Capítulo
I
“Lo sé todo,
conozco su secreto… ha usado hechizos de amor para manipular los corazones de
otros…”
Nota encontrada al pie de un cadáver de origen
desconocido.
1 de agosto de 1992
Registro Policial de Mount Hill
~
Veinte años después ~
Alex
Otra vez había soñado con esa mujer. Se dejó caer contra la
almohada y exhaló profundamente. Lo sabía por el desastre en sus pantalones,
cada vez que aparecía en sus sueños terminaba de la misma forma.
Levantó el móvil. La alarma de su teléfono no había vuelto a
sonar, o quizás solamente la había apagado, como otras veces que no era capaz
de recordar. Abrió el cajón de su mesita de noche y sacó un par de toallitas
húmedas para limpiarse todo el semen de su erección grande y todavía regordeta.
Sonrió y tentado volvió a la cama. Cogió el traicionero
teléfono y se acomodó para revisar las fotos y videos de la fiesta de Dom. Todo
el mundo había subido algo a sus redes sociales, en su mayoría todas enfocando las
tetas y el voluminoso trasero de Mia Wolff. La sensual rubia de cuerpo
escandaloso se había robado toda la atención y no era para menos. El contoneo
de su escultural anatomía de izquierda a derecha, arriba y abajo, había causado
que más de uno dejara de admirar a su pareja para llenar sus ojos con su
cuerpo.
El rugido de un motor arrancando le hizo levantarse a
trompicones y asomarse por la ventana. Cuando estuvo a punto de gritarles para
que le esperaran, vio a Jess asomarse con una odiosa sonrisa en el rostro. Si
no estuviera tan buena… si no se paseara por la casa exhibiendo su cuerpo
asesino… si no le dejara tocar sus exquisitas curvas a escondidas… tal vez…
solo tal vez… la odiaría.
Mientras caminaba hacia el baño pensó que todavía tenía
oportunidad. Joseph había llegado de un viaje de negocios hace poco y estaba
seguro que si se lo pedía le haría el favor de llevarlo. Ahora, si se había
acostado con su mujer, el pobre no se levantaría hasta el mediodía. Se obligó a
no pensar en ello, en el cuerpo de su hermana mayor, en su piel adorada
centímetro a centímetro por las caricias y besos de su marido. Le fue
imposible, apretó el paso y abrió la puerta del baño decidido a aliviarse con
una ducha fría.
—
¡Hey! ¿Qué carajos? ¿Quién demonios eres?
Alex sonrió. Ahora entendía porque Maya había tenido tanta
prisa en llevarse a su hermanita al Instituto.
—
Eso debería preguntártelo yo.
El chico debía tener entre veinte y veinticinco años.
Universitario, sin dudas. De Pinewood, con toda seguridad. Había visto a una
horda de estudiantes llegar de vacaciones el otro día. Uno más a la larga
lista, pensó. Y por el color de piel supo que él había tenido que ver otra vez …
no entendía, no entendía a esa mujer.
—
Relájate hermano, tranquilo. Vuelvo en cinco
minutos.
—
¡Ehh… no, no, perdona! Crystal me dijo que el
marido de su hija tardaría en levantarse así que… bueno… ella no menciono…
—
Estoy acostumbrado —dijo, reclinándose en la
puerta mientras el tipo empezaba a vestirse — Soy… una especie de inquilino
problemático en esta casa.
—
¿En serio? Pues… réntame tu habitación — dijo en
sorna — Daría todo el dinero que tengo por volver a pasar una noche en este
lugar.
—
¿Y por qué no? —contestó, devolviéndole la
sonrisa — … pero con una condición…
El tipo se paró en seco. Era alto, pero no tanto como él, a
sus diecinueve años Alex tenía unos músculos marcados que le daban el porte de
un jugador de la NBA. Aquel chico se le quedó mirando con esa vanidosa sonrisa
que tiene alguien después de haber pasado la noche de su vida. No le creía en
absoluto, pero le siguió el juego.
—
Ah, ¿sí?, ¿cuál?
—
Solo respóndeme una pregunta…
—
Mira, mejor hagamos esto… qué tal si te doy 20
dólares y das una vuelta por ahí. Solo quiero… despedirme… tú me entiendes…
—
¿Se corrió?
—
¿Qué?
—
Te pregunté que si se corrió … anoche… ¿ella se
corrió?
