El
Reino Prohibido
Capítulo
III
Crystal
Crystal abrió
los ojos lentamente. El recuerdo del día anterior la golpeó como una bofetada.
Había traicionado a Sam. Se había dejado coger por un desconocido como una
cualquiera, sin resistencia, dejándose llevar por ese deseo sucio que todavía
sentía latiendo entre las piernas. “Soy una puta…”, pensó, llevándose
una mano al rostro. Y sin embargo, en la misma respiración, sintió la punzada
de placer que le daba recordar cómo la había hecho gemir ese hombre el día
anterior.
Un ruido
metálico la sacó de sus pensamientos. La cafetera. Sam estaba en la cocina.
De pronto,
otro sonido le heló la sangre. Reconoció ese ronquido áspero. El coche de Dom.
Crystal se levantó sobresaltada y corrió hacia la ventana. Allí estaba,
estacionándose frente a su residencia, como si nada. El corazón le martilleaba
el pecho.
Escuchó los
pasos de Sam, la puerta abriéndose abajo. La voz grave de Dom llegó hasta ella,
natural, tranquila, explicando que venía a trabajar en el techo. Crystal apretó
los labios, clavando las uñas en la cortina. Sam cerró la puerta y subió al
dormitorio. La miró con los ojos entrecerrados, cargados de reproche.
—
¿Y ahora qué? —le soltó, cruzándose de brazos—.
¿Me quieres decir desde cuándo contrataste a ese tipo?
Crystal sintió
que el aire le faltaba, pero tragó saliva, obligándose a hablar con calma:
—
A… ayer… — respiro hondo, tratando de mantener
la compostura— ¡Basta, no empieces! Es necesario, Sam. El techo no puede
esperar más. No hay nada que discutir.
Su marido
frunció el ceño, molesto, pero sin una respuesta clara. Gruñó algo bajo y se
vistió con fastidio. Cuando salió del dormitorio escuchó cómo golpeaba la
puerta del cuarto de Ash, intentando levantar al muchacho.
Se acercó a la
ventana otra vez. Allí estaba su camioneta, estacionada en la calle. La había traído
desde el bosque, como había prometido, aunque no tenía idea de a qué hora de la
madrugada lo hizo. El detalle le arrancó una punzada de satisfacción, absurda,
peligrosa. Negó con la cabeza.
“Debería
irme. Inventar una excusa y largarme en el coche. O encerrarme aquí hasta que
se marche…”
Pero no lo
hizo. Inspiró hondo, obligándose a seguir con su rutina. Si actuaba como
siempre, nadie sospecharía nada.
Se cambió de
ropa, preparándose para hacer ejercicio. Se puso su camiseta favorita, la
blanca sin mangas con letras negras estampadas: “I am the American Dream”.
Y esos pantaloncitos cortos que apenas cubrían nada. Al mirarse en el espejo,
maldijo en silencio: con ese conjunto se le marcaba todo. Sus voluminosas tetas
se le apretaban contra la tela delgada, pesadas, firmes, los pezones resaltando
descarados bajo el algodón. Y sus nalgas, redondas y brutales, parecían
reventar el pantaloncito deportivo a cada movimiento de cadera.
Crystal cerró
los ojos y suspiró. “Perfecto… como si necesitara darle más razones a ese
cabrón para mirarme…”
Pero aun así,
no se cambió. Bajó las escaleras con su botella de agua en mano y se dirigió al
pequeño gimnasio que había mandado construir el año pasado. Era su refugio
personal, el rincón donde intentaba vaciar la mente y recuperar algo de
equilibrio. Encendió la luz y el espejo grande de la pared devolvió su reflejo:
la camiseta ajustada con esa frase arrogante y los pantaloncitos diminutos que
no le dejaban nada a la imaginación.
Se colocó en el centro de la habitación, respiró hondo y
empezó sus estiramientos. Primero los brazos, luego la espalda. Giró lentamente
las caderas, sintiendo cómo sus nalgas se apretaban contra la tela, rebotando
de manera obscena con cada movimiento. Bajó el torso hacia el suelo y el escote
de su camiseta se abrió lo suficiente para dejar asomar más de lo que debía.
Cada postura, sin proponérselo, parecía sacada de un show erótico, y no de un
simple calentamiento deportivo.
Fue entonces cuando lo vio de reojo. La puerta
entreabriéndose. Ash, de pie, con la mandíbula casi tocando el piso. El impacto
en su rostro la dejó paralizada por un segundo. No dijo nada. No se giró para
reprenderlo. Simplemente la miraba. El parecido con su padre era innegable,
pero Crystal sintió otra cosa… un eco perturbador.
Tragó saliva, fingiendo que no pasaba nada. Siguió con los
estiramientos, ahora en el suelo, arqueando la espalda, estirando los muslos.
Sabía —maldita sea— que esas posiciones eran demasiado sugestivas. Que su
trasero y sus tetas parecían un espectáculo en cada movimiento. Aun así, no se
detuvo. Después de todo, ninguno de los dos estaba haciendo nada malo.
Entonces volvió a mirarlo de reojo… y lo vio con su teléfono
en la mano. Grabándola. El corazón de Crystal dio un salto. No podía creerlo.
Su propio hijo…
Y sin embargo, otra vez no dijo nada. No le acusó, ni le
cuestionó. “Es solo un adolescente con las hormonas revolucionadas”, se
dijo, tratando de tranquilizarse. No quería armar un escándalo y traumatizar al
pobre muchacho.
“¡No! ¡Por Dios, Crystal! ¡Detenlo!”
Pero no alcanzó a decir nada. La voz de Ash le hizo pegar un
pequeño sobresalto. Se acercó para despedirse de ella antes de marcharse a la
escuela y Crystal le despidió con la misma ternura que hacía cada mañana.
“Cuando regresé de la escuela vas a tener que hablar con
él.”
Pero, “¿y si me pregunta por que no lo detuve antes?”
Crystal se quedó en silencio, con el pulso acelerado. Subió
a la cinta de correr y empezó a trotar para espantar esos pensamientos. El
sudor le resbalaba entre los pechos, el rebote de su cuerpo le recordaba al
ritmo frenético de la noche anterior. Cerró los ojos un instante… y no fue Dom
quien apareció en su mente. Fue Darkan.
El hombre que había amado tanto, y que le había roto el
corazón. Y Ash… Ash se parecía tanto a él. La forma de los hombros, la dureza
de la mirada. “No, no… no pienses en eso”, se ordenó a sí misma. Pero la
imagen se quedó ahí, lacerante, prohibida, mezclando deseo y rechazo en un
torbellino insoportable.
Crystal apagó la máquina de golpe, jadeando. Caminó hasta el
vestidor, tomó su teléfono y lo desbloqueó. Un mensaje nuevo. Barbara: su vecina.
Le preguntaba si podía dejar a su hijo pequeño por la tarde en su casa. Se
había quedado sin niñera.
Eso le arrancó una sonrisa. El pequeño Noah era un amor.
Se dirigió hacia la entrada de la casa, todavía tratando de
calmar su mente. Pero al pasar frente a la ventana, se detuvo en seco. Afuera,
Barbara estaba despidiéndose de Ash. Lo abrazaba con esa naturalidad de la
gente cálida. Pero lo que a Crystal la hizo tensarse fue lo que ocurrió al
soltarse. Ash estaba sonrojado, demasiado. Y cuando fijó la vista un poco más
en él, lo notó. Una erección marcándole el pantalón.
Abrió la puerta bruscamente, con una sonrisa forzada hacia
su vecina, pero la mirada clavada en Ash. Con un gesto rápido le indicó que se
marchara de inmediato. El chico obedeció y se alejó.
Crystal dejó la puerta abierta para que Barbara entrara. El
perfume dulce y penetrante de su vecina inundó la entrada, mezclándose con el
aroma tibio a café recién hecho que aún flotaba desde la cocina. Hablaron de Noah,
de lo inquieto y cariñoso que era, y Barbara agradeció su amabilidad. Crystal
sonrió, pero por dentro empezó a sentirse algo incómoda.
No podía dejar de observarla. El escote de su vecina parecía
diseñado para resaltar el tamaño exagerado de sus tetas, demasiado grandes
(según ella) para su complexión. Las caderas anchas ondeaban con cada paso y la
falda a mitad de sus muslos dejaba claro que sus piernas eran tan sólidas como
las de una deportista. Era un cuerpo brutal, uno que podría competir con el
suyo en cualquier terreno, y esa idea le carcomía con un veneno extraño, ácido.
Se encontraban de pie en la cocina cuando un golpe seco en
la puerta trasera las sacudió.
—
Disculpen… —la voz de Dom llegó arrastrada,
grave, con esa seguridad que lo volvía imposible de ignorar—. Necesito pasar
para revisar desde dentro lo de las goteras. Solo será un momento.
Crystal giró, y lo vio entrar. El uniforme manchado de
trabajo, la barba, la gorra, y esa profunda mirada. Lo notó. Notó perfectamente
cómo los ojos del técnico viajaron primero a las curvas de Barbara, descarados,
evaluándola con la misma gula que la había mirado a ella la tarde anterior
cuando le abrió la puerta. Una punzada de rabia celosa le golpeó el pecho.
