— Bueno
viejo, aquí estamos —dijo Bobby, deteniéndose al final de la carretera que unía
Pinewood con la civilización. El corazón del parque nacional de Silver Lake era
una de los lugares más místicos y alejados del mundo— ¿seguro que puedes llegar
por tu cuenta a ese lugar?
Seguro o no, Ash bajo del auto
para estirar las piernas. Habían sido más de cuatro horas de viaje y tenía las
articulaciones entumecidas y la espalda completamente magullada. En teoría
debería llegar a Mount Hill en menos de media hora y por nada del mundo quería
pasar un minuto más en la pequeña caja de zapatos de Bobby Shelton.
— Tengo
cobertura y el google maps activado así que creo que estaré bien.
A pesar de que las mejillas de Bobby se ensancharon, no pudo
evitar mirarle con gesto de preocupación. Se habían detenido a mitad de la
nada, en medio de unos de los parque más grandes y densos del país, y aunque a
Jacob tampoco le parecía buena idea, quiso aligerar el ambiente describiendo la
fantástica naturaleza que les rodeaba.
Era un cálido día de verano y la vista era impresionante,
con cada fresco de aire puro Ash sentía como el espíritu de la montaña abrazaba
su cuerpo cansado, casi preguntándole porque había tardado tanto. Suspiró y de
pronto se sintió muy bien, habían sido siete largos años y se moría de ganas de
pisar el suelo de madera de su casa a orillas del rio.
—
Quédate a almorzar —sugirió Bobby —¡Jacob y yo
nos morimos de hambre! —La señora Carson los miro de soslayo con evidente gesto
de molestia, se abanicaba el rostro con la mano una y otra vez a pesar de que
el aire acondicionado del auto estaba al máximo, parecía demasiado impaciente
por continuar.
Cuando Jacob le confesó que él y su madre finalmente se mudarían
a las costas de Tremont, pensó que era la oportunidad perfecta. Su lesión en el
hombro le había terminado por costar la beca deportiva que tanto se había
esforzado en conseguir años atrás y estaba devastado, así que, después de
pensárselo por un tiempo, había decidido dejar la gran ciudad para regresar a
casa. Lo que no había esperado, era sufrir tanto en mente y cuerpo durante el
trayecto. La presencia de Yelena Carson y las palabras de Bobby la noche
anterior le habían dejado muy confundido.
Había conocido a Jacob y Bobby en su primer año de
universidad, ambos llevaban siendo pareja desde secundaria y prácticamente
vivían juntos así que compartían sus historias. La pasada noche, mientras
cenaba con Bobby en un restaurant local y le confesaba (para su horror), que viajarían
en su pequeño chevy, le empezó a relatar una historia a todas luces
inverosímil.
Todo había comenzado después del divorcio de los padres de
Jacob, hace aproximadamente unos seis meses. El pobre vendedor de seguros había
encontrado en su propia cama a su mujer y a su amante revolcándose como
animales en una escena dantesca. Por supuesto, había solicitado el divorcio de
inmediato, quien, para su asombro, lo obtuvo sin rechistar y en un parpadeo
junto a las maletas de Jacob.
Al parecer su padre nunca había aceptado su homosexualidad y
Jacob se había cansado de él. Además, no solo había echado a perder la relación
con su único hijo, sino que había desgastado con los años su matrimonio al
punto de no retorno en una absurda indiferencia a su bella y despampanante
esposa.
Ese tipo era realmente estúpido, en eso coincidía con Bobby,
esos cuernos se los había ganado a pulso. El detalle era que la transformación
de Yelena Carson no cabía en el mismo plato, no a ese punto.
Solo había conocido a la madre de Jacob por las fotografías
familiares que él mismo les compartía. Francamente, se veía muy sexy, una MILF
que a su edad mantenía una figura esbelta, senos llenos y caderas anchas que
dibujaban en ella una figura perfecta de reloj de arena. Para los estándares de
Ash quizás no en la cantidad que él adoraba, pero si debía admitir que tenía lo
necesario para llamar la atención.
Después del divorcio se había mudado con Jacob a un viejo
edificio a unos treinta minutos de la universidad. Luego de un par de semanas,
y como era de esperarse, Yelena Carson rehízo su vida sin ningún problema,
recuperando un poco de su vida social que le había sido negada de forma
injusta.
Por supuesto, las citas estuvieran a la orden del día y
Jacob se terminó acostumbrando a su nuevo estilo de vida. Bobby, en cambio,
comenzó a asustarse poco a poco.
Digamos que, Yelena Carson no sentía conforme consigo misma.
—
No tengo hambre y prefiero caminar— dijo,
acomodándose su mochila, tratando en lo posible de no mirar el escote de la
señora Carson.
Ash había escuchado unos cuantos rumores al respecto. Por
supuesto, había tomado con humor todo el asunto hasta la otra noche. Para ser
más precisos, había sido completamente escéptico hasta el momento justo en que
Bobby le enseñó una fotografía de una cena hace pocos días.
La señora Carson había cambiado. Literalmente. Es decir, era
otra mujer.
Para empezar y según Bobby, había renovado por completo su
armario con los más apretados y ligeros atuendos que enmarcaran sus atributos. Como
Ash recordaba, la señora Carson ya era sexy, así que su nuevo estilo juvenil
hizo saltar por los aires toda su bien formada fisionomía exhibiendo sus
turgentes senos y su culo lleno y respingón.
Pero las cosas no se detuvieron ahí, la señora Carson empezó
a llamar la atención de toda clase de hombres en una campaña de desenfreno
sexual sin precedentes. Ash estaba al tanto de un par de historias que habían
estado rondando en las redes sociales, pero nada parecido a lo que Bobby le
había contado.
No solo se acostaba con quien le plazca, había empezado a
salir con con varios hombres acomodados de la ciudad. Los rumores decían que la
habían visto de la mano entrando a hoteles muy caros con políticos y hasta
jóvenes deportistas de la ciudad de Pinewood y Bobby juraba que era verdad. Él mismo
le había visto con la mitad del equipo de Ash una noche en un bar local. Las
historias que contaban esos chicos eran increíbles.
Ahora entendía porque bromeaban de forma estúpida cuando lo
escuchaban hablar con su amigo por teléfono. ¿La mitad del equipo? ¡Santo
Cielo! ¡Se había convertido en una puta total! Desde luego, esa había terminado
siendo una de las razones por la cual habían decidido mudarse. Bobby le contó
que una noche Jacob y su madre hablaron al respecto, y entre lágrimas su madre
le había dicho que no podía parar.
Para Jacob, tantos rumores malintencionados le hicieron
tener esa noche un ataque de ansiedad. Bobby no estaba seguro. Habló de un
sello… algo de que se había roto, que
era inevitable, que los cazadores vendrían a por ella y tenían que huir.
Sus palabras no tenían ningún sentido. Y su apariencia
menos.
Durante todo el trayecto, Ash se había sentado en el asiento
trasero con ella y la señora Carson no le había dirigido la mirada en ningún momento,
él en cambio, había estado constantemente comparándola con la mujer en la
fotografía que Bobby le había compartido por teléfono. La misma que alguna vez
había visto en la billetera de Jacob. No podían parecerse menos.
No solo se trataba del corte de cabello, ropa, maquillaje y
demás accesorios que hacen a una mujer cambiar de look de forma impresionante. Ni
siquiera un montón de horas en el gimnasio. Ni siquiera un montón de cirugías.
No podía reconocer a esa mujer como la misma que tenía en su teléfono. Era
imposible.
—
¡Jacob, acompáñame, necesito ir al baño! —dijo, acomodándose
sus gafas de sol.
La fotografía que le había enseñado Bobby enmarcaba a una morena
Yelena Carson de cabello corto y rubio apoyada en el hombro de su ex marido. A
su lado y con sus mismos ojos verdes, Jacob la abrazaba llevándole más de una
cabeza, su rostro amable, redondo y con ligeras pecas, brillaba en una sonrisa cálida
como en la de un comercial de navidad.
Nada tenía que ver con la voluptuosa pelirroja de rostro
afilado y de piel nacarada como una perla que tenía frente a él. Su prístino
rostro y los pequeños hoyuelos en sus mejillas la hacían ver como una mujer que
estaba rozando los treinta y no los cuarenta, sus pestañas largas y sus ojos de
un misterioso azul zafiro le daban un aura de erotismo que se magnificaba cada
vez que enseñaba los dientes. Llevaba un piercing labret vertical en forma de
anillo en la mitad de su labio inferior.
Imposible, se repitió para sí mismo. Y eso solo era de
hombros hacia arriba.
Bobby le contó que las nuevas curvas de Yelena Carson la
habían convertido en un símbolo sexual. No se equivocaba, su busto y caderas
ahora sí eran lo suficientemente grandes para hacer temblar a Ash frente a su
presencia. Sus tetas eran tan grandes como las de la actriz porno Angela White,
y su trasero eran tan grande, redondo, y en forma de corazón como el de la
leyenda Alexis Texas.
Ahora que podía apreciarla en todo su esplendor pudo darse
cuenta de otro detalle, la madre de Jacob era casi tan alta como él. Otra cosa
que no tenía sentido comparándola con la mujer de la fotografía. Y, sin
embargo, a pesar de sentirse confundido y algo asustado, no podía dejar de
pensar en que la nueva señora Carson era perfecta. Demasiado perfecta, quizás.
