de sus nalgas—. ¡Me vas a pulverizar la polla, Crystal!

Ella reía y gemía a la vez, el sudor corriendo por su pecho mientras se clavaba hasta el fondo una y otra vez.

      ¡Cállate y cómete esto, cabrón! —le gritó, sacudiendo las caderas con tal violencia que el coche entero se tambaleaba sobre sus amortiguadores.

Las tetas enormes le golpeaban el torso y la cara cada vez que saltaba, los pezones raspándole la boca cuando lograba atraparlos un instante. Dom trataba de aferrarse, de imponer un ritmo brutal, pero Crystal lo rompía cada vez con un vaivén salvaje, con ese culo masivo que subía y bajaba como una tormenta imparable.

      ¡Eres una bestia, Crystal! —jadeó él, desesperado—. ¡Me vas a matar, coño, pero qué manera de matarme!

Ella arqueó la espalda, los gemidos convirtiéndose en gritos:

      ¡Eso quiero, cabrón, que me supliques! ¡Que no olvides nunca cómo te cabalgó esta zorra!

Dom la abofeteó en el culo, un chasquido seco que retumbó en el habitáculo.

      ¡Toma zorra… toma, toma! —mascullaba, los ojos vidriosos de lujuria—. ¡Te juro que voy a hacerte mía aunque revientes los putos muelles del coche!

Pero Crystal se agitaba como si estuviera poseída, un vendaval de carne y deseo que no se dejaba someter. Sus caderas se retorcían, cambiaban de ángulo, lo exprimían con una ferocidad casi inhumana.

De pronto, en medio del estruendo de jadeos y golpes húmedos, un sonido distinto se coló desde afuera: el rugido grave de un motor acercándose por la carretera. Los faros iluminaron fugazmente la carrocería del vehículo donde se desataba aquel infierno de cuerpos.

Crystal se congeló apenas un segundo, los pechos aún bamboleando, el culo apretado contra él. Miró hacia el parabrisas, con el pulso desbocado.

      Alguien viene… —susurró, entre excitación y miedo.

Pero ninguno de los dos pudo detenerse. La carne chocando, húmeda, violenta, era más fuerte que cualquier alarma. Crystal seguía cabalgando a Dom con un frenesí animal, el coche entero rechinando y bamboleando como si fuera a partirse en dos.

El rugido del motor ajeno se hizo más claro. La luz de los faros inundó el interior, bañando su piel sudorosa, brillando en las gotas que corrían entre sus pechos que saltaban como locos con cada embestida. Crystal abrió la boca, un grito ahogado escapando de su garganta, pero no redujo el ritmo.

      ¡Mírame, joder, mírame! —le gruñó Dom, hundiendo la cara entre sus tetas mientras la levantaba aún más fuerte contra él—. ¡Que vean cómo te follo, que vean que eres mía!

El otro coche redujo la velocidad, avanzando despacio, casi rozando la carrocería del suyo. Crystal lo sintió, lo supo. A través de las ventanillas podían verlos claramente, ella desnuda rebotando sobre el regazo de Dom, con su trasero sudoroso encajando una y otra vez contra su pelvis.

      ¡Oh, Dios! —gimió, apretando los ojos, incapaz de frenar—. ¡Nos están mirando, Dom…!

Pero sus caderas no obedecían. Saltaban, bajaban, se retorcían, salvajes. Su cuerpo estaba desbocado, convertido en pura carne y deseo.

El coche ajeno pasó lento, muy lento, los ojos curiosos clavados en la escena. El zumbido del motor rugió unos segundos más hasta perderse finalmente en la carretera.

Crystal se desplomó un instante sobre él, jadeando, pero ni así pudo parar el vaivén brutal de sus caderas.

      ¡No puedo… no puedo detenerme! —chilló, mordiéndole el cuello.

Dom, con la cara roja, los músculos tensos como cuerdas, gruñó con la voz rota:

      ¡No lo hagas, joder! ¡Reviéntame aquí mismo, Crystal! ¡Hazme explotar!

Los dos estaban al borde, devorados por el frenesí, su sexo resonando con cada embestida como un tambor salvaje.

El rebote de las nalgas de Crystal era ensordecedor, carne contra carne chocando sin descanso, como un látigo húmedo golpeando el aire. Dom la tenía bien aferrada, sus dedos hundidos en la carne de sus caderas, guiándola sin piedad. Ella se arqueaba hacia adelante, los pechos rebotando salvajes sobre su cara.

      ¡Eso, putita! —gruñó él, sacando la lengua para atrapar un pezón—. ¡Revienta encima de mí!

Crystal gritó como una endemoniada, un chillido ronco que desgarró la noche, mientras su cuerpo temblaba entero y la corrida la atravesaba brutal. Se sacudió sobre él, desbocada, con los gemidos convertidos en alaridos.

