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L.A: Prólogo

 


Prólogo

“De tu hija, hermana y esposa, a medianoche en el demonio a su señor verán, maldiciéndote, maldiciéndose…”

Profecías de Sangre

Vor Kai-Baal

La voz en el abismo susurró su nombre, su risa gutural hizo eco hasta sus entrañas y le levantó de un grito completamente empapado en sudor. Esta vez la pesadilla había sido más espantosa que las otras, muchísimo más, se paseó las manos por la cara y sonrió, burlándose de sí mismo como lo hacía tantas veces. Funcionó solo por unos segundos, hasta que golpearon la puerta de forma violenta.

      ¿Dónde está? — preguntó su rubia y voluptuosa hermana.

Crystal estaba hecha una furia y aun así lucia espectacular. Su diminuto y ceñido vestido plateado abierto en V sin mangas, no podía lucir más provocador.

      ¡Y a ti que te pasa! — contestó, masajeándose el cuello—¿Sabes la hora que es?

Los pezones de sus grandes tetas se marcaban perfectamente, había estado corriendo y el sudor había hecho que la tela se adhiriera a su cuerpo como una segunda piel.

      ¡¿Dónde está Selina?! —gritó amenazante.

No podía creer que solo tuviera dieciocho años. Sus prominentes carnes parecían desbordarse por los costados amenazando con rasgar el vestido en cualquier momento. Se ajustaba tan bien a sus formas que Allen casi podía verla desnuda, y se preguntó en ese momento si Selina también había salido con un atuendo parecido. No podía recordarlo, en realidad no podía recordar muchas cosas. Sintió un profundo hueco en su memoria.  

      ¡No lo sé!  ¿Acaso no iban a reunirse contigo en la posada de Mock?

      ¡Eso fue antes de que…! — le atizó con la mirada — ¡No importa! ¡Dijo que te esperaría en el Pilar de Oscentis! Creí que… creí que estaba contigo —se notaba más nerviosa y cada vez más molesta.

      Yo… no puedo recordarlo… que fue lo que…

Se giró a donde apuntaba los ojos de su hermana, que ahora parecían desprender fuego. En medio de las sombras, la inconfundible figura de una mujer yacía envuelta entre las sábanas.

      ¡Púdrete! ¡Eres un cerdo!

“Esta celosa, como las demás.”

      Espera … esto… esto no…

Allen sintió como sus ojos y boca se abrían de la impresión. Tenía que ser una broma. No entendía lo que estaba pasando, ni siquiera podía imaginarse de quien se trataba. Para su horror, después de verla un poco más, no tuvo dudas. Había venido a verle porque tenía algo muy importante que contarle, ¿o había sido él quien la había ido a buscar? No podía recordar muy bien, lo que si recordaba era su escandaloso cuerpo y su diminuto vestido color vino tratándolo de contener. 

Dahlia Van Kauran no tenía nada que envidiarle a su despampanante hermana menor, en eso estaba seguro, aun en la oscuridad su silueta era una montaña de curvas que parecía nunca terminar. Después de tener a su hija, sus prominentes tetas y sus anchas caderas habían aumentado en volumen a tal punto, que acaparaba miradas por donde sea que paseara. Aquella diosa de cabello escarlata se había convertido sin duda en un monumento de hembra.

      Necesito encontrarla…— masculló frustrada—¡No la mereces! ¡¿Me oíste?! ¡No la mereces!

Lo que sea que estaba pasando debía tratarse de un error, él jamás haría algo así para lastimarla.

      No… no lo entiendo…

“No debiste decirle todas esas cosas, aunque tú y yo sabemos que no exista palabra que la defina mejor.”

      ¡Fue Amara! — chilló, de rabia — ¡Era Amara disfrazada en el baile jugando con nosotras! ¡Yelena estaba ahí también, ella puede decirte! ¿De verdad creíste que ella haría algo así?

