Prólogo
De
tu hija, hermana y esposa, a medianoche en el demonio a su señor verán,
maldiciéndote, maldiciéndose…
Profecías
de Sangre, pág.333
Vor
Kai-Baal
Allen
La voz en el abismo susurró su nombre, su risa gutural hizo
eco hasta sus entrañas y le levantó de un grito completamente empapado en
sudor. Esta vez la pesadilla había sido más espantosa que las otras, muchísimo
más, se paseó las manos por la cara y sonrió, burlándose de sí mismo como lo
hacía tantas veces. Funciono solo por unos segundos, hasta que golpearon la
puerta de forma violenta.
—
Tú… ¿cómo has podido? — preguntó, su rubia
hermana.
Crystal Wolf estaba hecha una furia y aun así lucia
espectacular. Su diminuto y delgado vestido plateado abierto en V sin mangas,
podría haber hecho caer un reino hace 500 años, pensó Allen.
—
¡¿Qué diablos te pasa?! — contestó —¿Sabes la
hora que es?
Los pezones de sus grandes tetas se marcaban perfectamente, había
estado corriendo y el sudor había hecho que la tela se adhiriera a su cuerpo
como una segunda piel, haciendo aún más lasciva la ya de por si reveladora
prenda.
—
¡¿Dónde está Selina?! —gritó amenazante.
Sus prominentes carnes parecían desbordarse por los costados
amenazando con rasgar el vestido en cualquier momento. Se sentía tan apretado
que Allen casi podía verla desnuda, y se preguntó en ese momento si Selina
también había salido con un atuendo parecido. No podía recordarlo, en realidad
no podía recordar muchas cosas. Sintió un profundo hueco en su memoria.
—
¡No lo sé!
¿Acaso no iban a reunirse en la posada de Mock?
—
¡Eso fue antes de que…! — le atizó con la mirada
— ¡No importa! ¡Dijo que te esperaría en el Pilar de Oscentis! Creí que… creí
que estaba contigo —se notaba más nerviosa y cada vez más molesta — ¡Dios
Santo! ¡No puedo creerlo! ¡Me das asco! —declaró, con los ojos puestos en la
mujer que yacía envuelta entre las sábanas.
“Esta celosa, como las demás.”
Si se trataba de una broma, era de muy mal gusto. No
entendía lo que estaba pasando, ni siquiera podía imaginarse de quien se
trataba, para su horror después de verla un poco más no tuvo dudas. Había
venido a verle porque tenía algo muy importante que contarle, ¿o había sido él
quien la había ido a buscar? No podía recordar muy bien, lo que si recordaba
era su escandaloso cuerpo y su diminuto vestido color vino tratándolo de
contener.
Dahlia Von Castell no tenía nada que envidiarle a su
hermana, en eso estaba seguro, aun en la oscuridad su silueta era una montaña
de curvas que parecía nunca terminar. Después del embarazo, sus voluminosas
tetas y sus anchas caderas habían aumentado en volumen a tal punto, que la
habían convertido en un monumento de hembra que acaparaba miradas por donde sea
que paseara.
—
Me voy a casa— resopló cansada—¡Me das asco!
¡¿me oíste? ¡asco!
“Tiene las bragas empapadas. Siempre ha querido compartir la cama
contigo y lo sabes.”
Lo que sea que estaba pasando debía tratarse de un error, él
jamás haría algo para lastimarla.
—
No… no le digas a Selina… por favor…
“No debiste decirle todas esas cosas, aunque tú y yo sabemos que no
exista palabra que la defina mejor.”
—
¡Fue Evanora! — chilló, de rabia — ¡Era Evanora
disfrazada en el baile jugando con nosotras! ¿De verdad creíste que ella haría
algo así?
No, era Dragos Sulfur, lo había visto, el disfraz, su
máscara. El traje era demasiado ancho y la capa no le había dejado verlo bien,
pero… tenía que serlo. Por supuesto, todos lo habían visto. ¿O había sido la
voz quien se lo había dicho? Sintió que algo se rompió dentro de él y su cabeza
empezó a dar vueltas y vueltas.
—
¿Cómo has podido? —le espetó, abofeteándolo —
¡Mierda, Allen! ¿No te detuviste a pensar siquiera en los niños?
