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LA JOYA EN LA CALAVERA/Prólogo



Prólogo 
Balú 
Castillo de Ibenai

Por fin lo habían dejado solo, las ratas en las paredes iban a ser los únicos testigos de lo que iba a hacer. No sabía cuánto más tiempo Lord Doroden lo tendría en su castillo, los rumores se habían hecho más fuertes, y aunque a su Señor no le importaba eso en lo absoluto, sí le importaba que cuestionaran su posición en la nobleza por temas que, digamos… se alejaban bastante de la fe de su inmaculado Dios Oron.

La fe al Dios Mendigo se había instaurado desde que los primeros hombres descendieron desde el Norte en busca de campos más fértiles, en busca de un lugar en el que ver a sus hijos crecer, un lugar en el que no temer a la guerra constantemente, pero, sobre todo, al frio asesino que poco a poco se había llevado todo lo que tenían. Pero encontraron todavía más, algo que los encontró a ellos quizás. La magia. Solo aquellos que portan la joya en la calavera son dignos de usarla, un medallón que te es otorgado si superas un estricto entrenamiento que dura once años. En el mejor de los casos, sobrevive uno de cada doscientos aspirantes. Miles se presentan cada año, y la razón es muy sencilla. Cada gota de sangre derramada, cada herida, cada miembro devorado o arrancado, vale la pena por el inagotable poder. Ese poder que reverencian señores y reyes, un poder que a Balú le arrebataron.

El Coliseo de los Golems era la última prueba, tres habían sobrevivido junto a él durante tanto tiempo que los consideraba sus hermanos. Pudo preverlo, pero su amor hacia ellos lo cegó, y cuando por fin las cosas se mostraron como eran en realidad, la ira fue más fuerte que todo aquello por lo que había soñado. Arrojaron su cuerpo a las mazmorras, que luego fue a parar al rio negro de Nass. ¿Cómo sobrevivió? También él se hizo la misma pregunta, esa búsqueda lo llevó a vestir la túnica de los Marcados, un disfraz que lo ayudara a sobrevivir, la marca en la frente es la señal de aquellos que no logran terminar el entrenamiento y son desterrados de la Fortaleza de Egion, convirtiéndose en hechiceros de medio pelo que trabajan en pociones de amor por unas monedas. Todo Arathur está repleta de ellos, solo un puñado tiene el suficiente talento como para trabajar para un gran Señor.

El antiguo Marcado en el Castillo de Ibenai tenía talento, admitió Balú. Probablemente había llegado a obtener solamente la calavera (sin sus ojos escarlata, y por supuesto, sin la joya en su quijada) pero eso decía mucho de él. Su talento, sin embargo, estaba desperdiciado, se encargaba, casi por completo, de traerle chicas nuevas a su Señor, y de ejercer de guardaespaldas en pequeñas ocasiones. Una miserable vida condenada al perpetuo ostracismo. Una vida que no estaba destinado a gente como él, y que Balú no estaba dispuesto a obedecer. Pero tenía que aferrarse a algo si quería realmente comenzar otra vez. El camino no iba a ser corto, ni mucho menos fácil, pero se había jurado para sí que consumiría su venganza tarde o temprano. Reclamaría lo que el mundo le ha robado, hasta alzarse en el lugar que le corresponde por derecho.

Deshacerse del Marcado era el primer paso. En un callejón, comprando un poco de polvo de perla, encontró su muerte. Balú había matado al comerciante unos días antes, ya conocía sus vicios, vendría como todas las semanas cuando supiera que su especia se le estaba acabando. El choque de poderes fue breve, demasiado breve, Balú había esperado al menos que lo agitara un poco. Sus estigmas eran más poderosos, él había obtenido la joya un año antes después de todo, aunque ahora ya no le pertenecía. Sucumbió rápidamente, se dobló de dolor, gimió hasta que su vida se le escapó con un último aliento. Balú casi sintió lástima, pero había prometido enterrar muy profundo esos sentimientos, así que profanó su piel como lo había planeado. Así entro al Castillo, así se ganó el favor de Lord Doraedon, así empezó con sus experimentos, escondido de todo y de todos.

