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Sangre Caliente: C1

 

Sangre Caliente

Capítulo I

Leo

“¡Jack era un hijo de puta!”. Mientras trapeaba el piso, el enojo le latía más fuerte en las sienes. El muy idiota había sido quien empezó a lanzar bolitas de papel. Leo solo siguió la broma, pero cuando su madre —su propia madre, y precisamente la maestra de geografía— volteó, lo único que vio fue a él riéndose. Y Jack, con su cara de santo, los lentes perfectamente acomodados y ese aire de empollón intocable, bajó la mirada como si nunca hubiera roto un plato. “A los nerds no los castigan”, pensó Leo con fastidio. «Y menos si es un blanquito de mierda que saca diez en cada puto examen.»

El trapo golpeó el suelo con un sonido húmedo. Estaba cansado, y cada pasada se hacía más pesada que la anterior. La escuela, a esa hora, se sentía distinta: vacía, sin voces, sin pasos, solo el eco del agua cayendo del balde y el roce de la escoba. A cada movimiento, su molestia crecía un poco más.

Cuando por fin terminó, se enderezó y observó el aula: limpia, impecable. Una obra de arte que su madre seguramente ya habría olvidado que le exigió. Miró el reloj en la pared: casi las seis.

Suspiró, recogió su mochila y se la echó al hombro. En el pasillo, el silencio se extendía sin interrupciones, roto solo por el eco de sus pisadas. La lluvia golpeaba los ventanales con insistencia, arrancándole un leve escalofrío.

      Ahhh, Perfecto… —rezongó mientras caminaba.

De pronto, una urgencia más terrenal le hizo detenerse. Tenía que orinar. El sonido del agua corriendo fue lo único que rompió el silencio. Al terminar, sacudió su serpiente de carne, una monstruosidad de veintitrés centímetros que era el mayor de sus orgullos, y se lavó las manos meticulosamente.

Alzó la vista, y el espejo le devolvió la imagen de un chico alto, de piel negra brillante bajo la luz blanca, los pómulos marcados y los ojos profundos, casi dorados bajo ciertos reflejos. Las rastas gruesas, negras como la noche, le caían sobre los hombros y rozaban su cuello. Llevaba una camiseta gris oscura pegada al cuerpo, manchada con gotas del trapeador, y un pantalón de mezclilla gastado que le quedaba un poco grande.

Durante un momento se quedó mirándose, estudiándose, con esa mezcla de fastidio y cansancio en la mirada. Pasó los dedos por una de sus rastas, notando lo húmedas que estaban.

Pensó en la bicicleta, esperándolo afuera, bajo la lluvia que ahora sonaba más fuerte. El camino hasta su casa se le antojaba eterno.

“Tal vez mi tía todavía seguía en la escuela”, pensó. El laboratorio de ciencias estaba en el tercer piso. Podía pedirle que le llevara a casa.

Salió del baño y revisó su teléfono. Al abrir TikTok, su corazón dio un vuelco al ver que la prima de Jack había subido un nuevo video. La nalgona pelirroja, había vuelto a encender las redes con su último contenido. Desde que empezó a subir videos haciendo cosplay se había convertido en la fantasía sexual de toda la escuela.

El video que había subido era exquisito. Ashlee bailaba con cosplay de sexy ninja de Naruto, y cada movimiento suyo parecía a punto de hacer estallar la tela que la cubría. Las ajustadas mallas no podían contener sus generosos atributos, y su apetitoso culazo se movía de manera provocadora, causando, como siempre, un furor en los comentarios. Leo sintió cómo su verga se endurecía al verla, y el calor subía por su cuerpo. "Joder, Ashlee es un bombón", pensó, guardando el teléfono y tratando de reorientar su mente.

Ya en el tercer piso, Leo seguía reproduciendo el video en su cabeza, una y otra vez. Casi estaba volviendo a sudar de lo caliente que se había puesto, y ahora, al caminar, era innegable la enorme carpa que su erección había formado bajo sus pantalones. Trato de calmarse. De pensar en cualquier en cosa. Pensó que sería muy mala idea que su tía lo viera en ese estado. No iba a poder convencer a su tía con esa cosa apuntándole al rostro como una carabina.

