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LA JOYA EN LA CALAVERA/Cap. I

Capitulo I
Rekira 
Murallas de Amron

De los cuerpos empalados de Lord Doroden y sus cuatro hijos, solo quedaban un cráneo y unas cuantas costillas que el viento no había podido caer. Habían pasado tres años desde que la Guardia Carmesí atravesó las grandes murallas de la casa Sidur para tomar el Castillo de Egion. El asedio había durado meses enteros, pero al final, los siete generales al mando del mago supremo Sarak derrotaron al hereje y a su séquito. El juicio había sido ahí mismo, y su ejecución también. El mago supremo no tuvo misericordia, hizo que llevaran los cuerpos arrastras por toda la ciudad hasta las murallas. Ahí pidió a los mismos campesinos a que le ayudaran a empalar a los caídos. No se opusieron claro, obedecieron con júbilo y la familia de Lady Blanca quedo manchado para siempre.

— Bienvenida, Lady Rekira. Es un honor recibirla —dijo el mago supremo.

El mago había escogido reunirse precisamente en el lugar en el que los cuerpos de su tío y primos habían sido comidos por los carroñeros. Y no solo eso, le había comunicado que por decreto del Rey todavía no podía poner un pie en la Tierra que la vio nacer. Ni siquiera tocar las murallas que rodeaban su ciudad, ni que decir del Castillo, ahora en manos del mago supremo.

Se inclinó hacia él con la misma reverencia.

— El honor es mío —contestó.

Había llegado tarde, demasiado tarde. Su puesto en el Consejo de Arathur había sido una barrera que no había podido cruzar. Escribió, y escribió un montón de cartas al Rey y a la Reyna, pero no había recibido ninguna respuesta. Fue coaccionada para que no interviniera, chantajeada de distintas formas, y al final del día, solo declaraba en las audiencias que sus parientes se lo merecían. Aunque en el fondo, el sentimiento de batalla le ardía por dentro. Su tío había caído tan bajo, su padre le advirtió tantas veces sobre las consecuencias de sus actos, pero nunca lo escuchó, y antes de que muriera decidió enviarla a la capital del reino con el fin de que se alejara de la vileza de su tío.

El Castillo de Egion había detenido a la Guardia Carmesí por casi un año, el mismo mago supremo había tenido que usar todas sus habilidades para atravesar sus puertas. Algunos rumores decían que había sobornado a los propios guardias que resguardaban el castillo. Rumores que, si se atrevían a decir en voz alta, caía sobre aquellos insensatos la muerte mas horrible que pudieran imaginar. Fue increíble que resistieran tanto tiempo, en verdad… hasta imposible. En el Consejo nadie lo podía creer, y muchos cayeron en cuenta sobre el hechicero de Lord Doroden. En cada enfrentamiento había respondido con conjuros de todo tipo, y se negaba a rendirse. Un hechicero, un pobre hechicero, le había plantado batalla a un mago con la joya en calavera.

Pero al final había caído derrotado, y su pueblo había sufrido, cientos de cadáveres eran arrojados al día desde las murallas. Con cada noticia que recibía la impotencia solo hacia crecer y crecer. Cuando estuvo a punto de llamar a sus abanderados Cilia la detuvo, sino la hubiera tenido a su lado habría caído con todo su ejército a la Guardia Carmesí por la retaguardia. Por supuesto, contra los siete generales juntos y el mago supremo no habría tenido oportunidad, pero habría sido una gran batalla, quiso pensar. Todo mundo decía que en el arte de la espada solo estaba a su nivel el príncipe Izax, de la casa Raghasz. Y el príncipe tenía una reputación que asustaba a los nobles del consejo.

— Oh, hermana, acércate— sonrió orgulloso— Me han hablado muy de ti. Es un honor también recibirte.

Cilia se sonrojó y obedeció con una doble reverencia.

— Me halaga, mi señor. Le aseguro que tales afirmaciones son muy exageradas 
— ¡Tonterías! — dijo Sarak, haciendo un gesto con la mano— Y no me llames Señor, soy tu hermano.

Cilia se sonrojó todavía más.

— Oh, mi señ… hermano. Espero no decepcionarla. 
— Continua así, hermana mía y quizás en un futuro te conviertas en mago supremo.