Una buena cantidad de dólares en un par de cirujanos
expertos debía ser la más obvia de las respuestas, pensó Ash, desechando las
teorías paranoides de Bobby. Botox, un montón de plástico, lo que sea, además
de todo el sexo que estaba teniendo la había llevado a vivir una segunda
juventud, y Ash no se sintió capaz de juzgarla, después de todo, tampoco era un
santo.
A decir verdad, había venido a Mount Hill precisamente
persiguiendo su pecado, enamorado como un idiota de un amor imposible.
—
Más te vale que mantengas los ojos abiertos en
el camino, he oído un montón de historias en reddit de avistamientos de
wendigos en este bosque —dijo Jacob, burlándose de él. Bobby le miró aterrorizado.
—
¡También voy a extrañarte, idiota! —contestó Ash,
enseñándole el dedo medio — ¡Cuídense, buen viaje a todos!
***
A eso de las cuatro de la tarde Ash se rindió y envió un
mensaje de texto a su tía para que viniera a recogerlo. Después de girar en un
camino de tala, se había adentrado en un estrecho solo para encontrar una
cortina de árboles que le había obligado a tomar otro estrecho aún más angosto.
Seguir el maldito GPS había sido absurdo desde el principio, calculaba que
había estado caminando unas quince millas dando vueltas y vueltas sin ninguna
idea realmente de donde estaba.
Los arboles frondosos y verdes le habían parecido un
escenario mágico y misterioso al principio. Ahora, después de caminar solo por
más de tres horas, los ecos de la naturaleza se estaban convirtiendo en
susurros llenos de una malicia inexplicable. Se sentía observado y vigilado en
cada paso, como si el bosque estuviera esperando el momento para devorarle
hasta sus entrañas, hasta un lugar donde nunca más pudiera regresar.
Gracias al cielo pudo darse un respiro. Después de llegar a
una elevación del sendero había encontrado un camino de grava que lo había
llevado devuelta a la carretera. Ahí se encontraba, en una vieja parada de
autobús tratando de recuperar las fuerzas para continuar, sobre todo el valor
para confesarle a su tía que había perdido la beca por una estúpida lesión.
Sentía mucho decepcionarla, y se encontraba repasando las palabras correctas.
Justo en el momento en el que se vio tentado a emprender su
camino de vuelta, un sonido familiar le sacó de su ensoñación, o más bien, unas
largas y hermosas piernas. El sonido de alarma de una decena de notificaciones
le había hecho levantar la cabeza solo para encontrar a una mujer al otro
extremo del banco, a apenas un par de metros.
Casi estuvo a punto de gritar de la impresión, no la había
sentido acercarse en lo absoluto, estaba concentrada en su propio teléfono
tecleando a una velocidad que parecía que su vida dependía de ello. Tenía el
cabello recogido en una larga cola de caballo que caía en cascada bordeando su
prominente pecho hasta besar sus interminables piernas. Parecía más joven que
él, de unos dieciocho años tal vez, su rostro le delataba, sin embargo, todo lo
demás advertía de una mujer con un cuerpo capaz de ser portada de una revista
para adultos.
—
Eh… ¿hola?
Cruzo las piernas y le miro de reojo con la misma atención
que le daría a alguien a una mosca. Trago saliva, él en cambio no podía dejar
de mirarla.
Su rostro era sensual y misterioso. Tenía ojos penetrantes y
labios carnosos, curvos y sensuales. Su rostro de ligeros rasgos latinos la
hacían lucir una sorprendente belleza natural.
—
¡Ehm…! —se aclaró la garganta — ¿de casualidad
conoces Mount Hill?
—
¡Te odio! Lo sabes, ¿verdad? —preguntó, una voz
a su espalda.
Un voluptuoso espécimen de aparentemente la misma edad que
la chica misteriosa se encontraba jadeando con las manos en sus rodillas. Desde
esa posición el abismo de su escote era más escandaloso que el de la señora
Carson, sus tetas como enormes globos de carne parecían a punto de desprenderse
de su sujetador deportivo.
—
Dieciséis minutos y treinta segundos tarde
—replicó, con una sonrisa burlona — ¿y los demás?
—
Nikki no debe tardar… —dijo, respirando con
dificultad — … me venía siguiendo de cerca. Jess un poco más atrás, junto a
Reiko —respiro hondo y se irguió orgullosa, tratando de aparentar normalidad — Kyle seguramente está arrastrando a los
idiotas de sus amigos si es que no se rindió ya. El resto debe estar ahora
mismo siendo torturado e insultado por la señora Henderson.
Cuando la chica de la cola de caballo se puso de pie, no
pudo evitar compararlas. Al menos debían de ser copa DD cálculo, estudiando sus
redondos pechos, gordos y llenos. Ambas llevaban leggins spandex hasta los
tobillos que mostraban de forma pletórica las curvas de sus musculosas piernas
y más arriba, el material no parecía rival para semejantes traseros de ensueño.
En ese campo, sin duda había un duelo a muerte, la imagen
impecable en forma de corazón sobresalía magníficamente de la espalda de cada
una. Aquellas persistentes ondulaciones y sacudidas invitaban irresistiblemente
al espectador a acercarse, o al menos a admirar detenidamente tamaña obra de
arte.
Para un ojo clínico como el suyo, la agitada chica de cabello
castaño perdía, pero solo por muy poco.
—
Así que al final si tenías un novio, ¿eh? —dijo,
mirando a Ash con genuino interés.
—
¡No digas estupideces! —dijo estirando sus
piernas — Nos vemos en la escuela… —se detuvo para sonreír otra vez de forma
socarrona — … dieciséis minutos y treinta segundos más tarde que yo, por
supuesto.
—
¡Serás zorra! —rugió desafiante. Pero cuando
quiso seguir los pasos de su compañera, lo que parecía ser un esguince le
obligó a detenerse.
En cuestión de segundos su amiga ya se había adentrado lo
suficiente en el bosque como para perderla de vista. Trastabillando, Ash le
ayudó a sujetarse hasta llegar a los bancos, por su rostro en verdad debía
dolerle mucho, sobre todo su orgullo, de eso podía estar seguro.
—
¿Estas bien?
—
Si… gracias —dijo respirando hondo y resignada—
Tú… ¿de qué clan eres? No recuerdo haberte visto nunca — preguntó acercando su
rostro al suyo — ¿vienes del otro lado?
—
¡¿Qué?! ¡No! ¡Bueno sí! —contestó nervioso
—¡Vengo del otro lado de la ciudad! Ehh… de Pinewood —agregó — ¿conoces Mount
Hill?
—
¡No puede ser! —dijo, parándose de golpe como si
hubiera visto a un fantasma.
—
¡Si no estás bromeando será mejor que te
sientas, ese tobillo tiene muy mala pinta!
El ruido de un motor llegó a lo lejos, cuando se giró vio
una camioneta acercándose una velocidad que seguro violaba la marca permitida
en cualquier estado del país. Justo cuando sintió que iba a pasarles por encima
se detuvo a escasos metros con un ruidoso rechinar.
—
¡Rayos, tía! ¡Qué susto me has dado! — dijo Ash,
con el corazón martillándole el pecho.
Rápidamente la miró de arriba abajo. Primero su cabello
rubio rizado y claro hasta los hombros, seguido de su piel blanca, suave y
cremosa. Luego su cuerpo, ¡Oh, su cuerpo! su cuerpo de escándalo, su figura que
le atormentaba cada noche. Su leitmotiv en su vida y también su angustia, la
principal razón por la cual había decidido dejarlo todo. La miró a los ojos, y
ella hizo lo mismo.
—
¿Qué haces aquí? ¿Por qué viniste?
No era la reacción que esperaba, pero tampoco se sorprendió.
Cientos de veces le había hecho prometer que no volvería a Mount Hill, que nunca
pisaría ese bosque. Había roto su promesa, pero tenía que escuchar las razones.
—
¡¿Dijiste tía?! —preguntó la chica a su costado,
cada vez más desconcertada.
—
¡Sarah, dame un minuto, te lo ruego! ¡Necesito hablar
con él! — contestó su tía.
—
¿Sarah? —preguntó Ash, conocía ese nombre.
—
¡Me mentiste! —reclamó la chica — ¡Cómo pudiste!
—poco a poco su voz se quebró.
Tenía catorce años cuando se marchó a Pinewood con los
Torrance, eso podía recordarlo. Su vida antes de eso parecía moverse entre
neblinas, de algún lugar en esa oscuridad llegaba ese nombre, llamándolo entre
sollozos, gritando que no le dejara atrás.
Todo pasó muy rápido, en cuestión de segundos la muchacha
llamada Sarah se arrojó a sus brazos y le estampó un beso en los labios que le
quitó el aliento.
—
¡Bienvenido a casa, hermanito! —dijo aferrándose
a su cuello.
Braxal
Kertia
Mataría esa
noche. Muchos de los magos de la ciudad andaban tras la pista y no podía darse
el lujo de dejar cabos sueltos. A los engendros de Bal no les importaría una
ayudita extra con su trabajo así que sonrió con la esperanza de encontrar a
Rajak y a sus hombres. Tenían asuntos pendientes con ese desagradable perro del
Consejo, y si la suerte le acompañaba esa noche segaría su vida de una vez por
todas.