Se le había borrado la sonrisa. El universitario abrió la
boca para decir algo, pero luego la cerró. Después de hacer el ridículo estalló
en carcajadas.
—
Puff… viejo… eso puedes apostarlo — su sonrisa
ahora era más ancha, destilaba soberbia, se había enojado y Alex sabía la
razón.
—
Descuida… no tienes por qué avergonzarte…
—
¿Avergonzarme? ¿Yo? — se le borró la sonrisa
—Oye idiota, ¿qué parte de que me follé a tu madre toda la noche no has
entendido?
Había apretado los puños. Nada como el orgullo de un hermano
herido. Un blanquito cualquiera ni siquiera habría podido levantarse de la
cama.
—
No es mi madre… pero dime, ¿te obligó a comerle
el coño para que se corriera o tuvo que conformarse con sus dedos?
Él si se había corrido varias veces, de eso estaba seguro. Supuso
entonces que había levantado su hombría chupándosela después de cada descarga y
ni aun así había logrado satisfacerla.
—
¿Alex? ¿Qué pasa aquí? ¿Quién es este tipo?
El somnoliento marido de Maya tenia los cabellos alborotados
y unas ojeras que parecían llegar hasta el piso. No, no había follado anoche,
pero con su habitación pegada a la de Crystal, la joven pareja con toda
probabilidad no había podido pegar ojo.
—
Nadie, un amigo… de tu querida suegra. Ya se va…
¿verdad?
A un escueto buenos días le siguieron una serie de raudos
pasos hacia las escaleras. No tardó en escucharse el sonido de la puerta
principal cerrándose. Joseph levantó las cejas y se rascó la barbilla, Alex
encogió los hombros.
—
Es…
—
Déjalo… ¿me haces un favor?
Le estudió con la mirada y soltó un rezongo.
—
No tengo dinero —dijo al fin.
—
¡Oh, vamos! ¡Te devolveré tus 200 dólares, lo
prometo!
—
¡Eso dijiste hace tres meses!
—
Y lo repetiré las veces que haga falta…
—
No tienes remedio…
—
¿Me llevas al Instituto?
—
¿Y Jessie?
—
Supongo que… tenía mucha prisa esta mañana por
llegar al trabajo.
—
Ya… —dijo, echando un largo suspiro — Hablaré
con Crystal, Maya estaba muy enfadada anoche.
—
Es su vida… déjala en paz.
—
¿Pero tú de qué lado estas?
—
De ninguno. Te espero abajo.
***
Mount Hill era un pueblo pequeño, con una población de
alrededor de dos mil habitantes. El culo del mundo para algunos y el paraíso en
la tierra para otros. Ubicado en el corazón del parque nacional de Silver Lake,
su destino era considerado como uno de los lugares más místicos y alejados del mundo;
cuna de leyendas gracias a sus bosques densos, cuevas inexploradas y lagos
vírgenes que atraían a turistas como abejas a la miel.
—
Amo este lugar — declaró Joseph, exhalando
profundamente — Siento al espíritu de la montaña sobrecogiendo mi alma cada vez
que respiro su aire puro.
Para Alex, el espíritu de la montaña olía a cigarro, alcohol
y orina en ese momento, cuando se bajó del coche supo la razón y rápidamente se
despidió de Joseph. Aquel viejo Camaro del 69 aparcado a una docena de metros
era tan desagradable a la vista como su propietario.
Dominic Grant parecía estar muerto, o medio muerto, aun
parecía respirar el hijo de perra. Estaba desparramado sin camiseta y zapatos
en el asiento trasero de su destartalado vehículo. Cuando abrió la puerta,
además de la pila de latas de cerveza y cigarrillos que se encontró, un
hediondo olor a orina y vómito le golpeó tan fuerte que casi estuvo a punto de
desmayarlo.
— ¡Hey!
¡Despierta, carajo!
Miró a su alrededor, no había mucha gente así que se subió y
empezó a zarandearlo. Como no reaccionaba empezó a pegarle bofetadas.
— ¡Hey!
¡Hey! ¡Relájate amigo! Dame un maldito segundo, ¿quieres?
El idiota se había graduado hace unos
cinco años, pero no había madurado en lo absoluto. De familia rica y cerebro
pequeño, había fracasado en la Universidad de Pinewood y había vuelto hace un
par de días con la cola entre las piernas.