Entonces empezó a encontrar sus respuestas. Todo conducía a su lucha en el Coliseo de los Golems. Realmente debía estar muerto. ¿Cómo su cuerpo y su mente habían podido escapar de la oscuridad? Las primeras observaciones se centraron en los conjuros que recibió. Después, lo que se hizo a sí mismo para curarse, y luego el agua contaminada que tuvo que beber del rio Ness (que era básicamente un caldo de pociones de todo tipo). Pensó y pensó, y la respuesta era la misma. La Nigromancia había sido combatida hace cientos de años y estaba completamente prohibida. No quedaba nadie en el mundo que la practicara, y todos los libros que hablaban de ella habían sido quemados hasta las cenizas. Ese era el punto, no había guía para esto, pero tenía que hacerlo, debía hacerlo, no estaba dispuesto a vivir como un Marcado. Así que lo intento más, y un día un poco más, y así fueron llegando los resultados. Poco a poco. Muy lentamente. Pero la gente en el Castillo había comenzado a sospechar, desde los guardias hasta las lavanderas y cocineros, nadie se fiaba de su nueva rutina de trabajo.

La Casa Sidur tenía uno de los más grandes templos al Dios Oron, la fe de su corte era incuestionable. De puertas hacia dentro, por supuesto, era una cosa completamente distinta. El seboso anciano organizaba un sin número de orgias en su Palacio privado en donde participaban los propios hijos de Lord Doraedon. Atrás habían quedados los años de Lady Blanca, si pudiera ver en lo que han convertido a su familia se volvería a morir sin lugar a dudas. El tráfico de esclavas se había duplicado en apenas dos años, y no se detenía, al punto de que en muchos campos se llevaban a las mujeres de los campesinos. Algunos nobles ya se estaban armando a las afueras de la ciudad, tenía que darse prisa, podía ser esta una última oportunidad en mucho tiempo. Y ahora, con los rumores de que uno de los Marcadores de su Señor practicaba artes oscuras, la rebelión estaba a la vuelta de la esquina. Explotaría en cualquier momento. Tenía que hacerlo, antes de que fuera demasiado tarde.

El cuerpo de la mujer, calculó, se encontraba a mitad de sus treinta. Le habían cortado el cuello, el cuchillo la había rajado de canto a canto dejando una especie de boca semiabierta. Por la forma de su cuerpo, rápidamente dedujo que era una campesina: mejillas gordas, tetas firmes, y un culo precioso y bien formado. Nada comparado a los raquíticos huesos de las rameras que su Señor tenía en su harem. Probablemente no se había dejado coger, o no había dejado que se la cogieran una segunda vez. Balú la observo un poco más. Una vez al mes, Lord Doraedon le enviaba a una de sus concubinas a complacerle. En todo el tiempo que había estado en el Castillo ni siquiera había recibido una mamada decente. Una vez, cansado de martillar un coño ridículamente flojo, se había decidido por obligar a la zorra a hacer un anal. El resultado había sido el mismo, incluso peor. Frustrado, en muchas ocasiones ni siquiera había terminado. Llevaba mucho tiempo sin correrse como es debido.

Su trabajo ahora era muy sencillo. Deshacerse del cuerpo. No era la primera vez que lo hacía, a decir verdad, lo hacía con menos frecuencia de la que él anhelaba. Tenía que diseccionarla, y empezar a meter sus órganos y huesos en frascos para poder estudiar las reacciones en sus experimentos. Ya tenía que haber empezado, el guardia bajaría en cualquier momento a comprobar que las ordenes se habían cumplido. Sin embargo, hoy, era distinto, Balú no podía moverse, no podía dejar de admirar las carnes de esa mujer, su coño hinchado parecía llamarle, esas redondas tetas que tocaba y que eran tan suaves, le habían hecho tener una erección. Había llegado la hora de poner a prueba su más grande conjuro, estaba muy nervioso, llevaba meses intentándolo con toda clase de alimañas y los resultados habían sido a medias. Algunos habían salido muy bien, otros… habían sido un completo fracaso. Pero ahora tenía al más perfecto espécimen, nada comparado con las ratas a medio comer que había encontrado en las alcantarillas o los perros muertos por la Lagrima Verde que había recogido de los callejones. No. Y aunque muchas veces estuvo tentado de hacerlo con una de las concubinas de su Señor, algo lo retenía en su interior. Pero en esta ocasión, el fuego en su pecho le indicaba que era la correcta.