—
¡Date prisa! —acusó el inquisidor.
Los ojos del
muchacho eran extraordinariamente hermosos. En un instante eran de color ámbar,
felinos e inquietantes y, al siguiente, eran grises y taimados como los de una
serpiente. Un auténtico arco iris de colores capaz de reflejar todos los
estados de humor. Justo en ese momento eran completamente rojos, hinchados de
una ira asesina. Se preguntó si serían capaces de matar a sangre fría.
—
¿Ya? ¡No tengo todo el puto día! —se quejó,
acomodándose el cuello de su capa —¡Debemos llegar al castillo de Orien Bosley
antes del anochecer!
Prácticamente
había tenido que cavar con sus manos, el pedazo de madera que había intentado
usar como pala solo le había servido para ponerlo más furioso. Tenía las uñas
rotas y escurriendo en sangre, pero había hecho el trabajo muy rápido para su
asombro así que estaba bien. El cadáver había dejado de apestar al menos.
—
¡Te lavarás en el rio! —dijo, mirando su aspecto
de forma desagradable— ¿No pensaras presentarte así ante tu nuevo señor?
El muchacho se
agachó para acomodar unas cuantas rocas sobre la tumba, supuso para reconocer
el lugar. No tenía nada ahora y jamás volvería a ver a su único amigo. Braxal
Frost tampoco iba a olvidar al anciano, la deuda que tenía con él iba a
saldarse esa noche, le había prometido que cumpliría su palabra y así iba a
hacer.
—
¡No iré! —resolló el muchacho, tomando un puñado
de tierra entre los dedos.
Sintió que se
le rompía el corazón, estuvo a punto de echarse a llorar, pero en su lugar
prefirió arrojar un fuerte eructo. Siempre le pasaba cada vez que comía
panceta, le preocupaba que pronto le entraran ganas de cagar.
—
Bien…—dijo, quitándose ambos guantes de las
manos —…pero prefiero matarte yo mismo antes que el Consejo. El viejo Mock supongo
debe estar esperándote… —la sonrisa que tenía no le cabía en el rostro.
Estuvo a punto
de atropellarlo con una retahíla de insultos cuando una piedra paso por su
costado rozándole la mejilla izquierda. No fue aquel vil acto lo que le
sorprendió, era un pobre muerto de hambre después de todo, lo que si llamo su
atención fue el resto de rocas que habían empezado a levantarse del suelo.
—
¡Venga ya! —dijo, levantando los brazos —¡No lo
hagas más difícil! El anciano debe estar revolcándose en su tumba —empezó a
caminar en círculo alrededor de él —… dejaste un poco de espacio, ¿verdad?
No estaba. Lo
había tenido ahí, a unos metros frente a él y ahora no estaba. De pronto sintió
que le quemaba la espalda y cuando se giró, la palma del chico toco su abdomen.
El golpe le arrojo una docena de metros hasta impactarlo contra una fila de
árboles. Había olvida esa sensación, ¿cuánto tiempo había pasado? ¿treinta
años? No. Imposible. Era demasiado tiempo.
—
¡Eso ha sido increíble! —dijo poniéndose en pie
a duras penas — ¡Dime que tienes más! —su sonrisa era escalofriante.
En un parpadeo
lo tuvo frente a él, con los puños cerrados golpeó nariz y mandíbula en un
intervalo de pocos segundos, luego volvió a alejarse tomando nueva tierra en
sus manos. Lo usaba como catalizador, tenía que ser una broma, el muchacho casi
había aprendido el poder de uno de los signos de Oscentis sin ni siquiera tener
conocimientos básicos de un aspirante a cazador. Era una puta locura.
—
Eso te enseño el viejo Mock, ¿verdad? —graznó,
limpiándose la sangre que escurría por su barbilla —¡Maldito viejo demente!
Volvió a
desaparecer y cuando quiso golpearlo desde un costado lo tomo del cuello
atrapándolo y arrojándolo contra la hierba. El poder en sus anillos reverberó
por su cuerpo, entonces enterró su puño en el vientre del muchacho con tanta
fuerza que le hizo doblarse de dolor. Lo pateó una y otra vez hasta que le
dolieron las piernas, luego se sentó a horcajadas sobre él para
estrangularle.
—
¡Piensas que soy cruel! ¿eh? ¡Un despiadado
asesino! —sus manos apretaban con más y más fuerza — ¿sabes lo que hacen en el
Consejo con hijos de vampiros? ¡No, no importa que seas de tercera sangre, eres
menos que una res para ellos, te cortaran a trozos para estudiarte, te harán
beber sangre humana, te llevaran al abismo y te traerán para volverte a llevar!
—
¡Prefiero… morir… antes que vivir como un
esclavo! —gritó, intentando quitárselo de encima.
Había sido un
milagro que Mock y el muchacho sobrevivieran hace siete años. Cientos, miles no
tuvieron la misma suerte, la guerra había desangrado Kertia dejando al reino al
borde de la aniquilación. Ahora no quedaban suficientes cazadores para proteger
el reino, peor aún, hacía más de tres años que en el mundo al otro lado del
espejo no se producía ningún despertar.
—
¡Mock ya estaba muerto cuando lo encontraste!
¡Nunca debiste enfrentarte a ese mago! —dijo, soltándolo de repente — ¡Y… Orien
Bosley tiene sirvientes, no esclavos!
—
¡¿Acaso no es lo mismo?! — reclamó, respirando
con dificultad, tenía el rostro completamente amoratado.
—
¡No, no es lo mismo, maldito idiota! ¡Themeros
De Vries es un esclavista! ¿sabes lo que haría si descubre tu secreto? En el
mejor de los casos te venderá a las minas de Roshia y si encuentra que no eres
lo suficiente humano para él, te llevara el mismo al Consejo o te entregara a
las Sacerdotisas de Luz, lo cual te garantizo es peor que la muerte, dicen que
sus exorcismos no tienen nada que envidiarle a nuestro trabajo en la
inquisición.
—
¡No confió en ti!
—
¡No lo hagas, nadie lo hace! …salvo el anciano —
dijo con una sonrisa sarcástica— Le prometí que te cuidaría y he estado a punto
de matarte… toma tu decisión ahora, necesito prepararme, esta noche estaré muy
ocupado.
El chico dudó,
barajó sus posibilidades, podía intentar huir también, pero de nada le serviría,
la inquisición le perseguiría hasta dar con él. Incluso si llegara al pequeño
reino de Moradria al lejano sur, los príncipes elfos harían poner su cabeza en
una pica, corrían rumores de que el príncipe Jedediah había sido seducido por uno
de los hijos de Lilith y ahora quien gobernaba el trono del Sol era una
poderosa vampiro de primera sangre. En el Consejo decían que la princesa Kadeli
había desaparecido, o lo que era peor, había muerto a manos de su propio
hermano.
—
¿Es cierto que Orien Bosley tiene una colección
de mujeres fae en su castillo? —Braxal asintió, el chico no era tan tonto
después de todo — ¿Y es cierto que le rompiste la nariz al Archilector hace
unos años en el salón de duelos?
—
Eso fue hace mucho tiempo… —dijo, limpiándose el
polvo —Ambos eran muy jóvenes, y seguíamos a la misma mujer— Recordar a
Madeleine Bosley le hizo erizar cada vello de su piel.
—
Y digamos que desde ahí tu relación no es muy
buena, ¿verdad? ¿y cómo piensas hacer para que me contrate?
Le iba a retar
a un duelo por supuesto, y le dejaría ganar ofreciéndole un par de dientes por
las dudas. En el Consejo enumeraban las cualidades y virtudes de Orien Bosley,
pero Braxal sabía que no olvidaba esa humillación, un noble jamás olvida ese
tipo de cosas.
—
¡Lo sabrás en cuanto lleguemos! —dijo con una sonrisa —¡Desde este momento
eres Rael, y eres hijo de pescadores del antiguo reino de Thasabel!
—
¡Me llamo Asmodeus y soy de Ind Ashari!
—replicó.
—
¡Vas a hacer lo que yo quiero que seas! —dijo, amenazándolo
con un dedo —¡Si Orien Bosley nos recibe, repetirás cada maldita palabra que
diga! ¡A cambio…!
—
¡Déjame adivinar, quieres que sea tu espía…!
—
¡Me has leído la mente! —exclamó, levantando las
cejas — ¡A cambio…a cambio te enseñaré a usar el signo de Ib! — Sus palabras
hicieron brillar los ojos del chico de color esmeralda.
Rael, le
llamarían Rael, como el único hijo que tuvo alguna vez.
Lester
Tremont
Era un completo desperdicio. Todo
el mundo parecía más concentrado en tomar una fotografía o grabar un video para
sus redes sociales en lugar de apreciar con sus propios ojos aquel espectáculo
de la naturaleza. El ocaso en la playa de Sin Bay era una de las cosas más
impresionantes en el mundo, cientos de bañistas visitaban sus playas en esa
época del año para vivir ese momento, pero la verdad es que la actitud del
publico dejaba mucho que desear.