¡No!, ¡era Dragos Sulfur!... lo había visto, el disfraz, su máscara. La larga capa no le había dejado verlo bien, pero… tenía que serlo. Todos en el gran salón habían declarado que era él. ¿O había sido la voz quien se lo había dicho? Sintió que algo se rompió dentro de su cuerpo y su cabeza empezó a dar vueltas y vueltas.

      ¿Cómo has podido hacerle esto? —le reclamó, con los ojos llenos de lágrimas — ¡Mierda, Allen! ¿No te detuviste a pensar siquiera…?

      Tiene que… tiene que estar en el Pilar… esperándome —balbuceó.

“Vaya cogida que le deben estar pegando.”

      ¡Eres un idiota! ¡Un maldito idiota! — declaró, esta vez rompiendo en llanto —¡Puede estar en cualquier parte y… quien sabe con ese hombre! ¡Y todo por tu culpa!

      ¡Cállate! ¡Cállate!…  — sus ojos no dejaban de moverse desorbitados.

“Solo un semental puro y duro puede satisfacer tamaña hembra. Nadie más”

      ¡Ella es mía! —gritó, enseñándole los dientes— ¡Selina es mi mujer! No… ella no se atrevería…

      ¡La arrojaste a sus brazos! ¡¿Como has podido hacerle esto…?!

      ¡No! ¡Cállate! ¡Selina es mía! — repitió, casi arrojando espumarajos por la boca, derramando soberbia y vileza sin entender cómo.

      ¡Me das asco! — dijo, con las mejillas empapadas — Al final Dragos tenía razón… espero que…

Látigos de hechicería colisionaron cuando levantó las manos hacia ella. Era más rápido, más fuerte, era un cazador de primer nivel después de todo, quizás el mejor de toda una generación. Rompió su campo de fuerza y pronto sus manos se encontraron con su cuello atenazándola con una fuerza inhumana. Temblaba, desde cada rincón de su cuerpo y, sin embargo, sonreía, con un rostro que iba deformándose poco a poco.

“Mátala. Mátala. Mátala.”

      ¡Suéltala! — reclamó una mujer a su espalda.

      “¡Vuelve a tu lugar ramera!” —respondió, con una voz que no era la suya.

Dahlia hizo nacer de su mano derecha una alabarda color carmesí, su maestría con los signos le había ganado una reputación que ya era comparada por muchos con la de su abuelo Hendrik Van Kauran.

      ¡Allen suéltala! ¡¿Qué crees que estás haciendo?! ¡No me obligues a…!

El reino de Thasabel acababa de caer, por eso quería reunirse con él, para advertirle. Se desataría el pánico pronto, nadie en el Consejo estaba preparado para una guerra, absolutamente nadie, y mucho menos la nobleza, tendrían que llamar a todos los cazadores del mundo al otro lado del espejo para detener a los engendros de Baal.

      “Tengo lo que más amas” —dijo mirándole a los ojos con una sonrisa demoniaca— “Te dejaré elegir su destino.”

El carruaje que llevaba a la pequeña Edelin Van Kauran no llegaría al castillo de su abuelo. Tres daggar habían sido enviados por el mismísimo Invocador, ¿pero por qué sabia todas estas cosas? ¿por qué se regocijaba de ello? ¿por qué sentía a su conciencia abandonarlo poco a poco?

Dahlia disolvió su arma, y sus ojos… le miraron… horrorizada.

Era su oportunidad.

Allen dibujó el signo prohibido de Ymaul en el aire y proyectó su mejor conjuro. El cuerpo de Dahlia Van Kauran se estrelló contra la ventana para finalmente caer desde el piso más alto de la Torre de los Vigilantes.

No sobreviviría.

“Demasiado peligrosa.”