—
Tiene que… tiene que estar en el pilar…
esperándome —balbuceó.
“Vaya cogida que le deben estar pegando”
—
… vete, te prometo que la encontraré…
—
¡Ojalá y no lo hagas! — declaró, esta vez
rompiendo en llanto —¡No la mereces!
—
¡Cállate! ¡Cállate!… — sus ojos no dejaban de moverse
desorbitados.
“Solo un semental puro y duro puede satisfacer tamaña hembra. Nadie más”
—
¡Ella es mía! —gritó, enseñándole los dientes—
¡Mi mujer! ¡Su cuerpo y alma me pertenece!
—
¡Idiota! —dijo, con las mejillas empapadas — Al
final Dragos tenía razón… espero que…
Hilos de hechicería colisionaron cuando levantó las manos
hacia ella. Era más rápido, más fuerte, era un cazador de primer nivel después
de todo, quizás el mejor de toda una generación. Rompió su campo de fuerza y
pronto sus manos se encontraron con su cuello atenazándola con una fuerza inhumana.
Temblaba, desde cada rincón de su cuerpo y, sin embargo, sonreía, con un rostro
que iba deformándose poco a poco.
“Mátala. Mátala. Mátala.”
—
¡Suéltala! —le exigió Dahlia Von Castell.
—
“¡Vuelve a tu lugar ramera!”
—respondió, con una voz que no era la suya.
Dahlia hizo nacer de su mano derecha una alabarda color
carmesí, su maestría con los signos le había ganado una reputación que ya era
comparada por muchos con la de su abuelo Rhazien Von Castell.
—
¡Me drogaste! —reclamó, mirando la copa hecha
añicos en el suelo — ¡Eres un miserable!
El reino de Thasabel acababa de caer, por eso quería
reunirse Dahlia, para advertirle. Se desataría el pánico pronto, nadie en el
Concejo estaba preparado para una guerra, absolutamente nadie, y mucho menos la
nobleza, tendrían que llamar a todos los cazadores del mundo al otro lado del
espejo para detener a los engendros de Baal.
—
“Tengo a quien más amas” —dijo
mirándole a los ojos con una sonrisa demoniaca— “Te dejaré elegir su destino”
El carruaje que llevaba a la pequeña Reiko Von Castell no
llegaría al castillo de su abuelo. Tres Dagar habían sido enviados por el
mismísimo Invocador, ¿pero por qué sabia todas estas cosas? ¿por qué se
regocijaba de ello? ¿por qué sentía a su conciencia abandonarlo poco a poco?
Allen Wolf dibujó el signo prohibido de Ymaul en el aire y
proyectó su mejor conjuro, el cuerpo de Dahlia Von Castell se estrelló contra
la ventana para finalmente caer desde el piso más alto de La Torre de los
Vigilantes. Si tenía suerte, no sobreviviría.
“Demasiado peligrosa. Su familia, una amenaza.”
Un coro de voces estalló en las calles de Kertia, iban a
venir a por él. Tenía que salir de ahí, pero tenía que hacerlo rápido, muy
rápido. El Concejo y el Monasterio le pondrían precio a su cabeza, los
inquisidores y las sacerdotisas de la luz no descansarían hasta someterlo.
“Guldul”
La ciudad portuaria de prostitutas y malhechores era la
mejor opción, pero tenía que hacer algo antes. Su mente se debatía en ello, un
nombre, el de una mujer, su rostro, no podía dejarla.
—
Tengo… tengo que…
Cuando se giró, el cuerpo de Crystal ya no estaba. No tenía
tiempo para ella ahora, saltó por la ventana derruida utilizando el poder de
sus signos y aterrizó en la azotea de la Casa de los Cuchillos. Desde lo alto divisó
el Pilar de Oscentis, la tenía que estar esperando, como hace nueve años en la
fiesta de graduación, solo tenía que correr hacia ella como había hecho esa
noche, decirle que lo sentía, lo sentía mucho en verdad…
“Todo va a estar bien. Yo te protegeré.”