Dom no aguantó más. Soltó un gruñido animal, la apartó apenas y sacó la verga hinchada de su interior. Con un par de sacudidas, estalló sobre ella. Grandes chorros calientes bañaron sus nalgotas y resbalaron por la curva de su espalda, chorreando hasta manchar los asientos traseros.

      ¡Joder, Crystal! —rugió, sujetándola todavía contra él.

Ella jadeaba, completamente empapada en sudor, temblando en sus brazos. Se besaron con hambre, con rabia, con ternura. Largos minutos de labios contra labios, lengua contra lengua, hasta que la lujuria empezó a desvanecerse poco a poco y quedó solo el silencio húmedo del coche.

Se pasaron a los asientos delanteros, todavía medio desnudos, respirando fuerte. Crystal se acomodó la ropa con las manos torpes, y entonces lo sintió: no había culpa. Nada de ese peso que la aplastaba antes. Lo que había ahora era otra cosa. Una calma deliciosa, como si por fin hubiera recibido lo que necesitaba. “Un trabajo profundo”, pensó, recordando el eslogan en el auto de él. Ahora estaba satisfecha. Por fin satisfecha.

Dom la miró y sonrió con picardía, encendiendo el motor.

      Nunca voy a olvidar lo de esta noche.

      Eres un animal —dijo ella, pero sonrió también.

En el recorrido, entre risas y silencios cómplices, Dom empezó a contarle cosas de su vida: lo mucho que odiaba la rutina en la que estaba atrapado, lo que había perdido, sus miedos, hasta un par de secretos que nunca había compartido. Crystal lo escuchó más atenta de lo que esperaba, y en cada confesión lo sentía más cercano.

Finalmente, llegaron a su vecindario. El aire se sentía distinto, cargado de algo que no supo explicar. De pronto, un auto salió despacio de entre la oscuridad de unos árboles, faros encendiéndose como ojos acechantes. Dom apretó el volante, frenando suavemente. Se estacionó a un lado, en silencio.

La miró, con una sonrisa cansada, tierna y llena de fuego todavía.

      Crystal… ha sido lo mejor que me ha pasado en la puta vida.

El aire estaba cargado, espeso, como si la penumbra de la calle los envolviera en una burbuja ajena al mundo. Crystal lo miró, sus ojos ardiendo en contradicción.

      Por más que lo haya disfrutado… —su voz tembló, y tragó saliva—, lo que le hice a Sam está mal. Es mi marido, Dom. No debería haber pasado.

Él giró hacia ella, apoyando un codo en el volante, los labios tensos pero con una calma que la desconcertaba.

      ¿Mal? ¿De verdad crees que lo que tienes con él sigue siendo un matrimonio? —se inclinó, sin apartar la mirada—. Una vida donde no hay pasión, donde apenas se hablan, donde te acuestas con él por compromiso… eso sí es estar muerta en vida, Crystal. Lo que pasó aquí dentro fue real. Fue fuego. Fue vida.

Ella abrió la boca, queriendo responder, pero no salió nada. El discurso de Dom le retumbaba en la cabeza, desmontando capa por capa las justificaciones que había usado durante años.

      No tienes por qué sentir culpa —insistió, bajando la voz, casi susurrando—. Lo único que hiciste fue recordarte que sigues viva. Que mereces más. Que puedes tener más.

Crystal lo miró con rabia, con miedo, con deseo. Y cuando él se inclinó de golpe y la besó, no lo detuvo. Sus labios se encontraron con hambre renovada, sus lenguas peleando otra vez, encendiéndolos como brasas.

Sintió de pronto el bulto duro, creciendo bajo la tela de su pantalón. Se separó un segundo, jadeando.

      ¿Otra vez?… —dijo con un susurro incrédulo, arqueando las cejas.

Él sonrió contra su boca.

      Ni yo lo creo. Debe ser un hechizo tuyo.

Crystal soltó una carcajada suave, nerviosa, y volvió a besarlo.

      Eres peligroso…

      Lo mismo pienso de ti —respondió él, mordiéndole suavemente el labio.

Ella alcanzó a ver, a lo lejos, la silueta de su casa, apenas distinguible entre los árboles. El lugar donde estaban era perfecto: sombras cerradas, el auto apagado, ni un rastro de luz. El interior del coche era un escondite de deseo y penumbra.

Se besaron de nuevo, con urgencia. Pero de pronto Crystal abrió la puerta. El aire fresco de la noche entró como una bofetada.

      No… es demasiado. Tengo que irme.

Antes de que pudiera dar un paso, Dom se movió con rapidez. De un salto pasó de su asiento al del copiloto. Ella ya estaba fuera, con un pie sobre la grava, cuando sintió sus brazos atrapándola desde atrás. La levantó apenas y la guió para que cayera sobre su regazo.