Barbara, ajena o fingiendo no notarlo, se despidió con una
sonrisa y salió hacia el patio. Crystal cerró la puerta tras ella y subió
apresurada hacia su habitación, con las pulsaciones aún desbocadas.
Al llegar al pasillo se detuvo. La casa entera parecía
contener la respiración. Estaban solos.
Abrió la puerta de su dormitorio y allí estaba Dom. El
uniforme manchado, la gorra roja bien calada hacia delante, sombra sobre su
mirada seria. Alzó los ojos un instante hacia ella, pero enseguida desvió la
vista como si la habitación de pronto le hubiera resultado demasiado interesante.
—
Hay un problema justo en la unión del techo
—explicó con voz grave, señalando con un gesto breve—. Voy a tener que subir al
ático para revisar. No tardaré mucho.
Crystal lo observó detenidamente. Cómo sus labios apenas se
movían, cómo esquivaba su mirada con torpeza. No quería enfrentarse a la
realidad. Igual que ella. Sentía culpa, quizás. Después de todo era una mujer
casada.
—
Está bien… haz lo que tengas que hacer
—respondió, fría, pero con un nudo ardiente en el estómago.
Le dio la espalda, caminando hacia la puerta del dormitorio.
Sintió la tensión en el aire. Sintió los ojos de Dom encendiéndose tras ella,
clavándose en su culo redondo que los diminutos shorts apenas cubrían. No dijo
nada, pero el calor de esa mirada era tan palpable como un roce físico.
Descendió por las escaleras, con la mente hecha un
torbellino. “Es mejor así”, pensó. “Fingir que nada pasó y seguir con
nuestras vidas.” Pero a tres escalones del suelo, un mal paso la traicionó.
El pie resbaló, su cuerpo perdió equilibrio y cayó de lado, soltando un alarido
agudo.
El golpe no fue fuerte, pero la sacudida la dejó aturdida.
—
¡Señora Wolff! —la voz ronca de Dom retumbó en
el pasillo.
Bajó de un salto, sin titubear, y la levantó por la cintura.
Sus manos firmes se aferraron a ella, sosteniéndola contra su pecho ancho,
oliendo a sudor y trabajo. No le dio tiempo a reaccionar. La llevó directo al
sofá de la sala, el mismo donde habían cruzado la línea por primera vez.
La depositó despacio, como si fuera a romperse en cualquier
momento. La gorra roja inclinada proyectaba sombra sobre sus ojos, aunque aun
así Crystal alcanzó a verlos: brillaban oscuros, hambrientos, como brasas
encendidas bajo un cielo opaco. Su respiración le rozaba la piel, demasiado
cerca, demasiado intenso.
—
Estoy bien… no pasa nada —murmuró ella,
intentando incorporarse.
Pero antes de que pudiera levantarse, las manos de Dom la
detuvieron con suavidad férrea. No era un agarre fuerte, pero sí definitivo.
Sus miradas se encontraron y quedaron atrapadas, como si aquel segundo se
hubiera detenido.
Crystal volvió a intentarlo, haciendo un gesto de fastidio,
hasta que un dolor leve le arrugó el rostro. El tobillo se quejó apenas, no era
nada, pero lo suficiente para delatarla.
—
Déjeme ver —gruñó él, ya inclinándose.
Se agachó, le quitó la zapatilla con una naturalidad que la
desarmó, y empezó a palparle el tobillo con sus manos grandes, endurecidas por
el trabajo. El contraste era brutal: dedos ásperos explorando con delicadeza su
piel húmeda por el ejercicio.
—
¿Duele? —preguntó, sin levantar la vista.
Crystal tragó saliva.
—
No es gran cosa… en un par de horas se me pasa.
Él asintió, pero no la soltó. La sostuvo un segundo más,
demasiado tiempo para alguien que solo debía revisar una torcedura. Sus ojos,
cuando por fin la miraron, no se quedaron en los suyos. Se desviaron, lentos,
inevitables, hacia la redondez de sus muslos, hacia el tirante borde de los
shorts que apenas contenían el calor de su cuerpo.
—
¿Quiere que le dé un masaje? —preguntó, ronco,
aunque en realidad no pedía permiso.
Ella dudó. El silencio fue respuesta suficiente. Y Dom
comenzó.
Al inicio fue correcto, sobrio: trabajó el tobillo,
presionando y soltando, frotando con movimientos expertos. Pero sus manos, poco
a poco, fueron subiendo. Primero al gemelo, luego al muslo. Crystal abrió la
boca para detenerlo, pero las palabras se ahogaron en su garganta.
El roce ascendía lento, seguro, pero pronto cambió. Los
dedos de Dom se movieron con una agilidad feroz, expertos, como si supieran
exactamente qué hacer para arrancarle cada reacción. Primero suaves círculos,
luego un ritmo más rápido, profundo, alternando presión y caricias en el punto
exacto. Cada toque era un golpe eléctrico que recorría su cuerpo entero.
Crystal trató de cerrarle el paso, apretando los muslos,
empujándole la muñeca.
—
Deténgase… por favor… —murmuró entre dientes,
temblando.
Él no cedió. Sus dedos trabajaban con precisión brutal,
entrando y saliendo con rapidez, doblándose dentro de ella, rozando el lugar
más sensible mientras el pulgar presionaba desde fuera. Un vaivén hábil,
despiadado, que la estaba rompiendo en gemidos.
Crystal no pudo más. La garganta se le abrió y dejó escapar
un grito ahogado, ronco, como una fulana en plena rendición. Cerró los ojos con
fuerza, mordiéndose el labio, tratando inútilmente de callarse, mientras su
pecho subía y bajaba sin control, las tetotas rebotando con cada sacudida de
placer.
Y entonces, de golpe, Dom se detuvo. Crystal abrió los ojos
buscando aire… y lo vio. El técnico había bajado el zipper de su pantalón. La
bestia que escondía saltaba fuera, palpitante, dura, ansiosa, latiendo como si
reclamara su turno.
Crystal dejó de respirar, el corazón martillándole en el
pecho. Levantó la mirada. Sus ojos se encontraron, quemándose en el silencio. Segundos
eternos. Dudas que ya no podían detener nada.
El beso fue inevitable. Sus bocas se encontraron con hambre
salvaje, chocando dientes, mordiéndose los labios, bebiéndose el aliento como
si llevaran una eternidad aguantándose. Dom gemía contra su lengua mientras sus
manos amasaban las curvas de Crystal: apretando sus glúteos firmes, subiendo
hasta llenar cada puñado de sus tetotas, estrujándolas como si fueran suyas.
Crystal no se quedó atrás. La furia le explotó en las venas.
Sus dedos lo rodeaban con fuerza, subiendo y bajando en un vaivén cada vez más
rápido, castigando esa verga palpitante que latía con cada caricia. Lo
estrujaba, lo acariciaba con movimientos húmedos y desesperados, arrancándole
jadeos roncos.
El sofá crujió bajo ellos, acompañando la lucha de cuerpos.
El aire se volvió fuego. No había vuelta atrás.
Crystal, jadeante, se separó un instante de sus labios y lo
miró con los ojos encendidos.
—
Ahora me toca a mí… —susurró con voz ronca.
Sin soltarlo, sin perder el ritmo de su mano, se acomodó de
golpe boca abajo sobre el sofá, quedando su rostro peligrosamente cerca de él.
El vaivén de su muñeca seguía firme, enérgico, como si quisiera arrancarle
hasta el último aliento. El olor fuerte, intenso, masculino, la golpeó de
lleno. Se le metió por la nariz, la llenó por dentro, y la embriagó como un
vino oscuro.
Crystal cerró los ojos, respirando hondo, con la boca
entreabierta. El calor que desprendía la carne palpitante frente a ella la
tenía loca. Sintió un cosquilleo en la lengua, un hambre húmeda que se
acumulaba en su garganta. Se le hacía agua la boca, como si el simple olor
bastara para romperle la resistencia.
Y mientras tanto, sus caderas no paraban de menearse contra
el sofá, frotándose con furia, buscando su propio desahogo mientras lo
castigaba con la mano.
Se mordió el labio, dudando apenas un segundo. Luego levantó
el rostro y, sin pensarlo más, dejó que sus labios rozaran la punta. Un
contacto suave al inicio, apenas un roce húmedo. Sintió cómo Dom se estremecía,
cómo sus músculos se tensaban de golpe.
Eso la encendió más. Abrió la boca, despacio, y lo envolvió
con un gemido ahogado. La lengua recorrió el contorno, húmeda, ansiosa,
saboreando cada palpitación. Movía la mano al mismo tiempo, marcando un ritmo
feroz, mientras se lo tragaba poco a poco, hasta que lo sintió hondo, pesando
en su garganta.
El sofá volvió a crujir. Dom soltó un gruñido grave, echando
la cabeza hacia atrás, sus manos perdidas entre la melena de Crystal. Ella no
se detuvo. Lamía, chupaba, lo recorría entero como si quisiera devorarlo, con
ese mismo frenesí que antes la había hecho gemir como una completa zorra.
