Ir al contenido principal

LANZA DEL ANOCHECER/CAP. I


Capitulo I 
Siete años después 
Ash 
Mount Hill

      Bueno viejo, aquí estamos —dijo Bobby, deteniéndose al final de la carretera que unía Pinewood con la civilización. El corazón del parque nacional de Silver Lake era una de los lugares más místicos y alejados del mundo— ¿seguro que puedes llegar por tu cuenta a ese lugar?

Seguro o no, Ash bajo del auto para estirar las piernas. Habían sido más de cuatro horas de viaje y tenía las articulaciones entumecidas y la espalda completamente magullada. En teoría debería llegar a Mount Hill en menos de media hora y por nada del mundo quería pasar un minuto más en la pequeña caja de zapatos de Bobby Shelton.

      Tengo cobertura y el google maps activado así que creo que estaré bien. 

A pesar de que las mejillas de Bobby se ensancharon, no pudo evitar mirarle con gesto de preocupación. Se habían detenido a mitad de la nada, en medio de unos de los parque más grandes y densos del país, y aunque a Jacob tampoco le parecía buena idea, quiso aligerar el ambiente describiendo la fantástica naturaleza que les rodeaba.

Era un cálido día de verano y la vista era impresionante, con cada fresco de aire puro Ash sentía como el espíritu de la montaña abrazaba su cuerpo cansado, casi preguntándole porque había tardado tanto. Suspiró y de pronto se sintió muy bien, habían sido siete largos años y se moría de ganas de pisar el suelo de madera de su casa a orillas del rio.

      Quédate a almorzar —sugirió Bobby —¡Jacob y yo nos morimos de hambre! —La señora Carson los miro de soslayo con evidente gesto de molestia, se abanicaba el rostro con la mano una y otra vez a pesar de que el aire acondicionado del auto estaba al máximo, parecía demasiado impaciente por continuar.  

Cuando Jacob le confesó que él y su madre finalmente se mudarían a las costas de Tremont, pensó que era la oportunidad perfecta. Su lesión en el hombro le había terminado por costar la beca deportiva que tanto se había esforzado en conseguir años atrás y estaba devastado, así que, después de pensárselo por un tiempo, había decidido dejar la gran ciudad para regresar a casa. Lo que no había esperado, era sufrir tanto en mente y cuerpo durante el trayecto. La presencia de Yelena Carson y las palabras de Bobby la noche anterior le habían dejado muy confundido.

Había conocido a Jacob y Bobby en su primer año de universidad, ambos llevaban siendo pareja desde secundaria y prácticamente vivían juntos así que compartían sus historias. La pasada noche, mientras cenaba con Bobby en un restaurant local y le confesaba (para su horror), que viajarían en su pequeño chevy, le empezó a relatar una historia a todas luces inverosímil.

Todo había comenzado después del divorcio de los padres de Jacob, hace aproximadamente unos seis meses. El pobre vendedor de seguros había encontrado en su propia cama a su mujer y a su amante revolcándose como animales en una escena dantesca. Por supuesto, había solicitado el divorcio de inmediato, quien, para su asombro, lo obtuvo sin rechistar y en un parpadeo junto a las maletas de Jacob.

Al parecer su padre nunca había aceptado su homosexualidad y Jacob se había cansado de él. Además, no solo había echado a perder la relación con su único hijo, sino que había desgastado con los años su matrimonio al punto de no retorno en una absurda indiferencia a su bella y despampanante esposa.  

Ese tipo era realmente estúpido, en eso coincidía con Bobby, esos cuernos se los había ganado a pulso. El detalle era que la transformación de Yelena Carson no cabía en el mismo plato, no a ese punto.  

Solo había conocido a la madre de Jacob por las fotografías familiares que él mismo les compartía. Francamente, se veía muy sexy, una MILF que a su edad mantenía una figura esbelta, senos llenos y caderas anchas que dibujaban en ella una figura perfecta de reloj de arena. Para los estándares de Ash quizás no en la cantidad que él adoraba, pero si debía admitir que tenía lo necesario para llamar la atención.   

Después del divorcio se había mudado con Jacob a un viejo edificio a unos treinta minutos de la universidad. Luego de un par de semanas, y como era de esperarse, Yelena Carson rehízo su vida sin ningún problema, recuperando un poco de su vida social que le había sido negada de forma injusta.

Por supuesto, las citas estuvieran a la orden del día y Jacob se terminó acostumbrando a su nuevo estilo de vida. Bobby, en cambio, comenzó a asustarse poco a poco.

Digamos que, Yelena Carson no sentía conforme consigo misma.

      No tengo hambre y prefiero caminar— dijo, acomodándose su mochila, tratando en lo posible de no mirar el escote de la señora Carson.

Ash había escuchado unos cuantos rumores al respecto. Por supuesto, había tomado con humor todo el asunto hasta la otra noche. Para ser más precisos, había sido completamente escéptico hasta el momento justo en que Bobby le enseñó una fotografía de una cena hace pocos días.

La señora Carson había cambiado. Literalmente. Es decir, era otra mujer.

Para empezar y según Bobby, había renovado por completo su armario con los más apretados y ligeros atuendos que enmarcaran sus atributos. Como Ash recordaba, la señora Carson ya era sexy, así que su nuevo estilo juvenil hizo saltar por los aires toda su bien formada fisionomía exhibiendo sus turgentes senos y su culo lleno y respingón.

Pero las cosas no se detuvieron ahí, la señora Carson empezó a llamar la atención de toda clase de hombres en una campaña de desenfreno sexual sin precedentes. Ash estaba al tanto de un par de historias que habían estado rondando en las redes sociales, pero nada parecido a lo que Bobby le había contado.

No solo se acostaba con quien le plazca, había empezado a salir con con varios hombres acomodados de la ciudad. Los rumores decían que la habían visto de la mano entrando a hoteles muy caros con políticos y hasta jóvenes deportistas de la ciudad de Pinewood y Bobby juraba que era verdad. Él mismo le había visto con la mitad del equipo de Ash una noche en un bar local. Las historias que contaban esos chicos eran increíbles.

Ahora entendía porque bromeaban de forma estúpida cuando lo escuchaban hablar con su amigo por teléfono. ¿La mitad del equipo? ¡Santo Cielo! ¡Se había convertido en una puta total! Desde luego, esa había terminado siendo una de las razones por la cual habían decidido mudarse. Bobby le contó que una noche Jacob y su madre hablaron al respecto, y entre lágrimas su madre le había dicho que no podía parar.

Para Jacob, tantos rumores malintencionados le hicieron tener esa noche un ataque de ansiedad. Bobby no estaba seguro. Habló de un sello…  algo de que se había roto, que era inevitable, que los cazadores vendrían a por ella y tenían que huir.

Sus palabras no tenían ningún sentido. Y su apariencia menos.

Durante todo el trayecto, Ash se había sentado en el asiento trasero con ella y la señora Carson no le había dirigido la mirada en ningún momento, él en cambio, había estado constantemente comparándola con la mujer en la fotografía que Bobby le había compartido por teléfono. La misma que alguna vez había visto en la billetera de Jacob. No podían parecerse menos.    

No solo se trataba del corte de cabello, ropa, maquillaje y demás accesorios que hacen a una mujer cambiar de look de forma impresionante. Ni siquiera un montón de horas en el gimnasio. Ni siquiera un montón de cirugías. No podía reconocer a esa mujer como la misma que tenía en su teléfono. Era imposible.  

      ¡Jacob, acompáñame, necesito ir al baño! —dijo, acomodándose sus gafas de sol.

La fotografía que le había enseñado Bobby enmarcaba a una morena Yelena Carson de cabello corto y rubio apoyada en el hombro de su ex marido. A su lado y con sus mismos ojos verdes, Jacob la abrazaba llevándole más de una cabeza, su rostro amable, redondo y con ligeras pecas, brillaba en una sonrisa cálida como en la de un comercial de navidad.   

Nada tenía que ver con la voluptuosa pelirroja de rostro afilado y de piel nacarada como una perla que tenía frente a él. Su prístino rostro y los pequeños hoyuelos en sus mejillas la hacían ver como una mujer que estaba rozando los treinta y no los cuarenta, sus pestañas largas y sus ojos de un misterioso azul zafiro le daban un aura de erotismo que se magnificaba cada vez que enseñaba los dientes. Llevaba un piercing labret vertical en forma de anillo en la mitad de su labio inferior.

Imposible, se repitió para sí mismo. Y eso solo era de hombros hacia arriba.

Bobby le contó que las nuevas curvas de Yelena Carson la habían convertido en un símbolo sexual. No se equivocaba, su busto y caderas ahora sí eran lo suficientemente grandes para hacer temblar a Ash frente a su presencia. Sus tetas eran tan grandes como las de la actriz porno Angela White, y su trasero eran tan grande, redondo, y en forma de corazón como el de la leyenda Alexis Texas. 

Ahora que podía apreciarla en todo su esplendor pudo darse cuenta de otro detalle, la madre de Jacob era casi tan alta como él. Otra cosa que no tenía sentido comparándola con la mujer de la fotografía. Y, sin embargo, a pesar de sentirse confundido y algo asustado, no podía dejar de pensar en que la nueva señora Carson era perfecta. Demasiado perfecta, quizás.