Extendió ambos brazos en toda su longitud, las palmas de sus manos (cortadas previamente) empezaron a sangrar. El líquido vital poco a poco se fue extendiendo en un diminuto rio que rodeaba los tres semicírculos dibujados en el suelo. Recito la oración de los muertos, maldijo al Dios Oron una docena de veces y llamó desde las entrañas de la tierra al profeta hereje Berus, señor de los abismos. Sus estigmas se retorcieron en su carne y empezaron a abrirse como flores en su piel. Elevo su magia lanzando sus mejores hechizos sobre el cuerpo de la mujer, y cuando por fin terminó, cayó exhausto, temblando y con la cabeza a punto de reventar. Se sostuvo de la mesa de disección para observarla, ni un solo cambio, toco piel y seguía tan fría como antes. Abrió su boca, sus pupilas, nada tampoco. El guardia no tardaría en bajar, y lo único que había hecho era perder el tiempo. Encima, su disfraz se había roto, tenía trozos de piel colgando de las mejillas que le daban un aspecto pesadillesco. Grito de rabia, tiro de sus frascos hasta hacer trizas su laboratorio. La cólera se había apoderado de él a tal grado que le era imposible controlarse.

— ¿Quién eres tú? ¿Dónde estoy? Por un momento se preguntó si la voz no había salido de su mente. Pero luego hablo una vez más. 
— No recuerdo mi nombre—sollozó—¡Por favor, tienes que ayudarme!

Se giró, sus ojos no podían creer lo que le mostraban. Como aquella vez en las habitaciones de Egion, negó para sus adentros lo que estaba viendo. No había querido ver la traición en ese entonces, y ahora se sentía incapaz de contemplar su mejor obra. Sencillamente le parecía tan irreal haber tenido éxito, y tuvo miedo después de mucho tiempo. Porque estaba viva. Viva, y el color a su piel había vuelto, el rubor a sus mejillas, su aliento, y ese cuerpo que con cada bocanada de aire le volvía loco. Sus pezones se habían endurecido, apuntaba con rebeldía directo hacia él. Culpándolo quizás de lo que había hecho, reclamándolo. Sus pequeñas manos apenas cubrían ese coño que tanto había admirado minutos antes.

— Soy tu amo—ordenó, haciendo el mejor conjuro que conocía de sumisión—¡Obedéceme! 
— Oh… Dios mío, tu rostro. ¡Ohh no! ¡Aléjate, que alguien me ayude!

Una seguidilla de conjuros llegó en respuesta a su grito. Ninguno funcionó. Estaba perdiendo la paciencia, si sus gritos alertaban al guardia todo habría sido en vano. Maldijo su suerte, y antes de que su desesperación se desbordara tuvo una idea. El conjuro fue demasiado fuerte, a una persona común y corriente podría incluso matarla. La mujer cayó, y rápidamente tomó su frente para hacer uno de los conjuros prohibidos que había rescatado de una piedra de las mazmorras de la Fortaleza de Egion. Si daba resultado o no, eso estaba por verse. Tenía solo un par de minutos, así que se dio prisa. Arrancó cada uno de los trozos de piel de su cuerpo rápidamente. Se desnudó, para asegurarse de que no le quedara ninguno. Antes de que pudiera cubrirse con su túnica la mujer le llamó.

— ¿Quién eres tú? ¿Dónde estoy?

Perfecto. Ahora venía lo más difícil, había extraído todos sus recuerdos y ahora se revolvían en su cabeza inquietos. Era como leer un libro puesto al revés. Tenía que concentrarse si quería tener éxito esta vez.

— Soy Caleb, ¿me recuerdas? —preguntó Balú—trabaje en la granja de tu padre el año pasado. Estuvimos… juntos. Las cosas no salieron muy bien después de que tu padre nos descubriera. Dijiste que te esperara a los pies de la muralla de Amron, pero nunca llegaste. Un hechicero me ayudó con el disfraz. Siento haberte asustado. 
— Oh, Caleb, no pude llegar. Mi padre no me dejo salir de la casa durante semanas. Poco después escuche un rumor de que que te habían reclutado en la Guardia Carmesí… — ¡He vuelto! Eso ya no importa, vi a tus padres. Como imaginarás, están devastados. Ven conmigo, Nina. Por favor, no me temas.

¿De qué servía volverlos a la vida si no le iban a obedecer? Pero al menos podía manipular sus recuerdos. Tenía que encontrar más de una debilidad. Hizo una mueca, si hubiera sido más precavido esos rumores y ahora todavía conservaría su laboratorio. Se había dejado llevar. ¿Cómo iba a hacer sus experimentos con ella sin sus herramientas? ¿Ella le dejaría? Otra vez había comenzado a divagar, y ni siquiera estaba seguro de poder escapar ileso del Castillo.