Cada embestida de su boca era más profunda, más atrevida. Se
apartaba un segundo para respirar, la saliva chorreando por su mentón, y volvía
a hundirse con más hambre. Su propio cuerpo no dejaba de frotarse contra el
sofá, buscando fricción, buscando alivio, al borde de volverse loca con la
mezcla de placer y sumisión.
El gemido ahogado de Dom al sentirla tragárselo hasta el
fondo la hizo sonreír contra su piel. Lo estaba volviendo loco. Y Crystal
sonrió con los ojos satisfecha.
—
¡Sluuuurrrrppp! ¡Sluuuurrrrppp! ¡Sluuuurrrrppp!
Crystal no paraba. Cada vez más honda, más rápida, más
insaciable. La saliva le chorreaba por la barbilla, pegándole el rostro, pero
no le importaba. Su mano lo bombeaba con furia, mientras su lengua lo recorría
con la misma avidez de una hiena hambrienta. Tragaba, chupaba, gruñía contra
esa verga como si quisiera arrancarla de ese cuerpo.
Dom gruñía también, con los puños apretados al inicio… hasta
que la tentación fue más fuerte. Bajó su mano derecha, y se apoderó de su
trasero. Dos globos de carne tibia, firmes, redondos, palpitando contra sus
dedos. Los apretó sin miramientos, amasándolos con rudeza, como si quisiera
marcarla, abrirlos, hacerlos suyos.
Crystal gimió con la boca llena, un gemido ronco que vibró
en su garganta y recorrió toda la extensión de su verga. Crystal no se detuvo;
siguió bajando y subiendo con la boca, acelerando, como si la locura se hubiera
apoderado de ella. El simple hecho de que él la manoseara, de que la tratara
con esa rudeza, la excitaba aún más.
Los dedos de Dom se hundieron en sus nalgotas, amasándolas sin
poder abarcarlas en su extensión. Crystal casi lloró de placer, sintiendo cómo
él las abría, cómo las estrujaba con hambre. Sus glúteos se sacudían con cada
embestida de su propia boca, y la sensación de ser poseída en ambas partes a la
vez la dejaba temblando.
Cerró los ojos, jadeando contra su miembro, gimiendo con la
garganta ocupada, perdida en ese sabor, en ese olor espeso que la enloquecía.
Era como si el mundo entero se redujera a eso: su boca tragando sin parar, sus
manos bombeando, y Dom devorándola con sus dedos, rudos y ansiosos, clavándose
en su trasero como garras.
—
¡Glaaaaccckkkk! ¡Glaaaaccckkkk! ¡Glaaaaccckkkk!
El sofá crujía bajo ellos, pero Crystal apenas lo notaba.
Estaba perdida en el frenesí, con la boca llena, la saliva escurriéndole por la
barbilla mientras lo devoraba sin compasión. No podía detenerse, no quería
hacerlo. Cada vez lo sentía más duro, más hinchado, más vivo entre sus labios,
y ese poder la enloquecía. La saliva le chorreaba por la barbilla, mojándole el
pecho, mientras tragaba y resoplaba contra esa carne caliente.
Pero lo que realmente la volvía loca eran los dedos de él
metidos hasta el fondo de su coño. La estaba reventando, entrando y saliendo a
toda velocidad, metiéndola con fuerza, mojándosela entera. Crystal no podía
evitarlo: empezó a menear las caderas contra su mano, empujando hacia atrás
como una puta desesperada, buscando que la follara más hondo con esos dedos.
Cada vez que los sacaba y los volvía a meter, el sonido húmedo era un látigo de
lujuria: “plop, clap, plop”.
Crystal trataba de seguirle el ritmo con las caderas,
meneándolas como una salvaje, empujando hacia atrás, buscando tragarse la mano
de Dom mientras su boca no soltaba la verga. Los dos se movían frenéticos, como
si el tiempo se les acabara.
Los gemidos de ella ya eran un escándalo. Con la boca llena
no podía gritar, pero cada vez que se la sacaba un poco para respirar soltaba
un alarido sucio, ronco, que hacía vibrar la verga de Dom dentro de su
garganta:
—
¡Aaahhh… mmmhhff! ¡Joder, sííí!
El técnico gruñía también, con la voz rota, clavándole los
dedos en la nalga, estrujándola con brutalidad mientras la follaba con la mano
y le dejaba la cara tapada de carne.
El sofá temblaba bajo ellos, las maderas crujían con cada
sacudida. Era un frenesí imparable, húmedo, desesperado. El aire ardía con el
sudor, el olor a sexo, el jadeo bestial de dos cuerpos que estaban a punto de
explotar.
La verga en su boca palpitaba cada vez más fuerte, latiendo
contra su lengua como si fuera a reventar en cualquier momento. Y al mismo
tiempo, dentro de su coño, los dedos de Dom la castigaban sin freno,
empapándosela, llevándola directo al borde.
Los dos estaban al límite. A un movimiento más de estallar
juntos, enloquecidos, sin remedio.
Crystal ya no sabía si gemía, lloraba o gritaba. La garganta
llena, la lengua enloquecida y el culo zarandeándose bajo la mano de Dom. Los
dedos de él entraban y salían tan rápido, tan duro, que el chorro de su propia
humedad ya empapaba hasta el sofá.
—
¡Mmmmhhff! ¡Aaaaaaaaaahhh, síííííííííííííííí!
—balbuceaba ella, con la boca atascada en ese tronco palpitante.
De repente, todo se desató. Crystal se arqueó, sacudiéndose
como una posesa, las nalgas rebotando contra la mano de Dom. El orgasmo la
reventó desde dentro, arrancándole un grito ahogado que vibró con fuerza contra
la verga que se estaba tragando. Su cuerpo entero se convulsionaba, los pezones
duros raspando contra la tela mojada de su camiseta.
Al mismo tiempo, Dom rugió. La sujetó más fuerte por el culo
y no pudo aguantar. La verga explotó dentro de su boca con una fuerza brutal.
Chorros espesos, calientes, le golpearon la garganta, reventándole la boca de
leche mientras ella seguía tragando como una perra en celo.
—
¡Tómalo todo! ¡Trágatelo, zorra! —gruñó, con la
voz quebrada.
Ella obedeció sin pensar, tragando, lamiendo, gimiendo,
mientras su propio orgasmo todavía le sacudía las entrañas. El ruido era un
escándalo: “slurp, glup, clap, glaaaackk”, mezclado con el crujido del
sofá que parecía a punto de partirse en dos.
Sus manos temblaban, pero no soltó su verga. La ordeñaba
como una condenada, apretando los labios, chupando fuerte, bajando hasta la
base y subiendo con un ruido asquerosamente húmedo. La garganta le trabajaba
tragando todo lo que Dom le lanzaba, gruñendo entre cada “glup” como si
no pudiera parar.
Los dedos de él seguían hundiéndose en su coño encharcado,
cada vez más rápido, haciéndola sacudir el culo contra su palma. Los gemidos de
Crystal eran mugidos ahogados, bestiales, que vibraban directamente contra la
polla que no dejaba de mamar. Dom la sujetaba por el trasero con la otra mano,
amasando esos globos de carne como si fueran suyos, aplastándolos,
tironeándolos.
El sofá crujía como si fuera a romperse bajo el peso del
frenesí. Crystal se retorcía, con las caderas golpeando al compás de los dedos
que Dom le metía con violencia, mientras ella mamaba como si se le fuera la
vida en ello. Los gemidos de ambos se mezclaban, roncos, sucios, animales.
Crystal sintió el estallido recorrerle las entrañas, un temblor
salvaje que la desarmó por completo. Convulsionó, gritando como una puta
desatada, con el coño apretándole los dedos de Dom hasta casi partirselos. Él,
al mismo tiempo, gruñó como un toro herido, echándole toda la leche de golpe en
la garganta. El chorro caliente la ahogó, la obligó a tragar con ansias,
chupando, lamiendo, devorando cada gota como si fuera suya. Aun así, no pudo
con todo: el exceso le chorreó por los labios, mezclándose con la baba hasta
enredarse en su barbilla y bajar pegajoso hasta sus tetas sudadas.
Agotados, los dos se desplomaron en el sofá, sudorosos,
jadeando como bestias después de una batalla sin tregua. El aire estaba pesado,
cargado de sexo, el olor húmedo y denso como un humo que lo cubría todo.
De pronto, el timbre sonó, cortante, helando la sangre en
sus venas.
—
¡Mierda! —murmuró Crystal, incorporándose de
golpe, el cabello enredado, la cara brillosa con restos de semen, el cuerpo
todavía húmedo.
Dom se levantó de inmediato, ajustándose los pantalones con
manos torpes, la respiración aún entrecortada.
Crystal, temblorosa, se acercó a la puerta. Su corazón latía
a mil. Con la garganta seca, giró el pomo y abrió.
—
¡Hola, mi amor! ¡Sorpresa! —gritó una mujer, con
una sonrisa amplia.