Crystal soltó un jadeo ahogado. Estaba de espaldas a él, sus pies firmes en el suelo, pero su trasero se hundía justo contra su entrepierna dura y caliente.

      Dom… —susurró, mordiéndose los labios.

La besó en el cuello, húmedo y hambriento. Ella arqueó el cuerpo, sin poder resistirse. Su respiración se volvió frenética cuando notó cómo él bajaba el cierre del pantalón, con manos firmes y seguras, moviéndose con más precisión que la vista en esa oscuridad total.

Los dedos de Dom apartaron la tela de sus bragas con una torpeza deliciosa, y sin darle tiempo a pensar la guió hacia abajo. Crystal se dejó caer sobre esa carne dura, gimiendo al sentir cómo la llenaba otra vez.

      Dios… no puedo creer que lo estemos haciendo de nuevo… —jadeó, con la voz rota.

Pero ya estaba dentro de él, sentada en esa verga que tan brutalmente la había hecho temblar antes. Y en la penumbra, entre besos y mordiscos, Crystal se volvió a perder.

      ¡Aaaahhhh Diossss! ¡Que ricoooo!

Crystal jadeaba con cada embestida, arqueando el cuello hacia atrás mientras sus senos rebotaban bajo la tela pegada de su blusa empapada en sudor. La fricción era brutal, sus caderas golpeando contra el regazo de Dom en una cadencia salvaje.

      Me encanta tu verga… —soltó entre gemidos roncos, sin poder callarse—. ¡Me encanta, Dom! Me hace sentir tan… tan jodidamente rica…

Dom gruñó contra su oído, apretándole la cintura con ambas manos.

      Entonces sigue cabalgándola, preciosa. Hazme mierda con ese culo…

Crystal obedeció con ansia, su trasero rebotando una y otra vez, provocando chasquidos húmedos que llenaban el silencio de la noche. El coche entero crujía con los golpes, como si los amortiguadores no pudieran seguirle el ritmo a esa potra desbocada. Dom, ya habiéndose corrido dos veces esa noche, aguantaba más, resistiendo la tormenta de placer con los dientes apretados.

Los minutos pasaban y el rebote de Crystal no disminuía. Era un espectáculo salvaje: sus nalgas subiendo y bajando sin parar, el sudor bajándole por la espalda, el pelo pegado al rostro.

      Ahhh… —gimió con fuerza, pero de pronto ladeó la cabeza, jadeante—. No… no puedo más así. Esta posición… me mata.

Dom la rodeó con un movimiento brusco, sin sacarse de ella. La levantó como si fuera ligera y la llevó hacia un árbol cercano, con la puerta del copiloto aún abierta detrás. La empotró contra el tronco, su espalda arqueada, el trasero bien expuesto.

      ¡No! —Crystal intentó resistirse—. Es peligroso, nos pueden ver…

      Que nos vean —gruñó Dom, clavándola más fuerte, haciéndola chillar.

Ella terminó rindiéndose, apoyando una mano contra el tronco rugoso y con la otra tapándose la boca, sofocando gritos cada vez más intensos. Dom la taladraba con una fuerza salvaje, sin compasión, mientras el eco de sus cuerpos chocando se mezclaba con el canto de insectos nocturnos.

      ¡Dios!… ¡Me vas a partir en dos! —soltó ella entre sollozos de placer, los muslos temblándole.

Él la sujetaba de las caderas, empujando con un ritmo bestial, como si quisiera tatuarse dentro de ella. Y entonces, justo cuando sentía que no podía más, Crystal explotó. El orgasmo le recorrió la columna entera, sus piernas casi fallándole, su voz quebrada escapando de detrás de la mano que le tapaba la boca.

Dom apenas aguantó unos segundos más. Con un gruñido animal, la sacó de golpe y terminó derramándose sin control, chorros calientes manchando su camiseta, sus pantalones, la ropa interior de ella. El desastre fue inmediato, ensuciándolo todo.

      ¡Eres un imbécil! —Crystal lo miró furiosa, aún jadeando, empapada en sudor y placer—. ¡Mira cómo me dejaste!

Dom levantó las manos, todavía jadeante.

      Perdón… perdón, preciosa. Fue demasiado… —sonrió con descaro mientras buscaba unos trapos en el coche y trataba de ayudarla a limpiarse.

Ella le dio un manotazo, pero terminó riéndose entre dientes. Se besaron otra vez, profundo, lento, como si aún no pudieran separarse.

Él la miró de cerca, acariciándole el rostro con la barba rozándole la piel.

      Entonces… hasta mañana, Crystal.

Ella se quedó mirándolo, la respiración aún entrecortada, antes de soltar una pequeña sonrisa.

      Hasta mañana, Dom.

 


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