Avanzó un par de metros, cuando de pronto, un sonido distinto rompió el silencio de los pasillos vacíos.

Gemidos.

Leo se detuvo en seco, impactado. No sabía qué hacer. Le llegaron más. Auténticos gemidos de placer. Caminó lentamente, el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. Los gemidos de hembra resonaron con más intensidad, atrayéndolo. Se acercó un poco más. Provenían del departamento de ciencias.

Leo se encontró pegado a la puerta, con la oreja pegada a la madera fría. Los gemidos que se filtraban eran deliciosos, y cada sonido lo encendía aún más. Su polla ahora le dolía de lo dura que la tenía, tensa y palpitante bajo la tela de sus pantalones. Intentó escuchar algo más, alguna voz, alguna pista que le permitiera descifrar quiénes eran los protagonistas de aquel acto prohibido, pero era inútil. Solo había gemidos de puro placer, un coro íntimo que vibraba en el silencio de la escuela.

Una parte de él gritaba que se alejara, que era una locura, una estupidez. Pero ya no podía detenerse. La curiosidad, y algo más primario, lo empujaban hacia adelante. Con una determinación que lo sorprendió, extendió la mano y tomó el picaporte. Lo empezó a girar lenta y metódicamente, como si tratara de abrir una caja fuerte, cada milímetro una eternidad.

Lo consiguió.

Apenas, un pequeño resquicio de la puerta se abrió, lo suficiente para que Leo pudiera atisbar el espectáculo carnal que se desarrollaba en el interior. Detrás de varios cubículos, en la esquina más alejada del laboratorio, reconoció al instante la negra calva del director McKane. Estaba arrodillado, y sobre sus hombros descansaban unas piernas largas, firmes y voluptuosas. Leo no podía ver el rostro de la mujer debido a la posición en que observaba, pero sus ojos se fijaron en los tacones. Los reconoció. Los había visto esa misma mañana, en ese mismo laboratorio.

Leo, con el corazón martilleando en su pecho, decidió abrir la puerta un poco más. Se agachó rápidamente, asegurándose de que su presencia pasara desapercibida. Tomó su teléfono, sintiendo que lo que estaba a punto de descubrir era oro puro. Gateó lentamente, como un bebé, unos cuantos centímetros, buscando una mejor posición y, sobre todo, confirmar sus sospechas.

Efectivamente, allí estaba ella. Con sus dos manos, sostenía sus generosas tetas mientras aullaba de placer, con la cabeza fija en el techo. Sus labios, de un rojo intenso, se entreabrían con cada gemido, dejando escapar suspiros profundos y guturales. Su cabello rizado, con mechas cenizas, caía en ondas suaves sobre sus hombros, enmarcando su rostro contorsionado por el éxtasis. Sus ojos, de un profundo tono avellana, estaban cerrados con fuerza, sumergida en un mar de sensaciones. Y su piel, de un exquisito color chocolate, brillaba con una capa de sudor, resaltando aún más sus curvas desbordantes y su belleza deslumbrante.

"Tía Jess", como él la llamaba desde niño, le estaba reventando la cabeza. Ver esas perfectas tetazas, que tanto había manoseado en su mente, era un sueño hecho realidad. Era la jodida cima de una fantasía sucia que solo compartía con la diosa nórdica que era su madre. Ver esos pezones, duros y oscuros, siendo estrujados y manoseados, así como sus nalgas, dos bolas de carne pecaminosa, contoneándose con una insolencia divina, era un puto campo de guerra para sus bajos instintos. Y Leo, como un soldado rendido, se ahogaba en la obscenidad de su cuerpo.

Con una mezcla de asombro y excitación, grababa cada segundo, sabiendo que este video sería su tesoro más preciado.

El rostro de su tía Jessica era un mapa de placer, sus facciones contorsionadas en una mezcla de éxtasis y lujuria. Sus labios se entreabrían con cada gemido, dejando escapar suspiros profundos y guturales. Sus ojos, normalmente grandes y expresivos, ahora estaban cerrados con fuerza, sumergida en un mar de sensaciones. Una de sus manos, de dedos largos y delicados, sostenía y apretaba una de sus gordas tetotas, masajeándolo con movimientos rítmicos y sensuales. La otra mano, con una suavidad casi reverencial, había descendido para acariciar la calva del director, guiándolo en su tarea, pidiéndole más con cada suspiro y cada gemido.