Un coro de voces estalló en las calles, los guardias llamarían a sus magos, y los magos a los inquisidores. Tenía que salir de ahí, pero tenía que hacerlo rápido, muy rápido. El Consejo le pondría un precio a su cabeza, los inquisidores y las sacerdotisas de la luz no descansarían hasta someterlo. Los mejores cazadores se pelearían por arrancar un pedazo de su carne.

“Cressa”

La ciudad portuaria de prostitutas y malhechores era la mejor opción, pero tenía que hacer algo antes. Su mente se debatía en ello, un nombre, el de una mujer, su rostro, no podía dejarla.

      Tengo… tengo que…

Cuando se giró, el cuerpo de Crystal ya no estaba. No tenía tiempo para ella ahora, saltó por la ventana derruida utilizando el poder de sus signos y aterrizó en la Casa de las Flores, santuario de los primeros señores del reino de Kertagar. Desde su tejado observó la alta y poderosa Fortaleza de Den Daral, cuna de sanguijuelas hambrientas de poder, que durante los últimos años habían hecho del rey Agathar un mero títere de sus intereses.

Pensó en ella, en su sonrisa. En sus manos prometiéndose la eternidad, en su cuerpo siendo adorado centímetro a centímetro por sus labios. No podía dejarla. Era su mundo, lo era todo. Y lo que sea que hubiera ocurrido, podía arreglarlo. Confiaba en ella, la conocía, nunca le abandonaría. La tenía que estar esperando, como hace nueve años en la fiesta de graduación, solo tenía que correr hacia ella como había hecho esa noche, decirle que lo sentía, lo sentía mucho en verdad…   

“Todo va a estar bien. Yo te protegeré.”

Allen corrió, saltando de tejado en tejado usando toda la taumaturgia de los signos prohibidos que conocía. Se elevó tan alto como pudo y sintió que flotaba, como en su batalla contra el elfo oscuro Nadarass Den Hakar. Pero había algo diferente, algo que corría entre sus venas, una fuente inagotable de poder que solo podía compararse al del mismísimo Oscentis, lo cual lo había puesto en un estado eufórico, podía sentir que podía doblar el mundo con sus propias manos.

A la distancia, contempló el pilar, así que se obligó a avanzar todavía con más premura. El pilar de Oscentis era un tributo al héroe de la primera guerra, las estatuas que le rodeaban representaban a sus trece vigilantes: compañeras de batalla, esposas y también amantes. Los voluptuosos atributos de las guerreras habían sido tallados tan al detalle que con el tiempo se habían convertido en un sinónimo de orgullo de la ciudad, un símbolo de su fuerza y por supuesto, de la belleza sin igual de sus mujeres.

Pero ahí no estaba ella, no estaba por ninguna parte.

Allen rodeó cada lugar que conocía sin ninguna señal y se empezó a hacer preguntas, muchas preguntas, la voz no dejaba de susurrarle cosas, cosas horribles, cosas que no quería hacer y cosas que no podía creer que había hecho. Tenía que encontrarla, solo ella podía arreglarlo, estaba seguro, lo haría regresar, alejaría la voz y le devolvería su fe. Tenía miedo, mucho miedo, sobre todo de no volverla a ver.

Un par de calles antes de llegar a la Fuente de las Sirenas, en un oscuro callejón, y ante una luna cada vez más roja, Darrien Mock contrabandeaba alcohol con un mercader ethirio. El anciano no paraba de estornudar y su ayudante, un niño de unos ocho años, se encargaba de subir todas esas botellas a la carreta al mismo tiempo que silbaba una vieja melodía de Oris, “el flautista”.

Cuando aterrizó frente a ellos, cada uno de los hombres se sobresaltaron abruptamente de la impresión.

      ¿A… Allen? —preguntó el anciano boquiabierto… antes de que el mercader con el que comerciara saliera corriendo como alma que lleva el diablo—¿eres tú?

      “Selina” — recitó la voz, saboreando el nombre con malicia.  

      No la he visto —replicó, frunciendo el ceño —¿Estas bien?