Una buena cantidad de dólares en un par de cirujanos expertos debía ser la más obvia de las respuestas, pensó Ash, desechando las teorías paranoides de Bobby. Botox, un montón de plástico, lo que sea, además de todo el sexo que estaba teniendo la había llevado a vivir una segunda juventud, y Ash no se sintió capaz de juzgarla, después de todo, tampoco era un santo. 

A decir verdad, había venido a Mount Hill precisamente persiguiendo su pecado, enamorado como un idiota de un amor imposible.  

      Más te vale que mantengas los ojos abiertos en el camino, he oído un montón de historias en reddit de avistamientos de wendigos en este bosque —dijo Jacob, burlándose de él. Bobby le miró aterrorizado.

      ¡También voy a extrañarte, idiota! —contestó Ash, enseñándole el dedo medio — ¡Cuídense, buen viaje a todos!

***

A eso de las cuatro de la tarde Ash se rindió y envió un mensaje de texto a su tía para que viniera a recogerlo. Después de girar en un camino de tala, se había adentrado en un estrecho solo para encontrar una cortina de árboles que le había obligado a tomar otro estrecho aún más angosto. Seguir el maldito GPS había sido absurdo desde el principio, calculaba que había estado caminando unas quince millas dando vueltas y vueltas sin ninguna idea realmente de donde estaba.

Los arboles frondosos y verdes le habían parecido un escenario mágico y misterioso al principio. Ahora, después de caminar solo por más de tres horas, los ecos de la naturaleza se estaban convirtiendo en susurros llenos de una malicia inexplicable. Se sentía observado y vigilado en cada paso, como si el bosque estuviera esperando el momento para devorarle hasta sus entrañas, hasta un lugar donde nunca más pudiera regresar.

Gracias al cielo pudo darse un respiro. Después de llegar a una elevación del sendero había encontrado un camino de grava que lo había llevado devuelta a la carretera. Ahí se encontraba, en una vieja parada de autobús tratando de recuperar las fuerzas para continuar, sobre todo el valor para confesarle a su tía que había perdido la beca por una estúpida lesión. Sentía mucho decepcionarla, y se encontraba repasando las palabras correctas.

Justo en el momento en el que se vio tentado a emprender su camino de vuelta, un sonido familiar le sacó de su ensoñación, o más bien, unas largas y hermosas piernas. El sonido de alarma de una decena de notificaciones le había hecho levantar la cabeza solo para encontrar a una mujer al otro extremo del banco, a apenas un par de metros.

Casi estuvo a punto de gritar de la impresión, no la había sentido acercarse en lo absoluto, estaba concentrada en su propio teléfono tecleando a una velocidad que parecía que su vida dependía de ello. Tenía el cabello recogido en una larga cola de caballo que caía en cascada bordeando su prominente pecho hasta besar sus interminables piernas. Parecía más joven que él, de unos dieciocho años tal vez, su rostro le delataba, sin embargo, todo lo demás advertía de una mujer con un cuerpo capaz de ser portada de una revista para adultos. 

      Eh… ¿hola?

Cruzo las piernas y le miro de reojo con la misma atención que le daría a alguien a una mosca. Trago saliva, él en cambio no podía dejar de mirarla.

Su rostro era sensual y misterioso. Tenía ojos penetrantes y labios carnosos, curvos y sensuales. Su rostro de ligeros rasgos latinos la hacían lucir una sorprendente belleza natural.

      ¡Ehm…! —se aclaró la garganta — ¿de casualidad conoces Mount Hill?

      ¡Te odio! Lo sabes, ¿verdad? —preguntó, una voz a su espalda.

Un voluptuoso espécimen de aparentemente la misma edad que la chica misteriosa se encontraba jadeando con las manos en sus rodillas. Desde esa posición el abismo de su escote era más escandaloso que el de la señora Carson, sus tetas como enormes globos de carne parecían a punto de desprenderse de su sujetador deportivo.

      Dieciséis minutos y treinta segundos tarde —replicó, con una sonrisa burlona — ¿y los demás?

      Nikki no debe tardar… —dijo, respirando con dificultad — … me venía siguiendo de cerca. Jess un poco más atrás, junto a Reiko —respiro hondo y se irguió orgullosa, tratando de aparentar normalidad —  Kyle seguramente está arrastrando a los idiotas de sus amigos si es que no se rindió ya. El resto debe estar ahora mismo siendo torturado e insultado por la señora Henderson.

Cuando la chica de la cola de caballo se puso de pie, no pudo evitar compararlas. Al menos debían de ser copa DD cálculo, estudiando sus redondos pechos, gordos y llenos. Ambas llevaban leggins spandex hasta los tobillos que mostraban de forma pletórica las curvas de sus musculosas piernas y más arriba, el material no parecía rival para semejantes traseros de ensueño.

En ese campo, sin duda había un duelo a muerte, la imagen impecable en forma de corazón sobresalía magníficamente de la espalda de cada una. Aquellas persistentes ondulaciones y sacudidas invitaban irresistiblemente al espectador a acercarse, o al menos a admirar detenidamente tamaña obra de arte.

Para un ojo clínico como el suyo, la agitada chica de cabello castaño perdía, pero solo por muy poco.

      Así que al final si tenías un novio, ¿eh? —dijo, mirando a Ash con genuino interés.

      ¡No digas estupideces! —dijo estirando sus piernas — Nos vemos en la escuela… —se detuvo para sonreír otra vez de forma socarrona — … dieciséis minutos y treinta segundos más tarde que yo, por supuesto. 

      ¡Serás zorra! —rugió desafiante. Pero cuando quiso seguir los pasos de su compañera, lo que parecía ser un esguince le obligó a detenerse.  

En cuestión de segundos su amiga ya se había adentrado lo suficiente en el bosque como para perderla de vista. Trastabillando, Ash le ayudó a sujetarse hasta llegar a los bancos, por su rostro en verdad debía dolerle mucho, sobre todo su orgullo, de eso podía estar seguro.

      ¿Estas bien?

      Si… gracias —dijo respirando hondo y resignada— Tú… ¿de qué clan eres? No recuerdo haberte visto nunca — preguntó acercando su rostro al suyo — ¿vienes del otro lado?

      ¡¿Qué?! ¡No! ¡Bueno sí! —contestó nervioso —¡Vengo del otro lado de la ciudad! Ehh… de Pinewood —agregó — ¿conoces Mount Hill?

      ¡No puede ser! —dijo, parándose de golpe como si hubiera visto a un fantasma.

      ¡Si no estás bromeando será mejor que te sientas, ese tobillo tiene muy mala pinta!

El ruido de un motor llegó a lo lejos, cuando se giró vio una camioneta acercándose una velocidad que seguro violaba la marca permitida en cualquier estado del país. Justo cuando sintió que iba a pasarles por encima se detuvo a escasos metros con un ruidoso rechinar.

      ¡Rayos, tía! ¡Qué susto me has dado! — dijo Ash, con el corazón martillándole el pecho.

Rápidamente la miró de arriba abajo. Primero su cabello rubio rizado y claro hasta los hombros, seguido de su piel blanca, suave y cremosa. Luego su cuerpo, ¡Oh, su cuerpo! su cuerpo de escándalo, su figura que le atormentaba cada noche. Su leitmotiv en su vida y también su angustia, la principal razón por la cual había decidido dejarlo todo. La miró a los ojos, y ella hizo lo mismo.

      ¿Qué haces aquí? ¿Por qué viniste?

No era la reacción que esperaba, pero tampoco se sorprendió. Cientos de veces le había hecho prometer que no volvería a Mount Hill, que nunca pisaría ese bosque. Había roto su promesa, pero tenía que escuchar las razones.

      ¡¿Dijiste tía?! —preguntó la chica a su costado, cada vez más desconcertada.

      ¡Sarah, dame un minuto, te lo ruego! ¡Necesito hablar con él! — contestó su tía.   

      ¿Sarah? —preguntó Ash, conocía ese nombre.

      ¡Me mentiste! —reclamó la chica — ¡Cómo pudiste! —poco a poco su voz se quebró.  

Tenía catorce años cuando se marchó a Pinewood con los Torrance, eso podía recordarlo. Su vida antes de eso parecía moverse entre neblinas, de algún lugar en esa oscuridad llegaba ese nombre, llamándolo entre sollozos, gritando que no le dejara atrás.

Todo pasó muy rápido, en cuestión de segundos la muchacha llamada Sarah se arrojó a sus brazos y le estampó un beso en los labios que le quitó el aliento.  

      ¡Bienvenido a casa, hermanito! —dijo aferrándose a su cuello.

Braxal

Kertia

Mataría esa noche. Muchos de los magos de la ciudad andaban tras la pista y no podía darse el lujo de dejar cabos sueltos. A los engendros de Bal no les importaría una ayudita extra con su trabajo así que sonrió con la esperanza de encontrar a Rajak y a sus hombres. Tenían asuntos pendientes con ese desagradable perro del Consejo, y si la suerte le acompañaba esa noche segaría su vida de una vez por todas.

      ¡Date prisa! —acusó el inquisidor.

Los ojos del muchacho eran extraordinariamente hermosos. En un instante eran de color ámbar, felinos e inquietantes y, al siguiente, eran grises y taimados como los de una serpiente. Un auténtico arco iris de colores capaz de reflejar todos los estados de humor. Justo en ese momento eran completamente rojos, hinchados de una ira asesina. Se preguntó si serían capaces de matar a sangre fría.   