Los gemidos de Tía Jess se volvieron más profundos, más salvajes, llenando el silencio del laboratorio con su pasión desenfrenada. Cada sonido era una puñalada de placer para Leo, que sentía cómo su propia erección se volvía dolorosa. Podía escuchar el sonido húmedo y rítmico de la lengua del director trabajando con ahínco, un chasquido incesante que le indicaba la intensidad con la que se la estaba comiendo rico. Tía Jess comenzó a murmurar, al principio inaudiblemente, luego con más claridad, palabras sucias y cargadas de lujuria.

      ¡Aaaahhhh! ¡Aaaaaaahhhh! ¡Aaaayy…. asííííííí…. Asíííííííí! ¡Aayyyyy asiíííííí…. que ricooooooo!

Cada palabra de su tía era un golpe bajo para Leo, que sentía cómo su polla palpitaba con furia, pidiendo su propia liberación. El pulso en su ingle era tan fuerte que temía que fuera a explotar. La imagen de su tía, con el rostro enrojecido por la pasión, los senos apretados y esas palabras obscenas saliendo de sus labios, era una tortura y un deleite al mismo tiempo. Se sentía atrapado. Un voyeur involuntario en la clandestina relación extramarital de su tía, y su cuerpo respondía con una urgencia que no podía controlar.

Justo cuando Leo pensaba que no podría soportarlo más, Tía Jess abrió los ojos de golpe, gritando un jadeante:

      ¡Aaaaaayyyyyyy me corrrooooo! ¡Aaaahhhh! ¡Aaaahjhhhhhh! ¡Me corroooooo! ¡Me corroooooooo! ¡Me corroooooooooooooooooo!

Su cuerpo se retorció como una enajenada, sacudiéndose en espasmos violentos que hicieron que el director redoblara sus esfuerzos, lamiendo, chupando y sorbiendo con una fuerza renovada, como si quisiera extraer hasta la última gota de placer de ella. Finalmente, con un último y prolongado gemido, Tía Jess explotó en una catarata de fluidos, su cuerpo convulsionando en el clímax.

En ese instante, Leo supo que era el momento de huir. Con un pánico repentino, se arrastró hacia atrás, lejos de la puerta, tan rápido como pudo, temiendo ser descubierto. Logró alejarse a tiempo, dejando la puerta del laboratorio entreabierta, testigo silencioso de lo que acababa de presenciar.

***

La puerta del garaje se cerró con un chirrido metálico a sus espaldas, engulléndolo en la penumbra familiar de su casa. El aire denso y húmedo, cargado con el olor a neumáticos y a tierra mojada, debería haberle ofrecido un consuelo, una vuelta a la normalidad, pero no fue así. El eco de los gemidos de su tía Jess todavía resonaba en sus oídos, una sinfonía prohibida que se negaba a silenciarse. Sus pasos resonaron huecos en el concreto mientras avanzaba, la mochila pesada en su hombro, el teléfono ardiendo en su bolsillo como una brasa con el video recién grabado.

La ausencia de la camioneta de su madre, un mastodonte plateado que solía dominar el espacio del garaje, le golpeó con una sorpresa helada. Eran casi las seis y media. ¿Dónde estaba? Una punzada de preocupación, fría y amarga, le atravesó el pecho. La imagen de su tía, entregada al éxtasis en el laboratorio, se superpuso con una fantasía que le revolvió el estómago: su madre, con la misma expresión de lujuria, en una habitación de hotel con algún desconocido. No. No podía ser. El pensamiento le taladró la mente, un terror tan visceral que por un momento eclipsó la excitación residual del voyerismo. No soportaría verlo. No a ella.