Crystal parpadeó, helada.
—
¿Mamá?
Collem
El amanecer se colaba por las ventanas de la capital,
dorando las paredes de la alcoba. Collem no esperó demasiado; había decidido
que la mejor forma de empezar el día era clavándosela a su mujer. Tenía a Maya
debajo de él, en un delicioso misionero, con esas piernas gruesas y poderosas
enredadas a su cintura, y cada embestida hacía que su enorme cuerpo temblara y
se agitara bajo el suyo.
A través de sus ojos la contemplaba con orgullo. “Qué
hembra tenía por esposa.” Esas tetas descomunales que se bamboleaban y se
aplastaban contra su pecho, la cintura estrecha, el vientre plano, las caderas
anchas que parecían hechas para parir hijos fuertes y el culo inmenso que
tantas veces había disfrutado. Collem gruñía satisfecho, hundiéndose una y otra
vez, con la sensación de estar poseyendo algo que ningún otro hombre jamás
podría igualar.
Con un último jadeo, se apartó, sujetó sus tetotas y acabó
derramándose sobre ellas, pintándolas de blanco, viendo cómo sus pezones
gruesos quedaban cubiertos de su semilla. Jadeante, cayó rendido a su lado,
sudoroso, satisfecho.
Maya se incorporó con calma, todavía con restos de él
deslizándose sobre sus tetas brillantes, y caminó hacia el balcón. Cuando abrió
las cortinas y se dejó bañar por la luz, Collem la volvió a mirar con el mismo
asombro de siempre: su cabellera castaña suelta, la piel tersa, el tatuaje en
forma de serpiente retorciéndose con vida propia, sus tetas enormes rebotando
libremente, las caderas anchas y ese culo perfecto que desafiaba a los dioses.
Pero junto con la excitación vino la punzada en el pecho. Celos.
¿Y si algún criado la miraba? ¿Y si su propio padre de casualidad salía de la
mansión y levanta la vista a su alcoba? La idea lo carcomió.
—
Cierra esas cortinas, Maya… no te comportes como
una cualquiera —dijo con tono áspero, celoso, con los ojos clavados en ese
cuerpo que no quería compartir ni con una mirada ajena.
Ella giró el rostro, arqueando una ceja, molesta.
—
Siempre lo mismo, Collem. Siempre me celas por
cualquier cosa. —Su voz tenía la dureza de alguien que ya estaba cansada de ese
reclamo repetido.
Con gesto indignado, tomó una bata y se la colocó sobre sus
gloriosas curvas. Aun así, el movimiento dejó expuesto lo suficiente para que
Collem se quedara mirando cómo el culo enorme y redondo de Maya se balanceaba
al caminar. La bata apenas lograba contener la magnificencia de esas nalgas.
Así, con el trasero moviéndose obscenamente de un lado a otro, desapareció tras
la puerta rumbo al baño, dejando a Collem mordiéndose los labios entre la
lujuria y los celos.
Collem se incorporó con pesadez, todavía con la imagen del
voluptuoso cuerpo de su mujer en su mente. Chasqueó la lengua, llamando a un
criado que entró de inmediato con la cabeza gacha.
—
Prepárame un baño.
El muchacho se inclinó y salió a cumplir con la orden de su
señor. Collem se dejó caer en la bañera de madera poco después, el agua
caliente arrastrando el sudor de la faena mañanera. Cerró los ojos, intentando
despejar la cabeza de los celos y de la obsesión que lo corroían, pero en su
interior ardía otra inquietud: su padre.
Una vez aseado y vestido con ropa fresca, se encaminó hacia
la habitación de Lord Dragos. El pasillo era largo, adornado con tapices de
escenas bélicas y candelabros de hierro. Tocó la puerta del dormitorio, pero
nadie contestó. Frunció el ceño: su padre siempre estaba despierto a primera
hora, nunca había sido de quedarse en cama. Dudó un instante, pero al final
decidió abrir la puerta.
La habitación era vasta, de techos altos, con vigas de
madera tallada que sostenían el artesonado. Alfombras rojas cubrían el suelo, y
sobre las paredes colgaban armas antiguas, bastones rúnicos y retratos
familiares. La cama de cuatro columnas, imponente, estaba intacta. Ni rastro de
su padre.
“Debe estar entrenando”, pensó Collem con un nudo en
el estómago.
Sabía bien que bajo la mansión se encontraba el corazón de
la casa Verenthil: los salones secretos donde Lord Dragos perfeccionaba el
poder de sus signos. Bajó por las escaleras ocultas tras una puerta en el
corredor, descendiendo a los niveles inferiores, donde el aire era más denso y
pesado por la concentración de energía arcana.
Pero antes de llegar al gran salón, lo detuvo algo
inesperado.
Una ola de gemidos.
Collem se paró en seco, el ceño fruncido. Eran voces
femeninas, jadeos húmedos, seguidos del inconfundible sonido de carne golpeando
carne. Dio un par de pasos, el corazón bombeando más fuerte, hasta que encontró
una puerta entreabierta.
Se asomó y sus ojos se abrieron como platos.
Lord Dragos Verenthil se encontraba en medio de la
habitación, completamente desnudo, con tres sirvientas que se retorcían bajo su
poder. Una de ellas cabalgaba sobre su enorme verga con un gemido desgarrador; mientras
las otras se besaban y chupaban las tetas mientras intercambiaban turnos para
montarse sobre el rostro de su señor. Las tres tenían un rostro de auténtico
vicio.
El vigor de su padre lo dejó mudo. No parecía un anciano,
sino una bestia. Movía a esas muchachas como si fueran muñecas, sin esfuerzo,
dominando cada cuerpo con la fuerza de un coloso. Sus gruñidos se mezclaban con
los alaridos de placer de las sirvientas, y cada arremetida parecía temblar el
suelo.
Collem tragó saliva, el estómago revuelto. Aquello no era
solo lujuria; era poder. Y lo que más lo impactó no fue el desenfreno, sino el
tamaño descomunal del miembro de su padre. Aquella cosa no parecía humana.
Larga, gruesa, monstruosa, superaba por mucho la suya. Se sintió pequeño,
ridículo, estúpido.
Conteniendo la respiración, retrocedió de inmediato y
regresó a toda prisa hacia el primer nivel de la mansión, con aquella imagen
quemando en su mente.
En el salón principal de invitados encontró a Maya. Ella
estaba de pie, con su cabello castaño cayendo hasta la cintura, observando un
enorme lienzo colgado en la pared. En él, tres mujeres hermosas y voluptuosas
miraban al espectador desde el marco del tiempo.
Collem se acercó sin hacer ruido, quedándose a su lado.
—
La de pelo rubio es mi madre —dijo de pronto.
Maya dio un respingo, sorprendida, y giró a verlo con los
ojos muy abiertos.
—
¿Qué… qué dices? —balbuceó.
Collem sostuvo su mirada, luego señaló la pintura.
—
Por generaciones, los Verenthil han tomado tres
esposas.
Maya lo miró incrédula, la boca entreabierta.
—
¿Y por qué nunca me lo habías dicho?
Él alzó una ceja, incómodo.
—
Pensé que lo sabías.
El rostro de ella se endureció, molesta.
—
¿Es una broma, Collem? ¿Acaso me lo ocultaste a
propósito?
—
No —replicó él con seriedad—. Yo no estoy de
acuerdo con esa tradición. Solo he amado a una mujer y eres tú. Jamás
compartiría mi lecho con otra.
Maya lo miraba todavía con rabia e incredulidad.
—
No puedo creer lo que me estás diciendo…
Collem suspiró, volviendo los ojos al retrato.
—
Fueron mujeres poderosas… más incluso que Obara
Bas’rend. Lucharon codo a codo junto con mi padre en la guerra contra el infame
hechicero Argos Malakar. Pero las perdió en esa misma guerra. Y desde entonces…
nunca volvió a ser el mismo.
Maya se quedó mirando el cuadro con los labios
entreabiertos, como si tratara de asimilar todo lo que acababa de escuchar.
—
Murieron… muy jóvenes, ¿verdad? —preguntó en un
susurro.
Collem asintió lentamente, la voz más grave de lo normal:
—
Sí… apenas recuerdo a mi madre. Era un niño
cuando se fue.
Por un momento, la dureza de sus facciones se quebró. Maya
lo notó de inmediato. Con suavidad, levantó la mano y le acarició la mejilla,
regalándole un gesto cálido, casi maternal. Lo abrazó, pegando su cuerpo al
suyo, y Collem cerró los ojos al sentirla, respirando el aroma de su cabello
castaño.
Fue en ese instante cuando se dio cuenta de lo que llevaba
puesto.
El vestido era, en apariencia, sencillo. Un traje de paseo
de tela clara, ligero, pensado para caminar con comodidad. Pero en Maya nada
podía ser sencillo. El corpiño de terciopelo, con un escote atrevido, realzaba
el peso y la redondez de sus enormes pechos, que parecían desbordar sobre el
borde como si la tela apenas lograra contenerlos. La falda, aunque larga, se
abría lo suficiente para mostrar un destello de sus muslos cada vez que daba un
paso. El conjunto no era ostentoso, pero en ella se volvía casi obsceno.