      ¿Ya? ¡No tengo todo el puto día! —se quejó, acomodándose el cuello de su capa —¡Debemos llegar al castillo de Orien Bosley antes del anochecer!

Prácticamente había tenido que cavar con sus manos, el pedazo de madera que había intentado usar como pala solo le había servido para ponerlo más furioso. Tenía las uñas rotas y escurriendo en sangre, pero había hecho el trabajo muy rápido para su asombro así que estaba bien. El cadáver había dejado de apestar al menos.

      ¡Te lavarás en el rio! —dijo, mirando su aspecto de forma desagradable— ¿No pensaras presentarte así ante tu nuevo señor?

El muchacho se agachó para acomodar unas cuantas rocas sobre la tumba, supuso para reconocer el lugar. No tenía nada ahora y jamás volvería a ver a su único amigo. Braxal Frost tampoco iba a olvidar al anciano, la deuda que tenía con él iba a saldarse esa noche, le había prometido que cumpliría su palabra y así iba a hacer.

      ¡No iré! —resolló el muchacho, tomando un puñado de tierra entre los dedos.

Sintió que se le rompía el corazón, estuvo a punto de echarse a llorar, pero en su lugar prefirió arrojar un fuerte eructo. Siempre le pasaba cada vez que comía panceta, le preocupaba que pronto le entraran ganas de cagar.

      Bien…—dijo, quitándose ambos guantes de las manos —…pero prefiero matarte yo mismo antes que el Consejo. El viejo Mock supongo debe estar esperándote… —la sonrisa que tenía no le cabía en el rostro.   

Estuvo a punto de atropellarlo con una retahíla de insultos cuando una piedra paso por su costado rozándole la mejilla izquierda. No fue aquel vil acto lo que le sorprendió, era un pobre muerto de hambre después de todo, lo que si llamo su atención fue el resto de rocas que habían empezado a levantarse del suelo. 

      ¡Venga ya! —dijo, levantando los brazos —¡No lo hagas más difícil! El anciano debe estar revolcándose en su tumba —empezó a caminar en círculo alrededor de él —… dejaste un poco de espacio, ¿verdad?

No estaba. Lo había tenido ahí, a unos metros frente a él y ahora no estaba. De pronto sintió que le quemaba la espalda y cuando se giró, la palma del chico toco su abdomen. El golpe le arrojo una docena de metros hasta impactarlo contra una fila de árboles. Había olvida esa sensación, ¿cuánto tiempo había pasado? ¿treinta años? No. Imposible. Era demasiado tiempo.

      ¡Eso ha sido increíble! —dijo poniéndose en pie a duras penas — ¡Dime que tienes más! —su sonrisa era escalofriante.

En un parpadeo lo tuvo frente a él, con los puños cerrados golpeó nariz y mandíbula en un intervalo de pocos segundos, luego volvió a alejarse tomando nueva tierra en sus manos. Lo usaba como catalizador, tenía que ser una broma, el muchacho casi había aprendido el poder de uno de los signos de Oscentis sin ni siquiera tener conocimientos básicos de un aspirante a cazador. Era una puta locura.

      Eso te enseño el viejo Mock, ¿verdad? —graznó, limpiándose la sangre que escurría por su barbilla —¡Maldito viejo demente!

Volvió a desaparecer y cuando quiso golpearlo desde un costado lo tomo del cuello atrapándolo y arrojándolo contra la hierba. El poder en sus anillos reverberó por su cuerpo, entonces enterró su puño en el vientre del muchacho con tanta fuerza que le hizo doblarse de dolor. Lo pateó una y otra vez hasta que le dolieron las piernas, luego se sentó a horcajadas sobre él para estrangularle.       

      ¡Piensas que soy cruel! ¿eh? ¡Un despiadado asesino! —sus manos apretaban con más y más fuerza — ¿sabes lo que hacen en el Consejo con hijos de vampiros? ¡No, no importa que seas de tercera sangre, eres menos que una res para ellos, te cortaran a trozos para estudiarte, te harán beber sangre humana, te llevaran al abismo y te traerán para volverte a llevar!

      ¡Prefiero… morir… antes que vivir como un esclavo! —gritó, intentando quitárselo de encima.

Había sido un milagro que Mock y el muchacho sobrevivieran hace siete años. Cientos, miles no tuvieron la misma suerte, la guerra había desangrado Kertia dejando al reino al borde de la aniquilación. Ahora no quedaban suficientes cazadores para proteger el reino, peor aún, hacía más de tres años que en el mundo al otro lado del espejo no se producía ningún despertar.

      ¡Mock ya estaba muerto cuando lo encontraste! ¡Nunca debiste enfrentarte a ese mago! —dijo, soltándolo de repente — ¡Y… Orien Bosley tiene sirvientes, no esclavos!

      ¡¿Acaso no es lo mismo?! — reclamó, respirando con dificultad, tenía el rostro completamente amoratado.  

      ¡No, no es lo mismo, maldito idiota! ¡Themeros De Vries es un esclavista! ¿sabes lo que haría si descubre tu secreto? En el mejor de los casos te venderá a las minas de Roshia y si encuentra que no eres lo suficiente humano para él, te llevara el mismo al Consejo o te entregara a las Sacerdotisas de Luz, lo cual te garantizo es peor que la muerte, dicen que sus exorcismos no tienen nada que envidiarle a nuestro trabajo en la inquisición.

      ¡No confió en ti!

      ¡No lo hagas, nadie lo hace! …salvo el anciano — dijo con una sonrisa sarcástica— Le prometí que te cuidaría y he estado a punto de matarte… toma tu decisión ahora, necesito prepararme, esta noche estaré muy ocupado.   

El chico dudó, barajó sus posibilidades, podía intentar huir también, pero de nada le serviría, la inquisición le perseguiría hasta dar con él. Incluso si llegara al pequeño reino de Moradria al lejano sur, los príncipes elfos harían poner su cabeza en una pica, corrían rumores de que el príncipe Jedediah había sido seducido por uno de los hijos de Lilith y ahora quien gobernaba el trono del Sol era una poderosa vampiro de primera sangre. En el Consejo decían que la princesa Kadeli había desaparecido, o lo que era peor, había muerto a manos de su propio hermano.

      ¿Es cierto que Orien Bosley tiene una colección de mujeres fae en su castillo? —Braxal asintió, el chico no era tan tonto después de todo — ¿Y es cierto que le rompiste la nariz al Archilector hace unos años en el salón de duelos?

      Eso fue hace mucho tiempo… —dijo, limpiándose el polvo —Ambos eran muy jóvenes, y seguíamos a la misma mujer— Recordar a Madeleine Bosley le hizo erizar cada vello de su piel.

      Y digamos que desde ahí tu relación no es muy buena, ¿verdad? ¿y cómo piensas hacer para que me contrate? 

Le iba a retar a un duelo por supuesto, y le dejaría ganar ofreciéndole un par de dientes por las dudas. En el Consejo enumeraban las cualidades y virtudes de Orien Bosley, pero Braxal sabía que no olvidaba esa humillación, un noble jamás olvida ese tipo de cosas.

      ¡Lo sabrás en cuanto lleguemos!  —dijo con una sonrisa —¡Desde este momento eres Rael, y eres hijo de pescadores del antiguo reino de Thasabel!

      ¡Me llamo Asmodeus y soy de Ind Ashari! —replicó.

      ¡Vas a hacer lo que yo quiero que seas! —dijo, amenazándolo con un dedo —¡Si Orien Bosley nos recibe, repetirás cada maldita palabra que diga! ¡A cambio…!

      ¡Déjame adivinar, quieres que sea tu espía…!

      ¡Me has leído la mente! —exclamó, levantando las cejas — ¡A cambio…a cambio te enseñaré a usar el signo de Ib! — Sus palabras hicieron brillar los ojos del chico de color esmeralda.

Rael, le llamarían Rael, como el único hijo que tuvo alguna vez.

Lester

Tremont

Era un completo desperdicio. Todo el mundo parecía más concentrado en tomar una fotografía o grabar un video para sus redes sociales en lugar de apreciar con sus propios ojos aquel espectáculo de la naturaleza. El ocaso en la playa de Sin Bay era una de las cosas más impresionantes en el mundo, cientos de bañistas visitaban sus playas en esa época del año para vivir ese momento, pero la verdad es que la actitud del publico dejaba mucho que desear.

De todos, Lester sintió que era el peor. Pero tampoco es que tuviera vergüenza de reconocerlo, era su momento favorito de la estación, los mejores culos de Sin Bay se acercaban a la orilla para exhibir sus mejores atributos en un festival de tetas y nalgas digno de adoración. Sin embargo, esa tarde no estaba disfrutándolo como solía hacerlo, le era imposible no sentirse incómodo cuando todos sus congéneres masculinos miraban hacia el otro lado y él no.

Resignado se giró solo para comprobar lo que ya se imaginaba. Todo el mundo estaba observando a Cassandra Carson. Fuertes razones tenían, claro estaba. Ningún maldito hombre que se considerara heterosexual podría despegar sus ojos de semejante monumento de hembra. Ahí estaba el problema, no es que Lester no quisiera, simplemente no podía.

Era su propia madre después de todo.   

Desde su silla de vigilancia, aquella diosa pelirroja parecía una reina elfa en su trono. Podía notarse a kilométricos como sus voluptuosas carnes sobresalían por encima de su clásico bañador rojo de una sola pieza. Aquellas curvas ciclópeas eran fuente de envidia y miradas desdeñosas… con excepción de un par de MILFs que conocía bien.  Lamentablemente ese par que estaba a su altura, no se encontraba en ese momento al alcance de su paladar visual.