El talismán con la joya en la calavera le había sido adjudicado a Cilia hace apenas un par de años. Era verdad, que las virtudes de Cilia eran impresionantes, pero el cumplido en realidad era una broma pésima. Solo había dos magos supremos en todo Arathur, y ambos habían sido jóvenes prodigio desde sus inicios. Sarak completó el entrenamiento a los cincuenta años, y ya había acumulado un gran poder desde que sirvió a la Casa Kovrag, ese poder estaba a otro nivel, y se había vuelto incluso mas poderoso. Además, los únicos que pueden dar el título de mago supremo son el Rey y la Reyna, a quienes debes derrotar en un duelo de magia en los Salones del Sol, para demostrar semejante honor.

— Entonces… Lady Rekira— suspiró—estoy seguro que trae buenas noticias. 
— Los mercenarios del Conde Aered fueron encontrados y capturados en el Monte Orstow. Todo el ejercito del Conde fue aniquilado. 
— ¡Bravo! Y… 
— Los goblins de las Colinas de Ushar también han sido exterminados. Lo pensaran dos veces antes de volver un pie en el reino. 
— ¡Excelente, Lady Rekira! ¡Su trabajo es excepcional! — asintió satisfecho, luego acotó— ¿Y lo otro? 
— Yo…

Cerró los puños. Maldijo al consejo, a Sarak tratando de contener una sonrisa. Sabía que no podía escapar, y eso la enfurecía mas. Tendría que tomar una decisión tarde o temprano.

— Ah, me temo que antes de volver a tomar su lugar en el Castillo de Egion necesita usted el pendiente dorado de Oron. 
— Sí, pero… 
— Puedo ayudarla… si usted desea.

Sintió la bilis subirle a la garganta, por supuesto que quería ayudarla… a casarse con cualquier decrepito señor de una casa menor y que, por supuesto, responda a los intereses de Sarak. No iba a ser tan estúpida, no le iba a poner las cosas tan fáciles. No estaba dispuesta a regalarle su tierra al mejor postor.

— Después de la próxima misión, se lo aseguró. 
— Siempre tan decidida, ¿eh? Bueno, a lo nuestro entonces. Permíteme presentarte a Aglos, séptimo general de la guardia carmesí, El general tomo su mano en reverencia, la sostuvo demasiado tiempo para su gusto, al punto de que estuvo a punto de quitársela. 
— Un placer, general— dijo— disculpe… que sea un poco grosera, pero ardo en deseos de salir a primera hora con esta nueva misión. Así que no quiero perder ni un solo minuto. Ilústreme por favor. 
— Entiendo— se volvió para intercambiar miradas con Sarak— El último de los cinco Clanes que protegen el filo está a punto de caer por la mano de Garoth. 
— ¡Garoth! Pero creí que lo habían derrotado hace un año, ¿Cómo es posible? 
— Sobrevivió… gracias a una maga— Sarak lo fulminó con la mirada— ¡Quiero decir, una hechicera! Los tres generales que lo enfrentaron lo subestimaron, y ahora mismo están pagando ese pecado, se lo aseguro. Ahora se ha vuelto más fuerte, y ha reunido a las huestes de los cuatro clanes con un ejército que duplica al anterior. Necesitamos derrotarlo de una vez por todas.

Por fin lo que había estado esperado. El nombre de Garoth eran palabras mayores. Los cinco Clanes era una tribu de salvajes que mantenían separados los tres reinos de Kabarta. Fueron elegidos por el mismísimo Dios Mendigo. Todo el mundo sabía eso, y todo el mundo también sabía que en el reino de Arathur estaban cansado de ellos. Las guerras no cesaban nunca en el Filo, o al menos eso era la que siempre se ha dicho en el consejo. Son salvajes, sí. Con ninguna educación. Pero son inteligentes, y muy feroces en la guerra. Temidos, y odiados por igual. Porque ningún Reino se ha atrevido a conquistarlos precisamente por su bravura en la batalla. Por cada guerrero diez soldados de la Guardia caen con él, y esta era la excusa perfecta para barrer con todos ellos. Y también, la oportunidad de obtener el perdón de la Corona. Quizás, pensó. Ya un fuera necesario obligarla a casarse. Sea como sea, obtendría esa victoria para su casa.

— Partiré de inmediato General— hizo una reverencia— Mago supremo, General, ha sido un… 
— El General viajara contigo por orden del Rey. Sera tu… protector. En la Corona no quieren que te pase nada —declaró Sarak.

Y sus palabras la dejaron helada. Cilia tampoco pudo contener el semblante.