De todos, Lester sintió que era
el peor. Pero tampoco es que tuviera vergüenza de reconocerlo, era su momento
favorito de la estación, los mejores culos de Sin Bay se acercaban a la orilla
para exhibir sus mejores atributos en un festival de tetas y nalgas digno de adoración.
Sin embargo, esa tarde no estaba disfrutándolo como solía hacerlo, le era
imposible no sentirse incómodo cuando todos sus congéneres masculinos miraban hacia
el otro lado y él no.
Resignado se giró solo para
comprobar lo que ya se imaginaba. Todo el mundo estaba observando a Cassandra
Carson. Fuertes razones tenían, claro estaba. Ningún maldito hombre que se
considerara heterosexual podría despegar sus ojos de semejante monumento de
hembra. Ahí estaba el problema, no es que Lester no quisiera, simplemente no
podía.
Era su propia madre después de
todo.
Desde su silla de vigilancia,
aquella diosa pelirroja parecía una reina elfa en su trono. Podía notarse a
kilométricos como sus voluptuosas carnes sobresalían por encima de su clásico
bañador rojo de una sola pieza. Aquellas curvas ciclópeas eran fuente de
envidia y miradas desdeñosas… con excepción de un par de MILFs que conocía
bien. Lamentablemente ese par que estaba
a su altura, no se encontraba en ese momento al alcance de su paladar visual.
Completamente ajena a toda la
atención que causaba, Lester observó como la experta socorrista peinaba de
palmo a palmo la playa con los prismáticos, atenta a cualquier bañista
negligente que tuviera por capricho adentrarse más allá de lo aconsejable en el
mar. El público admiraba su determinación, pero por otras razones, Lester
estaba seguro que muchos pondrían su vida en juego con gusto, por el solo hecho
de tener a esa mujer entre sus brazos.
Sí, toda una hembra, pero Lester
no olvidaba que había arruinado a su familia cuando tenía ocho años.
Su padre y él la descubrieron la
noche que regresaban de visitar a su abuela. Los gritos de placer de su madre
se alcanzaban a escuchar desde la calle. Descubrir su infidelidad no había sido
el problema, sino la poca moral con la que lo había aceptado, reconociendo no
solo aventura, sino también exigiendo el divorcio con una desfachatez
insultante. Lo último que le dijo a Lester antes de marcharse fue que nunca
debía acercarse a ella, que era una mujer mala y que su madre había muerto.
Esas palabras quedaron marcadas.
Jamás le había vuelto a dirigir
la palabra desde ese día.
Para beneplácito de su padre (y
antes de que la vida le fuese arrebatada en un trágico accidente), pudo casarse
con la mujer que merecía. Andrea era venezolana de nacimiento y tenían un
pequeño restaurant de comida en la playa. Un día, mientras veraneaba por la
costa, la conoció y se enamoraron. Ambos venían de un matrimonio completamente
roto así que no tardaron en entenderse. Cuando se enteró que tenía una hija,
con mayor razón se sintió comprometido a rehacer su vida con ella. Era como si
por fin hubiera encontrado su otra mitad.
— ¡Claro!
¡En donde otro lado ibas a estar! —reclamó Lorena, con los brazos en jarras.
Su hermanastra llevaba un
apretado conjunto rosa que combinaba con unas sandalias del mismo color. A sus
veintiún años sus carnes se habían llenado al punto de causarle un sin número
de erecciones en su propia casa, no podía quitarle los ojos de encima a sus
grandes y oscilantes pechos en forma de pera o sus nalgas redondas y abundantes
que parecían suplicar al cielo ser amasadas y estrujadas hasta la saciedad.
Por otro lado, estaba su
madrastra, llevaba enamorado de esa mujer desde la pubertad, y aunque era la
mujer de su padre (que en paz descanse), no podía dejar de pensar en la figura
de ensueño que poseía cada noche que se iba a dormir.
— Solo
me estaba distrayendo un rato —dijo dándole un repaso de canto a canto —Dile a
Andrea que estaré con ella en cinco minutos.
— ¡Voy
yendo! — dijo, despidiéndose—¡Hay que hacer varias entregas! ¡Más te vale que
te des prisa! — El balanceo de sus carnosas nalgas hizo que su polla se moviera
de izquierda a derecha como el péndulo de un metrónomo.
Era un crimen que un bombón como
ella ya estuviera comprometida, más aún si cabe tratándose de un mujeriego de
pacotilla cuyo único mérito había sido destacar en un torneo de surf local. Detestaba
al tipo ese, igual que Andrea, pero estaba enamorada y no escuchaba a nadie más
que así misma.
Ambos se habían visto obligados a
ayudar en el negocio familiar. Lamentablemente, después de que la empresa de su
padre quebrara, su pensión se había reducido al punto de que habían tenido que
hipotecar la casa para que los prestamistas de Andrea no les quitaran el local.
El matrimonio había sido muy ingenuo en el tema económico, y ahora estaban
pagando las consecuencias.
Mientras caminaba por la orilla
vio como el par de albinos Cloig y Pits maldecían una y otra vez dando patadas
a la arena. Los hermanos, que se insultaban por igual casi escupiéndose,
parecían a punto irse a los golpes.
— ¡Hey!
¿Y a ustedes que carajos les pasa?
Los socorristas más larguiruchos
y famélicos que había conocido en toda su vida le miraron aterrorizados. Habían
llegado hace un año de algún rincón de Europa, sus nombres eran tan raros como
sus aspectos, parecían pajarracos de caricatura.
— ¡Hijo
del fuego! ¡Perdimos algo sumamente importante para nosotros!
— ¡Cállate
idiota! ¡No le llames así! ¡La ama te lo ha dicho un millón de veces!
Además, estaban locos de remate. No
tenía idea de cómo el ayuntamiento los había contratado, la condición física de
ambos le parecía deplorable. Eso sí, eran leales a su jefa, o más bien a su
ama, solo les faltaba empezar a mover la cola cuando la tenían cerca.
— ¡Olvídalo!
—dijo Pits, observando la camioneta de su madre partir. Empezaron a correr a su
propio vehículo como alma que lleva el diablo.
Metros más adelante, cuando había
reanudado su marcha, vislumbró una moneda que el mar casi había enterrado con
su abrazo. La tomó entre sus dedos y se dio cuenta que era muy antigua, quizás
de mitad del siglo pasado, o quizás mucho más antigua, el borde era dorado y
tenía una calavera en medio, su relieve era extraño, de un material que jamás
había visto, los ojos de la calavera eran rojos, y parecían brillar en la
oscuridad. La metió en su bolsillo y decidió que la devolvería a los albinos
cuando se cruzara con ellos nuevamente.
***
Mientras bebía de la impresionante perfección del glorioso
trasero de su hermanastra por enésima vez, Lester no pudo evitar sentirse
sonrojado, mareado y cachondo de nuevo, a pesar de que acababa de masturbarse.
Lorena era una mujer bastante hermosa. Preciosa, incluso. Y amaba su lujurioso
trasero caliente, pero el de Andrea estaba a otro nivel, y tenerlas a las dos
juntas sacudiendo sus carnes de un lado a otro le ponía enfermo.
—
Hay que dejar esto en casa de la señora Kersken
—dijo Andrea, caminando en su dirección.
Su vestido amarillo parecía demasiado corto y ajustado de lo
que realmente era. El material se adhería a su impresionante figura hasta justo
por encima de las rodillas, al mismo tiempo que mostraba un poco de la parte
superior de su pecho. Sería de buen gusto en una mujer normal, pero en una
mujer con el busto de su madrastra, parecía más una pieza de dormitorio que un
vestido casual.
—
¿Lester? ¿Me oyes? — sus pechos, grandes, suaves
y blandos parecían haber derrotado a su sujetador marcando la tela con dos
puntas de flecha.
—
Están… deliciosos… —dijo, tragando saliva. La piel canela de
Andrea brillaba sudorosa por el calor de la cocina.
—
¡Pero a la señora Kersken no le gustan fríos!
— se quejó, entregándole su pedido de
calamares fritos —¡Y esto es para Cloig y Pits! —declaró entregándole otra
bolsa — Me ayudaron con las compras el otro día… no te molesta pasarte por su
casa, ¿verdad?
—
¡No! ¡No! ¡También tengo que entregarles algo!
—dijo, sin dejar de ver su cavernoso escote.
—
Es la última, no corras con esa moto por favor.
Voy a estar esperándote —dijo, regalándole una agradable sonrisa.
Lo haría todo en menos de treinta minutos, calculó.
Regresaría para cenar con esos dos bombones, y si tenía suerte, vería un poco
más de piel de esas diosas tirando otra vez su tenedor bajo la mesa.
Por las prisas con la que se movía Lorena, era casi seguro
que saldría con alguna excusa para quedarse a dormir en la casa de ese hombre
otra vez. Mucho mejor para él, pensó. Andrea seguro le pediría ver una película
juntos, solo esperaba tener un poco de suerte.
***
Como una serpiente arrastrándose frente al mar, la carretera
22 de Tremont tenía una generosa vista del Pacifico que encandilaba a
visitantes y curiosos. Muchos de ellos aprovechaban cualquier punto de la carretera
para detener sus vehículos y perderse en sus pensamientos con el sonido de las
olas de fondo. Era un momento de reflexión para muchos a esa hora del día.