Collem la recorrió con la mirada, el ceño endurecido.
—
¿Y no crees que ese vestido enseña más de lo que
debería mostrar una noble?
Maya lo miró de frente, y en lugar de molestarse, sonrió con
calma, con una dulzura que escondía picardía.
—
Deja de buscar fantasmas donde no los hay. Es el
mismo vestido con el que caminaba por Indelond, y nunca te oí quejarte allá.
Él apretó los labios, que él recordara siempre lo hacía.
Respiró hondo, guardándose el resquemor, y Maya continuó, su voz vibrante de
emoción:
—
Quiero salir, Collem. Caminar por las calles,
perderme en los mercados, probar lo que ofrece la ciudad, ver de cerca la vida
de esta capital que ahora será mi hogar. No pienso quedarme encerrada como si
fuera una prisionera.
Collem la observó, dividido entre el orgullo y la
desconfianza, viendo cómo la tela se ceñía con cada movimiento, cómo sus pechos
y caderas parecían desafiar cualquier intento de discreción. Un nudo de celos
le apretó el estómago, y sin poder contenerse, dijo:
—
Pues iré contigo. Mi padre anda algo… ocupado.
—murmuró, recordando la visión que aún le atormentaba — Dejaré un mensaje con
los criados.
Maya parpadeó, sorprendida por el cambio repentino, pero le
regaló una sonrisa satisfecha.
***
La avenida principal de Lotrend se extendía ancha y
vibrante, como una arteria desbordada de vida. Carros cargados de frutas y
telas iban y venían, pregoneros gritaban a pulmón lleno, y un río de gente
caminaba en todas direcciones, enredándose y desenredándose en un caos
constante. El estruendo de voces, cascos y ruedas llenaba el aire como un
rugido.
Pero cuando Collem y Maya aparecieron, la corriente humana
se quebró. Como si una ola invisible se abriera a su paso, hombres y mujeres se
apartaban. El emblema de su casa brillaba en los pechos de los dos guardias que
los escoltaban, intimidante y respetado. Y sin embargo, Collem no tardó en
convencerse de que ese no era el verdadero motivo.
Cada hombre que cruzaba con ellos, desde mercaderes
mugrientos hasta caballeros de capa corta, no podían evitar detenerse y clavar
los ojos en el cuerpo de su esposa. Maya caminaba con la naturalidad de quien
no es consciente del efecto que provoca, pero Collem lo veía distinto: cada
curva, cada vaivén de sus caderas, era una provocación descarada. Incluso un
grupo de soldados de patrulla, endurecidos por la disciplina, se quedó absorto
mirando las redondeces que un discreto vestido no podía disimular.
El corazón de Collem ardía con celos. Por momentos juraba
que Maya movía las nalgas de más, que lo hacía adrede para embrujarlos a todos.
Ella se detuvo frente a un puesto reluciente. El mercader
había dispuesto cadenas, anillos y broches sobre un paño rojo. Maya se inclinó
ligeramente para ver mejor, y sus pechos se acomodaron contra el corpiño de
terciopelo, tensando aún más el escote. Los ojos del mercader se encendieron de
inmediato, siguiendo cada línea como si fueran oro.
—
Seguro que es robada —masculló Collem, entre
dientes, mirando el broche dorado que había captado la atención de su mujer.
Maya lo miró seria, la voz firme, aunque baja:
—
No seas grosero.
El mercader, herido en su orgullo, se incorporó indignado.
—
Mis joyas son legítimas, señor. Solo un
ignorante o un malintencionado diría lo contrario.
Collem estuvo a punto de replicar, cuando un chasquido lo
distrajo.
Una palmada seca, contra carne.
Giró la cabeza, buscando el origen entre la multitud, pero
solo encontró rostros, manos que agitaban mercancías, niños corriendo. Nada que
explicara ese sonido. Regresó la mirada a Maya: ella parecía un poco
sorprendida, hasta nerviosa.
—
¿Pasa algo? —le preguntó en voz baja.
Maya negó demasiado rápido.
—
No… no fue nada.
El bullicio se intensificaba; la calle parecía más llena con
cada minuto, el aire cargado de gritos, discusiones y el chirriar de ruedas.
Volvió a escucharlo. Otra palmada. Más fuerte, más clara.
Collem frunció el ceño, repasando los costados, buscando
alguna pelea, algún altercado. No había nada. Solo cuerpos apiñados, rozándose.
Maya abrió la boca como si fuera a decir algo, pero se contuvo y apretó los
labios.
No entendió nada, y el malestar creció en su pecho. Tomó su
brazo suavemente, y reanudaron la marcha.
A cada paso, otra palmada. A cada paso, un rumor que se
clavaba en los oídos de Collem como una aguja. Sus guardias personales,
incapaces de abrirse camino, habían quedado muy atrás, lanzando amenazas entre
dientes para abrirse paso.
Después de lo que pareció una eternidad, por fin lograron
salir de la marea humana, alcanzando una calle más despejada, donde el bullicio
quedaba atrás como un zumbido lejano. Collem respiró aliviado, aunque al mirar
a Maya notó algo extraño: estaba agitada, las mejillas encendidas, como si
hubiera corrido. La vio llevarse una mano al vestido, bajándolo con un gesto
rápido, casi nervioso. El tejido se había subido un poco durante el desorden de
la multitud, revelando más de lo debido. Collem apretó la mandíbula; pensó que
era simple consecuencia del gentío, aunque por dentro hervía de rabia al
imaginar cuántos ojos habrían disfrutado de esa visión.
Reanudaron el paso, y pronto se encontraron frente a una
tienda distinguida, de fachada adornada con columnas bajas y un toldo blanco.
Un olor denso, dulce y penetrante flotaba en el aire: perfumes y aceites.
Collem observó de inmediato los carruajes estacionados a la entrada, cada uno
escoltado por hombres armados. Reconoció varios emblemas de casas nobles, lo
que confirmaba que se trataba de un local de prestigio, frecuentado por damas
de alta alcurnia.
Al entrar, el impacto de los aromas lo golpeó en el rostro,
casi sofocante. Flores, especias, almizcle. La sala estaba repleta de mujeres,
sirvientas cargando cofres pequeños, y esposas de señores que discutían entre
risas qué fragancia era más cara o más exquisita. Collem alzó la vista y lo
confirmó: era el único hombre en la sala. Ni un solo caballero acompañaba a sus
mujeres.
Un recuerdo de Indelond le vino a la cabeza, esas tediosas
tardes en que Maya lo arrastraba a locales similares y él se aburría hasta la
desesperación. Suspiró, cansado. Al volver la mirada, al otro lado de la calle
brillaba una herrería: el repiqueteo del martillo sobre el yunque, el aire
cálido y metálico, los hombres trabajando con los brazos desnudos. Allí no
habría ojos clavados en las caderas de su esposa, ni bocas abiertas con
codicia.
Se inclinó hacia Maya y murmuró:
—
Voy a echar un vistazo a la herrería de
enfrente. Tómate tu tiempo, aquí estarás segura.
Ella asintió sin reproche, entretenida ya en observar un
estante de frascos cristalinos. Collem llamó a los guardias, que por fin habían
logrado alcanzarlos tras la muchedumbre.
—
Quédense aquí —ordenó con voz firme, señalando
la puerta del establecimiento—. Que nadie moleste a mi esposa.
Con eso, cruzó la calle hacia la herrería, aliviado por
primera vez en todo el paseo.
El interior de la herrería estaba impregnado por el calor
sofocante del fuego, el repiqueteo del martillo aún resonaba en los muros
ennegrecidos por el hollín. El aire estaba cargado del olor a hierro candente y
sudor, y en los estantes colgaban espadas de todas las longitudes, lanzas
alineadas con precisión, y armaduras que relucían bajo la tenue luz de las
antorchas. Collem se perdió un buen rato examinando el filo de una espada
bastarda, la curvatura de un par de espadones de dos manos, y luego descendió
hasta la vitrina donde una colección de cuchillos esperaba a quien pudiera
apreciar su calidad.
Pasaba los dedos por los mangos, evaluando la forja de cada
hoja, cuando una figura encapuchada apareció en la entrada. Caminaba con paso
decidido, directo hacia el herrero, y su actitud era tan sigilosa como
sospechosa. Nadie podía verle el rostro bajo esa capucha baja, y aquello no
hizo más que encender la desconfianza de Collem. Frunció el ceño y, con voz
clara y firme, interrumpió:
—
Buen trabajo con este acero… aunque dudo que la
hoja aguante más de dos combates serios.
El herrero levantó la cabeza, un poco incómodo por el
comentario. La figura encapuchada también giró lentamente hacia él. Y fue
entonces que Collem lo descubrió. No era un hombre. Era una mujer. Y no una
cualquiera.
—
Lord Collem… cuánto tiempo, ¿eh? —dijo la voz
femenina con un dejo sarcástico, antes de apartar la capucha con un gesto
seguro.