Allen corrió, saltando de tejado en tejado usando toda la taumaturgia
de los signos prohibidos que conocía. Se elevó tan alto como pudo y sintió que
flotaba como en su batalla contra Saraigne Kalmahul. Pero había algo diferente,
algo que corría entre sus venas, una fuente inagotable de poder que solo podía
compararse al del mismísimo Oscentis, lo cual lo había puesto en un estado
eufórico, podía sentir que podía doblar el mundo con sus propias manos.
El pilar de Oscentis era un tributo al héroe de la primera
guerra, las estatuas que le rodeaban representaban a sus trece vigilantes:
compañeras de batalla, esposas y también amantes. Los voluptuosos atributos de
las guerreras habían sido tallados tan al detalle que con el tiempo se habían
convertido en un sinónimo de orgullo de la ciudad, un símbolo de su fuerza y
por supuesto, de la belleza sin igual de sus mujeres.
Pero ahí no estaba ella, no estaba por ninguna parte.
Allen rodeó cada lugar que conocía sin ninguna señal y se
empezó a hacer preguntas, muchas preguntas, la voz no dejaba de susurrarle
cosas, cosas horribles, cosas que no quería hacer y cosas que harían cambiar el
mundo. Tenía que encontrarla, solo ella podía arreglarlo, estaba seguro, lo
haría regresar, alejaría la voz y le devolvería su fe. Tenía miedo, mucho
miedo, sobretodo de no volverla a ver.
Un par de calles antes de llegar a la Fuente de las Sirenas,
en un oscuro callejón, y ante una luna cada vez más roja, Darrien Mock
contrabandeaba alcohol con un mercader de Dumta. El anciano no paraba de
estornurdar y su ayudante, un niño de cabello blanco que a Allen le recordó a
su propio hijo, se encargaba de subir todas esas botellas a la carreta al mismo
tiempo que silbaba una vieja melodía de Oris, el flautista.
Cuando aterrizó frente a ellos, cada uno de los hombres se
sobresaltaron abruptamente de la impresión.
—
¿A… Allen? —preguntó el anciano boquiabierto.
Antes de que el comerciante saliera corriendo como alma que lleva el diablo—¿eres
tú?
—
“Selina” — recitó la voz, saboreando
el nombre con malicia.
—
No la he visto —replicó, frunciendo el ceño
—¿Estas bien?
—
“Ella…debo encontrarla…”
—
Crystal
también vino a preguntarme por ella —declaró preocupado — Te juro que no la he
visto en toda la noche, ¿pasó algo?
—
Yo sí… —dijo el muchacho, sorbiéndose los mocos.
—
¡¿Qué?! ¿Por qué no me lo dijiste ¿Dónde estaba?
¿Por qué no la vi? — exigió saber, sacudiéndolo de los hombros.
—
¡Estabas con el inquisidor tuerto en el sótano!
—le espetó enfadado por el maltrato— Nunca me dejas entrar ahí y no quise
interrumpirte —dijo, acomodándose la chaqueta — Estaba acompañada por un
hombre, uno muy alto, enorme y con la piel tan oscura como el carbón, no
estuvieron mucho tiempo…
Allen se agachó hasta la altura del chico, su mirada le
congeló de terror.
—
“Dime…”
—
Allen… por amor al Creador… — dijo,
interponiéndose entre el muchacho y él — ¿no creerás que…?
El cuerpo del anciano levitó por unos segundos y se estrelló
contra una pared, no volvió a moverse. De pronto tuvo toda la atención que
quería.
—
¡Hijo de puta! — gritó el muchacho, valiente y
con los puños apretados — ¡Está muy viejo! ¿Qué te hizo para que le hicieras
eso?
—
“Dime… o le mataré, y te bañaré en sus
entrañas… y créeme que lo voy a disfrutar…”
El muchacho era un mestizo de tercera sangre, lo noto en sus
ojos ámbar, un bastardo de un vampiro. Una sorpresa inesperada pero insulsa en
ese momento. El viejo Mock tenía un secreto y la inquisición estaba detrás.
—
No le hagas daño…
—
“Habla… o le romperé hasta que su carne se
deshaga entre mis dedos…”
—
Yo… yo solo estaba sirviendo las bebidas… no
escuché muy bien… —gimió, temblando — Me hacen vaciar las letrinas si no lo
hago rápido…
—
Se fueron juntos, ¿verdad? … ella y el hombre —
la voz graznó burlándose de él.