Cuando la mujer corrió y le abrazó, Balú no pudo disimular su erección. Podía sentir sus pezones aplastarse en su pecho, su calor. Le pidió que le abrazara y así lo hizo, luego empezó a hacer ruidos extraños y respirar tan rápido que parecía que se le escapa el corazón. Gimió en su oreja, empezaron ambos a salivar mientras se miraban profundamente, luego tomo su mano y la llevo a su coño. Estaba en llamas, encharcado, nunca había sentido algo así. Sus jugos empezaban a raudales y el lívido en su mirada estaba haciéndole perder la razón.

La besó, y desesperado tomo ambas tetas con sus manos. Estaba ardiendo, toda ella. Metió uno de sus pezones en su boca y se detuvo a estudiar su sabor, era delicioso, completamente delicioso. Ella le tocó la polla y empezó a jalársela con vehemencia. Balú respiró hondo y tomo su otro pezón, no dejo de acariciar su cuerpo, ahora su coño estaba todavía más húmedo. Chupo ambas tetas hasta que se cansó, ahora mismo le parecían las mejores tetas que había visto en su vida. Se detuvo para admirarlas al fulgor de las velas, luego las llevo a su boca otra vez. Las devoraba, casi queriendo arrancárselas, y ella no dejaba de pajearlo con la misma fuerza. Se corrió primero, en un grito quizás más fuerte que cuando despertó. Tembló en sus brazos, hasta casi desmayarse y le sonrió. Balú sonrió también. Cuando por fin se puso de pie, ella quiso hacer lo mismo, pero no le dejó. Tomo su barbilla y le hizo un gesto con la mano señalando a su polla. Entendió al instante, por fin iba a recibir la mamada que tanto estaba esperando.

Se ahogó un par de veces, pero lo hizo mucho mejor que las otras rameras. Había verdadera pasión, sus ojos no dejaban de mirarlo mientras lo hacía y apenas su pequeña boca envolvía la cuarta parte de su polla. Estaba orgulloso de su miembro, en las duchas de la Fortaleza de Egion muchos de sus camaradas se habían quedado mudos con la longitud de su polla. Superaba los veinte centímetros, eso estaba seguro. Y ahora la pobre Nina, sufría cada centímetro en su boca. Balú empujo su cabeza con su mano izquierda, pero no logro avanzar más que unos centímetros más, ni siquiera le llegaba a la mitad, quiso obligarla, pero pensó en algo mucho mejor.

La levantó, haciendo que colocara ambas manos en la mesa de disección. Le azotó con una fuerte nalgada haciendo que empinara su culo, iba a colocar su polla con violencia, pero no se pudo resistir. Bajo besando su espalda para concentrarse en esas gordas nalgas, las amaso con aun más fuerza que sus tetas, las lamio con lascivia. Luego de admirar su humedad goteando cada vez más enterró su cabeza en su culo, su lengua se movió arriba y abajo hasta alcanzar su clítoris, se detuvo ahí. Nina estaba a punto de correrse nuevamente, pero esta vez no le iba a dejar. Esta vez terminarían los dos juntos, así que acomodo su polla rápidamente y poco a poco, la penetró. No iba a ser amable con ella ahora, la mamada había sido una cosa. Esto era completamente distinto. Azotó con fuerza ambas nalgas obligándola a recibirla toda. La saco, escupió en su coño y la volvió a meter, estaba muy apretada. Quería ver como sus nalgas rebotaran en su ingle, así que le volvió a azotar y repitió la misma operación una vez más. Sus gemidos ahora eran gritos, se retorcía de placer. Tomo sus tetas y aumento el ritmo, sus ojos le rogaban que la besara, tocaron sus lenguas, se abrazaron en una danza de lujuria y perversidad. La ultima nalgada resonó y Balú casi estaba seguro que se había podido escuchar en todo el Castillo de Ibenai. No se detuvo en ningún momento, su juicio se nubló por completo.