— ¿Cómo
llegaste aquí? Bah, no importa. ¡Mueve tu maldito trasero y desaparece rápido
antes de que el director llegue! — Una turba de estudiantes se aproximaba a la
entrada, y a ambos les fue imposible no fijarse en las chicas que lucían los
mejores culos.
Alex acomodó el retrovisor y estudio
su reflejo, había recortado su rizado cabello en un estilo mohicano moderno, la
línea afeitada que había complementado empataba perfectamente con la de las
cejas, lo que le hizo sonreír satisfecho.
— ¡Pero
mira nada más! — exclamó Dom. El muy depravado se acomodó rápidamente en el
asiento delantero y se colocó unas de sus ridículas gafas de sol — ¡Cuanta
belleza!
El desfile de tetas y nalgas era
impresionante, hacia mucho calor y la diminuta ropa con la que desfilaban
dejaba ojiplático a cualquiera. Dom empezó a jugar tratando de ponerles notas a
cada chica buena que pasaba y Alex no puedo evitar contagiarse de su
perversión. Pronto cerró la puerta del vehículo y se sumó dando su propia
valoración de cada espécimen.
Esperaba que ningún profesor lo
sorprendiera o estaría muerto.
***
— Un nueve a
ese par —señaló Dom, sonriendo con lascivia ante las adolescentes
—¿Quiénes son?
— Sharon
y Rachel West— contestó, echándoles un vistazo también de canto a canto.
— ¡Vaya
par de culos las de esas dos! ¡Nunca había visto unas gemelas como esas!
Había cambiado bastante, sin duda, las
pequeñas y rollizas gemelas hijas del pastor Timothy West, habían pasado a
convertirse en todo un espectáculo que llenaba la vista. Con largas coletas
rubias a los costados, las muy desvergonzadas exhibían (para horror de su
padre), pequeñas camisetas anudadas en su escote que dejaban poco a la
imaginación. Mejor aún, más abajo, sus diminutas faldas plisadas dejaban ver el
principio de sus nalgotas
— Una
lástima que sean lesbianas…
— ¡No me
jodas! ¡¿Es en serio?!
— No sé… eso
dicen.
— Que
desperdicio…
Alex asintió, no podía estar más de
acuerdo.
— ¡Pero
qué carajo! ¡Esto ya comienza a rayar la suspensión, debería ser un delito
salir a la escuela con esas mallas!
Se giró para ver a Dom y estalló de risa en su cara.
—
¡Eres un idiota! No la reconoces, ¿verdad?
—
Espera… es… es… ¿Nikki?
—
¡Tu hermana, infeliz! Ha crecido, ¿no?
—
¡Jódete!... ¿y quién es ese marica que va a su
lado?
—
Su novio… y por favor no lo llames así… los
góticos del Instituto le adoran como si fuera una deidad.
Nikki Grant sí que sabia romper el esquema de la típica
chica gótica. El maquillaje y la ropa negra le hacían pensar más en una
especial de Halloween de Brazzers que en un recital de música dark.
—
Tiene muy mal genio, por eso le pongo un 9.
—
¡Vete a la mierda!
Era verdad, sus generosos atributos la convertían en un
bombón. Su culo redondo y respingón era su mejor arma y sabía cómo usarlo.
Lamentablemente tenía un carácter de mierda. Se metía en muchos problemas y
según tenía entendido, tenía más suspensiones que él en el Instituto. Siendo su
padre el alcalde del pueblo obviamente no era un problema.
—
Bueno… ya va siendo hora. Adiós.
—
Solo un minuto, ¿quién es? —preguntó,
dirigiéndose a una asiática de formidables curvas.
—
Se llama Hana, llegó a mitad de curso el año
pasado y se ha vuelto bastante popular. En el Instituto se corre el rumor de
que su madre ha sido una actriz JAV.
— ¿Qué es
eso? — preguntó confundido
— ¡Porno
idiota, porno! Un amigo jura por su vida que es verdad.
— ¡Me
encantaría conocerla! —dijo, mientras observaba como un zombi como sus
caderas se balanceaban — ¡Dios, mírala, si parece estar a punto de rasgar ese pantalón!
— Y eso que
no la has visto en las clases de natación—dijo Alex, viendo la hora en
su teléfono.