“Todos querían bailar con ella, estaba tan imposiblemente hermosa, su
figura era el símbolo del pecado …”
—
No… se fue con una mujer… dijo que la llevaría a
la Torre, iba a mostrarle algo… no entendí muy bien, solo que tenía que darse
prisa…
Cientos de imágenes pasaron por su cabeza, su cuerpo le
pesaba tanto, el dolor era insoportable, se arrodilló y vacío sus entrañas
sosteniéndose el vientre con ambas manos. ¿Se habrían cruzado? ¿Los
habría descubierto? ¿Habría sido Evanora? ¿Crystal? ¿Quién le había entregado
esa botella? Era imposible que una poción de amor surtiera efecto en una
vigilante tan poderosa como Dahlia Von Castell.
“Magia antigua. La más poderosa”
¿Quién eres tú? Preguntó, enfrentándose a la voz ¿Qué me has
hecho?
“Tienes que verla para descubrirlo.”
Le hizo una última pregunta al muchacho, su única
esperanza.
—
¿Hace cuánto que fue?
—
Poco después de que terminara el festival…
—titubeó —antes de que la iglesia tocara la doceava campanada… eso seguro.
“Tienes que encontrarla. Vienen a por ti, están cerca.”
***
Sus pasos eran como los de un enfermo de amiris, la voz no
podía controlar el dolor en su mente, toda la culpa, sentía como si cientos de
agujas de clavaran en su interior. No podía aceptarlo, y mientras renegaba de
su estupidez el poder no dejaba de crecer en su interior, poco a poco iba
ganando terreno sobretodos sus signos conocidos. Ella le estaba esperando y no
había espacio en su cabeza para otro escenario.
La vio por primera vez en la parada de autobús rumbo a la
escuela, tenía solo quince años y jamás en su vida había visto a una mujer que
le dejara tan impresionado. Su piel nacarada, sus ojos azul cielo y su cabello castaño,
le robaron el aliento. Su cuerpo, que más correspondía al de una estrella porno
que al de una niña de secundaria, le dejo ojiplático. Siempre había sido el
chico introvertido de la clase, el favorito de los matones y el principal
objeto de burla de las chicas más populares. Todo cambio cuando ella se fijó en
él.
Sus abuelos de niño le habían contado algunas historias.
Historias sobre monstruos, sobre una guerra que llevaba librándose desde hace
milenios, de un oscuro mal y de una fuerza que luchaba por combatirla. Nunca
creyó nada de eso, al fin y al cabo, solo eran historias, pero ella le enseñó
que hay terrores más oscuros allá afuera, le enseñó a proteger a la gente y le
enseñó a amar. A convertirse en el hombre que estaba destinado a ser.
“Vas a cambiar el mundo. Te lo prometo.”
Había empezado a llover, y antes de que se diera cuenta
había llegado a una pequeña casa de dos plantas al final de la Plaza de los
Héroes, sintió como su pecho se hundía al ver las luces del dormitorio
principal. Al cruzar la calle vio a Evanora golpeando una de las puertas
laterales, gritaba el nombre de su mujer, la llamaba y golpeaba con más y más
fuerza, estaba empapada y sus grandes tetas y nalgas se sacudían con cada
golpe. Cuando le vio llegar, la alta y voluptuosa mujer se congeló de terror.
—
Le rogué para que no viniera… no dejaba de
llorar… dijo que tú y Dahlia…
—
Fuiste tú, ¿verdad? —le reclamó Allen— ¡Tú le
dijiste! ¡Tú la trajiste aquí!
—
¡¿Yo?! ¿de qué hablas? Escúchame, ese hombre no
es quien dice ser…
—
¡Aléjate de ella! —gritó una voz a sus espaldas.
Klaus Von Castell y Roland Blackwood, caminaban junto a
cinco cazadores más y sus vigilantes. Tenían sus armas desenvainadas y una ira
asesina en sus rostros. Querían sangre, habían venido a por él, había llegado
demasiado tarde.
—
¡No! ¡Roland no, por favor! ¡Tienes que
escucharme! ¡Ese hombre ha puesto una barrera aquí y eso solo puede
significar…!