Tamara, su madre, poseedora de un cuerpo que era una provocación andante, era una de sus fantasías más obscenas y prohibidas. A pesar de los años, su figura seguía siendo la de una veinteañera descarada. La piel, clara y suave, era un lienzo de alabastro que resaltaba la monumentalidad de su figura: un busto enorme que desafiaba cualquier tela y unas caderas anchas que prometían un edén carnal, causando una reacción inmediata en cualquiera que posara sus ojos en ella. Era el tipo de mujer que hacía girar cabezas, no solo en la escuela donde enseñaba geografía, sino en cualquier lugar donde pusiera un pie. Tía Jess era deseada, sí, con su piel chocolate y sus grandes tetas y nalgas, pero su madre…. su madre jugaba en otra liga. La idea de que ese cuerpo, esa obra de arte prohibida, pudiera estar siendo profanado por otro hombre, era insoportable. Una rabia sorda, mezclada con una excitación turbia, le subió por las entrañas. Se apoyó contra la pared fría del garaje, cerrando los ojos, tratando de alejar las imágenes que su mente, traicionera y lujuriosa, le presentaba sin piedad.

En casa el silencio era total, salvo por el goteo constante de su cabello y la ropa empapada. Con un suspiro, decidió que lo primero era bajar a la lavandería en el sótano para deshacerse de sus prendas mojadas.

A medio camino por el pasillo, un murmullo rompió la quietud. Venía del estudio de su padre, al fondo. Una punzada de alivio, mezclada con curiosidad, lo invadió. Quizás su padre sabía dónde estaba su madre. Se dirigió hacia la fuente del sonido, con la esperanza de encontrar una respuesta a su creciente inquietud.

Al llegar a la puerta entreabierta del estudio, el murmullo se convirtió en un ronquido profundo y pesado. Entró, y la escena que se encontró no fue la que esperaba. Su padre, un hombre de piel oscura, con el pelo corto entrecano y prominente barriga, estaba desplomado en su silla de ruedas frente al ordenador. Una botella de vino a medio vaciar y otras dos vacías se acumulaban sobre el escritorio, junto a un sinfín de papeles y libros. Había pasado cinco años desde el accidente que lo dejó paralítico, y su padre, el vibrante profesor de historia que una vez fue, se había desvanecido en una sombra de sí mismo. Los ruegos de su madre para que regresara a las aulas habían sido inútiles; el miedo a las miradas y las burlas lo mantenían encadenado a la casa, y al alcohol. Incluso su madre lo había arrastrado a terapia, pero no había servido de nada, simplemente se había atrincherado en su miseria.

Leo suspiró, el disgusto retorciéndole las entrañas. Se acercó al escritorio, dispuesto a despertarlo y preguntarle por su madre. Pero antes de poder tocarlo, sus ojos se posaron en la pantalla del ordenador.

Las imágenes que se reproducían lo golpearon con la fuerza de un puñetazo en el estómago.

Era ella. Su madre. Ocho años atrás. Sabia el tiempo exacto por su corte de cabello en la foto familiar de su décimo cumpleaños. Pero no era su madre como tal, esa mujer, era completamente distinta. La mujer en la pantalla, con la piel brillante bajo la luz de una fogata que parpadeaba entre los matorrales…. estaba completamente desnuda… en medio de la nada… a horcajadas sobre un hombre cuyo rostro quedaba oculto por la ferocidad de su movimiento.

No lo estaba montando. Lo estaba machacando.

Se movía con una velocidad endemoniada, sus nalgas subiendo y bajando en un ritmo demencial, brutal. Cada impacto era un golpe sordo, una colisión de carne contra carne. Sus pechos, enormes y firmes, saltaban en círculos en forma descontrolada, gotas de sudor volando como proyectiles en la noche. Era una bestia, un demonio de lujuria en pleno ritual. La escena no era erótica; era visceral, casi aterradora en su intensidad.

La pantalla del ordenador era un agujero negro que succionaba a Leo a un abismo. El vídeo, una reliquia granulada y temblorosa, de un pasado salvaje y prohibido. La luz parpadeante de la fogata esculpía su cuerpo en sombras y brillos, convirtiéndola en una aparición pagana. Sus movimientos carecían de delicadeza; eran pura fuerza bruta, concentrada. Las caderas de su madre, anchas y poderosas, se estrellaban contra él con la precisión implacable de un martillo de carne golpeando un yunque. Cada embestida era una declaración de guerra, una afirmación de poder absoluto.