— Su carita
de ángel me dice que es coreana, ¿sabes si tiene novio? Está es de lejos mi
favorita. Es un puto 10 en toda regla.
— No tengo
idea si es japonesa o coreana. Pero sí, es un 10 — empezaba a sudar
ahora que la veía — con ese cuerpazo que se maneja pertenece a otra liga.
—
Y esa que viene ahí también.
Una camioneta polarizada había llegado. Cuando su ocupante
abrió la puerta, un perfecto ejemplar de hembra descendió con sus largas
piernas y un trasero de ensueño. Aquello que Alex llevaba esperando desde que
comenzaran con el juego hacía rato.
—
Ohh… mierda… se ve mejor que ayer…
El estúpido de Dom tocó la bocina sorprendiendo a medio
mundo. Por supuesto, Mia apretó el paso y no se giró.
—
¡¿Eres idiota?! ¡¿Qué mierda haces?!
—
¡Un diez, mi hermano! ¡Un puto diez!
Mientras se alejaba, vio a Mia Wolff agitar su rubio cabello
cuan largo era hasta la cintura. Su piel aceitunada y sus labios gruesos la hacían
irresistible para cualquiera. Y no, él no era la excepción. En la fiesta había
estado para morirse, la chica trofeo que el idiota de su novio la había llevado
para lucirse y que había terminado gimiendo en sus brazos.
—
¡Ufff! —resopló Dom quitándose los lentes.
Había acariciado, besado y estrujado ese cuerpo de reloj de
arena en esa misma camioneta haciéndola correrse dos veces… pero al final se
había echado para atrás. Esa verga negra suya la había asustado bastante y había
temido que le hiciera daño. Ahí había descubierto que era virgen.
—
Y pensar que en unos años se convertirá en esa
diosa que es su madre…
—
Sus clases de biología son las mejores, ¿no? —
preguntó Alex.
—
¿Sabías que uno de mis colegas se la cogió?
Alex frunció el ceño y se giró incrédulo.
—
Estas mintiendo…
—
Campamento de verano… más o menos por estas
fechas…
—
El idiota se torció el tobillo y después de discutir
con el Sr. Robinson, acordamos que nos adelantaríamos mientras… nuestra maestra
favorita insistía en que debía quedarse con él para atenderlo.
—
Te lo estas inventando…
—
Al par de días nos alcanzaron en el lago Alamira…
estaba mucho mejor, pero algo había cambiado entre ellos…
—
No te creo ni una sola palabra.
—
Bueno, como sea, algo pasó. La Sra. Wolff no volvió
a dirigirle la palabra.
Alex volvió su mirada al fantasioso cuerpo de Mia. Un
caliente y sexy cuerpo como el suyo despertaba inevitablemente oscuras
pasiones, y cuando la veías acompañada de la Sra. Wolff aún más. Madre e hija
eran dos magníficos monumentos que ponían a trabajar tus hormonas a mil por
hora.
—
Es hora… —dijo, saliendo por fin del vehículo.
La vio correr a los brazos del mariscal de campo y sintió
que la sonrisa que se le dibujó en el rostro podría iluminar un estadio de
futbol. Fantaseó con esas redondas nalgas siendo estrelladas una y mil veces
contra su ingle. Ese gordo culo suyo había nacido para satisfacer a una verga
negra como la suya e iba a hacer hasta lo imposible por conseguirlo.
Avanzó un par de metros y vio a Hana salir a su encuentro. Dom
tenía razón, Hana Moon y Mia Wolff estaban en otra liga. Solo que no como se lo
imaginaba.
—
Jessica quiere verte…
No, ni él ni nadie se lo imaginaba, pensó.
—
¿Dónde está?
Hana Moon, Mia Wolff y Jessica Pickman estaba en una liga
completamente diferente. Pero eso era lo que más le atraía de ellas.
Saber que involucrarse con esas mujeres era jugar literalmente
con su vida.
—
Sígueme… — dijo dándole la espalda y empezando a
caminar. Sus jeans ajustados enmarcaban un trasero duro y respingón que podría
hacer rebotar una moneda de veinte centavos.
Le latía la polla con cada zancada que daba, su exagerado
meneo de caderas le hizo voltear la vista y empezar a pensar en cualquier otra
cosa. No iba a dejar que Jess otra vez se burlara de él.