—
¡Allen Wolff, quedas arrestado por el asesinato
de Frey Benner y Thomas Hann, así como de sus vigilantes! —declaró el hombre que
una vez había querido como un hermano.
Esos nombres, ¿quiénes eran? ¿por qué no los recordaba?
“Enemigos. Todos enemigos.”
—
Entrégate ahora… y vive para saldar tus pecados…
o muere aquí mismo… —dijo Klaus Von Castell, apuntándolo con su alabarda color
esmeralda.
Tan cerca, nunca la volvería a ver. Sería condenado a una
prisión eterna en las profundidades. Jamás vería la luz, jamás regresaría.
“O también podemos matarlos a todos.”
—
¡No me obligues a pelear contra él! — suplicó Evanora. Roland mantenía apretadas
sus dagas gemelas.
—
¡Sé que me estas escuchando desde ahí dentro!
—dijo mirándolo fijamente a los ojos —Sabes que no ganaras contra todos… este
es el final…
—
“No, claro que no. Solo es el comienzo” —respondió
la voz — “Voy a entrar y tu ni nadie va a impedírmelo.”
—
¡Hay una barrera! —gritó Evanora — ¡No puedes
atravesarla!
—
“Ningún mortal puede atravesarla”
—le corrigió— “Ya es hora” —dijo, haciendo una señal con los dedos.
Klaus Von Castell atravesó el pecho de Roland con su
alabarda matándolo en el acto, al mismo tiempo que dos cazadores golpearon con
hechicería a Evanora arrojándola varias decenas de metros hasta atravesar el
muro de una catedral. El grupo se dividió cuando tres cazadores contrataron,
sin esperar que sus propias vigilantes se volvieran contra ellos desatándose una
brutal carnicería.
“No llores. Aun no…”
Allen Wolf gritó impotente arañando las paredes de su
conciencia ¡Era una pesadilla! ¡Una maldita pesadilla! Tenía que despertar,
abrir los ojos una vez más, aulló con todas sus fuerzas y sin embargo la voz no
tuvo misericordia.
“¡Basta! Déjame recordarte a que hemos venido a este lugar”
Los gritos de terror de sus amigos no se detenían, el
líquido vital no dejaba de teñir las paredes de rojo. Lo había arruinado todo,
lo había dejado entrar dentro de él.
Había sido tan estúpido. Se llevó ambas manos a la cabeza, tenía que
regresar a casa con su mujer, cruzar el espejo y regresar a Tremont, a su vida dependía
de ello. Extrañaba a los niños, ¿Crystal ya se habría reunido con ellos? Se
horrorizó ante la idea de que se los arrebataran.
Sus temblorosas manos tocaron la puerta de madera.
“Ábrela. No podemos perder más tiempo”
Los goznes de la puerta chillaron cuando se abrieron. Tan
fácil y tan difícil a la vez. Cuando por fin la puerta se cerró, la voz dejo
que la conciencia de Allen tomara nuevamente el control.
La estrecha casucha era un caos, casi como si hubiera habido
una gran pelea. Había cosas desperdigadas por todos lados, muebles puestos en
posiciones absurdas y botellas de alcohol regadas por el piso, pero lo que más
le sorprendió fue la ropa que fue encontrando por el camino.
“Esta arriba, vamos, estas muy cerca.”
Reconoció el vestido, aquellos finos hilos habían sostenido
las enormes, suaves y exquisitas tetas de su mujer, orbes gigantescas con pezones
duros y gruesos que siempre parecían necesitar ser lamidos, mordidos y ordeñados.
Pero eso no era lo que más atraía en la candente figura de Selina Wolff, sus
muslos jugosos y su cintura delgada conducían a un trasero colosal digno de adoración.
Cuando caminaba, sus nalgotas
perfectamente redondas y gordas, se elevaban en el aire para caer atronadoramente
en un himno a la fornicación.
Y si antes su figura ya era lo suficientemente caliente para
levantar a los muertos, después de tener a los niños se había convertido en una
continua fuente de lujuria de la cual todos querían beber. Siempre que estaba
con ella podía sentir ese fulgor depredador en los hombres que la miraban, y
Dragos Sulfur, por supuesto, no era la excepción. El mago que se había ganado
el favor del Concejo había ido tras ella desde el primer instante sin
importarle en lo más mínimo si tenía marido o no.