El foco de la cámara, y ahora de los ojos de Leo, se fijó en su torso. Sus pechos, esos monumentos de alabastro que él conocía tan bien bajo capas de ropa, estaban completamente desatados. Eran dos globos de carne pálida, enormes y pesados, que se movían en una órbita hipnótica y violenta con cada choque. No solo saltaban; giraban, se balanceaban en círculos demenciales, rozándose entre sí y contra el pecho del hombre con una fricción que casi podía sentir. El sudor los hacía brillar, acentuando su peso y su volumen, convirtiéndolos en armas de placer contundente.

El salvajismo no se limitaba a su ritmo. Era la postura de su cuerpo entero. Su espalda, arqueada como un felino a punto de atacar, mostraba cada músculo tenso bajo la piel clara. Sus manos no buscaban apoyo; estaban plantadas en el suelo a cada lado del hombre, como si quisiera anclar el mundo mientras ella lo sacudía desde su centro. Sus nalgas, dos esferas perfectas y macizas, se contraían con cada descenso, impulsándola con una fuerza que parecía imposible. No era hacer el amor; era una demolición. Lo estaba desarmando, pieza por pieza, con la pura potencia de su cuerpo.

Y luego estaba el sonido. No solo los jadeos y los golpes sordos del video. Desde los altavoces del ordenador, amplificado en el silencio del estudio, se oía la respiración del camarógrafo. Era un sonido gutural, casi pornográfico en sí mismo. Una inhalación profunda y temblorosa, seguida de una exhalación entrecortada, como si estuviera conteniendo un gemido. Leo escuchó un trago espeso y audible, el sonido de la saliva luchando por bajar por una garganta seca por la excitación y el shock. El hombre detrás de la cámara no era un espectador pasivo; estaba atrapado, consumido por la escena, su propia lujuria convirtiéndose en parte de la banda sonora.

Para Leo, fue un cortocircuito neuronal. La imagen de su tía Jess y el director se desvaneció, reemplazada por esta visión mucho más aterradora y fascinante. Esta no era la mujer que corregía exámenes de geografía. Esta no era la madre que lo regañaba por dejar la toalla mojada en el suelo. Esta era una valquiria, una fuerza de la naturaleza en su forma más pura y sexual. La fantasía prohibida que había construido en su mente sobre ella era una caricatura pálida en comparación con esta realidad brutal. Verla así, en la cima de su poder sexual, era como descubrir el origen secreto de un volcán.

La escena en la pantalla se aceleró hacia su clímax. Los movimientos de su madre se volvieron aún más frenéticos, sus caderas un borrón de movimiento. Su cabeza se echó hacia atrás, un gruñido bajo y animal escapando de su garganta mientras su cuerpo se convulsionaba. En ese preciso instante, la respiración del camarógrafo se rompió en un jadeo ahogado, un sonido de capitulación total ante el espectáculo. El video terminó abruptamente, la pantalla volviéndose negra, dejando a Leo en el silencio del estudio, con el único sonido del resoplido alcohólico de su padre dormido en la silla de ruedas.

El cerebro de Leo era una centrifugadora. Las imágenes de su tía, del director, de su madre en modo berserker sexual, y de su padre ahogado en vino, giraban a una velocidad nauseabunda. No entendía nada, pero su cuerpo entendía una sola cosa: una presión insoportable que exigía una liberación inmediata. Un ronquido gutural y húmedo de su padre en el estudio fue la espuela que necesitaba. El sonido, tan patético y animal, rompió el trance y lo llenó de un pánico ciego. Huyó. Subió las escaleras de dos en dos, un animal asustado corriendo hacia su madriguera.

En la seguridad de su habitación, se arrancó la ropa húmeda y fría. La tela se pegaba a su piel, una segunda piel muerta que necesitaba mudar. Se quedó solo en bóxers, jadeando. Bajó la mirada. El elástico de su ropa interior estaba tenso hasta el punto de la ruptura, una carpa obscena que apuntaba directamente hacia el techo. El bulto era turgente, doloroso, una concentración de toda la confusión y la lujuria del último par de horas. Era una presión que iba más allá del deseo; era una necesidad física, como la de respirar.

Sin un segundo de deliberación, se deshizo de los bóxers con un tirón. Su polla, liberada, se balanceó pesadamente, hinchada y de un color púrpura oscuro en la penumbra. Esos veintitrés centímetros de poder, ahora se sentían como un ancla de hierro al rojo vivo. La tomó con la mano, el dolor de la tensión transformándose en un placer punzante, una urgencia que ya no podía ignorar ni un instante más. La necesidad había borrado el pensamiento.