— Pero… 
— No se diga más, aunque puedes ver a un General joven, tiene mucha experiencia. No te preocupes, estas en buenas manos.

Iban a arrebatarle la gloria. Sus manos acariciaban el mango de su espada, una palabra más, solo esperaba una maldita palabra más.

— La princesa y yo confiamos plenamente en usted, general. Ahora… sí creo que deberíamos marcharnos. 
— Cuanto antes— suspiro Sarak— tienen mi bendición— movió la mano, despidiéndose.

***

La ruta les llevaría unos sesenta días, si se daban prisa, el General mantenía su distancia en su caballo negro. En realidad, no había diferencia entre la piel del animal y la de él, salvo que el caballo no llevaba armadura ni capa. A Rekira, su mirada había comenzado a incomodarle desde su partida, la seguía a todas partes, y siempre se encargaba de estar a unos metros atrás de ella.

Lady Rekira no ocultaba su figura, al contrario, la resaltaba siempre que podía tratando de colocarse las mallas lo más ajustadas posibles. Había recibido decenas de cartas de matrimonio cuando estaba en el Consejo, y aunque ya ocupaba ningún asiento, las cartas le llegaban igual por cualquier medio. Eran conocidos sus atributos y a ella, desde pequeña, le había gustado que la halagasen. Una vez un campesino le dijo que tenía el culo más gordo que había visto, su padre claro lo había hecho colgar. Pero ella se había sonrojado, y cuando marchaba sus soldados siempre se le quedaban viendo cuando sus robustas nalgas rebotaban en su montura, o cuando marchaba con ellos. Pero ella no había permitido que sus soldados le faltaran el respeto.

Su tío, Lord Doroden, una vez le sorprendió en las aguas termales y le digo que tenía unas muy ricas tetas, se había quedado hechizado mirándolas, y eso que no había logrado ver nada más. Si no fuera por su padre, habría intentado algo más que mirar.

— ¿Por qué no cabalga con nosotras, General? — pregunto Cilia. 
— Lo haría, pero la vista aquí es magnífica— contestó. — ¡General Aglos, es usted un insolente!

El general aupó a su bestia para colocarse a la izquierda de Rekira.

— Disculpe que no tenga la educación de un noble, suelo ser bastante directo en mis conversaciones. ¿puedo? 
— ¡Adelante! — declaro Rekira. 
— Nunca había vistos un par de culos tan apetitosos como los suyos, mis señoras. Me tienen salivando desde que las vi. 
— ¡Pero como se atreve! —exclamó Cilia. 
— Yo no miento, mi señora. Bendita mi suerte, vaya par de hembras que son ustedes dos, y ahora si me disculpan. Voy a volver a como estaba, ya va a anochecer y quiero aprovechar hasta el último rayo de luz para admirar semejantes monumentos.

Y se marchó, dejando a ambas con la palabra en la boca.

***

Si las primeras semanas habían sido incomodas, ahora se habían vuelto todavía peor. El General Aglos ponía cualquier excusa para acercarse y sobarlas, alcanzarles la comida, agua, una toalla para limpiarse el sudor, lo que sea. Ayudaba a bajarlas de sus caballos diciéndoles que temieran que cayeran en un nido de serpientes, a Cilia le sobaba el culo cada vez que se agachaba, a Rekira la saludaba con una nalgada, al llegar al primer colmillo se habían tomado por fin un descanso y habían hecho un campamento. Les habló de los rumores de la hechicera y de sus posibles habilidades. Les dijo que utilizaba pequeñísimas hormigas para implantar su veneno, que así había acabado con los otros jefes de Clanes sin que nadie se diera. A ambas, la idea las horrorizo. Por eso concluyo que un curtido soldado como él, debería ser quien se asegurara de que ninguna hormiga se haya ocultado en su armadura.

Primero fue Cilia, se apoyó en un árbol y le pidió que levantara los brazos, luego empezó a sobarle las tetas y el culo sin reserva. Cuando le tocó el turno a Rekira se tardó un poco más, sentía como no dejaba de tragar saliva. Después volvió a Cilia, se cansaba y regresaba a Rekira, las sobo casi una hora y luego dijo que por fin estaban listas. Rekira noto un bulto muy húmedo en su pantalón que la hizo sonrojarse, pero no dijo nada. Ya estaba lo suficientemente perturbada, espero a que se marchara para que pudieran por fin estar a solas con Cilia.