Lo había amenazado un par de veces y había estado a punto de
arrebatarle la vida en una ocasión. Pero no era un hombre capaz de rendirse tan
fácilmente. Después de semanas y meses no parecía cansarse, y aunque era verdad
que Selina lo rechazaba siempre, su insistencia pronto comenzó a hacer mella en
su matrimonio abriendo heridas que consideraba cerradas. Celos, muchos celos,
pronto ya no quería escuchar a sus amigos y se llenó de inseguridades.
El repentino cambio de humor de Selina con él solo empeoró
las cosas. Las sospechas entre su rutina diaria se volvieron cada vez más
obsesivas y enfermizas.
“Camina, falta poco, muy poco.”
Un fuerte olor almizclado llenaba el ambiente, el aroma de
la traición, del pecado y de la lujuria. Entonces subió las escaleras, y la voz
saboreó cada segundo peldaño a peldaño. Cuando llegó al pasillo, una retahíla
de gemidos de placer le golpearon como olas contra las rocas. Le temblaron las
piernas, el sonido de la carne chocando casi estuvo a punto de desmayarlo.
Se vio tentado a regresar, pero la voz le obligó a avanzar
sosteniéndose de la pared, cada paso se sentía como una puñalada en el vientre,
cada gemido hacia crujir su corazón. Se empezó a arrastrar por el pasillo como
si estuviera herido de un costado, resistiéndose inútilmente con la voz
sujetando cada musculo de su cuerpo. Vio la luz al final del pasillo, como en
una película en la que el personaje está a punto de morir, era probable que
después de abrir esa puerta no quedara nada de él.
Iba a extrañar a los niños, esperaba que algún día le
pudieran perdonar.
—
Lo siento tanto… —dijo sollozando, entonces la
voz le obligó a abrir la puerta ligeramente.
La cama de la habitación se balanceaba hacia adelante y
hacia atrás, chirriando y crujiendo en medio de un coro sexual de golpes de
piel desnuda. Allen jadeó audiblemente mientras miraba las gruesas y anchas
caderas de su mujer. Una mujer blanca, imposiblemente voluptuosa y hermosa,
junto a un gran semental negro tan gigante que casi la cubría por completo.
—
¡Ahhhhh… Dios… es tan grande...! —chilló Selina apasionadamente. El gruñido
masculino de satisfacción de Dragos, y el sonido de los labios de Selina
chasqueando de deseo, le atravesaron el alma.
Allen no sabía que era peor, las grandes bolas negras de
Dragos golpeando contra el increíble trasero de su esposa, o los movimientos
ondulantes que hacia ella mientras arqueaba la espalda para él.
—
Tu polla es tan increíble… —alcanzó a escuchar
débilmente, con los ojos hinchados de lujuria.
Mientras Dragos bombeaba su polla en su sexo dispuesto, vio
como la propia Selina llevaba las grandes manos de su amante a su burbujeante
carne, exigiéndole que se paseara por sus tetas y su culo alternadamente para
mayor placer.
—
¡Plas! ¡Plas!
Dragos abofeteó su nalga derecha haciéndola moverse
perversamente.
—
¡Ahhh… no pares! —gimió encantada. Selina
siempre se había enojado con él cuando la nalgueaba.
—
¡Tómalo todo puta! ¡Dime que te encanta! ¡Quiero
escucharte decir que amas esta gran polla!
—
¡Ohhhhh… mierda… siiiiiii…! ¡Me encanta tu
polla! ¡Me corrooo…! ¡Me voy a correr de nuevo por tu gran polla…!
Habían estado follado durante horas, quizás desde el momento
en que Selina puso un pie dentro de esa pocilga, ¿cuántas veces se había
corrido ya?
“Más de las que imaginas.”
Selina bajó la cabeza, con una cola de caballo marrón
cayendo en cascada sobre su rostro, tanto su cabello como sus pechos
balanceándose por los embates de Dragos resultaban embriagadores. Allen observó
cómo su increíble busto rebotaba lleno de gloria y como sus gruesos pezones
erectos y receptivos esperaban ansiosos las órdenes de su amante. Sonreía con
amor, con la lujuria siempre presente en la mirada.