      “Ella…debo encontrarla…”

       Crystal también vino a preguntarme por ella —declaró preocupado — Te juro que no la he visto en toda la noche, ¿pasó algo?

      Yo sí… —dijo el muchacho, sorbiéndose los mocos.

      ¡¿Qué?! ¿Por qué no me lo dijiste ¿Dónde estaba? ¿Por qué no la vi? — exigió saber el anciano, sacudiendo de los hombros al muchacho.

      ¡Estabas con la esposa del mercader de especias! —le espetó enfadado por el maltrato— Nunca me dejas entrar ahí y no quise interrumpirte —dijo, acomodándose la chaqueta — Estaba acompañada por un hombre, uno muy alto, enorme y con la piel tan oscura como el carbón, no estuvieron mucho tiempo…

Allen se agachó hasta la altura de sus ojos, su mirada congeló al muchacho de terror.

      “Dime…”

      Allen… por amor al Creador… — dijo, interponiéndose entre el muchacho y él — ¿no creerás que…?

El anciano se llevó ambas manos al cuello asustado por una presión invisible que lo tenía atrapado, su cuerpo levitó por unos segundos, luego se estrelló contra la pared. No volvió a moverse. De pronto tuvo toda la atención que quería. 

      ¡Hijoputa! — gritó el muchacho, valiente y con los puños apretados

      “Dime… o le mataré, y te bañaré en sus entrañas… y créeme que lo voy a disfrutar…”

El muchacho temblaba como una hoja al viento y, sin embargo, apretaba los dientes y mantenían cerrados con mucha fuerza sus pequeños puños.     

      No le hagas daño…

      “Habla… o le romperé hasta que su carne se deshaga entre mis dedos…”

      Yo… yo solo estaba sirviendo las bebidas… no escuché muy bien… —gimió, temblando —…me hacen vaciar las letrinas si no lo hago rápido…

      Se fueron juntos, ¿verdad? Ella… y el hombre — la voz graznó burlándose de él.

“Todos querían bailar con ella, estaba tan imposiblemente hermosa, su figura era el símbolo del pecado.”

      No… se fue con una mujer… dijo que la llevaría a la Torre, iba a mostrarle algo… no entendí muy bien, solo que tenía que darse prisa…

Cientos de imágenes pasaron por su cabeza, su cuerpo le pesaba tanto, el dolor era insoportable, se arrodilló y vacío sus entrañas sosteniéndose el vientre con ambas manos. La habían llevado a su habitación para que viera con sus propios ojos como le traicionaba.

“Fue todo un espectáculo. Dejaste la puerta entreabierta, fue tan amable que la cerró antes de irse.”

      ¿Quién eres tú? — preguntó, enfrentándose a la voz — ¿Qué has hecho?

“Solo lo que tú has estado deseando todo este tiempo.”   

Gimió en su interior. Le hizo una última pregunta al muchacho, la única que le quedaba. Su rostro con cada latido lucía más aterrorizado.

      ¿Hace cuánto que fue?

      Poco después de que terminara el festival… —titubeó —antes de que en todas las Iglesia de Ahzara tocaran la doceava campanada… eso seguro. 

“Tarde, muy tarde.”

***

Sus pasos eran como los de un enfermo de kanthra, la voz no podía controlar el dolor en su mente, toda la culpa, sentía como si cientos de agujas se clavaran en su interior. No podía aceptarlo, y mientras renegaba de su estupidez, el poder no dejaba de crecer en su interior, poco a poco iba ganando terreno, el poder en sus signos no dejaba de fluir. Ella le estaba esperando y no había espacio en su cabeza para otro escenario.