Completamente ajena a toda la atención que causaba, Lester observó como la experta socorrista peinaba de palmo a palmo la playa con los prismáticos, atenta a cualquier bañista negligente que tuviera por capricho adentrarse más allá de lo aconsejable en el mar. El público admiraba su determinación, pero por otras razones, Lester estaba seguro que muchos pondrían su vida en juego con gusto, por el solo hecho de tener a esa mujer entre sus brazos.   

Sí, toda una hembra, pero Lester no olvidaba que había arruinado a su familia cuando tenía ocho años.

Su padre y él la descubrieron la noche que regresaban de visitar a su abuela. Los gritos de placer de su madre se alcanzaban a escuchar desde la calle. Descubrir su infidelidad no había sido el problema, sino la poca moral con la que lo había aceptado, reconociendo no solo aventura, sino también exigiendo el divorcio con una desfachatez insultante. Lo último que le dijo a Lester antes de marcharse fue que nunca debía acercarse a ella, que era una mujer mala y que su madre había muerto.

Esas palabras quedaron marcadas.

Jamás le había vuelto a dirigir la palabra desde ese día.

Para beneplácito de su padre (y antes de que la vida le fuese arrebatada en un trágico accidente), pudo casarse con la mujer que merecía. Andrea era venezolana de nacimiento y tenían un pequeño restaurant de comida en la playa. Un día, mientras veraneaba por la costa, la conoció y se enamoraron. Ambos venían de un matrimonio completamente roto así que no tardaron en entenderse. Cuando se enteró que tenía una hija, con mayor razón se sintió comprometido a rehacer su vida con ella. Era como si por fin hubiera encontrado su otra mitad.

      ¡Claro! ¡En donde otro lado ibas a estar! —reclamó Lorena, con los brazos en jarras.

Su hermanastra llevaba un apretado conjunto rosa que combinaba con unas sandalias del mismo color. A sus veintiún años sus carnes se habían llenado al punto de causarle un sin número de erecciones en su propia casa, no podía quitarle los ojos de encima a sus grandes y oscilantes pechos en forma de pera o sus nalgas redondas y abundantes que parecían suplicar al cielo ser amasadas y estrujadas hasta la saciedad.

Por otro lado, estaba su madrastra, llevaba enamorado de esa mujer desde la pubertad, y aunque era la mujer de su padre (que en paz descanse), no podía dejar de pensar en la figura de ensueño que poseía cada noche que se iba a dormir. 

      Solo me estaba distrayendo un rato —dijo dándole un repaso de canto a canto —Dile a Andrea que estaré con ella en cinco minutos.

      ¡Voy yendo! — dijo, despidiéndose—¡Hay que hacer varias entregas! ¡Más te vale que te des prisa! — El balanceo de sus carnosas nalgas hizo que su polla se moviera de izquierda a derecha como el péndulo de un metrónomo.  

Era un crimen que un bombón como ella ya estuviera comprometida, más aún si cabe tratándose de un mujeriego de pacotilla cuyo único mérito había sido destacar en un torneo de surf local. Detestaba al tipo ese, igual que Andrea, pero estaba enamorada y no escuchaba a nadie más que así misma.

Ambos se habían visto obligados a ayudar en el negocio familiar. Lamentablemente, después de que la empresa de su padre quebrara, su pensión se había reducido al punto de que habían tenido que hipotecar la casa para que los prestamistas de Andrea no les quitaran el local. El matrimonio había sido muy ingenuo en el tema económico, y ahora estaban pagando las consecuencias.  

Mientras caminaba por la orilla vio como el par de albinos Cloig y Pits maldecían una y otra vez dando patadas a la arena. Los hermanos, que se insultaban por igual casi escupiéndose, parecían a punto irse a los golpes.

      ¡Hey! ¿Y a ustedes que carajos les pasa?  

Los socorristas más larguiruchos y famélicos que había conocido en toda su vida le miraron aterrorizados. Habían llegado hace un año de algún rincón de Europa, sus nombres eran tan raros como sus aspectos, parecían pajarracos de caricatura.

      ¡Hijo del fuego! ¡Perdimos algo sumamente importante para nosotros!

      ¡Cállate idiota! ¡No le llames así! ¡La ama te lo ha dicho un millón de veces!

Además, estaban locos de remate. No tenía idea de cómo el ayuntamiento los había contratado, la condición física de ambos le parecía deplorable. Eso sí, eran leales a su jefa, o más bien a su ama, solo les faltaba empezar a mover la cola cuando la tenían cerca.

      ¡Olvídalo! —dijo Pits, observando la camioneta de su madre partir. Empezaron a correr a su propio vehículo como alma que lleva el diablo.  

Metros más adelante, cuando había reanudado su marcha, vislumbró una moneda que el mar casi había enterrado con su abrazo. La tomó entre sus dedos y se dio cuenta que era muy antigua, quizás de mitad del siglo pasado, o quizás mucho más antigua, el borde era dorado y tenía una calavera en medio, su relieve era extraño, de un material que jamás había visto, los ojos de la calavera eran rojos, y parecían brillar en la oscuridad. La metió en su bolsillo y decidió que la devolvería a los albinos cuando se cruzara con ellos nuevamente.     

***

Mientras bebía de la impresionante perfección del glorioso trasero de su hermanastra por enésima vez, Lester no pudo evitar sentirse sonrojado, mareado y cachondo de nuevo, a pesar de que acababa de masturbarse. Lorena era una mujer bastante hermosa. Preciosa, incluso. Y amaba su lujurioso trasero caliente, pero el de Andrea estaba a otro nivel, y tenerlas a las dos juntas sacudiendo sus carnes de un lado a otro le ponía enfermo.

      Hay que dejar esto en casa de la señora Kersken —dijo Andrea, caminando en su dirección.

Su vestido amarillo parecía demasiado corto y ajustado de lo que realmente era. El material se adhería a su impresionante figura hasta justo por encima de las rodillas, al mismo tiempo que mostraba un poco de la parte superior de su pecho. Sería de buen gusto en una mujer normal, pero en una mujer con el busto de su madrastra, parecía más una pieza de dormitorio que un vestido casual.  

      ¿Lester? ¿Me oyes? — sus pechos, grandes, suaves y blandos parecían haber derrotado a su sujetador marcando la tela con dos puntas de flecha.

      Están… deliciosos…  —dijo, tragando saliva. La piel canela de Andrea brillaba sudorosa por el calor de la cocina.

      ¡Pero a la señora Kersken no le gustan fríos! —  se quejó, entregándole su pedido de calamares fritos —¡Y esto es para Cloig y Pits! —declaró entregándole otra bolsa — Me ayudaron con las compras el otro día… no te molesta pasarte por su casa, ¿verdad?

      ¡No! ¡No! ¡También tengo que entregarles algo! —dijo, sin dejar de ver su cavernoso escote.

      Es la última, no corras con esa moto por favor. Voy a estar esperándote —dijo, regalándole una agradable sonrisa.

Lo haría todo en menos de treinta minutos, calculó. Regresaría para cenar con esos dos bombones, y si tenía suerte, vería un poco más de piel de esas diosas tirando otra vez su tenedor bajo la mesa.

Por las prisas con la que se movía Lorena, era casi seguro que saldría con alguna excusa para quedarse a dormir en la casa de ese hombre otra vez. Mucho mejor para él, pensó. Andrea seguro le pediría ver una película juntos, solo esperaba tener un poco de suerte.

***

Como una serpiente arrastrándose frente al mar, la carretera 22 de Tremont tenía una generosa vista del Pacifico que encandilaba a visitantes y curiosos. Muchos de ellos aprovechaban cualquier punto de la carretera para detener sus vehículos y perderse en sus pensamientos con el sonido de las olas de fondo. Era un momento de reflexión para muchos a esa hora del día.  

Aquel personaje, supuso Lester, debía de estar pasando por una situación complicada. La figura encorvada en la penumbra parecía adentrarse más y más en un mar inquieto que amenazaba con devorarlo. Tuvo un mal presentimiento así que detuvo la moto a un lado del camino.

      ¡Hey! ¿estas bien? —preguntó a lo lejos. 

No lo escuchó, o simplemente no quiso hacerlo. Cuando se dio cuenta, prácticamente ya se había sumergido de cuerpo entero. 

      ¡Hey idiotaaa! ¿estás loco? —gritó, comenzando a correr.

Pobre tipo, había perdido la cabeza. Pero cuando Lester puso un pie sobre el agua salada ya había desaparecido, no quedo nada de él y cuando se sumergió le fue imposible encontrarlo. Vociferó una docena de maldiciones antes de salir rendido a la orilla.

      …filius succubus…

Lester se tropezó asustado. Aquella cosa espeluznante se arrastraba encorvada como un insecto con caparazón, su hediondo olor era tan desagradable como su aspecto, la forma en cómo se movía le erizó los vellos de la piel, los anillos en su cayado que parecían hechos de hueso le revolvió las tripas.

      …  veni ad vestram vocationem… —gimió la voz, extendiendo una mano anormalmente larga. 

      ¡Mierda que susto!  —dijo Lester, tocándose el pecho — ¡No tengo dinero hermano, lo siento! —El hijo de perra al menos estaba vivo, pensó.  