— Le acabo de decir a los guardias que ya no dejen pasar a nadie más a la tienda. 
— Perfecto, mira como me dejo…

Cilia se agacho rápido y empezó a beber los jugos del coño de Rekira, los lamia como si estuviera sedienta. Tomo sus nalgas y sumergió su lengua en su pequeña raja, le chupo los labios, el coño, acarició su clítoris y comenzó un mete y saca con su lengua que le hizo empezar a gemir. Cilia parecía más desesperada que ella y Rekira acaricio su cabeza implorándole que siguiera.

— Ahhh… Cilia… sigue… ahhhh… ahhhh…

Le dio un repaso desde su coño hasta su ano, le dio un fuerte azote a cada una de sus nalgas y las lamio también. Empezó a chupar su clítoris con desesperación, y vio como bajaba una de sus manos y la movía en círculos en su propio coño.

— Ahhhhhhh… Cilia… que placeerrrrrr…

Su lengua no se movía, se retorcía agitada de una forma frenética, amaso una de sus nalgas con una mano y con la otra ahora se metía dos de sus dedos en coño que chapoteaba con ese sonido que la volvía loca. Rekira no pudo aguantar mucho más, se corrió y Cilia también, hizo que la mirara profundamente, sonreía mientras lamia sus labios, había sido una estupenda corrida. Se levantó y la hizo girarse, dos sonoras nalgadas le dejaron los cachetes tan rojos que le quemaban.

— Eres una zorra— le dijo, Cilia. 
— Tú más— replicó— ¿Por qué todavía sigues vestida?

Cilia no tardo en terminar de quitarse todo lo que traía encima. Se comparó así misma con ella, qué pensarían sus soldados si las vieran, Rekira admiraba las redondas tetas de Cilia, hinchadas y con ansias de ser devoradas, el jugo de su coñito escurría hasta el suelo, la jalo con fuerza hacia ella y la beso, le comió la boca y jugo con su lengua. Ahora era ella la que azotaba las nalgas de la otras y las amasaba con determinación.

— Tengo el culo más grande— le susurró orgullosa al oído. 
— Pero solo por muy poco— contesto, nalgueando nuevamente a Rekira. 
— Vamos a comprobarlo, métete a la cama de una puta vez.

Balú 
Castillo de Kudanai

El aprendiz de panadero llamado Seth amasaba unas tortillas, no le estaban saliendo muy bien así que pidió a una de las cocineras que le diera una mano. Puso las manos en la manteca y rápidamente Seth se puso detrás, sobo su paquete contra sus nalgas mientras lo que amasaba ahora eran sus tetas.

— ¡No! ¡Ahora no!

Como se atrevía, a ella se la cogía a estas horas de lunes a viernes. Se suponía que ya conocía la rutina, había elaborado un muy apretado horario del cual no podía pasarse unos minutos porque estos terminaban por arruinarle el día. En un instante le bajo las bragas y acomodo su polla en medio de sus nalgas, hoy le tocaba correrse adentro… si sus cálculos eran correctos.

— ¡Ay, no! ¡Ayy…! ¡Ayyy…! 
— ¡Toma tu ración de verga, zorra! ¡Toma! ¡Toma!

El ¡Plas! ¡Plas! empezó a escucharse en toda la cocina, Balú serruchaba el primer coño de la mañana sin compasión, levantó toda su falda para poder observar como ese coño se devoraba por completo su verga. La había entrenado bien.

— ¡Ayy! ¡Ayyy..! ¡!Ayyyyyy…! ¡Las tortillas para el príncipeeeee! 
— A la mierda el príncipe, tú no te mueves sin que te haya llenado con mi lechita. 
— Ayy…pero… ayy….Ahhh…. ahhhhh 
— ¿Quieres tu lechita, ¿verdad? 
— Ahhh…. ahhh… siii…siii quierooo…. 
— Aprieta entonces—el choque en sus cuerpos se hizo más intenso— ¡Que aprietes te digo! — le repitió.

No podía pasarse de la hora si quería empezar con buen pie la mañana. Le azoto una nalga con tanta fuerza que se corrió. Que bien entrenada estaba, pensó.