La vio por primera vez en la parada de autobús rumbo a la escuela, tenía solo dieciocho años y jamás en su vida había visto a una mujer que le dejara tan impresionado. Su piel nacarada, sus ojos azul cielo y su largo cabello oscuro, le robaron el aliento. Su cuerpo, que más correspondía al de una estrella porno que al de una chica de preparatoria, le dejo ojiplático. Siempre había sido el chico introvertido de la clase, el favorito de los matones y el principal objeto de burla de las chicas más populares. Todo cambió cuando esa mujer llegó a su vida.

Todas las historias que había leído sobre monstruos, sobre oscuros males que poblaban la tierra resultaron insulsas ante la irrefutable verdad. Siempre se consideró un escéptico con ese tipo de cosas, al fin y al cabo, solo eran historias, pero ella le enseñó que hay terrores más oscuros allá afuera, le enseñó a proteger a la gente y le enseñó a amar. A convertirse en el hombre que estaba destinado a ser.

“Vas a cambiar el mundo. Te lo prometo.”

Había empezado a llover, y antes de que se diera cuenta había llegado a una pequeña casa de dos plantas al final de la Plaza de los Héroes, sintió como su pecho se hundía al ver las luces del dormitorio principal. Al cruzar la calle vio a Yelena golpeando una de las puertas laterales, gritaba el nombre de su mujer, la llamaba y golpeaba con más y más fuerza, estaba empapada y sus grandes tetas y nalgas se sacudían con cada golpe. Cuando le vio llegar, la pulposa mujer tembló de rabia.  

      ¡Grandísimo idiota! ¡¿Qué le dijiste a Selina?! ¡¿Qué hiciste?!

      Fuiste tú, ¿verdad? —le reclamó Allen— ¡Tú le dijiste! ¡Tú la trajiste aquí!

      ¡¿Yo?! ¿de qué hablas? Escúchame, ese hombre no es quien dice ser…

      ¡Aléjate de ella! —gritó una voz a sus espaldas.

Kamil Van Kauran y Roland Blackwood, caminaban junto a cinco cazadores más y sus vigilantes. Tenían sus armas desenvainadas y una ira asesina en sus rostros. Querían sangre, habían venido a por él, había llegado demasiado tarde.

      ¡Roland, espera por favor! ¡Tienes que escucharme! ¡Ese hombre ha puesto una barrera aquí y eso solo puede significar una cosa!

      ¡Allen Pickman, quedas arrestado por el asesinato de Frey Benner y Thomas Kell, así como de sus vigilantes! —declaró el hombre que una vez había querido como un hermano.

Esos nombres, ¿quiénes eran? ¿por qué no los recordaba? Los vidriosos ojos de Yelena, que le miraban incrédulos, le rompieron el corazón.

“Enemigos. Todos enemigos.”

      Entrégate ahora… y vive para saldar tus pecados… o muere aquí mismo… —dijo Kamil Van Kauran, apuntándolo con su espada eterna.  

Tan cerca, nunca la volvería a ver. Sería condenado a una prisión eterna en las profundidades. Jamás vería la luz, jamás regresaría.

“O también podemos matarlos a todos.”

      No… diles… diles que tú…  nunca… jamás harías algo así — suplicó Yelena. Roland, su prometido, mantenía apretadas sus dagas gemelas. 

      ¡Sé que me estas escuchando desde ahí dentro! —dijo Roland, mirándolo fijamente a los ojos —Sabes que no ganaras contra todos… este es el final…

      No, claro que no. Solo es el comienzo” —respondió la voz — “Voy a entrar y tú ni nadie va a impedírmelo.”

      ¡Hay una barrera! —gritó Yelena — ¡No puedes atravesarla!

      “Ningún mortal puede atravesarla” —le corrigió— “Ya es hora” —y dicho esto, dibujó el signo prohibido de Raama con los dedos.

Kamil Van Kauran atravesó el pecho de Roland Blackwood con su espada matándolo en el acto, al mismo tiempo que dos cazadores golpearon con hechicería a Yelena arrojándola varias decenas de metros hasta atravesar el muro de una gran mansión. El grupo se partió cuando tres cazadores contratacaron, sin esperar que sus propias vigilantes se volvieran contra ellos desatándose una brutal carnicería.