Aquel personaje, supuso Lester, debía de estar pasando por
una situación complicada. La figura encorvada en la penumbra parecía adentrarse
más y más en un mar inquieto que amenazaba con devorarlo. Tuvo un mal presentimiento
así que detuvo la moto a un lado del camino.
—
¡Hey! ¿estas bien? —preguntó a lo lejos.
No lo escuchó, o simplemente no quiso hacerlo. Cuando se dio
cuenta, prácticamente ya se había sumergido de cuerpo entero.
—
¡Hey idiotaaa! ¿estás loco? —gritó, comenzando a
correr.
Pobre tipo, había perdido la cabeza. Pero cuando Lester puso
un pie sobre el agua salada ya había desaparecido, no quedo nada de él y cuando
se sumergió le fue imposible encontrarlo. Vociferó una docena de maldiciones
antes de salir rendido a la orilla.
—
…filius
succubus…
Lester se tropezó asustado. Aquella cosa espeluznante se
arrastraba encorvada como un insecto con caparazón, su hediondo olor era tan
desagradable como su aspecto, la forma en cómo se movía le erizó los vellos de
la piel, los anillos en su cayado que parecían hechos de hueso le revolvió las
tripas.
—
… veni ad vestram vocationem… —gimió la voz,
extendiendo una mano anormalmente larga.
—
¡Mierda que susto! —dijo Lester, tocándose el pecho — ¡No tengo
dinero hermano, lo siento! —El hijo de perra al menos estaba vivo, pensó.
El tipo daba miedo sin esfuerzo. El velo negro que lo cubría
era un manto de oscuridad con dos puntos rojos en medio.
—
…filius
ignis… en…tregad…la… ofrenda…
—
¿Vienes de una fiesta de disfraces o algo así?
—dijo, cruzándose de brazos. Debía de estar tan alcoholizado que no se enteraba
de nada.
—
… tu
ofrenda… mía… un den…
—
¡Ya te dije que no tengo nada! —respondió,
enseñándoles sus bolsillos.
La moneda cayó junto a una tira de goma de mascar y sus
llaves. Eso había sido realmente estúpido, y antes de que pudiera agacharse a
recoger sus vergüenzas, esa cosa se le adelantó.
—
…pacto…
sagrado… —dijo la voz, recogiendo la moneda con unas uñas que más parecían
garras.
—
No diré a nadie que intentaste suicidarte, lo
prometo. Pero deberías hablarlo con alguien.
—
…lo que
pediste os concedo… — anunció, entregándole una pequeña botella de cristal
—… tu cuello… una gota… solo una bastará…
la mujer que deseas a tus brazos caerá… voluptatibus carnis…
—
¡Parece caro! ¿Qué marca es? — preguntó,
examinando el perfume.
—
…volved a
mi sueño he…mi tiempo aquí se ha terminado…
—
¡Espera un segundo, voy por mi teléfono! —dijo,
dándole la espalda —¡Llamaré a alguien para que te recoja!
Fue solo un instante. Un parpadeo. Desapareció, y el mar fue
su único testigo. Nadie iba a creerle, ni siquiera Andrea ¿qué carajos acababa
de pasar? ¿quién demonios era? ¿por qué le había dado esa botella?
Era suya, eso había dicho, era ridículo, pero ahora mismo no
podía despegarse de ella. Cuando la levantó para observarla mejor tuvo que
reconocer que se sintió complacido y extrañamente excitado, avergonzado tomo su
motocicleta y se largó de ahí.
Una vez que el motor empezó a rugir, aceleró quemando neumáticos
tratando de alejarse lo más pronto de la playa. Estaba tan agitado y nervioso
que, en menos de la mitad del tiempo estimado, ya se encontraba frente a la casa
de la señora Kersken.
Distinguió el volvo azul de su marido alejándose, su
compañía le hacía moverse por todo el país, así que por la cara de Hailey dedujo
que se trataba de un maldito viaje de negocios. Maya Kersken, por otro lado, no
parecía tan triste como su hija, estaba radiante en un vestido bodycon ceñido a
su cuerpo con una sonrisa descarada en el rostro, casi esperando calculadamente
que también su hija de una vez se largara.
Era innegable que, a sus cuarenta años, Maya Kersken
mantenía unas curvas que eran a menudo tema de conversación. Su corte bob rubio
platino añadía un toque de sensualidad que hacia resaltar aún más, su ya de por
si, infartante figura. Una hembra con un cuerpo capaz de poner a temblar a
cualquier mortal, y que tranquilamente podía sentarse en la mesa que compartían
su madrastra y su madre.
Habían coincidido con ella en el gimnasio un par de veces. A
diferencia de ese otro par que habían nacido privilegiadas, Maya había
trabajado muy duro para conseguir ese cuerpo caliente. Tenía unos pechos
soberbios, un par de EE redondos, y suaves, coronados por pezones duros y
gomosos del tamaño perfecto. Su tren inferior, por otro lado, no quedaba a
deber, su enorme trasero, redondo y jugoso y en forma de corazón, era capaz de
romper relaciones amorosas cuando se exhibía por la ciudad, despertando un
fuerte lívido en todo hombre que posara sus ojos en él.
Lamentablemente la señora Kersken tenía de sensualidad lo
mismo que de soberbia. Estaba jodidamente buena, pero era una mujer orgullosa y
presumida. Desde su posición le gustaba ver por encima a los demás,
menospreciando muchas veces sin darse cuenta a la gente que le rodeaba.
—
¡Me quedaré en casa de Alexa! —dijo, la pechugona
de metro sesenta — ¡Y antes de que digas algo, papá me dio permiso! —
sentenció, subiéndose a su bicicleta y agitando sus largas coletas a cada
costado teñidas de un extravagante azul turquesa.
Hailey Kersken era todavía más orgullosa que su madre, ni
siquiera le dirigió la mirada cuando pasó por su costado a pesar de que era
compañeros de curso en la escuela. A sus
dieciocho años tenía un botín para reventar, y eso podía comprobarse en la
enorme legión de seguidores que cargaba en sus redes sociales, su buen par de
tetas y su culo panadero había alimentado aún más su hinchado ego que ahora
alardeaba como si fuera una especie de celebridad.
—
¡Bye amor, diviértete! —dijo, sin siquiera
mirarla, parecía más concentrada en su teléfono que en el resto del mundo.
—
¡Ehmm…! … ¡Señora Kersken…! ¡Señora Kersken!
Traigo su orden… podría…
—
¡Si! ¡Si! ¡Déjalo por ahí! —dijo, tirando un
puñado de dólares a su mesa como si Lester le hubiera pedido limosna.
Tomo el dinero y luego de mascullar un par de insultos se
dio medio vuelta. Justo cuando se disponía a cerrar la puerta tras de sí, alcanzó
a escuchar su conversación.
—
¡Hey, ordené
lo que más te gusta! —le escuchó decir entre risas —Vas a venir, ¿verdad?
¡Sera zorra! Pensó Lester. Esa mujer era de lo peor. Lo
primero que se le vino a la mente fue la imagen de su propia madre y eso le
hizo enfadarse aún más.
—
¡No! ¡No!
¡Tenemos el fin de semana para los dos! ¡Conozco a Hailey, no vendrá hasta el
domingo!
Cómo podía burlarse de su marido y de su hija de esa forma, hasta
qué punto estaba tan desesperada por una polla que no había tardado ni cinco
minutos en citar a su amante a su propia casa. Apretó los puños y se marchó
azotando la puerta con violencia.
Con todo el mal humor del mundo tomo su motocicleta y se
dirigió a casa de los albinos. Los hermanos vivían a un par de calles abajo así
que no tardó en llegar. Su humor no mejoró cuando al llamar a la puerta nadie
contestó. Intentó echar un vistazo rodeando la casa y dio con una pequeña
puerta que daba al patio trasero, así que se coló para dejar la comida en la
cocina. Quería llegar a casa de una vez por todas.
No había nadie, así que, dejando la comida por fin, se
atrevió a abrir la refrigeradora y sacar una cerveza. Esperaba que no se dieran
cuenta, pero sobre todo que no le reclamaran sobre la moneda. Aunque pensándolo
bien, tampoco es que le vieran recogiéndola, no tenían ni idea de que había
sido él ¿Y por qué debería importarle? Era una baratija sin valor después de
todo. Ese tipo era un alcohólico, un adicto quizás, si debía serlo, entonces
saco la botella y la examinó destapándola, nunca antes había exhalado una
esencia tan exquisita, su aroma resultaba embriagador.
Tomo uno de sus dedos y lo humedeció en la fragancia.
Realmente su aroma era el cielo bendito. Ahora podía estar seguro de que al
menos el perfume no era una baratija, y se sintió mal por el tipo, no debió de
tomarla, cuando se le pasara la borrachera seguro pensaría que alguien le
estafó. Burlándose de sí mismo, froto su dedo por su cuello, dejando que la
esencia se extendiera por su piel. Su amada Andrea seguro le estaría esperando,
¿le confesaría esta noche lo que siente por ella?
—
Con suerte y… —dijo, pensando en voz alta —… si
claro, sigue soñando.