— Ahhhhh… ahhhhhhhhhhhh… el principeeeeee

El conjuro con las lavanderas y cocineras funcionaba a la perfección. Aunque la sumisión no era del todo completa, había cosas en su mente (como el puto príncipe) que escapaban a su dominio. Como le había dicho su maestro de pócimas en la Fortaleza de Egion, la mente humana siempre guarda firmemente uno o dos actos de su vida, y se le graban como si fueran reflejos. Eso era, el grado de responsabilidad, los deberes en la servidumbre les llevaban a tener a su príncipe siempre presente. Era muy interesante, la volvió a azotar, antes de liberar su primera carga del día.

— Ayyyyyyyyyyyy…..ahhhhhhhhhhhhhhhhhhh… 
— Toma mi leche, zorra. Ahí va, recíbela—gimió— ¡Ahhh…! ¡Qué bueno! —sonrió.

Antes de que siquiera volteara para pedirle que le suba las bragas, Balú ya había bajado por las escaleras a la otra estancia, olfateó el cerdo asado. Barrió con la mirada a los ayudantes de cocina, y no encontró a la mujer del carnicero. Perfecto, estaba donde debía estar. Regresos por sus pasos hasta subir a uno de los almacenes mas alejados. La encontró cortando el hígado de una res.

Inmediatamente lo vio, se acostó en un par de sacos de maíz y le hizo una seña para que se diera prisa.

Balú se sacó su polla y se acomodó en su encima. Las piernas de la mujer ya lo tenían bien sujetado y sus manos se amarraron a su cuello pidiéndole, más bien exigiéndole unos buenos pollazos que la dejaran satisfecha y llena.

— ¡Ahhh! ¡Ahhh! ¡Ahhh!

El trasero de Balú empezó a quemarle por el sol que entraba por una de las ventanas. Eso le estimuló más, se movía en círculos haciendo gemir de pasión a su hembra, se metió ambos senos a la boca y empezó a martillar más y más.

— ¿Me extrañaste? 
— Ahhh…. ahhhhh… no me cabe entera…baja un poco por favor. 
— Pero anoche te entro bien, ¿no te acuerdas? — volvió a meterse un pezón a la boca. 
— Sí, pero… ahhhhhhh… ahhhhhh…

Estiro sus tetas, las contrajo entre sus dedos para después volverlas a estirar. Los pollazos iban y venían sin bajar de ritmo, la mujer le tomo de la cabeza y la llevó a su boca. Así terminaron, ahogando sus gemidos mientras el jugo de ambos se mezclaba manchaba todo ahí abajo.

— Tú te portas de maravilla— le dijo, mientras acariciaba sus nalgas. 
— ¡Vamos, ponte arriba! 
— ¿Estás seguro? 
— Tenemos tiempo, empieza a cabalgar a tu jinete, potrilla.

Antes de hacerlo la mujer del carnicero se aseguró de quitarse toda la ropa, le dio unas sacudidas a su polla antes de volver a metérsela. Era mentira que no le entraba toda, quizás al principio no, pero ahora bien que se la comía hasta los huevos.

Empezó a bailar en su polla al mismo tiempo que guiaba los dedos de Balú a su redondo trasero. Era una buena zorra, de esas que le hubiera gustado conservar. Con ese cuerpo podría haber sido doncella, pero tuvo la mala suerte de toparse con ese bueno para nada y abrirle las piernas. El niño había nacido ciego y enfermo, en cambio el suyo hace unos meses había nacido robusto y fuerte en todos sus sentidos.

— ¿Y cómo se hace un bebe sano? 
— Así… así… asiiii…asiiiiiiii…. asiiiiiiiiiiiiiii……

Podía escuchar a los soldados haciendo el cambio de guardia, le hizo una seña con la mirada y empezó a subir y bajar con el doble de intensidad. Balú no se quedó atrás, y le metió unos buenos empellones que la hicieron saltar más de la cuenta, se aferró fuerte a sus nalgas y se corrió, llegando al orgasmo juntos nuevamente.

Se vistieron a prisa, quiso hacerle una mamada para dejarlo bien limpio, pero no le dejo.

— Esta noche voy a… 
— No habrá nada esta noche— sentenció. 
— Pero… 
— Shhh… mañana aquí… anal.

Se mordió el labio, no dijo nada más. En la caballería habían contratado una muchacha para que alimentara a los caballos, y esta noche la iba a ser suya por primera vez. Iba a estar ocupado toda la noche sometiéndola a su voluntad.