Un grito desgarrador escapó de su garganta… arañando impotente las paredes de su conciencia. ¡Era una pesadilla! ¡Una maldita pesadilla! Lo había arruinado todo, lo había dejado entrar dentro de él. Había sido tan estúpido. Se llevó ambas manos a la cabeza, tenía que regresar a casa con su mujer, cruzar el espejo, volver a su mundo. Extrañaba a su hija, ¿Crystal ya se habría reunido con ella? Era su única esperanza.

“Ábrela. No podemos perder más tiempo”

Ríos de sangre empezaron a correr por el suelo como desagradables serpientes. Gritos, muchos gritos. El poder de la magia chocando una y otra vez. Los signos del Creador se alzaban y desaparecían en tormentas de un caos devastador. No podía seguir mirando, no podía. Tenía que alejar a la voz de Kamil, quizás alguno tenía una oportunidad.

Apenas sus temblorosas manos tocaron la puerta de madera, los goznes de la puerta chillaron abriéndose para él. Tenía sentido, ya no había vuelta atrás. Al menos no para un traidor. “Los daggar nunca regresan”, había dicho Tubalcaín, “se vuelven carroña de sí mismos”. Cuando por fin la puerta se cerró tras él, la voz cayó de repente saboreando el momento. Entendió la razón perfectamente cuando dio el primer paso.

Su peor pesadilla descansaba en un altar en medio de la sala. Sus páginas estaban abiertas para recordarle todos sus pecados.

      Dai ver samarad… infeligus Baal…

Se había deshecho de él, había reducido el maldito libro a cenizas. Y, sin embargo, ahí estaba, con la misma cadenilla de plata colgando que Selina le había regalado.  

Un largo gemido resonó por toda la estrecha casucha.

Voces: una femenina y una masculina.

Cuerpos: el sonido inconfundible del placer.

Volvió la vista y el pentáculo que rodeaba el altar empezó a sangrar. Había libros de magia desperdigados por todos lados, páginas enteras de encantamientos pegados en las paredes, además de botellas de alcohol regadas por el piso, pero lo que más le sorprendió fue la ropa que fue encontrando por el camino.

“Está arriba, vamos, estás muy cerca.”

Reconoció el vestido, aquellos finos hilos habían sostenido las enormes, suaves y exquisitas tetas de su mujer, orbes gigantescos con pezones duros y gruesos que siempre parecían necesitar ser lamidos, mordidos y ordeñados. Pero eso no era lo que más atraía en la candente figura de Selina Pickman, sus muslos jugosos y su cintura delgada conducían a un trasero colosal digno de adoración.  Cuando caminaba, sus nalgotas perfectamente redondas y gordas, se elevaban en el aire para caer atronadoramente en un himno a la fornicación.   

Y si antes su figura ya era lo suficientemente caliente para levantar a los muertos, después de tener a los niños se había convertido en una continua fuente de lujuria de la cual todos querían beber. Siempre que estaba con ella podía sentir ese fulgor depredador en los hombres que la miraban, y Dragos Sulfur, por supuesto, no era la excepción. El mago que se había ganado el favor del Consejo había ido tras ella desde el primer instante… sin importarle en lo más mínimo si tenía marido o no.

Lo había amenazado un par de veces y había estado a punto de arrebatarle la vida en una ocasión. Pero no era un hombre capaz de rendirse tan fácilmente. Después de semanas y meses no parecía cansarse, y aunque era verdad que Selina lo rechazaba siempre, su insistencia pronto comenzó a hacer mella en su matrimonio abriendo heridas que consideraba cerradas. Celos, muchos celos, pronto ya no quería escuchar a sus amigos y se llenó de resentimiento.

El repentino cambio de humor de Selina con él solo empeoró las cosas. Las sospechas entre su rutina diaria se volvieron cada vez más obsesivas y enfermizas. 