Bajaron las escaleras hacia el gimnasio, no había nadie a
esa hora así que avanzaron sin problemas hasta uno de los viejos almacenes
abandonado.
—
¿En serio esta ahí?
—
Adelante… —dijo abriendo la puerta para él.
Estaba muy oscuro y apestaba, parecía que no lo usaban desde
hace más de un siglo. Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad
distinguió la silueta de su hermana en el piso, estaba dibujando el pentáculo de
Mael.
—
¿Qué carajos crees que haces?
Partió la tiza a la mitad y le señaló el circulo, había que
terminarlo. Los ojos de Hana brillaron en la oscuridad amenazadoramente y
obedeció. Se lo contaría a Crystal esta vez, si Maya no podía controlarla, su
tía lo haría.
—
Ven… ayúdame…
Intricados bordes decoraban una elaborada maraña de símbolos
arcanos. Todos apuntaban al centro, donde ellos estaban. Se sentía un intenso
calor allá adentro, la magia de los signos de Oscentis empezaba a flotar en el
ambiente.
—
Dime que pasó…
—
Maya me volvió a castigar —dijo, haciéndole un
puchero.
—
No me digas… ¿y te volvió a quitar tu teléfono?
—
¡¿Puedes creerlo?!
—
¡Jessica, no me jodas! ¡¿Qué crees que hará
cuando se entere de lo que hiciste?!
—
No se enterará… — dijo, dibujando en el aire el
signo de Mael con sus dedos —… yo sé que tú no le dirás nada… — afirmó, caminando
lentamente hasta estar a centímetros de él — … verdad que no le dirás… —
susurró a su oído, al mismo tiempo que las velas que Hana había colocado
alrededor se encendían.
El pañuelo con el que había atado su cabello castaño era
perfecto, pero no era lo que lo tenía embelesado desde luego. A sus dieciocho
años había desarrollados unos grandes pechos que estiraban su delgada blusa
hasta el ombligo, haciendo lucir el buen par que había heredado de su madre.
Por otro lado, ese diminuto short de mezclilla que llevaba encima no dejaba
indiferente a ningún hombre sobre la faz de la tierra. El vaivén escandaloso de
sus glúteos lo hacía parecer más una tanga.
—
¿Se fue verdad? —preguntó con una sonrisa — …
ese hombre…
—
Claro que se fue, ¿qué esperabas?
—
Mi tía es una puta…
—
No, no es una puta…
—
Maya es una puta….
—
¡Basta! ¡No empieces!
—
¿Quiero tener sexo y no me dejan? ¿por qué?
—
Eso… puedes preguntarle a esa mujer…
—
Mamá también te ama, ¿sabes? No entiendes el
sacrificio que ella hace por nosotros…
—
¿Sacrificio?
La ira se le marcó en las venas,
ninguno dijo nada por unos segundos y ella al final bajó la mirada. Furioso se
encaminó hacia la puerta, pero Hana se interpuso en su camino.
— ¡Dile
a tu amiga que me deje salir!
— No…
no quiero…
— ¡Jess,
te lo advierto!
— Solo…
solo necesito escuchar su voz… por favor…
De su diminuto short extrajo una
navaja de bolsillo, el filo rápidamente recorrió una de sus palmas, luego la
otra, dejando caer un reguero de sangre en el centro. Luego, se la ofreció.
— Por
favor… no puedo hacerlo sin ti…
Alex dudó, hacia demasiado calor, los
pezones de Jess se marcaban en la tela igual que los de Hana. Se ahogaba,
sentía que le faltaba la respiración.
— Por
favor…—dijo, casi gimiendo — Te lo compensaré luego… lo prometo.
Tomo la navaja y la hundió en su
piel. Dos pinchazos a cada palma. Sintió como la sangre se movía en el suelo
dando forma al hechizo.
— Ven…
toma mis manos.
Se arrodilló con ella y
entrelazaron las manos frente a frente. Incluso en la oscuridad su piel de ébano
contrastaba con la de su hermana.
— Las
velas… — advirtió Hana, empezaban a consumirse rápidamente.
El fuego ardió en su interior, ya
no podía echarse para atrás.
— ¿Mamá?,
¿mamá?, ¡responde! — imploró Jess a la oscuridad.
No hubo respuesta, y los ojos de
Jess empezaron a humedecerse.