Unas voces que vinieron del pasillo lo hicieron levantarse
de golpe asustado. De pronto reconoció las voces de Cloig y Pits, o más bien
sus gemidos, y la voz de su madre de fondo. Todos sus sentidos se paralizaron,
empezó a sudar, no podía ser su imaginación. Esa mujer, otra vez esa mujer,
revolcándose como la zorra que era. Para su asombro, vio cómo se gestaba en sus
pantalones cortos una enorme erección.
Quiso salir corriendo, pero se lo pensó mejor, la muy puta
se había vuelto a casar con un arquitecto de excelente reputación, y así era
como le pagaba. No podía permitir que les hiciera daño a más personas, ese hombre
merecía alguien mejor. Y esa zorra merecía un castigo de una vez por todas.
Sintió un nudo en la garganta cuando la risa de su madre
inundó la sala de forma provocadora. Estaba mal, muy mal, no entendía lo que le
ocurría a su cuerpo. Pensar en el cuerpo de su madre siendo usado a antojo de
esos dos le carcomió la piel.
Lester observó el pasillo, las voces venían de la puerta que
iba al sótano. Maldijo su día, maldijo a su madre, a los albinos y a Maya
Kersken. ¡Mierda! Rezongó, tenía que grabar a esa puta a como diera lugar, con
las pruebas seguro la pondría de patitas en la calle. Espera que si un solo
centavo.
Llegar a esa puerta no fue difícil, lo que le costó una
eternidad fue asomarse, iba a tener que usar las escaleras y eso le dejaría en
evidencia a los pocos segundos. En cambio, si simplemente se agachaba boca
abajo sobre los primeros peldaños y estiraba el cuello un poco debería ser
suficiente para satisfacer su curiosidad y empezar a grabar.
Lo que vio marcaria su vida esa noche.
Aquellas figuras no eran humanas. Si no fuera porque había
jugado decenas de RPGs de fantasía en su infancia podría jurar que se trataba
de goblins. De los verdes, orejudos y famélicos a los que había combatido en
videojuegos. En medio de ellos, y con una polla en cada mano, Cassandra Carson,
los pajeaba a gran velocidad exhibiendo los pechos desnudos de su bañador.
—
¡Ah sí, mi señora, no pare! ¡Ya casi! —gritó
Cloig.
—
¡Oh mierda! ¡Me corroooo! —gimió Pits, haciendo
estallar su carga sobre el rostro de la MILF.
Lester vio como las luces titilaban con cada carga arrojada
sobre el cuerpo de su madre, mientras las sombras a su espalda proyectaban unas
enormes alas.
—
¡Menos de un minuto! —les gritó claramente
molesta — ¡Y tenía que caer en el puto cáliz para que me lo bebiera! —dijo,
sorbiendo como podía cada gota de esperma —¡Cuántas veces se los tengo que
decir, pedazo de inútiles!
—
¡Ahhh… mi señora, perdóneme! —chilló Cloig
—
¡Si tan solo nos dejara usar su coño alguna vez!
—reclamó Pits.
—
¡Ni en sus sueños! —contestó, burlándose de
ellos—¡Y más les vale llenar cuantos antes esas bolas, mi hermana llega esta
noche!
—
¡¿Hermana?! ¡Pero mi señora… no podemos…!
—
¡Imposible! ¡Imposible! ¡Moriremos!
—
¡Morirán esta misma noche si no satisfacen su
sed! —sentenció, acomodándose su bañador y preparándose para irse.
Lester retrocedió horrorizado. Con el corazón martillándole
el pecho gateó hasta la salida, una vez fuera se dio cuenta que su erección era
cien veces peor. Empezó a dar vueltas y vueltas sin sentido por la acera sin
tener idea a donde se dirigía, su mente era un caos, nada tenía sentido, en
unas cuantas horas su vida había cambiado por completo y no tenía idea de que
decir o hacer.
¿Se había vuelto loco y se lo había imaginado todo? Era más
probable que todo lo que acaba de pasar frente a sus ojos. Su madre era una
especie de… ¿bruja? … y esos dos chicos eran monstruos… monstruos sacados de
Calabozos y Dragones, ¿qué más seguía?, ¿orcos?, ¿licántropos?, ¿vampiros?,
¿fuerzas del bien y el mal? Se vio tentado a regresar y exigirles una
explicación a los tres ¿Y si hablaba con Andrea? No, era más probable que esta
noche se acostaran que le creyera una sola palabra, era absurdo, y sin embargo,
se había sentido tan real.
Y lo que era peor, no podía dejar de pensar en el cuerpo de
su madre.
Sin que se diera cuenta, sus pasos le había llevado de
vuelta a casa de la señora Kersken. Una camioneta, avanzaba lentamente en la
misma dirección. Reconoció al hombre, y él a Lester.
—
¿Así que tú eres el amante de la señora
Kersken?
—
¿Lester? ¡¿Qué?! ¡No sé de qué hablas! —dijo el
sorprendido novio de Lorena. Llevaba varias latas de cerveza en el asiento
además de unas cuantas sobre el tablero.
—
Te gustan los calamares fritos, ¿verdad? Una vez
oí a Lorena decir que era tu plato favorito.
Jasper Johns, vividor y surfista de medio pelo, se quedó sin
habla por unos segundos hasta que finalmente rompió en carcajadas.
—
¡Escucha! —dijo, invitándolo a apoyar los codos
en la camioneta — Aquí entre nosotros… me la chupa muy bien… pero no me deja
metérsela… — resumió el infeliz —Dice que solo hasta el matrimonio… ¿puedes
creerlo? ¡Zorra estúpida!
El primer puñetazo le rompió la nariz, el segundo y el
tercero trabajaron su ojo derecho y su labio superior. Perdió la cuenta después
de esos, se detuvo después de escucharlo chillar rogándole que no le pegara
más.
—
¡Lárgate! ¡Lárgate de la puta ciudad! — le
amenazó, sujetándolo del cuello —¡Si te vuelvo a ver cerca de mi familia te
juro que te romperé las piernas!
Jasper hizo rechinar las ruedas dando media vuelta, sin
poder evitarlo pateó el buzón de la señora Kersken tirándolo enseguida al
pavimento ¿Qué más podía ocurrirle ahora? Pensó. Lo supo enseguida, cuando una
sorprendida Señora Kersken abrió su puerta echa una furia.
—
¿Pero qué demonios crees que haces pedazo de
idiota? ¿quieres que llame a la policía?
—
¡Mejor llamo a tu marido, zorra! ¿O acaso no
estabas a punto de ponerle los cuernos?
Maya Kersken se quedó boquiabierta, también Lester después
de fijarse en su figura después de unos segundos. Estaba vestida con pantalones
cortos de mezclilla ajustados que apenas iban más allá de su entrepierna, se
aferraban a ella con tanta fuerza que no podía imaginar cómo se los había
puesto. Sus piernas largas y firmes lucían majestuosas bajando hasta sus
tacones altos. Su vientre plano y sexy brillaba expuesto, y la única
interrupción eran las correas de su tanga montadas en lo alto de sus caderas.
Los ojos hambrientos de Lester devoraron su marco. Aquella
delgada camiseta blanca atada entre sus tetas tendría que ser motivo de
prisión. Esa mujer estaba caliente y su atuendo pedía guerra, claramente no
había sido el hombre que hubiese deseado que la viera con ese atuendo de zorra.
—
¡Lar… lárgate de aquí… o te juro que …! —No
puedo terminar la frase. De pronto eran sus ojos los que le miraban ahora de
arriba a abajo.
Le dolía la polla, y su erección sin duda era evidente,
porque precisamente la vio detenerse en esa parte de su anatomía. La admiraba
con atención, no despegaba los ojos de su polla.
—
¡Lo siento, Señora Kersken! ¡No quería decir
eso…! Ha sido un mal día…
Maya Kersken lo tomo de la mano y lo arrojó dentro, cerrando
la puerta con violencia. Enseguida le regaló una sonrisa caminando con
movimientos descarados a su alrededor.
—
¡No está bien! ¡Perdóname a mí! Tampoco he
tenido un buen día —dijo, invitándolo a que le acompañara —Déjame invitarte por
favor…
Su cuerpo estaba para reventar, el balanceo de sus tetas y
nalgas era hipnótico. Lester no entendía muy bien, pero parecía moverse con
ligera intención, sacudía su cuerpo con seductores movimientos haciéndolo
empalmar todavía más de lo que estaba.
—
Aquí tienes— dijo, ofreciéndole la bebida,
inclinándose adrede para que observara mejor su busto. Lester se contuvo para
no lanzarse encima de esas tetotas.
—
¿Te gusta…? —preguntó con picardía.
—
Si… —dijo, tomando otro sorbo muy nervioso. No
podía dejar de pensar en cómo sería desnudar ese cuerpazo.
—
¿Y yo… te gusto? —preguntó, acercándose a
centímetros de su rostro y mirándolo a los ojos.
Lester contuvo el aliento. La lujuria llenando cada una de
sus venas.
—
¡Maldita sea, Señora Kersken...! —dijo,
sacudiendo la cabeza con asombro, sus ojos fijos en su cuerpo caliente —¡Esta
jodidamente sexy esta noche!