El corazón de Collem dio un vuelco. Por un segundo trató de
fingir que no la reconocía, pero la máscara se rompió en cuanto ella se quitó
la capa por completo. No había la menor duda: era “Irhaal”.
Su piel oscura brillaba bajo la luz del fuego, perfecta y
tersa, y su cabeza rapada le daba un aire fiero, casi guerrero, que contrastaba
con las voluptuosidades que la ropa apenas contenía. Los pantalones de cuero
negro se le pegaban a las caderas con saña, marcándole el culo redondo y firme,
un par de nalgas que parecían querer reventar la costura con cada paso. Arriba
llevaba un corpiño oscuro, ceñido, que recogía y levantaba su pecho generoso,
dejando ver un escote sugerente que hacía difícil apartar la mirada. Sus labios
carnosos, pintados de rojo encendido, se curvaron en una sonrisa atrevida,
mientras unos grandes aros dorados pendían de sus orejas, balanceándose con
cada movimiento y acentuando aún más su aura salvaje.
No era como Maya, desbordante y majestuosa en cada curva;
Irhaal era distinta: firme, peligrosa, con un cuerpo marcado por la fuerza y la
sensualidad cruda de una hembra que sabía lo que tenía y cómo usarlo.
—
Así que finges no reconocerme… —rió ella,
ladeando la cabeza con descaro.
Collem apretó los dientes. Sintió un calor distinto al del
horno de la herrería, un calor que venía de ella, de la forma en que su
presencia le arrancaba el aire.
—
No estoy fingiendo nada —respondió, bajo pero
firme—. No eres parte de mi vida.
Irhaal soltó una risa corta, incrédula, cargada de burla.
Dio un paso más cerca, lo bastante para que el olor de cuero y sudor de viaje
se mezclara con el hierro candente del lugar.
—
Qué rápido cambian las cosas… —murmuró—. Hace
unos años jurabas que no podías respirar sin mí, y ahora te llenas la boca
diciendo que soy un fantasma.
Los recuerdos le mordieron la mente: noches ocultas, cuerpos
enredados, promesas susurradas en la oscuridad. Antes de Maya, Irhaal había
sido su tormenta y su refugio, un vicio imposible de apagar. Ahora era solo un
peligro, una amenaza que podía destruirle todo.
El herrero dejó de golpear el yunque. Intentaba mirar a otro
lado, pero sus orejas estaban encendidas. Collem lo notó y la incomodidad lo
atravesó como una lanza.
—
Soy un hombre casado, Irhaal —dijo, más alto,
endureciendo la voz—. Y si tienes un poco de memoria, debería de recordar a
quién le hablas.
Ella chasqueó la lengua y caminó lentamente alrededor de él,
como si lo cazara.
—
Sí, claro. Al gran hijo de Lord Dragos…
—susurró, venenosa—. Qué solemne suena en tu boca. Me pregunto si lo repetirías
con la misma seriedad cuando me rogabas que me quedara en tu cama.
Collem sintió la furia apretarle el pecho. Dio un paso hacia
ella, intentando cortar el juego.
—
Se acabó —masculló—. No vuelvas a provocarme con
esas cosas.
—
¿Provocarte? —Irhaal arqueó una ceja rapada,
divertida—. Solo te recuerdo quién eres cuando no llevas ese anillo en el dedo.
¿O vas a llorar porque alguien pueda escucharnos? ¿Correrás a acusarme con tu
papá para que me calle?
El rostro de Collem se tensó. La herida estaba abierta.
—
Estás jugando con fuego.
—
No, querido —susurró ella, pegándose al herrero
de pronto—. El fuego eres tú. Yo solo me divierto viendo cómo te consumes.
Irhaal nunca había dejado de vivir al filo. Ladrona,
cazarrecompensas, mercenaria de cama y cuchillo: trabajaba para quien pagara
mejor, sin importar la suciedad del encargo. Esa era su forma de sobrevivir, y
también de reírse en la cara de nobles como él.
Antes de que él pudiera reaccionar, lo besó. No a Collem,
sino al herrero: un beso húmedo, lento, obsceno, que dejó al hombre paralizado.
Irhaal guió sus manos descaradamente a sus caderas, luego a sus redondas
nalgas, mientras ella lo miraba de reojo.
Collem dio un paso hacia adelante, temblando de rabia.
—
¡Zorra!
Irhaal rió, con los labios aún húmedos del beso.
—
Claro que lo soy —replicó, con un brillo feroz
en los ojos—. Pero al menos yo vivo como quiero, sin cadenas. Tú, en cambio… no
eres más que el perro obediente de tu padre y el marido vigilante de una mujer
demasiado grande para ti.
La campanilla de la herrería tintineó, quebrando el aire
espeso que había quedado tras las últimas palabras de Irhaal. Collem apenas
giró el rostro, aún con la mandíbula apretada, mientras Irhaal se recargaba
contra la pared con una sonrisa que no se borraba.
En el umbral apareció una figura que parecía traer consigo
otra clase de peso. Era un hombre alto, de hombros firmes, con el cabello largo
y oscuro cayéndole en ondas hasta los hombros. Su porte tenía esa mezcla de
abandono y cuidado calculado: botas curtidas por el viaje, una chaqueta de
cuero medio abierta, un cinturón adornado con una daga y unos dados colgando como
amuleto. Sus ojos, claros y vivaces, recorrían el lugar con una calma que era
casi un desafío.
Durante unos segundos, nadie dijo nada. El recién llegado
entrecerró los ojos, como quien busca un recuerdo que se resiste. Sus hombres,
cinco en total, aguardaban detrás, sombras armadas que olían a acero y a
sangre. Collem lo observaba con cautela, reconociendo vagamente un gesto, un
rasgo, pero sin atreverse aún a dar nombre al fantasma frente a él.
Entonces, el silencio se quebró con una carcajada cálida y resonante.
—
¡Por los dioses! —exclamó el hombre, avanzando
con paso seguro—. ¿Collem Verenthil?
Collem parpadeó, incrédulo.
—
¿Harod…?
—
¡El mismo! —replicó Harod Paran, abriendo los
brazos y estrechándole el hombro con fuerza—. Han pasado años, viejo amigo.
La sonrisa de Harod iluminaba el rostro de alguien que
parecía genuinamente feliz por el reencuentro. Nadie lo diría, pero bajo esa
fachada se escondía un hombre marcado: un aprendiz de mago expulsado de la
academia de Thasabel por no tener la disciplina ni el talento suficientes, que
había encontrado refugio en las tabernas, los juegos de azar y las compañías
peligrosas. Pero aún conservaba un magnetismo imposible de ignorar, un aire de
seductor que alguna vez había hecho que muchas miradas se detuvieran en él,
incluida la de Maya.
—
No sabes lo que me alegra verte, Collem
—continuó, dándole otra palmada amistosa—. Casi olvido que aún tenías este
hierro en las manos y hollín en el rostro.
Collem esbozó una media sonrisa cansada.
—
Y yo casi olvido que aún seguías con vida.
Harod rió con fuerza, pero pronto se giró hacia sus
acompañantes, y el gesto cambió. Con un ademán sutil señaló a Irhaal.
—
Disculpa la interrupción, pero estoy en medio de
un asunto… —dijo haciéndole un gesto a sus hombres — ¡Es ella!
Los cinco hombres se adelantaron un paso, tensos como perros
de caza. Irhaal soltó una risa baja, divertida.
—
¿Otra vez tú, Harod? —su voz era un veneno
envuelto en seda—. Te lo dije mil veces: todo lo que gané en tu taberna fue
limpio.
Harod la miró con un destello en los ojos, el mismo que un
jugador lanza cuando ya sabe de antemano el resultado de la apuesta.
—
Limpio… —repitió, ladeando la cabeza—. Revisé
los dados, Irhaal. Estaban cargados.
—
Entonces revisaste mal. —Irhaal se encogió de
hombros, el brillo desafiante en su mirada clavándose en él.
Collem tragó saliva. Todo su cuerpo le pedía apartarse,
dejar que la apartaran fuera de su vida. Y aun así… se interpuso, plantándose
delante, mano en la empuñadura de su espada.
—
Alto ahí.
Harod lo miró un instante, y luego dejó escapar un suspiro
indulgente, casi paternal.
—
Sigues siendo el mismo, Collem. Demasiado
ingenuo con las mujeres.
Collem no contestó. Con un gesto rápido sacó un pequeño
saquito de monedas de oro de su cinturón y lo arrojó al suelo entre ambos. El
cuero cayó con un tintineo pesado.
—
Tómalo. Y olvida esto.
Uno de los hombres de Harod lo recogió y se lo entregó.
Harod lo sopesó, midiendo el contenido, y luego alzó la vista con una sonrisa
torcida.
—
Generoso como siempre… —sus ojos chispeaban,
como probando hasta dónde podía tensar la cuerda—. ¿Así que la conoces?
—
Es una vieja amiga. Y le debo un favor.
Irhaal, detrás él, esbozó una sonrisa torcida, la lengua
paseándose por sus labios carnosos como si saboreara cada palabra.
Harod rió suave, con un dejo de ironía.