— Si
tan solo pudiéramos cruzar al otro lado del espejo… —gimió, dejando escapar una
lágrima.
— Algún
día… quizás…
Jessica se acercó a él y le sorprendió
con un beso en los labios.
Entonces la mujer de sus sueños
por fin habló.
Edelin
Lo primero que
vio, fueron los brazaletes en sus muñecas, refulgían en la oscuridad destilando
hilos de hechicería color carmesí. No había cadenas y cuando trató de
levantarse, vio un par de brazaletes más en sus tobillos. Tenía que darse
prisa, de lo contrario, estaría condenada.
Alzó la vista
a la pequeña ventana de su celda. Se le agotaba el tiempo. Habían dicho que antes
del amanecer vendrían a llevársela. Edelin tuvo el impulso de desprenderse de los
brazaletes con el poder de sus signos, pero desde luego, fue inútil. Los
inquisidores habían sido muy cuidados en que el artilugio fuera capaz de
suprimir su magia. Maldijo para sus adentros cuando empezó a escuchar un grupo
de voces, había subestimado a su prima Marishka y lo había pagado caro. Lo peor
de todo no era la traición en sí, su fracaso radicaba en no haberlo advertido
antes. Que estúpida había sido. Ahora era demasiado tarde.
—
Pero, ¿y si se enteran? —preguntó una voz a lo
lejos.
—
¡Ya deja de preguntar lo mismo! — contestó el
hombre que parecía estar al mando —¡Ya te dije que solo les interesa el
muchacho!
El hediondo
olor a cadáveres le erizó la piel. ¿Dónde estaba? ¿A que inmundo calabozo había
ido a parar? ¿Su nave todavía le estaría esperando en el puerto? Gimió de
impotencia moviendo su debilitado cuerpo y estuvo a punto de echarse a llorar. Todos
estarían muertos a estas alturas… por su culpa.
—
Tráelo ya—ordenó —¡Rápido!
Al frente de
ella, a unos cuantos pies de distancia, vio una sombra moverse. Se apartó uno
de sus mechones del rostro y esforzó la vista, era una mujer.
—
Ahhh… mi cabeza… —se quejó, tratando de ponerse
en pie. Debía de haber recuperado el sentido, igual que ella hace unos minutos.
—
¡Shhh! ¡Silencio! Vienen hacia aquí —le advirtió
Edelin.
La luz
enceguecedora le hizo mover la cabeza a un costado, solo para darse cuenta que
todo este tiempo no había estado sola ahí dentro. Ratas peludas y grandes como
conejos, se paseaban campantes entre la podredumbre de esos muros húmedos de
piedra. Edelin reaccionó de inmediato pateando a un par y aplastando a otra.
Despreciaba esas alimañas con todas sus fuerzas.
—
¡Despierten, zorras! —dijo un barrigudo hombre
de melena gris.
—
¡Soy Edelin Van Kauran, exijo hablar con el
oficial Amalrus!
—
¡Y yo soy la emperatriz Belesa! —contestó el
guardia, explotando en carcajadas.
El sonido de
la voz de tres hombres más, llegó por el pasillo. Cuando finalmente se
aproximaron, se dio cuenta de que uno también era guardia, mientras el otro, toda
la pinta de un esclavista de Qantis. Era de piel oscura y llevaba varios
anillos en el rostro y orejas. El hombre a su costado debía de ser su
guardaespaldas, su piel de color azul oscuro delataba su origen irkadio; por lo
demás, era una mole de músculos.
—
Maese Gresiel, ¿ahora cree que miento? —dijo
levantando las manos.
Los ojos del esclavista
fueron de un lado a otro, paseándose de Edelin a la mujer que tenía al frente. Acarició
su brillosa calva y sonrió, entonces sus ojos se abrieron para estudiar
detenidamente la mercancía.
—
¡Vaya par de hembras que tienes aquí, Titus! —dijo,
con una sonrisa obscena.
La luz del
farol le permitió ver un poco más a la otra prisionera. Para su sorpresa, se
trataba de una voluptuosa mujer madura. Su cabello era una fina mezcla de los
colores del atardecer, cuyos ojos relucientes ardían en la oscuridad como los
de una pantera. Una hechicera del extravagante reino de Moradria, pensó. Luego
de unos segundos lo descartó completamente, cualquier mago o aprendiz usaba el
medallón distintivo de su gremio y, sobre todo, no dibujaban hechizos de dioses
paganos sobre su cuerpo. Ladrona, la peor calaña de Cressa. Asesina, con toda
probabilidad. La araña en su hombro pertenecía a la banda de criminales
liderada por la temida bruja conocida como Ubbala Kor.