Comenzó a agitar su tronco con furia primitiva. No podía controlarlo. Su cuerpo se movía en un ritmo desesperado, casi violento, como si intentara sacudirse los demonios que se habían instalado en su cabeza. Intentó, con todas sus fuerzas, aferrarse a la imagen de su tía Jess en el laboratorio. Sus grandes pechos color ébano, sus gemidos. Era una fantasía prohibida, sí, pero manejable. Terrenal.

Pero era inútil. Como una marea negra, la imagen de su madre lo arrolló todo. Ahí estaba en su cabeza repitiéndose una y mil veces, la mujer que más había deseado en el mundo, matando a sentones a ese hombre anónimo en el bosque. La brutalidad de sus caderas, el movimiento circular y violento de sus tetotas, la expresión de éxtasis salvaje en su rostro. Esa imagen era un narcótico mil veces más potente. La fantasía de su tía se disolvió como el azúcar en el ácido. Su cuerpo respondía a su madre, y eso lo aterrorizaba y lo excitaba hasta el borde de la locura.

No podía resistirlo más. El punto de no retorno estaba aquí. Sentía el nudo apretándose en sus entrañas, la inminencia de la erupción. En un espasmo, su cuerpo se giró, un movimiento involuntario que lo encaró con la ventana de su habitación. Y su corazón se detuvo. Al otro lado del estrecho patio, en la ventana directamente opuesta, estaba ella. Su tía Jess. Eran vecinos. Sus habitaciones se miraban.

Estaba de pie, iluminada por la luz de su propia habitación, vestida solo con un brasier y unas minúsculas bragas de encaje negro. Sus ojos estaban fijos en él. No había duda. Lo estaba viendo. Sus manos volaron para cubrirse la boca, sus ojos abiertos de par en par en una expresión perfecta de horror y asombro paralizado. Observaba a su sobrino, con su monstruosa verga en la mano, a punto de explotar. Una parte de la mente de Leo gritó, ordenó parar, esconderse, morir de vergüenza. Pero la marea era demasiado poderosa. El semen ya corría a raudales desde sus testículos, un torrente imparable.

Con los ojos de su tía clavados en él, el dique se rompió. Un gruñido se desgarró de su garganta mientras su cuerpo se arqueaba. No pudo evitarlo. No pudo detenerlo. Una serie de latigazos espesos y cremosos salieron disparados con una fuerza increíble, impactando contra el cristal frío de su propia ventana. La sustancia blanca y caliente se escurrió por el vidrio, cubriendo la imagen de su tía, borrando su rostro horrorizado tras un velo obsceno y pegajoso.

Jack

La lujosa residencia en la que vivía tía Rebecca, con sus altos techos y amplios ventanales, nunca dejaba de sorprenderle. En la mesa, el ambiente era bullicioso, el tintineo de los cubiertos y el murmullo de las conversaciones llenaban el aire. Pero la atención de Jack en ese momento no estaba en la vasta propiedad, ni en los hombres de mediana edad, su padre y su tío, que parecían meros telones de fondo. Su mirada estaba fija, casi obsesivamente, en las mujeres que le rodeaban.

Su prima, Ashlee, de su misma edad, jugaba con su cabello, más absorta en su teléfono que en la cena. Las curvas que poseía, heredadas de su madre, la habían convertido en la chica más popular y deseada de la escuela. Jack lo sabía bien, pues hacía apenas un par de días le había confesado lo que sentía por ella, solo para ser rechazado por su relación de parentesco. Lo peor, lo que lo carcomía por dentro, era que ella también le había confesado tener sentimientos por él. Esa confesión, en lugar de aliviarlo, lo había dejado en un limbo de deseo y frustración, con sus ojos ahora más que nunca fijos en sus firmes y bien formadas tetas que se movían sutilmente bajo su blusa, y la redondez de sus nalgas que se adivinaban bajo la tela de su vestido.