El tipo daba miedo sin esfuerzo. El velo negro que lo cubría era un manto de oscuridad con dos puntos rojos en medio.

      …filius ignis… en…tregad…la… ofrenda…

        ¿Vienes de una fiesta de disfraces o algo así? —dijo, cruzándose de brazos. Debía de estar tan alcoholizado que no se enteraba de nada.

      … tu ofrenda… mía…  un den…

      ¡Ya te dije que no tengo nada! —respondió, enseñándoles sus bolsillos.

La moneda cayó junto a una tira de goma de mascar y sus llaves. Eso había sido realmente estúpido, y antes de que pudiera agacharse a recoger sus vergüenzas, esa cosa se le adelantó.

      …pacto… sagrado… —dijo la voz, recogiendo la moneda con unas uñas que más parecían garras.

      No diré a nadie que intentaste suicidarte, lo prometo. Pero deberías hablarlo con alguien.  

      …lo que pediste os concedo… — anunció, entregándole una pequeña botella de cristal —… tu cuello… una gota… solo una bastará… la mujer que deseas a tus brazos caerá… voluptatibus carnis…

      ¡Parece caro! ¿Qué marca es? — preguntó, examinando el perfume.

      …volved a mi sueño he…mi tiempo aquí se ha terminado…  

      ¡Espera un segundo, voy por mi teléfono! —dijo, dándole la espalda —¡Llamaré a alguien para que te recoja!   

Fue solo un instante. Un parpadeo. Desapareció, y el mar fue su único testigo. Nadie iba a creerle, ni siquiera Andrea ¿qué carajos acababa de pasar? ¿quién demonios era? ¿por qué le había dado esa botella?

Era suya, eso había dicho, era ridículo, pero ahora mismo no podía despegarse de ella. Cuando la levantó para observarla mejor tuvo que reconocer que se sintió complacido y extrañamente excitado, avergonzado tomo su motocicleta y se largó de ahí.        

Una vez que el motor empezó a rugir, aceleró quemando neumáticos tratando de alejarse lo más pronto de la playa. Estaba tan agitado y nervioso que, en menos de la mitad del tiempo estimado, ya se encontraba frente a la casa de la señora Kersken.

Distinguió el volvo azul de su marido alejándose, su compañía le hacía moverse por todo el país, así que por la cara de Hailey dedujo que se trataba de un maldito viaje de negocios. Maya Kersken, por otro lado, no parecía tan triste como su hija, estaba radiante en un vestido bodycon ceñido a su cuerpo con una sonrisa descarada en el rostro, casi esperando calculadamente que también su hija de una vez se largara.

Era innegable que, a sus cuarenta años, Maya Kersken mantenía unas curvas que eran a menudo tema de conversación. Su corte bob rubio platino añadía un toque de sensualidad que hacia resaltar aún más, su ya de por si, infartante figura. Una hembra con un cuerpo capaz de poner a temblar a cualquier mortal, y que tranquilamente podía sentarse en la mesa que compartían su madrastra y su madre.

Habían coincidido con ella en el gimnasio un par de veces. A diferencia de ese otro par que habían nacido privilegiadas, Maya había trabajado muy duro para conseguir ese cuerpo caliente. Tenía unos pechos soberbios, un par de EE redondos, y suaves, coronados por pezones duros y gomosos del tamaño perfecto. Su tren inferior, por otro lado, no quedaba a deber, su enorme trasero, redondo y jugoso y en forma de corazón, era capaz de romper relaciones amorosas cuando se exhibía por la ciudad, despertando un fuerte lívido en todo hombre que posara sus ojos en él.

Lamentablemente la señora Kersken tenía de sensualidad lo mismo que de soberbia. Estaba jodidamente buena, pero era una mujer orgullosa y presumida. Desde su posición le gustaba ver por encima a los demás, menospreciando muchas veces sin darse cuenta a la gente que le rodeaba.

      ¡Me quedaré en casa de Alexa! —dijo, la pechugona de metro sesenta — ¡Y antes de que digas algo, papá me dio permiso! — sentenció, subiéndose a su bicicleta y agitando sus largas coletas a cada costado teñidas de un extravagante azul turquesa.  

Hailey Kersken era todavía más orgullosa que su madre, ni siquiera le dirigió la mirada cuando pasó por su costado a pesar de que era compañeros de curso en la escuela.  A sus dieciocho años tenía un botín para reventar, y eso podía comprobarse en la enorme legión de seguidores que cargaba en sus redes sociales, su buen par de tetas y su culo panadero había alimentado aún más su hinchado ego que ahora alardeaba como si fuera una especie de celebridad.  

      ¡Bye amor, diviértete! —dijo, sin siquiera mirarla, parecía más concentrada en su teléfono que en el resto del mundo.

      ¡Ehmm…! … ¡Señora Kersken…! ¡Señora Kersken! Traigo su orden… podría…

      ¡Si! ¡Si! ¡Déjalo por ahí! —dijo, tirando un puñado de dólares a su mesa como si Lester le hubiera pedido limosna.

Tomo el dinero y luego de mascullar un par de insultos se dio medio vuelta. Justo cuando se disponía a cerrar la puerta tras de sí, alcanzó a escuchar su conversación.

      ¡Hey, ordené lo que más te gusta! —le escuchó decir entre risas —Vas a venir, ¿verdad?

¡Sera zorra! Pensó Lester. Esa mujer era de lo peor. Lo primero que se le vino a la mente fue la imagen de su propia madre y eso le hizo enfadarse aún más.

      ¡No! ¡No! ¡Tenemos el fin de semana para los dos! ¡Conozco a Hailey, no vendrá hasta el domingo!

Cómo podía burlarse de su marido y de su hija de esa forma, hasta qué punto estaba tan desesperada por una polla que no había tardado ni cinco minutos en citar a su amante a su propia casa. Apretó los puños y se marchó azotando la puerta con violencia.

Con todo el mal humor del mundo tomo su motocicleta y se dirigió a casa de los albinos. Los hermanos vivían a un par de calles abajo así que no tardó en llegar. Su humor no mejoró cuando al llamar a la puerta nadie contestó. Intentó echar un vistazo rodeando la casa y dio con una pequeña puerta que daba al patio trasero, así que se coló para dejar la comida en la cocina. Quería llegar a casa de una vez por todas.

No había nadie, así que, dejando la comida por fin, se atrevió a abrir la refrigeradora y sacar una cerveza. Esperaba que no se dieran cuenta, pero sobre todo que no le reclamaran sobre la moneda. Aunque pensándolo bien, tampoco es que le vieran recogiéndola, no tenían ni idea de que había sido él ¿Y por qué debería importarle? Era una baratija sin valor después de todo. Ese tipo era un alcohólico, un adicto quizás, si debía serlo, entonces saco la botella y la examinó destapándola, nunca antes había exhalado una esencia tan exquisita, su aroma resultaba embriagador.

Tomo uno de sus dedos y lo humedeció en la fragancia. Realmente su aroma era el cielo bendito. Ahora podía estar seguro de que al menos el perfume no era una baratija, y se sintió mal por el tipo, no debió de tomarla, cuando se le pasara la borrachera seguro pensaría que alguien le estafó. Burlándose de sí mismo, froto su dedo por su cuello, dejando que la esencia se extendiera por su piel. Su amada Andrea seguro le estaría esperando, ¿le confesaría esta noche lo que siente por ella?

      Con suerte y… —dijo, pensando en voz alta —… si claro, sigue soñando.

Unas voces que vinieron del pasillo lo hicieron levantarse de golpe asustado. De pronto reconoció las voces de Cloig y Pits, o más bien sus gemidos, y la voz de su madre de fondo. Todos sus sentidos se paralizaron, empezó a sudar, no podía ser su imaginación. Esa mujer, otra vez esa mujer, revolcándose como la zorra que era. Para su asombro, vio cómo se gestaba en sus pantalones cortos una enorme erección.

Quiso salir corriendo, pero se lo pensó mejor, la muy puta se había vuelto a casar con un arquitecto de excelente reputación, y así era como le pagaba. No podía permitir que les hiciera daño a más personas, ese hombre merecía alguien mejor. Y esa zorra merecía un castigo de una vez por todas.

Sintió un nudo en la garganta cuando la risa de su madre inundó la sala de forma provocadora. Estaba mal, muy mal, no entendía lo que le ocurría a su cuerpo. Pensar en el cuerpo de su madre siendo usado a antojo de esos dos le carcomió la piel. 

Lester observó el pasillo, las voces venían de la puerta que iba al sótano. Maldijo su día, maldijo a su madre, a los albinos y a Maya Kersken. ¡Mierda! Rezongó, tenía que grabar a esa puta a como diera lugar, con las pruebas seguro la pondría de patitas en la calle. Espera que si un solo centavo.

Llegar a esa puerta no fue difícil, lo que le costó una eternidad fue asomarse, iba a tener que usar las escaleras y eso le dejaría en evidencia a los pocos segundos. En cambio, si simplemente se agachaba boca abajo sobre los primeros peldaños y estiraba el cuello un poco debería ser suficiente para satisfacer su curiosidad y empezar a grabar.

Lo que vio marcaria su vida esa noche.

Aquellas figuras no eran humanas. Si no fuera porque había jugado decenas de RPGs de fantasía en su infancia podría jurar que se trataba de goblins. De los verdes, orejudos y famélicos a los que había combatido en videojuegos. En medio de ellos, y con una polla en cada mano, Cassandra Carson, los pajeaba a gran velocidad exhibiendo los pechos desnudos de su bañador. 