—
¡Gracias! — respondió conforme, de pronto sintió
como sus pezones se endurecieron a través de la tela— ¿de verdad lo crees?
—
¡Jesús! ¡Se ve increíble! —dijo admirando
directamente sus tetas. La boca de la señora Kersken se abrió y trago saliva,
algo ahí dentro había comenzado a cocerse.
—
¿No te parece muy revelador? —preguntó con un
brillo travieso en sus ojos, sus palabras y su expresión enviaron un escalofrío
a través de su polla dura como un hueso.
Lester negó con la cabeza.
—
¿Y qué hay de mi culo? —preguntó dándose la
vuelta.
Las mejillas redondas y firmes parecían a punto de estallar
de sus apretados confines de mezclilla. Sí que debía estar apretado pensó, casi
podía distinguir su vulva en su raja tremendamente expuesta. Para rematar aquella imagen perfecta estaba
la obscena cola de ballena, el triángulo de la tanga se mostraba con orgullo
sobre el dobladillo de sus pantalones cortos.
—
¡Me encanta! —jadeó Lester, casi sin aliento por
la lujuria.
—
¿De veras? — dijo susurrándole al oido —¿No…
quieres verlo mejor? —preguntó mordiéndose el labio — ¡A lo mejor no lo estas
apreciando muy bien!
Sin que pudiera advertir sus movimientos, su delgada blusa
blanca y sus pantalones cortos oscuros de mezclilla cayeron al suelo, dejándola
de pie de frente solo en ropa interior. Los ojos de Lester se abrieron como
platos y la señora Kersken sonrió ante esa reacción.
—
¿Qué tal ahora?
Lester observó su cuerpo caliente y delicioso. La había
visto en bikini una vez en la playa, pero esto era diferente. Se suponía que no
debía verla así. El material de encaje era parcialmente transparente, lo que permitía
vislumbrar unos pezones rosados y palpitantes.
Más abajo, más allá de su vientre plano y en forma, estaba
el material de su pequeña tanga blanca. Las correas por encima de sus caderas,
convergiendo en su coño. El diminuto triángulo de material que había allí
estaba hundido, cubriendo apenas sus regiones inferiores. A través del fino
encaje, Lester tuvo una buena vista de su pequeña, oscura e inmaculadamente
arreglada franja de aterrizaje de vello vaginal. Y cuando se agachó, metió los
pulgares en la parte superior de la tanga, haciendo que bajara un poco,
revelando solo un indicio de esa pista de aterrizaje sobre la parte superior de
la tanga. Su polla latía de placer ante semejante festín visual.
Lester se fijó en su rostro confiado y levantó dos dedos,
indicándole que se girara otra vez. Con una sonrisa lujuriosa, ella hizo
exactamente eso, dándose la vuelta, exponiendo su espalda larga, tensa y en
forma. Pero sus ojos fueron directamente a su trasero. Se veía increíble, las
mejillas como estantes sobresalían de su cuerpo delgado. Sus ojos admiraron con
avidez las nalgas maduras y firmes, tan redondas, alegres y suaves. La diminuta
tanga blanca se unió en un triángulo sobre la raja de su culo, lo que llevó a
que una cuerda desapareciera entre las mejillas. ¡Su tremendo culo en forma de
corazón era increíble!
La tensión se hizo espesa. Ambos se quedaron en silencio sin
saber que hacer después, disfrutando del calor de sus cuerpos. Finalmente,
Lester, hambriento de esa mujer, se desnudó ahí mismo, haciendo saltar su polla
como el mástil de una nave. Él la miró, ella le miró. Un par de segundos
después ambos saltaron hacia adelante.
Los labios carnosos de Maya Kersken encontraron los de su
amante, y sus bocas se abrieron rápidamente. Su lengua se deslizó agresivamente
en su boca, su lengua suave y femenina se batió en duelo mientras
intercambiaban saliva. Sus bocas estaban presionadas bruscamente una contra la
otra mientras se besaban con avidez.
Mientras sus bocas estaban ocupadas, sus manos también lo
estaban. La MILF se había adueñado de la polla de Lester y no la soltaba,
mientras que su nuevo amante había dejado que sus manos descansaran sobre la
gordura acolchada de sus nalgas, comenzando a acariciar y masajear esos globos
fabulosamente redondos, haciendo que la señora Kersken gimiera como bestia en
celo.
—
¡Vamos! —instó la casada, haciendo un gesto para
que fueran a su recámara.
Sin pensárselo dos veces, Lester la llevó en volandas a su
habitación. Cuando llegaron la señora Kersken le empujó obligándolo a sentarse
en la cama.
—
¡Dios mío! —suspiró la señora Kersken,
acariciando su polla con ambas manos — Pensé que podías tener uno grande, ¡pero
mierda santa!
—
¿Te gusta? —preguntó, tratando de mantener la
calma.
—
¡No tienes idea! —dijo abriendo su boquita para
engullírsela.
Los ojos de la Señora Kersken brillaron de alegría mientras
inhalaba esa dura polla como una maldita zorra. Chupó con fervor, con hambre,
como si hubiera estado hambrienta de polla durante demasiado tiempo. Lo saboreó
con su boca, con sus labios suaves, con su lengua, dándole a esa gruesa polla
adolescente la adoración que se merecía.
—
¡Ahhh! —gimió Lester, haciendo un esfuerzo
inhumano por no correrse.
La casada sacó la polla de su boca con un dulce ¡pop! Su eje
estaba seriamente cubierto con su saliva, glaseado con ella, su saliva caliente
se extendía entre él y su boca en bandas viscosas.
—
¡Es hora! —anunció Lester, palmeando la cama.
Enseguida la señora Kersken se despojó de su brasier. La
carne satinada del pecho estaba uniformemente bronceada y suave. Sus pezones
duros palpitaban, apuntando hacia afuera, sus protuberancias duras parecían
llamarle. Se había enamorado de sus tetas, pero cuando deslizo sus dedos en su
tanga, no tardó en centrar toda su atención en su coño desnudo. Sus labios suaves,
tensos e hinchados parecían pedir sexo a gritos, así como su lujurioso rostro,
feliz de ver a su nuevo amante tan embelesado con su cuerpo desnudo y caliente.
—
Soy tan mala…
—dijo, sentándose completamente desnuda en su rodilla derecha— ¡Necesito
aprender una lección!
Lester, desesperado y hambriento de semejante hembra, se
montó encima de ella apuntando su glande a su coño palpitante. Iba a ser su
primera vez, no había tenido suerte con las chicas en la escuela, y no iba a desaprovechar
la oportunidad. No tenía idea de cómo las cosas habían terminado de esa forma.
No quería pensar en ese momento más que en el cuerpo de esa mujer, y de lo
mucho que lo iba a disfrutar.
—
¡Jesús! ¡Eres jodidamente grande! —gimió con los
ojos cerrados, mientras suspiraba de placer. El cuerpo de Lester se tensó
mientras su polla se deslizaba más y más profundamente en el coño de la madura
esposa.
—
¿Te gusta? —preguntó, penetrándola un poco más,
haciendo que su coño apretado se ajustara a su tamaño.
—
Mmm...hmmm —afirmó, abriendo sus piernas todo lo
que podía.
Sin esperar un segundo más, y agarrando sus grandes tetas,
Lester deslizó toda su longitud dentro de ella con un movimiento suave y
rápido.
—
¡Ahhhh mierda! —chilló de gozo, empujándolo sin
quererlo hacia atrás. Lester se levantó ligeramente y se dejó caer, haciendo
chocar sus cuerpos en una bofetada carnosa.
Entonces Lester empezó a moler todo su peso encima de ella.
—
¡Ohh, Lester! ¡Por favor! ¡Por favor! ¡Más
despacio! —Era la primera vez que lo llamaba por su nombre.
—
Maya… ¡Oh, Maya! ¡Estás tan apretada! —dijo,
estirando las paredes de su vagina como nunca antes lo habían hecho.
—
¡Ahhhh Lester! ¡Despacio! ¡Por favor, despacio!
Pero Lester no se detuvo, empezó a menear sus caderas en
círculos, bombeándola fuerte y duro a ritmo constante, haciendo que rápidamente
sus gordas tetas empiecen a agitarse de un lado a otro a ritmo de cada poderoso
empujón.
—
¡Ahhhhh! ¡Lester! ¡Ohhhh… mi Dios!
Los cuerpos de
ambos tambalearon en cada acción, Lester continuó su movimiento empujando tan
fuerte y tan rápido como podía. Ahora la casada era quien batía sus caderas al
mismo ritmo de su follador. Los gemidos de la señora Kersken se transformaron
en chillidos orgásmicos en toda regla, mientras los de Lester en gruñidos
temblorosos.
Los ojos de Maya
se arrugaron ante la euforia en la que se encontraba ahora. Su cuerpo ardía con
gritos orgásmicos. El sexo nunca antes había sido tan bueno. Sus experiencias pasadas
no se habían acercado en absoluto a lo que sentía actualmente. Sus gemidos y
llantos se volvieron más fuertes, dolorosos, su clímax en aumento. Como el aire
que llena un globo, hasta hacerlo explotar.