—
¡Hey! ¡Idiotas! ¡Exijo hablar con el oficial Gilad
Amalrus!
Ahora fueron
los cuatro hombres los que rieron. El hombre que respondía al nombre de Gresiel
observó con curiosidad los brazaletes que poseía y le hizo un gesto al guardia
para que le explicara. El famélico soldado que parecía servirle al hombre
llamado Titus, le explicó que había sido el trabajo de inquisidores kertas, algo
que al esclavista le hizo sonreír aún más.
—
¡Soy Edelin Van Kauran! —volvió a repetir — ¡Nieta
del príncipe arconte Hendrik Van Kauran, exijo que se me libere!
—
Estás muy lejos de casa… ¿no?, ¡putita! —dijo
lamiéndose los labios — ¡Estas en D’alagor! … el nombre de tu casa aquí no
significa nada…
—
¡Mire nada más que tetotas, maese Gresiel!
—vociferó Titus — ¡La mitad de hombres que conozco vendería su alma por
llevarse a la cama un culo como ese!
—
La otra mitad… solo la tomaría, ¿verdad? —dijo
con una sonrisa sardónica.
—
¡No me tiente, maese Gresiel! ¡No me tiente! —
contestó, acariciando su erección.
—
¡Maldito seáis! ¡El Imperio Kerta se enterará de
esto! ¡No dejara que…!
—
Oficialmente estas muerta… —carraspeó el guardaespaldas
— … vi a tu prima llorando esta mañana mientras tu cadáver era convertido a
cenizas.
Maldita ramera,
pensó. Pero no podía mostrar flaqueza, no podía rendirse.
—
¿Crees que mis hombres se tragaran esa farsa? Cuando
se den cuenta ellos…
—
Tu capitán debe estar gastando ahora su paga,
princesa —declaró el esclavista, acercándose a los barrotes — … Y … él resto…
bueno… del resto se encargaron los inquisidores que soborné.
—
¡Asesinos! —gritó, enseñando los dientes y apretando
el hierro con las manos.
De inmediato,
un golpe de hechicería la devolvió al muro de su celda con violencia.
—
Gothos… eso no hacía falta… — dijo el esclavista,
enarcando una ceja —… no maltrates la mercancía.
—
Perdóneme mi señor, no volverá a ocurrir — contestó,
agachando la cabeza.
Se
tocó el costado, le había dolido y eso que apenas había sido un mero toque con
el signo de Azath. Se obligó a levantarse llena de rabia, si no tuviera esos
malditos brazaletes el hechizo ni siquiera le habría hecho cosquillas.
—
Estos brazaletes… son realmente hermosos… — declaró
divertido — la reputación de los inquisidores de Kertagar no era tan exagerada
como imaginaba.
Vu, Larhi, Raftela,
vengaría sus nombres. Si lograba escapar con vida, el primero en su larga lista
sería la despreciable rata de Amalrus.
—
¡Bueno, bueno! —gritó Titus — Maese Gresiel, que
le parecen sesenta mil drugales —dijo sonriendo perversamente.
—
La mitad —regateó el mercader —Mis hechiceros
tendrán que marcarla personalmente, no sé qué clase de signos es capaz de
manejar, ¿qué pasa si es peligrosa?
—
Maese Gresiel…. — se detuvo y le acusó con la
mirada—…. no quiera sorprenderme. Una vez marcadas…. la magia que posean le
pertenecerá … — Con cada latido su rostro parecía hacerse más desagradable.
—
¡Como sea! —le interrumpió el mercader— Solo podré
llevarme a una de ellas.
Los guardias
se miraron con los rostros avinagrados, obviamente no era lo que esperaban.
Después de debatir un poco entre ellos y el comerciante, asintieron con la
cabeza.
—
Yo te recomiendo a la pelirroja tetona que dice
ser Edelin Van Kauran — señaló Titus con una sonrisa perversa.
—
¡Y yo a…! Ehh… ¿cuál es su nombre, mi señora? — preguntó
el otro guardia.