“Camina. Falta poco, muy poco.”

Un fuerte olor almizclado llenaba el ambiente, el aroma de la traición, del pecado y de la lujuria. Entonces subió las escaleras, y la voz saboreó cada segundo peldaño a peldaño. Cuando llegó al pasillo, una retahíla de gemidos de placer le golpearon como olas contra las rocas. Le temblaron las piernas, el sonido de la carne chocando casi estuvo a punto de desmayarlo.  

Se vio tentado a regresar, pero la voz le obligó a avanzar sosteniéndose de la pared, cada paso se sentía como una puñalada en el vientre, cada ardiente gemido hacia crujir su corazón. Se empezó a arrastrar por el pasillo como si estuviera herido de un costado, resistiéndose inútilmente con la voz sujetando cada musculo de su cuerpo. Vio la luz al final del camino, como en una película en la que el personaje está a punto de morir. Curioso, era probable que después de abrir esa puerta no quedara nada de él.

Iba a extrañar a su pequeña.

      Oh… Maya… mi pobre Maya… ¿qué he hecho? —susurró sollozando, suplicando perdón y esperando que la niña de sus ojos algún día le pudiera perdonar. Entonces la voz le obligó a asomarse por la delgada abertura que le habían preparado.

La cama de la habitación se balanceaba hacia adelante y hacia atrás, chirriando y crujiendo en medio de un coro sexual de golpes de piel desnuda. Allen jadeó de dolor al contemplar las gruesas y anchas caderas de su mujer. Una mujer casada, imposiblemente voluptuosa y hermosa, junto a un gran semental negro tan gigante que casi la cubría por completo.

      ¡Ahhhhh… Dios… es tan grande...!  —chilló Selina apasionadamente. El gruñido masculino de satisfacción de Dragos, y el sonido de los labios de Selina chasqueando de deseo, le atravesaron el alma.

Allen no sabía que era peor, las grandes bolas negras de Dragos golpeando contra el increíble trasero de su esposa, o los movimientos ondulantes que hacia ella mientras arqueaba la espalda para él.

      Tu polla… ahhhh…. es tan… increíble… —alcanzó a escuchar débilmente. Su mujer tenía los ojos hinchados de lujuria.

Mientras Dragos bombeaba su polla en su sexo dispuesto, vio como la propia Selina llevaba las grandes manos de su amante a su burbujeante carne, exigiéndole que se paseara por sus tetas y su culo alternadamente para mayor placer.

“¡Plas! ¡Plas!”

Dragos abofeteó su nalga derecha haciéndola moverse perversamente.

      ¡Ahhh… no pares! —gimió encantada. Selina siempre se había enojado con él cuando la nalgueaba.

      ¡Tómalo todo puta! ¡Dime que te encanta! ¡Quiero escucharte decir que amas esta gran polla!

      ¡Ohhhhh… mierda… siiiiiii…! ¡Me encanta tu polla! ¡Me corrooo…! ¡Me voy a correr de nuevo por tu gran polla…!

Habían estado follado durante horas, quizás desde el momento en que Selina puso un pie dentro de esa pocilga, ¿cuántas veces se había corrido ya?

“Más de las que imaginas.”

Selina bajó la cabeza, con una cola de caballo cayendo en cascada sobre su rostro, tanto su cabello como sus pechos balanceándose por los embates de Dragos resultaban embriagadores. Allen observó cómo su increíble busto rebotaba lleno de gloria y como sus gruesos pezones erectos y receptivos esperaban ansiosos las órdenes de su amante. Sonreía con amor, con la lujuria siempre presente en la mirada.

      ¡Ahhhhh… Dragos… me mataaaas…!

Dragos le dio una fuerte nalgueada una vez más, haciéndola estremecerse de placer. Entonces aumentó el ritmo, los sonidos de su piel desnuda chocando se volvieron más fuertes junto con el crujido del marco de la cama.