—
¡Ahhhhh… Dragos… me mataaaas…!
Dragos le dio una fuerte nalgueada una vez más, haciéndola estremecerse
de placer. Entonces aumento el ritmo, los sonidos de su piel desnuda chocando
se volvieron más fuertes junto con el crujido del marco de la cama.
—
¡Ahhhh Diooooos… siiiii…! ¡Me encantaaa…! ¡Me
gusta tanto tu pollaaa…!
Allen vio a Dragos someter a su esposa como una yegua,
envolviendo su cola de caballo en un puño. Sus gemidos eran profundos y directos
así que comenzó su adiestramiento con disciplina, se aseguró de domarla bien primero
con una buena dosis de nalgadas y segundo, con sendos envites que la llevaron a
sonreír alegremente. Se notaba a kilómetros como estaba saboreando cada gota de
placer.
Selina se inclinó sobre el colchón, sus hermosos pechos
presionaron el cojín mientras chillaba ahogados gritos de placer en la ropa de
cama.
—
¡Ahhh… zorra, tu coño es increíble! —gruñó
Dragos, gruñó mientras la follaba más fuerte y con urgencia — ¡Dilo de nuevo!
¡Di que mi polla es mejor que la del idiota de tu marido!
—
¡Ahhhh… Dios! ¡No hables así de él!
—
¡Dilo zorra! ¡Dilo o te juro que me detengo en
este mismo momento! — sus enormes testículos se balanceaban pesadamente golpeando
el clítoris de Selina en rítmicas repeticiones.
—
¡Ahhhh… noooooo! —dijo, girándose con ojos
suplicante— ¡No pareeees…! ¡Ahhhh…! ¡Tú polla es más grandeeee y más… ahhhhhh…!
¡Ahhhhh... me vuelve loca…! ¡Tú polla me vuelve locaaaa…!
Allen gimió en respuesta, su propia mente incapaz de reconciliar
la increíble verdad ante sus ojos.
Selina gemía más fuerte ahora y Dragos empujaba cada vez con
más violencia, bombeando profundamente dentro de su mujer. Ella echó su culo
hacia su ingle dándolo todo para alcanzar su orgasmo, su profunda necesidad
sexual le hizo retroceder con el mismo ritmo con el que le estaban penetrando.
Selina se retorcía, gemía y gritaba, haciendo de su rostro un esbozo que se
alejaba de la dulce, sencilla y amorosa mujer que alguna vez Allen
conoció.
—
¡Me
corroooo Dragooos…! ¡Me corrooo…! ¡Me corrooooo…!
Los ojos de Selina se pusieron en blanco al mismo tiempo que
sus dedos se clavaban en la cama. Entonces explotó, retorciéndose como una
serpiente mientras golpeaba su gran trasero contra su amante, su hermoso cuerpo
temblaba de profundo placer mientras su semental continuó bombeando profundamente
hasta llegar a su útero. Chillo y gritó por casi más de un minuto, en una
escena surrealista y nuclear en su erotismo.
Los músculos de Dragos continuaron tensándose, incluso
después de que Selina casi quedara inconsciente. No tardó mucho en que su
resistencia también llegara a un límite, por más que quiso prolongar aquel
salvaje asalto su cuerpo no pudo soportarlo.
—
¡Me corroooo zorraaaa! ¡Me corrooooo…!
Selina pareció volver en sí a tiempo, y se arrodilló para
recibir la carga de su amante. Empezó a bombear su polla con las dos manos a
una velocidad demencial.
“Siento molestarte, pero la función ha terminado… es hora de irse.”
Allen vio como las venas de Dragos se hinchaban a través de
sus músculos explotando en largas y potentes cuerdas de semen que impactaron en
el rostro y tetas de su esposa. Pero la atención del amor de su vida no se
detuvo ahí, sus manos no descansaron hasta asegurarse de haber ordeñado esa
polla hasta la última gota, recibiendo hasta el último lechazo en su perlada
piel.
Resollando, completamente empapada de espesa lefa, los ojos
de una mujer realmente satisfecha se giraron por algún motivo hacia la puerta,
entonces y solo entonces, cuando sus miradas se encontraron en aquella delgada
abertura, Allen Wolff abrazó la oscuridad.

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