—
Una vieja amiga… ¿eh? — dijo negando con la
cabeza — No has cambiado en nada.
La campanilla volvió a sonar. Collem giró la cabeza hacia la
entrada. Y ahí estaba ella; su silueta recortada contra la luz exterior, el
cabello castaño iluminado por el sol, los ojos claros que se clavaron primero
en Collem, luego en Irhaal y, por último, en Harod.
Maya entró en la herrería y, de inmediato, el ambiente
cambió. Su sola presencia parecía apartar de un manotazo el olor a hierro
caliente y carbón encendido. El corpiño de terciopelo abrazaba su busto, el
escote se insinuaba más abierto que antes, dejando ver la carne blanca que se
erguía con cada respiración. El vestido, sencillo en apariencia, se volvía
provocación pura al envolver la redondez de sus caderas y ese trasero
exuberante que no había tela capaz de disimular.
Harod la miró como un hombre que se encuentra frente a un
milagro: sus ojos recorrieron cada curva con descaro, la boca entreabierta,
como si no diera crédito a lo que veía.
Maya, sin percatarse, se abanicó con una mano, sofocada.
Collem, observándola, recordó ese mismo gesto minutos atrás en la calle
atestada de mercaderes. De nuevo pensó que era por el calor… aunque el escote
parecía más generoso de lo que recordaba. Se removió incómodo.
—
Espero no estar interrumpiendo nada… —dijo ella,
fijando los ojos en su marido con delicadeza. Luego, con una sonrisa tímida,
añadió—: Pensaba en salir a conocer el Pilar de Oscentis, quizá la Casa de las
Máscaras… o la Fuente de las Sirenas.
Collem iba a responder, pero Harod la interrumpió con un
murmullo incrédulo:
—
No puede ser…
Se frotó los ojos como si dudara de lo que veía y luego dejó
escapar una carcajada suave.
—
Maya… ¿de verdad eres tú?
Ella se tensó.
—
¿Perdón?
—
Soy yo —dijo con un aire seductor innato,
inclinándose apenas hacia ella—. Harod. Harod Paran.
El silencio se estiró un par de segundos, hasta que los
recuerdos hicieron presa de ella. La academia, las tardes de estudio, las
bromas compartidas en los pasillos… Su rostro cambió de inmediato:
incredulidad, sorpresa y luego alegría desbordante.
—
¡Harod! —exclamó, corriendo hacia él para
abrazarlo.
El contacto fue inmediato, demasiado íntimo. Harod rodeó su
cintura, sus manos peligrosamente cerca de esas caderas opulentas que tanto
destacaban. Maya reía con la naturalidad de una vieja amiga a la que nos has
visto en muchos años. Para Collem, en cambio, aquel abrazo se alargaba
demasiado; sentía cómo una punzada amarga le atravesaba el pecho, celos tan
vivos que apenas pudo contenerse.
La campanilla del local sonó con fuerza, cortando el
momento. Un guardia con el emblema de los Verenthil entró con paso firme.
—
Mi lord, vuestro padre os espera afuera. Está en
el carruaje.
Collem asintió de inmediato.
—
Maya, debemos irnos.
Harod soltó una risita, aún con las manos peligrosamente
cerca de la cintura de ella.
—
Si la dama quiere conocer la ciudad, yo mismo
podría mostrarle. Sé dónde se come el mejor pan de especias, dónde están los
jardines más hermosos… —Hizo una pausa dramática, mirando a Maya con chispa en
los ojos—. Y hasta recuerdo que te fascinaban los puestos de telas bordadas.
Maya rió, sorprendida por la memoria de Harod.
—
¡Oh, Harod! ¡Tu sí que tienes buena memoria!
Collem, con la mandíbula apretada, le tomó la mano a su
esposa y la guió hacia la salida.
En la calle, el carruaje de Lord Dragos imponía su
presencia. El propio señor de la casa los esperaba de pie, rodeado de guardias.
Alto, de porte solemne, su mirada helada bastaba para intimidar a cualquiera.
Harod, que pocas veces se mostraba inseguro, bajó la cabeza un instante al
sentir ese peso encima.
Lord Dragos se dirigió a Maya con cortesía:
—
Mi señora, perdonadme por privaros de vuestro
esposo. Su presencia es requerida de inmediato en asuntos de suma importancia.
—
No tiene que disculparse, mi lord —respondió
ella con respeto.
Dragos asintió, aunque sus ojos seguían recorriéndola como
quien evalúa algo de gran valor.
—
Me han dicho que deseáis conocer la ciudad. Es
una pena que no pueda acompañaros en persona.
Harod aprovechó la ocasión para dar un paso al frente.
—
Harod Paran, viejo amigo de vuestro hijo. —Se
inclinó con exagerada elegancia—. Y tuve el honor de conocer a vuestra nuera
incluso antes de que ellos se casaran. Si lo permite, podría mostrarle los
lugares más bellos de la capital.
Lord Dragos apenas giró la cabeza hacia él, con un gesto
seco, casi indiferente, y después señaló a Collem con un ademán: debía darse
prisa.
—
Maya, sube al carruaje primero —dijo Collem,
inseguro.
Pero su padre lo detuvo con una mano en alto.
—
Al sitio al que vamos… una dama no debería poner
un pie jamás.
Collem abrió la boca.
—
Padre, no puedo dejarla aquí sola —replicó
Collem, nervioso.
—
Entonces deja que tu buen amigo sea su guía.
Nuestros guardias la escoltarán en todo momento. No corre ningún peligro.
Maya vaciló, pero Harod le ofreció el brazo con una sonrisa
despreocupada.
—
No os preocupéis, mi lady. Haré que disfrutéis
cada rincón de esta ciudad.
Ella, con una risa breve que recordaba a los viejos días en
la academia, aceptó.
—
Estaré bien, Collem. No te preocupes.
—
Sube al carruaje —ordenó Dragos, esta vez con
una firmeza que no dejaba espacio a la réplica.
Collem, con el estómago retorcido, subió al coche. Mientras
el carruaje arrancaba, su mente se llenó de viejos recuerdos: Harod,
profundamente enamorado de Maya, aquel muchacho que incluso se atrevió a
pedirle matrimonio… y ella, con esa misma sonrisa que ahora compartía con él,
eligiéndolo a él en su lugar. Una nueva punzada de celos lo atravesó.
Al girar la cabeza, alcanzó a ver cómo Maya y Harod se
alejaban juntos, ella del brazo de su viejo amigo, riendo. Y entonces, desde la
herrería, emergió Irhaal. Se apoyó en el marco de la puerta, lo miró con
descaro y le despidió con la mano en un gesto burlón, como si se deleitara en
su impotencia.
Lo último que Collem alcanzó a ver fue el meneo de las
caderas de su mujer, voluptuosas y enloquecedoras, moviéndose al compás de cada
paso mientras desaparecía con Harod entre la multitud. El corazón de Collem se
apretó con una furia sorda, encerrado en el carruaje, incapaz de hacer nada.
Jasmine
Jasmine Marbrand permanecía de pie, solemne, frente al lecho
donde yacían dos cuerpos inmóviles. La sala estaba iluminada únicamente por los
resplandores azulados de los sellos que sus compañeras habían trazado en el
aire y en el suelo: runas antiguas, círculos concéntricos, símbolos de poder
que latían como un corazón enfermo alrededor de los durmientes. El olor del
incienso impregnaba el ambiente, mezclado con el leve crujido de las velas que
apenas combatían la penumbra.
Dos figuras reposaban sobre la cama: una mujer de cabellera
oscura y formas voluptuosas, y un joven de dieciocho años, de rasgos finos,
claramente su hijo. El aura de ambos se percibía opaca, velada, como si un
manto invisible los apartara de la vida. Jasmine entrecerró los ojos, dejando
que su visión arcana se abriera paso a través de la carne y el espíritu. Lo que
vio le hizo apretar los labios con rabia contenida.
—
No hay duda… —murmuró una de las magas a su
lado, inclinando la cabeza.
—
Es el “Silencio de Elhvar” —confirmó
otra, su voz cargada de pesar.
Los sellos se intensificaron cuando la tercera maga pasó las
páginas de un tomo antiguo, consultando notas apresuradas y extendiendo las
ilustraciones ante Jasmine. Diagramas, genealogías, advertencias de los
cronistas de antaño. Jasmine los recibió con un asentimiento grave, aunque
sabía que no había sorpresa en esas páginas: solo confirmaban lo que su
instinto le había advertido desde el inicio.
Una de sus compañeras se inclinó hacia ella, susurrándole
algo al oído. Las palabras, aunque suaves, fueron como un hierro candente en su
pecho. Jasmine cerró los ojos un instante y exhaló un suspiro cargado de
impotencia. No había cura. No había remedio.
De pronto, un leve movimiento interrumpió la quietud. La
madura elfa abrió lentamente los ojos. Sus pupilas de un verde profundo
reflejaron la penumbra y la tensión en la estancia. Kysara den Hakar, hermana
de la reina Yarmila, volvía en sí con una calma extraña para la gravedad de la
situación. El joven, en cambio, continuaba hundido en un sueño imperturbable.