      ¡Ah sí, mi señora, no pare! ¡Ya casi! —gritó Cloig.   

      ¡Oh mierda! ¡Me corroooo! —gimió Pits, haciendo estallar su carga sobre el rostro de la MILF.

Lester vio como las luces titilaban con cada carga arrojada sobre el cuerpo de su madre, mientras las sombras a su espalda proyectaban unas enormes alas.

      ¡Menos de un minuto! —les gritó claramente molesta — ¡Y tenía que caer en el puto cáliz para que me lo bebiera! —dijo, sorbiendo como podía cada gota de esperma —¡Cuántas veces se los tengo que decir, pedazo de inútiles!

      ¡Ahhh… mi señora, perdóneme! —chilló Cloig

      ¡Si tan solo nos dejara usar su coño alguna vez! —reclamó Pits.

      ¡Ni en sus sueños! —contestó, burlándose de ellos—¡Y más les vale llenar cuantos antes esas bolas, mi hermana llega esta noche!

      ¡¿Hermana?! ¡Pero mi señora… no podemos…!

      ¡Imposible! ¡Imposible! ¡Moriremos!

      ¡Morirán esta misma noche si no satisfacen su sed! —sentenció, acomodándose su bañador y preparándose para irse.

Lester retrocedió horrorizado. Con el corazón martillándole el pecho gateó hasta la salida, una vez fuera se dio cuenta que su erección era cien veces peor. Empezó a dar vueltas y vueltas sin sentido por la acera sin tener idea a donde se dirigía, su mente era un caos, nada tenía sentido, en unas cuantas horas su vida había cambiado por completo y no tenía idea de que decir o hacer.

¿Se había vuelto loco y se lo había imaginado todo? Era más probable que todo lo que acaba de pasar frente a sus ojos. Su madre era una especie de… ¿bruja? … y esos dos chicos eran monstruos… monstruos sacados de Calabozos y Dragones, ¿qué más seguía?, ¿orcos?, ¿licántropos?, ¿vampiros?, ¿fuerzas del bien y el mal? Se vio tentado a regresar y exigirles una explicación a los tres ¿Y si hablaba con Andrea? No, era más probable que esta noche se acostaran que le creyera una sola palabra, era absurdo, y sin embargo, se había sentido tan real.

Y lo que era peor, no podía dejar de pensar en el cuerpo de su madre.

Sin que se diera cuenta, sus pasos le había llevado de vuelta a casa de la señora Kersken. Una camioneta, avanzaba lentamente en la misma dirección. Reconoció al hombre, y él a Lester.

      ¿Así que tú eres el amante de la señora Kersken? 

      ¿Lester? ¡¿Qué?! ¡No sé de qué hablas! —dijo el sorprendido novio de Lorena. Llevaba varias latas de cerveza en el asiento además de unas cuantas sobre el tablero.

      Te gustan los calamares fritos, ¿verdad? Una vez oí a Lorena decir que era tu plato favorito.

Jasper Johns, vividor y surfista de medio pelo, se quedó sin habla por unos segundos hasta que finalmente rompió en carcajadas. 

      ¡Escucha! —dijo, invitándolo a apoyar los codos en la camioneta — Aquí entre nosotros… me la chupa muy bien… pero no me deja metérsela… — resumió el infeliz —Dice que solo hasta el matrimonio… ¿puedes creerlo? ¡Zorra estúpida!

El primer puñetazo le rompió la nariz, el segundo y el tercero trabajaron su ojo derecho y su labio superior. Perdió la cuenta después de esos, se detuvo después de escucharlo chillar rogándole que no le pegara más.

      ¡Lárgate! ¡Lárgate de la puta ciudad! — le amenazó, sujetándolo del cuello —¡Si te vuelvo a ver cerca de mi familia te juro que te romperé las piernas!

Jasper hizo rechinar las ruedas dando media vuelta, sin poder evitarlo pateó el buzón de la señora Kersken tirándolo enseguida al pavimento ¿Qué más podía ocurrirle ahora? Pensó. Lo supo enseguida, cuando una sorprendida Señora Kersken abrió su puerta echa una furia.   

      ¿Pero qué demonios crees que haces pedazo de idiota? ¿quieres que llame a la policía?

      ¡Mejor llamo a tu marido, zorra! ¿O acaso no estabas a punto de ponerle los cuernos?

Maya Kersken se quedó boquiabierta, también Lester después de fijarse en su figura después de unos segundos. Estaba vestida con pantalones cortos de mezclilla ajustados que apenas iban más allá de su entrepierna, se aferraban a ella con tanta fuerza que no podía imaginar cómo se los había puesto. Sus piernas largas y firmes lucían majestuosas bajando hasta sus tacones altos. Su vientre plano y sexy brillaba expuesto, y la única interrupción eran las correas de su tanga montadas en lo alto de sus caderas.

Los ojos hambrientos de Lester devoraron su marco. Aquella delgada camiseta blanca atada entre sus tetas tendría que ser motivo de prisión. Esa mujer estaba caliente y su atuendo pedía guerra, claramente no había sido el hombre que hubiese deseado que la viera con ese atuendo de zorra.

      ¡Lar… lárgate de aquí… o te juro que …! —No puedo terminar la frase. De pronto eran sus ojos los que le miraban ahora de arriba a abajo.

Le dolía la polla, y su erección sin duda era evidente, porque precisamente la vio detenerse en esa parte de su anatomía. La admiraba con atención, no despegaba los ojos de su polla.

      ¡Lo siento, Señora Kersken! ¡No quería decir eso…! Ha sido un mal día…

Maya Kersken lo tomo de la mano y lo arrojó dentro, cerrando la puerta con violencia. Enseguida le regaló una sonrisa caminando con movimientos descarados a su alrededor.     

      ¡No está bien! ¡Perdóname a mí! Tampoco he tenido un buen día —dijo, invitándolo a que le acompañara —Déjame invitarte por favor…

Su cuerpo estaba para reventar, el balanceo de sus tetas y nalgas era hipnótico. Lester no entendía muy bien, pero parecía moverse con ligera intención, sacudía su cuerpo con seductores movimientos haciéndolo empalmar todavía más de lo que estaba.

      Aquí tienes— dijo, ofreciéndole la bebida, inclinándose adrede para que observara mejor su busto. Lester se contuvo para no lanzarse encima de esas tetotas.

      ¿Te gusta…? —preguntó con picardía.     

      Si… —dijo, tomando otro sorbo muy nervioso. No podía dejar de pensar en cómo sería desnudar ese cuerpazo.

      ¿Y yo… te gusto? —preguntó, acercándose a centímetros de su rostro y mirándolo a los ojos.

Lester contuvo el aliento. La lujuria llenando cada una de sus venas.  

      ¡Maldita sea, Señora Kersken...! —dijo, sacudiendo la cabeza con asombro, sus ojos fijos en su cuerpo caliente —¡Esta jodidamente sexy esta noche!

      ¡Gracias! — respondió conforme, de pronto sintió como sus pezones se endurecieron a través de la tela— ¿de verdad lo crees?

      ¡Jesús! ¡Se ve increíble! —dijo admirando directamente sus tetas. La boca de la señora Kersken se abrió y trago saliva, algo ahí dentro había comenzado a cocerse.  

      ¿No te parece muy revelador? —preguntó con un brillo travieso en sus ojos, sus palabras y su expresión enviaron un escalofrío a través de su polla dura como un hueso.

Lester negó con la cabeza.

      ¿Y qué hay de mi culo? —preguntó dándose la vuelta.

Las mejillas redondas y firmes parecían a punto de estallar de sus apretados confines de mezclilla. Sí que debía estar apretado pensó, casi podía distinguir su vulva en su raja tremendamente expuesta.  Para rematar aquella imagen perfecta estaba la obscena cola de ballena, el triángulo de la tanga se mostraba con orgullo sobre el dobladillo de sus pantalones cortos.

      ¡Me encanta! —jadeó Lester, casi sin aliento por la lujuria.

      ¿De veras? — dijo susurrándole al oido —¿No… quieres verlo mejor? —preguntó mordiéndose el labio — ¡A lo mejor no lo estas apreciando muy bien!

Sin que pudiera advertir sus movimientos, su delgada blusa blanca y sus pantalones cortos oscuros de mezclilla cayeron al suelo, dejándola de pie de frente solo en ropa interior. Los ojos de Lester se abrieron como platos y la señora Kersken sonrió ante esa reacción.

      ¿Qué tal ahora?

Lester observó su cuerpo caliente y delicioso. La había visto en bikini una vez en la playa, pero esto era diferente. Se suponía que no debía verla así. El material de encaje era parcialmente transparente, lo que permitía vislumbrar unos pezones rosados y palpitantes.

Más abajo, más allá de su vientre plano y en forma, estaba el material de su pequeña tanga blanca. Las correas por encima de sus caderas, convergiendo en su coño. El diminuto triángulo de material que había allí estaba hundido, cubriendo apenas sus regiones inferiores. A través del fino encaje, Lester tuvo una buena vista de su pequeña, oscura e inmaculadamente arreglada franja de aterrizaje de vello vaginal. Y cuando se agachó, metió los pulgares en la parte superior de la tanga, haciendo que bajara un poco, revelando solo un indicio de esa pista de aterrizaje sobre la parte superior de la tanga. Su polla latía de placer ante semejante festín visual.