Empezó a tomar ella la iniciativa, sus caderas bailaban con cada empellón. Balú subió primero una de sus piernas a la mesa, ya estaba, casi toda su polla, faltaba muy poco, así que subió la otra. Ahora la espalda de la campesina llamada Nina estaba completamente arqueada recibiendo todo el peso de su amante, los pies de ella casi parecían flotar con cada pollazo. Lo había logrado, por fin, y acelero con furia en su celebración. Gimió más alto y le imploró que no se detenga, le rogo que le rompiera su coñito. Balú flexionó ambas piernas todavía más, la escena era brutal, su miembro desaparecía por completo en su posición favorita. Rodeo con sus brazos su pequeña cintura, ya era hora. Los pies de la campesina hacían rato que habían abandonado el suelo, iba a correrse, ella también lo sintió, el sonido de sus cuerpos anunciaba el final. El orgasmo llegó con un bramido de ambos. Ni siquiera ahí Balú se detuvo, se aseguró de correrse completamente, de vaciar cada gota de su semen. Poco a poco el ritmo fue bajando hasta que se detuvo en leves contracciones.

Cuando Balú extrajo toda su polla, el coño de esa mujer exploto en una cascada de su semen, no dejaba de caer. Azotó cada nalga, el primer asalto había estado bien, pero aún tenía mucho para dar. Cuando la mujer se giró para verle, su mirada fue de horror, como cuando lo vio con la piel del Marcado. No tenía fuerzas en las piernas, pero aun así se arrastró lejos de él implorando que no se le acercara. Balú intentó persuadirla y fue ahí cuando se dio cuenta de que también le faltaban las fuerzas. Se alejó gateando hacia una esquina, y tomó uno de los candelabros amenazando con quemar el laboratorio.

— ¿Pero qué demonios está pasando aquí?

La mirada del guardia barrio la habitación para encontrarse con dos cuerpos desnudos y completamente desconocidos. Al menos uno, aunque Balú no supo diferenciar que lo horrorizo más, encontrar a un hombre que no era el Hechicero Marcado, o que una de las mujeres que su Señor había asesinado hace unas horas estaba completamente viva. Sea cual sea el caso, desenvaino su espada, y comenzó la batalla. Un conjuro rápido lo arrojó a la pared, pero no fue lo suficientemente fuerte.

— ¡Herejía! —gritó. Mientras se levanta doblemente furioso.

El arte de la espada no era su fuerte, pero había demostrado que era un buen espadachín en la Fortaleza. Tomo una de los cuchillos que están dispersos en una mesa, esquivo uno de sus ataques y enterró la hoja en una de sus costillas. Cayó maldiciendo, Balú arrojo su espalda lejos de él, y le enterró otro cuchillo debajo del que ya tenia incrustado. Pataleó media docena de veces hasta que por fin dejo de moverse.

— ¿Qué me está pasando?

Había sangre en el suelo, más sangre que lo que debería. En un rincón, su mejor obra sostenía su mano aterrorizada. Se acercó a ella, se había cortado en la palma, una línea que calculó media centímetro y medio, muy pequeña, casi imperceptible, sino fuera por la sangre que no dejaba de correr. Escapa a raudales, y Balú solo pensó en cuando le extraen la sangre por completo a un cadáver. Se levantó para tomar nota en sus libros, vio la forma, el comportamiento, alcanzo a tomar una muestra, pero no pudo hacer más. Los conjuros no servían de nada y poco a poco, vio como la vida que el había traído de las profundidades se apagaba sin que pudiera hacer nada. Al final su cuerpo quedo deformado como si fuera una maldita pasa, su carne y huesos se disolvieron para formar un pequeño cerro de mierda.

— ¿Acaso pensaste que iba a ser tan fácil? —dijo— Eres un idiota.

Tomo todos los libros que pudo y se envolvió a su túnica. Todavía tenía que salir de una pieza de ese maldito Castillo.

Ukar 
El filo

Ukar corría, las gruesas cadenas que se agitaban rotas de sus muñecas le recordaban que no todo estaba perdido. La batalla había terminado, y el Clan de su padre, de su familia, de su tribu, había caído. No podía culpar a su padre de haberlo intentado, ni a los otros señores de su Clan. Habían sido unos necios, por supuesto, desde un principio sabían que les superaban por cinco hombres a uno. Pero en la guerra no había lugar para la compasión, y eso lo sabían también. Lo habían vivido. Así que el Clan se alzó en armas con todos sus guerreros, incluyendo a aquellos que eran demasiado jóvenes como Ukar, y los habían lanzado a la batalla con la esperanza de encontrar algo parecido a la victoria.