Jasmine alzó la mano, y con un gesto sereno ordenó a las
demás magas que se retiraran. Ninguna protestó: sabían que su colega deseaba
tratar aquello con la intimidad que el momento exigía. Pero lo más importante,
guardarían el secreto. Las había escogido precisamente porque podía confiar en
ellas.
Una a una, abandonaron la cámara, hasta que solo quedó el
susurro de los símbolos flotando en el aire.
—
Entonces… ¿puedes ayudarnos? — preguntó la elfa.
Jasmine, tras asegurarse con la mirada de que sus compañeras
magas habían abandonado la cámara, se inclinó sobre ella.
—
Ojalá pudiera darte esperanza —dijo con voz
grave—. Pero lo que padecen tú y tu hijo es el “Silencio de Elhvar”. Una
maldición heredada. Al principio solo es cansancio, luego un sueño que se
adueña de todo. Hasta que el cuerpo se rinde y ya no despierta. Y en ustedes…
está demasiado avanzado.
La maga esperó lágrimas o súplicas. En cambio, Kysara
sonrió, como si se hubiera quitado un peso insoportable de encima.
—
Así que no me queda mucho —murmuró con
suavidad—. Entonces debo aprovechar lo que tengo.
Para sorpresa de Jasmine, la elfa comenzó a despojarse de la
túnica que la cubría. Buscó entre los pliegues de ropa cercana y eligió un
vestido de seda verde esmeralda. Era de falda larga y entallada, que se ceñía
desde la cintura hasta las rodillas para luego soltarse en ondas ligeras,
resaltando con más fuerza la curva de sus caderas. El escote, profundo y en
forma de corazón, sujetaba y realzaba sus senos maduros, que parecían desbordar
como si el vestido fuera incapaz de contenerlos. Con cada movimiento, la tela
atrapaba la luz y delineaba sus formas con descarada sensualidad.
Jasmine la contempló en silencio. Kysara era hermosa,
voluptuosa, una mujer de cuarenta años que sabía lo que tenía y lo mostraba sin
vergüenza. Y, sin embargo, la maga no pudo evitar medirla contra sí misma.
Donde la elfa era plena, Jasmine lo era aún más: pechos más altos y pesados,
caderas más anchas, un trasero más carnoso que hacía que hasta la túnica más
recatada pareciera indecente. No necesitaba transparencias ni aberturas; sus
curvas hablaban por sí solas.
Kysara se volvió hacia la ventana con una sonrisa luminosa.
—
Hoy es un día hermoso, Jasmine. Sería un
desperdicio quedarnos encerradas. Debemos ponernos guapas y salir.
La maga iba a responder algo, cuando un movimiento en la
cama la detuvo. Gorand abrió los ojos. El joven de dieciocho años parpadeó con
lentitud, como si emergiera de un sueño espeso, y lo primero que vio fueron las
dos figuras femeninas frente a él. Su madre, vestida en ese ceñido verde que
marcaba cada curva de su cuerpo; y Jasmine, con su túnica oscura que, pese a su
modestia, no lograba ocultar la opulencia de su busto ni la amplitud de sus
caderas.
El muchacho se sonrojó al instante, incapaz de disimular
cómo sus ojos viajaban de un cuerpo al otro. Kysara lo notó. Sus labios se
curvaron en una sonrisa tranquila, como si aquello no la sorprendiera en
absoluto.
—
Iremos al templo de Oron —dijo con suavidad,
aunque con un filo en la voz—. Debemos pedir perdón por nuestros pecados.
Jasmine la miró confundida.
—
¿Perdón? —repitió, desconcertada.
La elfa no respondió directamente. Sus ojos se posaron en su
hijo, largos segundos cargados de una tensión que la maga no supo cómo
interpretar.
Jasmine sintió la urgencia de interrogarla. Quería
preguntar, exigir explicaciones, arrancar la verdad. El “Silencio de Elhvar”
… esa maldición solo afligía a quienes mezclaban su sangre con la de la casa
real Tregardis. El rey Darkan la padecía, igual que otros antes de él. ¿Qué
hacía entonces en una elfa de la casa den Hakar… y en su hijo?
Pero cuando abrió la boca, ya era tarde. Kysara había tomado
a Gorand del brazo y ambos se dirigían hacia la salida.
***
Los pasillos de la academia de Thasabel resonaban con el eco
firme de los tacones de Jasmine. Llevaba dos gruesos grimorios en sus manos,
sujetados contra su busto prominente, que rebotaba con cada paso, atrayendo
—como siempre— las miradas curiosas y hambrientas de los estudiantes. A sus
cuarenta años, la maga caminaba con la misma autoridad con que enseñaba:
erguida, con la barbilla en alto y una seguridad en su cuerpo que desarmaba
tanto a jóvenes como a veteranos. Su cabello rubio, corto hasta la altura del
mentón, caía con un brillo dorado que enmarcaba su rostro severo y seductor a
la vez.
—
¿Otra vez con esa túnica arrugada? —reprendió al
pasar frente a un aprendiz que trataba de esconderse en la sombra de un pilar.
El muchacho bajó la cabeza, murmurando una disculpa.
Más adelante, otro estudiante que dormitaba sobre un atril
recibió una mirada cortante.
—
La disciplina es la base del poder, ¿quieres
terminar barriendo establos?
El tercero, un novato de mejillas pecosas, se quedó
paralizado cuando Jasmine señaló con el dedo su libro cerrado.
—
¿Crees que el conocimiento entrará en tu cabeza
por ósmosis? Abre ese maldito tomo y estudia.
Mientras las palabras de la maga caían como látigos, más de
uno de los muchachos se quedó embobado, incapaz de concentrarse en sus regaños.
Sus ojos descendían una y otra vez hacia la oscilación de sus senos, al
contoneo poderoso de sus caderas dentro de la túnica oscura, a ese trasero
rotundo que parecía desafiar el tejido de la tela con cada paso.
Finalmente llegó a la biblioteca. El aire allí era distinto:
denso, cargado de magia latente. Estanterías infinitas se alzaban hasta
perderse en penumbras que no parecían obedecer a la arquitectura natural.
Cristales flotantes iluminaban los pasillos con una luz azulada que palpitaba
como si respiraran. Todo daba la impresión de que el lugar tenía vida propia.
Jasmine caminó hasta el rincón exacto de donde había tomado
los grimorios esa mañana y, con la precisión de una maestra ordenada, los
devolvió a su sitio. Entonces, una voz nerviosa interrumpió el silencio.
—
D-disculpe…
Al girarse, lo vio. Tristán, el menor de sus cuñados, hijo
de Lohranna Marbrand. Apenas dieciocho años, cargaba una pila de libros tan
alta que apenas le dejaba ver por dónde caminaba. Era un muchacho delgado, con
el rostro aún marcado por la adolescencia, y un aire de timidez que lo hacía
parecer todavía menor.
Cuando levantó la vista y sus ojos se encontraron con los de
Jasmine, el muchacho se sonrojó de inmediato, trastabilló y terminó tropezando
con torpeza. Los libros se desparramaron en el suelo con un golpe seco.
Jasmine soltó un suspiro leve, condescendiente, y caminó
hacia él.
—
Siempre tan distraído, Tristán…
Se inclinó para ayudarlo, pero no dobló las rodillas. Su
falda se tensó sobre la curva de sus caderas y su trasero se proyectó hacia
atrás en un espectáculo de carne firme y madura. Al mismo tiempo, al recoger un
tomo, sus senos quedaron suspendidos a escasos centímetros del rostro del
chico, que se quedó petrificado, rojo como una manzana, con la respiración entrecortada.
Jasmine apenas tuvo que mirar de reojo para notar el efecto.
Una sonrisa juguetona curvó sus labios. Era divertido: el hijo menor de
Lohranna Marbrand, el hermano menor de su propio esposo Lucien, reaccionaba
ante ella como un niño atrapado en su primer pecado.
—
Vamos, levántate —dijo con suavidad,
extendiéndole la mano.
Tristán la tomó con torpeza, intentando recomponerse, pero
Jasmine podía sentir cómo sus ojos evitaban desesperadamente volver a bajar
hacia sus pechos o a sus nalgas.
Jasmine sostuvo la mano de Tristán un instante más de lo
debido, con esa sonrisa que siempre lograba desarmar a los jóvenes.
—
Me alegra verte estudiando tanto, Tristán —dijo
con tono cordial, aunque sus ojos brillaban con una chispa de afecto—. El
examen de selección para mago de tercer orden será pronto… y aunque eres muy
joven, tengo mucha fe en ti.
El muchacho parpadeó, boquiabierto, como si no terminara de
creer lo que escuchaba. Su rostro se tiñó de rojo hasta las orejas.
—
P-profesora Jasmine… yo… gracias. No sabe cuánto
significa que usted lo diga.
Caminaron juntos por el pasillo de la biblioteca, entre
estantes iluminados por luces flotantes. Tristán, con la voz temblorosa,
añadió:
—
Si lo logro… ¿me tomaría como aprendiz?

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