Aunque Lester
estaba golpeando duro el coño de la MILF, todavía no estaba seguro de si lo
estaba haciendo bien. Pero cuanto más entraba y salía de ella, más sentía que
su conciencia le abandonaba, más se perdía en los placeres de la carne. Al
final, sólo pensando en la voluptuosidad de esa mujer, dejos que sus instintos
sexuales fueran los que dirigieran sus acciones.
—
¡Ahhhh Dios! ¡No pares! ¡No pares!
Mientras su
semen se acumulaba en la punta de su polla, rebosante y listo para estallar en
cualquier momento. El cuerpo de Lester instintivamente empujó más rápido con
golpes más cortos. Los muslos de Maya Kersken se apretaron más contra sus
caderas, sus piernas se envolvieron a su cintura. Sus brazos, alrededor de su
cuello, le empujaron hacia abajo para cerrar sus labios. Sus lenguas se abofetearon,
mientras sus gemidos y gruñidos resonaron en la boca del otro. Sus torsos
calientes y sudorosos ardieron cuando se tocaron y se frotaron entre sí. Aquel
par de grandes tetas comprimidas contra su pecho le hicieron sentir como un
Dios. Con unos cuantos empujones más rápidos, cortos y poderosos, golpeó fuerte
y profundamente a la casada. Quien, al mismo tiempo, usaba sus piernas para
atraerlo más profundamente hacia ella, tratando de fijarlo en su lugar,
queriendo evitar que su polla se escape.
Entonces, en
ese preciso instante, Lester separó sus labios de ella, y ambos gritaron en voz
alta en éxtasis orgásmico, corriéndose al mismo tiempo. Intensas ondas de
choque golpearon sus cuerpos. Pulsaciones poderosas envolvieron a la MILF
constriñendo todo su cuerpo, abrazando fuertemente a su amante con brazos y
piernas, ordeñándolo hasta la última gota.
El cuerpo de
Lester se volvió débil y tenso poco después, haciendo que colapse sobre la
casada. Su rostro quedo enterrado en su cuello, mientras su semen estallaba
rápida y continuamente dentro de ella, cada látigo de semen marcando su útero
para su uso personal, porque desde ahora solo podría yacer con un único hombre.
El contrato
sellado.
Cazador y
vigilante.
Después de
vaciar sus bolas, y dejar escapar finalmente un par de breves chorros, a
diferencia de los primeros disparos explosivos, los instintos de Lester le
obligaron a empujar su pelvis dentro y fuera de la casada, para ayudar a
expulsar el semen restante que aún rezumaba de su coño. Mientras lo hacía,
Lester saboreo sus tetas besando, lamiendo y chupando sus pezones rosados, al
mismo tiempo que ella recobraba el sentido poco a poco.
—
¡Oh Dios Mío! —gritó asustada de repente,
tratando de quitárselo de encima.
—
¿Qué? ¿Qué pasa? ¿Qué ocurre? —preguntó, todavía obnubilado por su orgasmo.
—
¿Eso fue? —dijo, mirando la polla de Lester
todavía en su interior —¡Oh Dios! ¡Quítate! ¡Quítate! ¡Debí volverme loca!
Había sido
fantástico. Todo el mundo decía que no podías esperar que tu primera
experiencia sea grandiosa o incluso buena, pero para Lester había sido
increíble ¡Realmente Increíble! Al punto de no querer salir del cuerpo de la
madura. Estaba tan jodidamente buena, que sentía que no había disfrutado ni la
mitad de lo que esa hembra podría ofrecer.
—
Solo un segundo más, ¿sí? ¡por favor! —dijo
Lester suplicándole a los ojos.
Estaba duro de
nuevo y pensó que debería ser un poco considerado, pero luego recordó el idiota
de Jasper y deshecho la idea. La señora Kersken había planeado tener sexo toda
la noche, y le iba a conceder su deseo.
—
¡Noooo! —chilló, abriendo la boca al notar su
vitalidad —¡Quítate! ¡Quítate de una maldita vez! ¿me oíste? ¡No se te ocurra…!
Lester
retrocedió, sacando la mitad de su polla del coño de la señora Kersken antes de
volver a introducirla de un solo envión.
—
¡Ahhh… Lester! ¡No lo hagas! ¡Noooo! —gimió, casi
quedándose sin aire cuando la llenó nuevamente.
Sentir el
increíblemente apretado coño de la señora Kersken alrededor de su polla era una
sensación indescriptible de la que no podía tener suficiente. Tomos sus manos,
que peleaban contra su pecho y las arrastró entrecruzando los dedos a ambos
lados de la cama.
Entonces
comenzó a trabajar su coño a su antojo.
—
¡Ohhhhhhhh…! —suspiró, apretando sus manos como
si quisiera salvar su vida —¡Estás casi en mi maldito útero! ¡Quítate yaaaa…!
—
Mmmm… —respondió Lester, embriagado de placer —
¡No puedo… te juro que no puedo…! —dijo, empujando más fuerte y profundo en su
interior.
Maya Kersken no
podía creer que estuviera teniendo sexo con un chico de la misma edad de su
hija ¿En qué momento había ocurrido? ¿Qué demonios le había pasado por la
cabeza? Se había vuelto loca, ¿y porque la tenía tan enorme? Sabía que lo de su
marido era una micropolla, por eso había tomado las seis pulgadas de Jasper
como si fuera un maldito semental. Pero esa cosa debía medir unas nueve como
mínimo, con el grueso de una lata de refresco.
—
¡Basta, Lester! —gritó, tratando de reprimir sus
gemidos —¡Te lo advierto! ¡Ahhhh…! —chilló, arrugando la cara tratando de
soportar la sensación de su coño siendo llenado hasta el borde por esa joven y vigorosa
polla —¡!Deten…te! ¡Ahhh…! ¡Dios! ¡Por favor!
Lester no
detuvo su ataque ni un segundo y le estampó un salivoso morreo, cuando aumento
el ritmo de sus empellones pudo notar fácilmente como empezaba a ceder, dejando
que su lengua nuevamente se juntara con la suya en un abrazo que sabía a
miel.
—
¡Ahhhh…! ¡Mier…da..ahhhh! ¡Dios…! ¡Despacio!
¡Eres una bestia!
Soltó sus
manos, y las llevo a su rostro, acaricio sus mejillas y cabello mientras
bombeaba fuerte y duro dentro de ella. Quería tratarla mal, pero teniéndola así
completamente a su merced y a sus brazos empezó a adorarla besándole como un
tierno amante. Supo que se corría cuando empuñó las sabanas.
—
¡Ahhhhhhhhh… Diooooossss! —chilló con fuerza,
apretando los ojos como si con eso pudiera evitar que sus fluidos escaparan
como una cascada.
Cuando terminó,
Lester pegó su frente a la que desde ahora sería su mujer. Quería tratarla mal,
pero en ese estado, en sus brazos y completamente indefensa, le dijo que había
sido maravilloso, que todo iba a estar bien, que era una diosa… y que se moría
por eyacular nuevamente dentro de ella.
—
¡No! ¡Adentro no por favor! ¡Sácalo afuera! —cuando
Lester le dijo que ya se había corrido dentro, se llenó de terror. Podía quedar embarazada, era una locura ¡Una
maldita locura!
Con sus manos
ahora libres, Lester pudo servirse nuevamente de sus tetas, mordiéndolas y
lamiéndolas, amamantando como un recién nacido para intentar convencerla. En
ese punto la sentía tan ida de placer como él, no fue difícil gestar en ella un
nuevo orgasmo, haciendo que lo abrazara como la primera vez.
—
¡Córrete! ¡Córrete para mi otra vez! ¡Vamos! —le animó, moviendo sus caderas a la
perfección. Su polla tocaba fondo cada vez que la metía, haciéndola morderse el
labio con placer sofocado.
Lester,
sosteniéndole la mirada, le volvió a besar esta vez con autentica aprobación.
—
¡Me corroooo! —gritó Maya, rendida al placer —
¡Me corro! ¡Me corro! ¡Me corro!
—
¡Uh... ugh! ¡Mierda! ¡Aquí viene! — anunció
Lester, con el cuerpo temblando.
—
¡Si! ¡Si! ¡Si! ¡Si! ¡Ahhhhh… mi Diooooosss! —gritó
finalmente explotando — ¡Me corroooooooooo!
Lester sintió
que sus testículos se retorcieron con la primera carga. Maya gritó cuando los
primeros disparos de semen espeso inundaron su interior, su coño casado se
cerró alrededor de su polla temblando mientras se corría. Mientras ambos
cuerpos se aferraban uno al otro, Lester siguió bombeando dentro de ella,
tratando de enterrar tanto semen como pudiera.
—
¡Lester! ¡Diossss! ¡Hay tanto…!
Con las caderas
hundidas siguió corriéndose, disparando enormes bandas de semen hasta
finalmente caer jadeando fuera de ella. Lester no supo cuánto duro, pero sin
duda ese orgasmo había sido más fuerte que el anterior, el rostro completamente
exhausto de Maya Kersken lo confirmaba, sintió que ambos probablemente podrían
haberse quedado dormidos allí mismo, sino fuera porque algo rompió la magia.
—
¿Mamá? ¡¿Mamá estas arriba?! ¡Olvidé unas cosas!
—dijo Hailey, haciéndolos saltar de la cama en pánico —¿De quién carajos es
toda esta ropa?

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