Tres mil hombres, y no había sido suficiente. Hace muchos años su padre le había dicho que el tamaño de su ejército era diez veces más. Pero la plaga escarlata había acabado con casi la mitad, y se habían visto obligados a dividirse, algunos huyeron a Arathur, buscando el cobijo de alguna de sus grandes Casas, y otros habían caído en el asesinato a sueldo, sirviendo al mejor postor. Pero de estos últimos, su padre jamás se había referido a ellos con desprecio. En cambio, a lo que hizo el resto, no pudo sino maldecirlos en cada oportunidad que se le presentó.

Cinco Clanes protegen El Filo; como había designado Oron, El Mendigo, en los primeros años de los hombres. El Filo separa los continentes de Stridall y Kabarta en un estrecho de mar de apenas un par de kilómetros. Aunque algunas tribus aun comercian, el continente de Kabarta es más conocido por sus hombres lagartos, temidos en todo Stridall desde la Guerra del Vacío. Una guerra que duro décadas, y desangró a los reinos de Arathur, Esith y Lotrend, solo cuando todos los magos supremos conjuraron el Qab lograron detenerles. El precio fue el reino de Crahagon, reducido a cenizas sobreviviendo apenas un puñado de sus altos elfos, de su maravillosa tierra solo quedó el recuerdo.

Pero los hombres lagartos no habían vuelto a salir de Kabarta, y las tribus que ahí vivían solo comerciaban frutas exóticas por ganado de todo tipo. Los historiadores afirman que los únicos animales que habitan Kabarta son serpientes de todo tipo y lagartos moteados que pueden alcanzar los dos metros. Poco o nada, se sabe de sus habitantes más que son de naturaleza completamente salvaje. Aunque el reino de Arathur considera a los cinco Clanes igual de salvajes, o incluso peor. Los que no se arrodillan, con el tiempo se vuelven una molestia. Después de todo, las guerras entre los clanes son el pan de cada día, y están cansados de llevar ejércitos a parlamentar.

Pero así era El Filo, y Ukar, al igual que su padre amaba su tierra. El odio que sentía a ese grupo de desterrados se debió a su naturaleza, su finalidad, una que buscaba desesperadamente el caos, la anarquía. Iban de clan en clan, sembrando la discordia en los suyos para luego apuñalarlos por la espalda en el momento justo. Habían unificado ya tres clanes, con la cabeza de cada señor empalada en la puerta de su ciudad. El reguero de sangre no se detenía, aquellos que se oponían eran masacrados hasta que no quedara nada de ellos. Y quien los dirigía, no era ni más ni menos que el hermano menor de su padre, Garoth. Quien años le había advertido que se uniera a su causa pero que su padre había rechazado con rotundidad.

Garoth siempre había tenido celos de su padre, de su posición en el Clan, de sus señores que le seguían, de la fidelidad de sus hombres. Nunca se había sentido conforme, y aunque su padre estaba seguro que había alguien entre las sombras detrás de él, no podía tapar el sol con un dedo. Tenía que ajusticiar a su propio hermano él mismo. Y aunque todos rugieron en la batalla, siguiendo las ordenas hasta el último momento, la derrota fue inminente. Ukar fue encadenado y su padre fue llevado al centro de su hogar por el propio Garoth, quien quería cortarle la cabeza en medio de su pueblo para que admiraran su obra.

Por supuesto, no habían caído sobre ellos a ciegas. El plan era perfecto, pero habían caído en una emboscada, los habían traicionado. Conocían la hora y el lugar, cuando lo tomaron prisionero algunos automáticamente se rindieron, conocían que estaría ahí, en un grupo ladera abajo, detrás del Gran Colmillo. Ukar jamás pensó que era su final, y cuando por fin estuvo lo suficientemente alejado del resto de prisioneros, se abalanzo sobre sus guardias dándoles muerte rápidamente. Su fuerza, a sus quince años, solo era comparable a la de su padre. Y su furia, esa noche, no conocía límites.

Ukar descendió desde la ladera sur de la montaña a su Ciudad. El humo podía verse desde lejos, tenía que salvar a su madre al menos, quizás por fin arrodillarse y pedir asilo al último de sus clanes para él y su pobre madre. Así que se apresuró todavía más, conocía un atajo, solo se detuvo cuando veía asomar a los guerreros de Garoth para ocultarse bajo cualquier risco. La noche le alcanzó y con ello la lluvia. La Guardia en la cercanía de su hogar se redujo a menos de la mitad. Oron, estaba de su parte. Saltó unas rocas y fue directo al primer guardia que vio distraído.