      ¡Ahhhh Diooooos… siiiii…! ¡Me encantaaa…! ¡Me gusta tanto tu pollaaa…!

Allen vio a Dragos someter a su esposa como una yegua, envolviendo su largo cabello en un puño. Sus gemidos eran profundos y directos así que comenzó su adiestramiento con disciplina, se aseguró de domarla bien primero con una buena dosis de nalgadas y segundo, con sendos envites que la llevaron a sonreír alegremente. Se notaba a kilómetros como estaba saboreando cada gota de placer.

Selina se inclinó sobre el colchón, sus hermosos pechos presionaron el cojín mientras chillaba ahogados gritos de placer en la ropa de cama.

      ¡Ahhh… zorra, tu coño es increíble! —gruñó Dragos, mientras la follaba más fuerte y con urgencia — ¡Dilo de nuevo! ¡Di que mi polla es mejor que la del idiota de tu marido!

      ¡Ahhhh… Dios! ¡No hables así de él!

      ¡Dilo zorra! ¡Dilo o te juro que me detengo en este mismo momento! — sus enormes testículos se balanceaban pesadamente golpeando el clítoris de Selina en rítmicas repeticiones.

      ¡Ahhhh… noooooo! —dijo, girándose con ojos suplicante— ¡No pareeees…! ¡Ahhhh…! ¡Tú polla es más grandeeee y más… ahhhhhh…! ¡Ahhhhh... me vuelve loca…! ¡Tú polla me vuelve locaaaa…!

Allen negó con la cabeza, su propia mente incapaz de reconciliar la increíble verdad ante sus ojos.

Selina gemía más fuerte ahora y Dragos empujaba cada vez con más violencia, bombeando profundamente dentro de su mujer. Ella echó su culo hacia su ingle dándolo todo para alcanzar su orgasmo, su profunda necesidad sexual le hizo retroceder con el mismo ritmo con el que le estaban penetrando. Selina se retorcía, gemía y gritaba, haciendo de su rostro un esbozo que se alejaba de la dulce, sencilla y amorosa mujer que alguna vez Allen conoció. 

      ¡Me corroooo Dragooos…! ¡Me corrooo…! ¡Me corrooooo…!

Los ojos de Selina se pusieron en blanco al mismo tiempo que sus dedos se clavaban en la cama. Entonces explotó, retorciéndose como una serpiente mientras golpeaba su gran trasero contra su amante, su hermoso cuerpo temblaba de profundo placer mientras su semental continuó bombeando profundamente hasta llegar a su útero. Chilló y gritó por lo que le pareció una eternidad, en una escena surrealista y nuclear en su erotismo.

Los músculos de Dragos continuaron tensándose, incluso después de que Selina casi quedara inconsciente. No tardó mucho en que su resistencia también llegara a un límite, por más que quiso prolongar aquel salvaje asalto su cuerpo no pudo soportarlo más.

      ¡Me corroooo zorraaaa! ¡Me corrooooo…!

Selina pareció volver en sí a tiempo, y se arrodilló para recibir la carga de su amante. Empezó a bombear su polla con las dos manos a una velocidad demencial.

“Siento molestarte, pero la función ha terminado… es hora de irse.”

Allen vio como las venas de Dragos se hinchaban a través de sus músculos explotando en largas y potentes cuerdas de semen que impactaron en el rostro y tetas de su esposa. Pero la atención del amor de su vida no se detuvo ahí, sus manos no descansaron hasta asegurarse de haber ordeñado esa polla hasta la última gota, recibiendo hasta el último lechazo en su perlada piel.

Resollando, completamente empapada de espesa lefa, los ojos de una mujer realmente satisfecha se giraron por algún motivo hacia la puerta. Entonces… y solo entonces, cuando sus miradas se encontraron en aquella delgada abertura, Allen abrazó la oscuridad. 

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