Por el momento tocaba otra de las chicas nuevas. Tomó una canasta de pan y salió a buscarla a uno de los arroyos en la que lavaba la ropa. No la encontró, odiaba cuando ocurría eso. Se movió furioso hacia una de las calles en donde podía observarse uno de los grandes mercados, después de unos minutos por fin dio con ella.

La llamó y de inmediato corrió bajo la sombra de un ancho puente de piedra. Corrió a su encuentro, mala elección, apestaba. Al costado había un túnel de la estatura de un niño pequeño que daba a las alcantarillas del Castillo de Kudanai. Tampoco se iban a quedar a vivir en ese lugar así que la tomo deprisa, arrojo la canasta que llevaba de frutas y maduras y le rompió la blusa para ver esas morenas tetas. Ella se quitó el lazo que llevaba atado a su cabello y lo dejo caer, lamio su palma derecha y la sobo en su coño antes de invitarle a metérselo.

— Te voy a dar bien duro —le susurró— como a ti te gusta. 
— Ahhh… más te vale…

A esta había que tratarla como se merecía. Balú la levantó y la sostuvo en el aire con ambas piernas sujetas por sus brazos. Metió su polla entera de un tirón, dio el gemido más fuerte que había escuchado en toda la mañana.

— Voy a romperte—le dijo empezando el castigo— voy a partir ese coñito en dos. 
— Ahhhhhh….. ahhhhhh…. Brutoooooo 
— Grita todo lo que quieras, el ruido en la calle va a… 
— Sigueee… no pares… sigue… sigue…ahhhh…

Gritaba demasiado para su gusto, pero lo aguantaba porque era por el momento el coñito más apretado que había probado desde que llegó a la casa de Raghasz. Así que serrucho al ritmo que quiso, al ritmo que hacen a las mujeres perder la razón, supo al instante que no iba a llenarla como hubiera querido después de correrse tres veces. Al menos iba a ser que se corra el doble del resto de chicas.

El plan era empujar con todas las fuerzas que tenía, para luego dormir un poco hasta la noche. Podía escuchar como viajaba el sonido de sus envites por la cloaca produciendo un hermoso eco, aquella música lo excito más asi que aumento el nivel de las estocadas, su hombre se sacudió en sus brazos con su primer orgasmo, la pego lo más que pudo a la pared y movió sus piernas hasta sus hombros, el castigo la hizo correrse al tercer pollazo en esa posición, luego llego otro más y otro.

— Hoy sales bien preñada de este lugar, te lo juro. 
— Nooo…. Ahhh… 
— Voy a preñarte me oíste, y vas a implorar porque nuevamente te lo haga. 
— Ahhhh…. Ahhhh….ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh…

Los chorros llegaron fuertes y se sorprendió un poco, el entrenamiento estaba dando resultados. La mujer clavó profundo sus uñas en su espalda rasgando su carne, y se corrió por última vez. Sentía como la sangre empezaba a descender por su espalda. La había follado duro, como había prometido.

Se acomodó el pantalón y le ayudo a recoger toda la fruta que había quedado desperdigada por el suelo. Se disculpó por haberle lastimado, sus pechos todavía seguían expuesto así que una fuerte sobada antes de despedirse. Alguien todavía quería guerra y esta vez no era él, le sonrió esperando que la tomara de nuevo cuando, de la nada, su cara se transformó en una de horror.

— ¿Quién… quien… eres tú? Mi ropa, porque…

Sus uñas, la sangre, la piel había comenzado a desprenderse y con ella todos sus encantamientos. Una corriente de aire frio le golpeo a su costado y lo arrojó un par de metros chocando contra una de las paredes del puente.

— ¿Terminaste? —preguntó.

No ahora, todavía faltaban meses para este encuentro, lo tenía planeado todo. La sangre, había hecho que corriera como una piraña hacia ella. Se maldijo por su estupidez, era un mago con la joya en la calavera, y uno de los más excepcionales de todo el reino, ¿pero qué mierda esperaba? ¿cómo había podido ser tan estúpido?

— Iba a pedirle repetir, ¿por qué? 
— He estado observándote desde que llegaste. Ese poder, ese conjuro, ¿cómo lo conseguiste?

Otra vez, como en el Castillo de Ibenai, su lujuria iba a echar a perder todo su trabajo. No entendía como no había aprendido la lección.

— No sabía que el Mago de la Casa Raghasz ocupaba su tiempo libre espiando a aprendices de panadero —contestó. 
— No eres un hechicero, me habría dado cuenta de inmediato. Si te sirve de algo, me engañaste, pero todavía necesitas mejorar ese conjuro.