Le rompió el cuello con poco menos que un quejido. Atravesó una de las granjas, trepó a su techo y vio a su padre encadenado a las puertas de su salón. Estaban en su hogar, aunque todo estaba demasiado tranquilo. Hacia horas que no escuchaba el llanto de las mujeres y niños. Todo parecía en paz, incluso había visto a varios guerreros de su padre entrar y salir de sus cabañas como si no hubiera pasado nada. Sintió un retorcijón en el estómago, lo único que escapa a lo común era su padre arrodillado hecho un guiñapo.

No era tan estúpido como para ir contra los guardias que rodeaban a su padre. Evidentemente, las alarmas harían salir a hombres de todas partes y lo masacrarían en cuestión de segundos. Rodeó el salón hasta la cabaña de sus padres. Se arrodilló con la lluvia golpeando su cuerpo, y descendió por la pared que daba a su habitación. Destrabo las tablas con facilidad, había escapado de casa en varias oportunidades para, o bien ver a los hombres combatir en el Coliseo o meterse en la cama de una muchacha que le había mirado con suficiente atención.

Avanzó gateando, clamando a Oron para que nadie le escuchara, llegó a la habitación de sus padres con la esperanza de encontrar a su madre viva. El Mendigo le había escuchado, pero no en el modo que hubiera querido. Los gemidos aumentaban de volumen en cada paso que daba, rasco con uno de sus dedos entre medio de dos tablas y los vio con mayor claridad. Garoth, el ser que más odiaba, se movía como una serpiente encima del cuerpo de su madre, que gemía sedienta de placer. Las manos, esas manos que le habían levantado en tantas ocasiones, sostenían fuerte el trasero de Garoth, impidiéndole retroceder en las acometidas que recibía. Garoth casi masticaba su pezón derecho, Ukar sabía que su madre era joven, más joven que cualquiera, la más bella, y la más sabia, por eso su padre la había escogido. Algunas veces había visto al algún Señor mirarla con algo más que simple familiaridad. Atraía a todos los hombres de su Clan, ahora lo sabía, y Garoth no era una excepción.

— m…ta…lo… ¡Ahh!¡Ahhhh! ¡Ahhhhhh!

No entendía lo que decía, Ukar no podía dejar de ver la sonrisa de su madre, un rostro que desconocía, desencajado completamente y entregado al placer. Entregada a su captor, al hombre que iba a destruir a su gente, su pueblo, y que había traído a su marido para asesinarlo.

— ¿Quién es tu hombre, zorra? ¡Dilo! —gritó. 
— Tú, Tuuuuuuu……¡Ahh, mi amor, no pares, no te detengas!

Las caderas de Garoth se movieron aún más vertiginosamente. Su trasero, que era una maraña de pelos, subía y bajaba sin piedad del coño de la mujer que tanto había admirado toda su vida. La madre de Ukar estalló en un largo gemido, se había corrido. Garoth la puso de costado y por fin pudo ver con claridad su dilatado coño. Estaba muy rojo. Garoth la tomo por detrás haciendo un movimiento que no alcanzo a entrever. Luego todo comenzó a otra vez, con el mismo ritmo y con el doble de lascivia. Le había tocado el turno al otro hoyo de mamá.

— ¡Ahh, Dios! ¿Qué me haces? ¡Por favor, para! ¡Ahhhhhh, Ahhhhh, Ahhhhh! 
— Maldita zorra, ya verás —apretó los dientes y aceleró con todas sus fuerzas— ¡Dime que pare ahora, zorra! ¡Vamos, dime que pare! 
— ¡Ahhhh… nooo! ¡Sigue…! ¡Ya casi…! ¡Otra vez…! ¡Sigue…! ¡Sigueee…! ¡Sigueeeee….! 
— Grita mi nombre, zorra. Quiero que todos en la aldea te escuchen, quiero que el cerdo de tu marido te escuche, que cada uno de los hombres que se arrodillen esta noche sepan quién es su nuevo señor. ¡GRITA! ¡GRITAAA! 
— ¡Garooooothhh! ¡Oh, mi Dios! ¡Me corroooo….! ¡Ahhhhhh!

Garoth se levantó en un instante, tiro de su largo cabello a la mujer que ahora le pertenecía y la obligó a abrir la boca. Se encargó de encajar toda su polla hasta la garganta, sus labios ahora besaban los vellos de su sexo. Y se corrió, conteniendo su cabeza para que no se moviera un centímetro y tragase su semilla. Ahí se quedó, hasta que tragara hasta la última gota. Ukar no calculo el tiempo, pero para él fue una eternidad, la saliva de su madre chorreo desmedida, y su cara empezó a amoratarse hasta que por fin se le ocurrió soltarla. Abrió su quijada con sus propias manos para mostrarle que no quedaba nada. Asintió satisfecho.