Lester se fijó en su rostro confiado y levantó dos dedos, indicándole que se girara otra vez. Con una sonrisa lujuriosa, ella hizo exactamente eso, dándose la vuelta, exponiendo su espalda larga, tensa y en forma. Pero sus ojos fueron directamente a su trasero. Se veía increíble, las mejillas como estantes sobresalían de su cuerpo delgado. Sus ojos admiraron con avidez las nalgas maduras y firmes, tan redondas, alegres y suaves. La diminuta tanga blanca se unió en un triángulo sobre la raja de su culo, lo que llevó a que una cuerda desapareciera entre las mejillas. ¡Su tremendo culo en forma de corazón era increíble!

La tensión se hizo espesa. Ambos se quedaron en silencio sin saber que hacer después, disfrutando del calor de sus cuerpos. Finalmente, Lester, hambriento de esa mujer, se desnudó ahí mismo, haciendo saltar su polla como el mástil de una nave. Él la miró, ella le miró. Un par de segundos después ambos saltaron hacia adelante.

Los labios carnosos de Maya Kersken encontraron los de su amante, y sus bocas se abrieron rápidamente. Su lengua se deslizó agresivamente en su boca, su lengua suave y femenina se batió en duelo mientras intercambiaban saliva. Sus bocas estaban presionadas bruscamente una contra la otra mientras se besaban con avidez.

Mientras sus bocas estaban ocupadas, sus manos también lo estaban. La MILF se había adueñado de la polla de Lester y no la soltaba, mientras que su nuevo amante había dejado que sus manos descansaran sobre la gordura acolchada de sus nalgas, comenzando a acariciar y masajear esos globos fabulosamente redondos, haciendo que la señora Kersken gimiera como bestia en celo.

      ¡Vamos! —instó la casada, haciendo un gesto para que fueran a su recámara. 

Sin pensárselo dos veces, Lester la llevó en volandas a su habitación. Cuando llegaron la señora Kersken le empujó obligándolo a sentarse en la cama.

      ¡Dios mío! —suspiró la señora Kersken, acariciando su polla con ambas manos — Pensé que podías tener uno grande, ¡pero mierda santa!

      ¿Te gusta? —preguntó, tratando de mantener la calma.

      ¡No tienes idea! —dijo abriendo su boquita para engullírsela.  

Los ojos de la Señora Kersken brillaron de alegría mientras inhalaba esa dura polla como una maldita zorra. Chupó con fervor, con hambre, como si hubiera estado hambrienta de polla durante demasiado tiempo. Lo saboreó con su boca, con sus labios suaves, con su lengua, dándole a esa gruesa polla adolescente la adoración que se merecía.

      ¡Ahhh! —gimió Lester, haciendo un esfuerzo inhumano por no correrse. 

La casada sacó la polla de su boca con un dulce ¡pop! Su eje estaba seriamente cubierto con su saliva, glaseado con ella, su saliva caliente se extendía entre él y su boca en bandas viscosas.

      ¡Es hora! —anunció Lester, palmeando la cama.

Enseguida la señora Kersken se despojó de su brasier. La carne satinada del pecho estaba uniformemente bronceada y suave. Sus pezones duros palpitaban, apuntando hacia afuera, sus protuberancias duras parecían llamarle. Se había enamorado de sus tetas, pero cuando deslizo sus dedos en su tanga, no tardó en centrar toda su atención en su coño desnudo. Sus labios suaves, tensos e hinchados parecían pedir sexo a gritos, así como su lujurioso rostro, feliz de ver a su nuevo amante tan embelesado con su cuerpo desnudo y caliente.

      Soy tan mala…  —dijo, sentándose completamente desnuda en su rodilla derecha— ¡Necesito aprender una lección!

Lester, desesperado y hambriento de semejante hembra, se montó encima de ella apuntando su glande a su coño palpitante. Iba a ser su primera vez, no había tenido suerte con las chicas en la escuela, y no iba a desaprovechar la oportunidad. No tenía idea de cómo las cosas habían terminado de esa forma. No quería pensar en ese momento más que en el cuerpo de esa mujer, y de lo mucho que lo iba a disfrutar.

      ¡Jesús! ¡Eres jodidamente grande! —gimió con los ojos cerrados, mientras suspiraba de placer. El cuerpo de Lester se tensó mientras su polla se deslizaba más y más profundamente en el coño de la madura esposa.

      ¿Te gusta? —preguntó, penetrándola un poco más, haciendo que su coño apretado se ajustara a su tamaño.

      Mmm...hmmm —afirmó, abriendo sus piernas todo lo que podía.

Sin esperar un segundo más, y agarrando sus grandes tetas, Lester deslizó toda su longitud dentro de ella con un movimiento suave y rápido.

      ¡Ahhhh mierda! —chilló de gozo, empujándolo sin quererlo hacia atrás. Lester se levantó ligeramente y se dejó caer, haciendo chocar sus cuerpos en una bofetada carnosa.

Entonces Lester empezó a moler todo su peso encima de ella.

      ¡Ohh, Lester! ¡Por favor! ¡Por favor! ¡Más despacio! —Era la primera vez que lo llamaba por su nombre.

      Maya… ¡Oh, Maya! ¡Estás tan apretada! —dijo, estirando las paredes de su vagina como nunca antes lo habían hecho.

      ¡Ahhhh Lester! ¡Despacio! ¡Por favor, despacio!

Pero Lester no se detuvo, empezó a menear sus caderas en círculos, bombeándola fuerte y duro a ritmo constante, haciendo que rápidamente sus gordas tetas empiecen a agitarse de un lado a otro a ritmo de cada poderoso empujón.

      ¡Ahhhhh! ¡Lester! ¡Ohhhh… mi Dios!

Los cuerpos de ambos tambalearon en cada acción, Lester continuó su movimiento empujando tan fuerte y tan rápido como podía. Ahora la casada era quien batía sus caderas al mismo ritmo de su follador. Los gemidos de la señora Kersken se transformaron en chillidos orgásmicos en toda regla, mientras los de Lester en gruñidos temblorosos.

Los ojos de Maya se arrugaron ante la euforia en la que se encontraba ahora. Su cuerpo ardía con gritos orgásmicos. El sexo nunca antes había sido tan bueno. Sus experiencias pasadas no se habían acercado en absoluto a lo que sentía actualmente. Sus gemidos y llantos se volvieron más fuertes, dolorosos, su clímax en aumento. Como el aire que llena un globo, hasta hacerlo explotar.

Aunque Lester estaba golpeando duro el coño de la MILF, todavía no estaba seguro de si lo estaba haciendo bien. Pero cuanto más entraba y salía de ella, más sentía que su conciencia le abandonaba, más se perdía en los placeres de la carne. Al final, sólo pensando en la voluptuosidad de esa mujer, dejos que sus instintos sexuales fueran los que dirigieran sus acciones.

      ¡Ahhhh Dios! ¡No pares! ¡No pares!

Mientras su semen se acumulaba en la punta de su polla, rebosante y listo para estallar en cualquier momento. El cuerpo de Lester instintivamente empujó más rápido con golpes más cortos. Los muslos de Maya Kersken se apretaron más contra sus caderas, sus piernas se envolvieron a su cintura. Sus brazos, alrededor de su cuello, le empujaron hacia abajo para cerrar sus labios. Sus lenguas se abofetearon, mientras sus gemidos y gruñidos resonaron en la boca del otro. Sus torsos calientes y sudorosos ardieron cuando se tocaron y se frotaron entre sí. Aquel par de grandes tetas comprimidas contra su pecho le hicieron sentir como un Dios. Con unos cuantos empujones más rápidos, cortos y poderosos, golpeó fuerte y profundamente a la casada. Quien, al mismo tiempo, usaba sus piernas para atraerlo más profundamente hacia ella, tratando de fijarlo en su lugar, queriendo evitar que su polla se escape.

Entonces, en ese preciso instante, Lester separó sus labios de ella, y ambos gritaron en voz alta en éxtasis orgásmico, corriéndose al mismo tiempo. Intensas ondas de choque golpearon sus cuerpos. Pulsaciones poderosas envolvieron a la MILF constriñendo todo su cuerpo, abrazando fuertemente a su amante con brazos y piernas, ordeñándolo hasta la última gota.

El cuerpo de Lester se volvió débil y tenso poco después, haciendo que colapse sobre la casada. Su rostro quedo enterrado en su cuello, mientras su semen estallaba rápida y continuamente dentro de ella, cada látigo de semen marcando su útero para su uso personal, porque desde ahora solo podría yacer con un único hombre.

El contrato sellado.

Cazador y vigilante.

Después de vaciar sus bolas, y dejar escapar finalmente un par de breves chorros, a diferencia de los primeros disparos explosivos, los instintos de Lester le obligaron a empujar su pelvis dentro y fuera de la casada, para ayudar a expulsar el semen restante que aún rezumaba de su coño. Mientras lo hacía, Lester saboreo sus tetas besando, lamiendo y chupando sus pezones rosados, al mismo tiempo que ella recobraba el sentido poco a poco.

      ¡Oh Dios Mío! —gritó asustada de repente, tratando de quitárselo de encima.

      ¿Qué? ¿Qué pasa? ¿Qué ocurre?  —preguntó, todavía obnubilado por su orgasmo.