El atractivo
rostro de aquella mujer madura se parecía más al de una puta en una taberna que
al de una mujer a punto de rogar misericordia. Sea cual sea el caso, Edelin estaba
segura que no era la primera vez que estaba en una celda.
—
Puedes llamarme Benkei —dijo alzando sus dos
pechos, cuan grandes eran, de forma descarada.
Si ese hombre
le colocaba una cresta de esclavo, viviría solo para servirle. No podría
negarse nunca a sus órdenes. El contrato así lo exigía, se dedicaría hasta su
muerte a satisfacer los deseos de su amo.
—
Tengo… un par de buenas razones… para declinarme
por la ladrona… —gimió el esclavista, limpiándose la saliva con las manos.
La mujer
volvió a sonreír como si todo se tratara de un juego. Sus ojos se paseaban por
su propio cuerpo casi con la misma mirada lasciva del comerciante de esclavos.
—
¡Vea bien la mercancía, Maese Gresiel! — declaró
molesto, señalando a Edelin —Esas anchas caderas pueden llenar una docena de
bebes.
—
¡Muérete, bastardo! ¡No pienses que voy a dejar
que me vendan como un pedazo de carne!
Maese Gresiel le
replicó regateando el precio. Edelin les arrojó un sin números de groserías que
ignoraron entretenidos con la ladrona, pronto se enzarzaron en una discusión de
la cual el guardaespaldas se hizo un lado.
—
¡Oye, mujer!, ¿qué no quieres vivir? —
susurró Gothos.
—
¡No pienso convertirme en…!
—
Si Gresiel dice que solo hay dinero para una,
estos dos mataran a la otra. El mago Sarak sigue en la ciudad, no se arriesgarán.
Si descubre que un par de inquisidores traicionaron a Lady Marishka, no solo asesinaran
a sus cómplices. Todo D’alagor arderá.
—
Sarak… ¿sigue aquí?...
—
Deja que Gresiel te lleve a mi amo. Mi señor,
Riel’galas, es un hombre generoso con aquellos que son fieles y obedecen. Con ese
cuerpo que tienes estoy seguro que te convertirá en su primera concubina…
—
¿Y convertirme en una esclava el resto de mi
vida? ¿Vivir solo para darle hijos a un hombre que me amará como un amo a su mastín?
—
Muchas cosas se pueden hacer en el Palacio de
Bel Akash… algo habrás escuchado… y yo te puedo ayudar…
Al oeste del debilitado
y pequeño reino de Esith, cruzando el Valle del Lobo, el Palacio de Bel Akash
se erguía en una gigantesca roca frente al mar como la punta de un cuchillo. Su
señor, Riel’galas, gobernaba el pueblo de Qantis desde la comodidad de un mar
de cojines de seda. Todos los reinos del continente de Bressana conocían de su
avaricia, de su pasión por las mujeres y sobre todo de su inmensa fortuna gracias
al fructífero comercio de esclavos.
Se contaba
todo tipo de excentricidades del rey Qanti, si su harén real tenía más de cien
mujeres o si ya dominaba, gracias a sus doncellas entrenadas, los reinos de Kultaar
y Xamara. Había un rumor de que las mujeres que ocupaban un asiento a lado de
esos reyes habían salido de su harén. También se decía que varias de sus
concubinas eran enviadas como asesinadas a sueldo a distintos puntos del mundo
conocido.
—
Estas seguro… qué podrías ayudarme…
—
Por un precio… claro está… —dijo, comiéndosela
con la mirada —… ahora pon a trabajar ese culo que no tenemos toda la noche.
Respiró hondo.
Sarak, ese maldito carnicero se había aliado con su prima. ¿Pero por qué ahora?
¿Qué planeaba hacer? Hasta Marishka sabía que no se podía confiar en él. Con suerte
la vería llegando al mismo Palacio en unos meses.
—
Está bien… yo…
—
¡No pierdas tiempo! ¡Aquí tienes lo que buscas!
—dijo Benkei.
La mujer en apariencia era alta y
esbelta, de piel bronceada, con una cara alargada, hoyuelos en sus mejillas y
labios carnosos. Sus ojos eran de un misterioso azul acerado que rayaba en el
gris, y estaba de pie con su peso descansando sobre una cadera en una postura
que desbordaba sensualidad.
— Acérquense…
no muerdo…

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