La espada de Garoth descansaba cerca de donde estaba Ukar. No iba a tener más oportunidades, con rabia asesina emergió de la oscuridad cortando la espalda de Garoth. Un maldito rasguño, la suerte le había abandonado hace largo rato esa noche.

— ¡Maldito seas Garoth! ¡Te maldigo en nombre de Oron! 
— ¡Y yo te maldigo en el nombre de Berus! — gritó, carcajeándose.

La piedra que impacto de lleno en su cabeza le hizo caer de rodillas, la sangre escurría desde sus hombros y cuello. La espada pesaba tanto que la abandonaron sus dedos. Cómo podía terminar así, de esa forma. No tuvo el valor para verla, simplemente se dejó caer. No quería verla, ya no había necesidad.

— Sáquenlo — ordenó, Garoth— es hora del espectáculo.

Levantaron su rostro para que pudiera contemplar el de su padre. Su rostro era severo, como cuando le regañaba por escaparse o por no obedecer las leyes del Clan. Había sobrevivido y la había cagado, era eso. No, talvez solo quería que madurara de una vez por todas y aceptara la crueldad de este mundo. Un centenar de hombres, mujeres y niños les rodeaban, sin despegar su mirada. Ahí estaban los hombres de su padre, y también los amigos de Ukar, aquellos con los que había crecido, todos y cada uno, y los miraban con resignación. Ukar los aborreció, los maldijo para sus adentros, sobre todo a esa mujer.

— Mátalo— dijo, a secas — Mátalo de una maldita vez. 
— ¿A cuál de los dos? — sonrió divertido, Garoth. 
— ¡A ambos! Acaso crees que lo golpeé esperando que lo perdonaras —dio un largo suspiro— Deja de darle vueltas al asunto y terminemos con esto ¡Cumple tu palabra! 
— La mierda con las prisas — escupió —¿Sabes? —preguntó, dirigiéndose a Ukar— Planeaba traerte aquí de todos modos. A diferencia de tu padre, tú siempre me has cambiado bien. Sin embargo, viéndolos ahora, es imposible no resistirse. 
— Confiaba en ti, Mara— masculló Tanam, jefe del Clan de los Lobos.  
— ¡Mira quien abre la boca por fin!—gritó Garoth. 
— Voy a ser la Señora de cuatro planes y pronto, de cinco. Y no tendré que compartir la cama con un vejestorio como tú nunca más— le espetó.

Garoth llamó a uno de sus guerreros.

— ¿Dijo, señora? ¿O escuché mal?

El padre de Ukar se levantó sorpresivamente partiendo la nariz de su antigua esposa con un cabezazo. La sangre se dejó ver con facilidad. Una decena de hombres armados le golpearon hasta arrodillarlo otra vez. En el fondo, la carcajada de Garoth había empezado a tomar fuerza. Sus guerreros le acompañaron en coro, incitándole a que se levantara otra vez.

El Filo aullaba con impaciencia, y las olas rompían en los peñascos aplaudiendo perversas. Decían que la caída desde arriba era mortal. Ukar tragó saliva. ¿Tendría el valor para comprobarlo?

— Muere anciano, muere, muere, muere.

Las puñaladas no paraban, y los ojos de Ukar se llenaron de dolor. Sintió que todo lo que había vivido ahora no merecía la pena. Hubiera dado todo, lo que sea, por no ver como su madre apuñalaba el cuerpo de su padre una y otra vez.

— Ya basta— dijo Garoth —Quítenle ese cuchillo. 
— ¡Maldito, no hiciste nada! ¡Mira como me dejo la…!

El mismo cuchillo fue a parar a su garganta, en un instante se contorsionaba en la tierra, sus manos subían y bajaban de su cuello, pareciendo no creer lo que estaba sucediendo.

— Zorra, ese era mi hermano después de todo. Merecía una muerte mucho mejor, porque crees que hice dibujar este círculo. Quería matarlo yo mismo, con propias manos, en una lucha a muerte como en el Coliseo. ¿Señora? Tú no eres una señora, eres una ramera, y tú por otro lado eres…

Ukar miro a su padre por última vez y se arrojó al mar. Cerró los ojos, iba a ser una larga caída.

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