Había pasado diez meses peleando en el Castillo junto a los caballeros de Lord Doroden, había conseguido jugar con sus mentes para que lo reconocieran como su antiguo hechicero pero el conjuro había durado parcialmente. En su mayoría desconfiaban de él, pero detuvo a los Siete Generales para sorpresa, hizo a la Guardia Carmesí retroceder el solo. Y si no fuera por Sarak los habría derrotado. Ese encuentro también había llegado demasiado pronto. En la Fortaleza de Egion había confiado como si fuera su propio padre. Y ella y él, le habían traicionado, cuando vio su cara no se contuvo y lo hizo arrodillarse, mientras látigos purpuras de magia serpenteaban castigando las torres del Castillo. Si hubiera tenido la joya, lo habría matado seguro. O tal vez hubiera terminado empalado a lado de Lord Doroden.

Los estigmas que cargaba no le habrían dejado, se habría dado cuenta de su identidad en el momento en el que hubiera liberado su poder, y todo para nada, porque los estigmas lo habrían devorado al instante.

— Gracias, me gustaría sentarme a tomar el té contigo y contarte mis penas, pero no tengo una mesa disponible en estos momentos ni tampoco té. 
— Si llamo a los guardias ahora no tendrás la más mínima oportunidad. 
— Llámalos, soy padre de nueve niños y pronto de dos más… si mis cálculos son correctos.

Cuando llegó a los dominios de la Casa Raghasz, había predicho que el camino para tomar el lugar de Ciras iba a tomar su tiempo, su estudio. El mago era uno de los más respetados en el Consejo, y el favor de su príncipe con él era conocido por la Corona. Izax había aprendido de él su magia, y Ciras había aprendido de Izax su arte de la espada, habían crecido juntos, eran amigos, compañeros, se confiaban la vida uno en el otro. Algo así era inquebrantable. Con solo un conjuro no iba a poder deshacerse eso y tomar su nombre, así como así.

— Ah sí, ese olor fue el que me llamó— dirigiendo su nariz en su dirección— tu sangre, pero por qué, ¿por qué llevas los estigmas del hijo de Zammon, ¿pero quién demonios eres tú?

Para Balú, esta ciudad le había parecido desde un principio un oasis en toda Stridall. Nunca había pisado una ciudad con tanta fidelidad a sus señores y con tanto amor para dar a los suyos. La gente confiaba en el trabajo de las personas, en las calles se ayudaban los unos a otros. Por eso se había sentado a amar también, porque lo necesitaba, entregarse y dejar de pensar por un momento en la venganza, en todos esos malos recuerdos que le carcomían el alma. Por un instante pensó que le hubiera gustado nacer como Seth, tuvo envidia. Si no lo hubiese descubierto quizás… quizás…

— Soy lo último que verás hoy— respondió. 
— Te tomaba por alguien con una inteligencia excepcional, veo que me equivoque. 
— Aquí termina tu camino. 
— No, no termina aquí. 
— ¡Guardias!

Ciras invocó a sus serpientes de sombra que a duras penas pudo contener con fuego helado, las serpientes se revolvieron para atacar por la espalda y rasgar su carne. Entonces Balú llamo su Golem de Tormenta que azotó con su puño al mago, rebotó en la pared, pero de inmediato se levantó.

— Un Golem…no… no, tienes que estar bromeando. 
— Ríndete… —dijo Balú, realmente era un buen hombre. No quería hacerlo. 
— Soy yo quien ahora te ha subestimado, pero no te confundas. Esto acaba de empezar, puedo escuchar a mis guardias. 
— No, se acabó. ¡Ríndete! — casi gritó suplicando. 
— Que Oron este contigo en el otro lado, amigo mío— exhaló— voy a lanzar mi mejor conjuro. 
— Y contigo…

Docenas de manos atravesaron la oscuridad desde la cloaca, y desgarraron al mago en segundos. Solo quedaron pedacitos de piel y huesos rotos. Tomo un poco de ambos con sus manos y barrió con todo, con excepción del talismán. Se lo puso al cuello, hizo el conjuro y su piel empezó a cambiar nuevamente. Puso dos de sus dedos en la frente de la muchacha. Una tropa descendió por cada costado rodeándolo.

— Nos llamó, mi señor. 
— Guardias, ¿habéis visto que chica tan guapa?

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