      ¿Eso fue? —dijo, mirando la polla de Lester todavía en su interior —¡Oh Dios! ¡Quítate! ¡Quítate! ¡Debí volverme loca!

Había sido fantástico. Todo el mundo decía que no podías esperar que tu primera experiencia sea grandiosa o incluso buena, pero para Lester había sido increíble ¡Realmente Increíble! Al punto de no querer salir del cuerpo de la madura. Estaba tan jodidamente buena, que sentía que no había disfrutado ni la mitad de lo que esa hembra podría ofrecer. 

      Solo un segundo más, ¿sí? ¡por favor! —dijo Lester suplicándole a los ojos.

Estaba duro de nuevo y pensó que debería ser un poco considerado, pero luego recordó el idiota de Jasper y deshecho la idea. La señora Kersken había planeado tener sexo toda la noche, y le iba a conceder su deseo.

      ¡Noooo! —chilló, abriendo la boca al notar su vitalidad —¡Quítate! ¡Quítate de una maldita vez! ¿me oíste? ¡No se te ocurra…!

Lester retrocedió, sacando la mitad de su polla del coño de la señora Kersken antes de volver a introducirla de un solo envión.

      ¡Ahhh… Lester! ¡No lo hagas! ¡Noooo! —gimió, casi quedándose sin aire cuando la llenó nuevamente.  

Sentir el increíblemente apretado coño de la señora Kersken alrededor de su polla era una sensación indescriptible de la que no podía tener suficiente. Tomos sus manos, que peleaban contra su pecho y las arrastró entrecruzando los dedos a ambos lados de la cama.

Entonces comenzó a trabajar su coño a su antojo.

      ¡Ohhhhhhhh…! —suspiró, apretando sus manos como si quisiera salvar su vida —¡Estás casi en mi maldito útero! ¡Quítate yaaaa…!

      Mmmm… —respondió Lester, embriagado de placer — ¡No puedo… te juro que no puedo…! —dijo, empujando más fuerte y profundo en su interior.

Maya Kersken no podía creer que estuviera teniendo sexo con un chico de la misma edad de su hija ¿En qué momento había ocurrido? ¿Qué demonios le había pasado por la cabeza? Se había vuelto loca, ¿y porque la tenía tan enorme? Sabía que lo de su marido era una micropolla, por eso había tomado las seis pulgadas de Jasper como si fuera un maldito semental. Pero esa cosa debía medir unas nueve como mínimo, con el grueso de una lata de refresco.

      ¡Basta, Lester! —gritó, tratando de reprimir sus gemidos —¡Te lo advierto! ¡Ahhhh…! —chilló, arrugando la cara tratando de soportar la sensación de su coño siendo llenado hasta el borde por esa joven y vigorosa polla —¡!Deten…te! ¡Ahhh…! ¡Dios! ¡Por favor!

Lester no detuvo su ataque ni un segundo y le estampó un salivoso morreo, cuando aumento el ritmo de sus empellones pudo notar fácilmente como empezaba a ceder, dejando que su lengua nuevamente se juntara con la suya en un abrazo que sabía a miel. 

      ¡Ahhhh…! ¡Mier…da..ahhhh! ¡Dios…! ¡Despacio! ¡Eres una bestia!

Soltó sus manos, y las llevo a su rostro, acaricio sus mejillas y cabello mientras bombeaba fuerte y duro dentro de ella. Quería tratarla mal, pero teniéndola así completamente a su merced y a sus brazos empezó a adorarla besándole como un tierno amante. Supo que se corría cuando empuñó las sabanas.

      ¡Ahhhhhhhhh… Diooooossss! —chilló con fuerza, apretando los ojos como si con eso pudiera evitar que sus fluidos escaparan como una cascada.

Cuando terminó, Lester pegó su frente a la que desde ahora sería su mujer. Quería tratarla mal, pero en ese estado, en sus brazos y completamente indefensa, le dijo que había sido maravilloso, que todo iba a estar bien, que era una diosa… y que se moría por eyacular nuevamente dentro de ella.

      ¡No! ¡Adentro no por favor! ¡Sácalo afuera! —cuando Lester le dijo que ya se había corrido dentro, se llenó de terror.  Podía quedar embarazada, era una locura ¡Una maldita locura!

Con sus manos ahora libres, Lester pudo servirse nuevamente de sus tetas, mordiéndolas y lamiéndolas, amamantando como un recién nacido para intentar convencerla. En ese punto la sentía tan ida de placer como él, no fue difícil gestar en ella un nuevo orgasmo, haciendo que lo abrazara como la primera vez.

      ¡Córrete! ¡Córrete para mi otra vez!  ¡Vamos! —le animó, moviendo sus caderas a la perfección. Su polla tocaba fondo cada vez que la metía, haciéndola morderse el labio con placer sofocado.

Lester, sosteniéndole la mirada, le volvió a besar esta vez con autentica aprobación.   

      ¡Me corroooo! —gritó Maya, rendida al placer — ¡Me corro! ¡Me corro! ¡Me corro!

      ¡Uh... ugh! ¡Mierda! ¡Aquí viene! — anunció Lester, con el cuerpo temblando.

      ¡Si! ¡Si! ¡Si! ¡Si! ¡Ahhhhh… mi Diooooosss! —gritó finalmente explotando — ¡Me corroooooooooo!

Lester sintió que sus testículos se retorcieron con la primera carga. Maya gritó cuando los primeros disparos de semen espeso inundaron su interior, su coño casado se cerró alrededor de su polla temblando mientras se corría. Mientras ambos cuerpos se aferraban uno al otro, Lester siguió bombeando dentro de ella, tratando de enterrar tanto semen como pudiera.

      ¡Lester! ¡Diossss! ¡Hay tanto…!

Con las caderas hundidas siguió corriéndose, disparando enormes bandas de semen hasta finalmente caer jadeando fuera de ella. Lester no supo cuánto duro, pero sin duda ese orgasmo había sido más fuerte que el anterior, el rostro completamente exhausto de Maya Kersken lo confirmaba, sintió que ambos probablemente podrían haberse quedado dormidos allí mismo, sino fuera porque algo rompió la magia.

      ¿Mamá? ¡¿Mamá estas arriba?! ¡Olvidé unas cosas! —dijo Hailey, haciéndolos saltar de la cama en pánico —¿De quién carajos es toda esta ropa?  

Comentarios

Entradas más populares de este blog

LUCES DE MEDIANOCHE/Prólogo

Prólogo  Frank   Casa de Mike Los dedos empezaban a dolerle, a Mike también, supuso. Pero no parecía importarle en lo mas mínimo. Frank dejó el mando de la consola en su regazo para darse un pequeño masaje en las manos. De verdad no habían parado desde la mañana y le dolía abrirlas. Afuera, la ciudad había dejado de moverse. Un par de conductores daba un bocinazo de vez en cuando, el trafico había disminuido casi en su totalidad. Se levantó y abrió la ventana. Todo tranquilo, de verdad le agradaba ese barrio. Una señora paseaba a su perro y una pareja llegaba cansada con su pequeño a cuestas, parecían desesperados por abrir la puerta y por fin echarse a dormir. Frank miro su propia casa. Al frente todas las luces seguían apagadas, todavía no había vuelto. Y se preguntó si se encontraría esa noche solo en el mismo lugar de siempre. Esperaba que no fuera así. Su madre había fallecido hace menos de un año, la noticia los había devastado. Frank lo acepto, tarde o t...

El Reino Prohibido: C1

  El Reino Prohibido Capítulo I Ash Otra vez había soñado con esa mujer. Se dejó caer contra la almohada y exhaló profundamente. Lo sabía por el desastre en sus pantalones, cada vez que aparecía en sus sueños terminaba de la misma forma. La alarma de su teléfono no había vuelto a sonar, o quizás solamente la había apagado, como otras veces que no era capaz de recordar. Abrió el cajón de su mesita de noche y sacó un par de toallitas húmedas para limpiarse todo el semen de su erección grande y todavía regordeta. Encontró el móvil bajo la almohada y lo levantó. El fondo de pantalla con la fotografía de Selina y él en su primera cita siempre le hacía levantarse con una sonrisa en el rostro. Mientras observaba la imagen, no pudo evitar desviar la mirada de su cara súper linda y tierna para descender unos centímetros, deteniéndose brevemente para admirar la plenitud de sus grandes senos apenas cubiertos, solo para luego avanzar rápidamente hacia abajo, por su silueta curvilín...

L.A: Prólogo

  Prólogo “De tu hija, hermana y esposa, a medianoche en el demonio a su señor verán, maldiciéndote, maldiciéndose…” Profecías de Sangre Vor Kai-Baal La voz en el abismo susurró su nombre, su risa gutural hizo eco hasta sus entrañas y le levantó de un grito completamente empapado en sudor. Esta vez la pesadilla había sido más espantosa que las otras, muchísimo más, se paseó las manos por la cara y sonrió, burlándose de sí mismo como lo hacía tantas veces. Funcionó solo por unos segundos, hasta que golpearon la puerta de forma violenta. —       ¿Dónde está? — preguntó su rubia y voluptuosa hermana. Crystal estaba hecha una furia y aun así lucia espectacular. Su diminuto y ceñido vestido plateado abierto en V sin mangas, no podía lucir más provocador. —       ¡Y a ti que te pasa! — contestó, masajeándose el cuello—¿Sabes la hora que es? Los pezones de sus grandes tetas se marcaban perfectamente, había estado corriendo y el sudor había...