A su lado, tía Rebecca, de cuarenta años, irradiaba una sensualidad madura que era casi tangible. Su cabello cobrizo, cortado en un elegante bob con mechas rubias, resaltaba su imponente presencia. Su escote pronunciado dejaba poco a la imaginación, revelando una porción generosa de ese par de poderosas masas de carne que desafiaban la gravedad. Las voluptuosas curvas de la tía Rebecca eran dignas de una diosa de la fertilidad; su cuerpo era una sinfonía de redondeces generosas, desde sus opulentas caderas hasta sus nalgas, tan amplias y redondas que parecían esculpidas. No era de extrañar que Ashlee tuviera ese cuerpazo, llevando los genes de semejante mujer. Cada movimiento de la tía Rebecca era un recordatorio de la potente herencia que Ashlee portaba.

Y finalmente, su madre, Brenda, con su cascada de mechas rojas y naranjas, sin duda, su favorita. Su vestido ceñido tenía la difícil tarea de contener todo aquel mar de carne que parecía siempre estar a punto de desbordarse. A sus treinta y nueve años, Brenda poseía una anatomía tan voluptuosa que rivalizaba con cualquier personaje de anime, llevada al extremo de la fantasía. Su ubérrimo tetamen y su enorme trasero calipigio, eran una obra de ingeniería natural, una explosión de carne que se balanceaba con cada mínimo gesto, una vista que robaba el aliento. Jack sentía que cada movimiento suyo era un himno a la lujuria, un constante recordatorio de la potencia sexual que irradiaba.

Jack se esforzaba por concentrarse en su comida, pero era una batalla perdida. Sus ojos se desviaban una y otra vez hacia el generoso escote de su madre y de su tía, que parecían desafiar las leyes de la física. Sentía un aturdido mareo, una mezcla de deseo y la vergüenza de ser atrapado mirando, imaginando el roce de tanta piel exuberante.

El hilo de la conversación de su madre interrumpió sus pensamientos, sacándolo bruscamente de su ensueño erótico.

      ...y el reverendo Gargano dice que mis tomates cherry son un regalo de Dios, Jack. ¿Quieres que te guarde algunos para la semana? — La voz de Brenda, teñida de una sinceridad casi infantil, lo sacó de golpe de sus pensamientos.

Jack parpadeó. La transición de su fantasía erótica a la prosaica realidad de la horticultura fue brutal. ¿Un regalo de Dios? Claro. Antes de que pudiera formular una respuesta, su madre se estiró con entusiasmo para alcanzar la ensalada, un movimiento que resultó ser demasiado ambicioso. Su manga se enganchó en el tallo de una copa de vino, que se tambaleó y derramó un charco rojo intenso sobre el inmaculado mantel blanco.

      ¡Ay, cielos! ¡Qué desastre! — exclamó, con una angustia tan genuina que resultaba casi entrañable.

El caos fue instantáneo. Mientras Brenda se inclinaba torpemente para secar el derrame con su servilleta, el universo de carne que su vestido apenas contenía entró en una moción caótica. Su pecho, aquel monumento a la abundancia, se balanceó con una violencia que a Jack le pareció casi cómica, una maravilla de la física newtoniana en acción. Cada movimiento para intentar limpiar el estropicio provocaba una nueva onda expansiva en su trasero, un recordatorio de que la torpeza y la opulencia no eran, en su caso, mutuamente excluyentes.

Jack observó la escena, fascinado y con una extraña mezcla de emociones. Recordó las burlas veladas de las vecinas, sus susurros sobre lo "lenta" o "ingenua" que era Brenda. Y ahí estaba ella, la única ama de casa a tiempo completo en su vecindario, ajena por completo al poder físico que su cuerpo ejercía, una fuerza de la naturaleza tan inconsciente de sí misma como un huracán. Era una puritana, criada por monjas, amiga de reverendos, que probablemente se sonrojaría hasta las orejas si viera una estatua griega. Y, sin embargo, poseía un arsenal carnal que, pensó Jack con un escalofrío, haría pecar hasta al más devoto de los santos. La ironía era tan densa que casi podía saborearla.

      El reverendo siempre me dice que tengo que moverme con más gracia—, murmuró para sí misma, completamente mortificada por el accidente, mientras su padre y su tío la miraban con resignación.

Jack no dijo nada. Solo observó, su deseo ahora mezclado con una extraña y oscura ternura. Era como ver a un niño jugando con una granada sin seguro.

      Tranquila, hermanita… solo es vino—, dijo tía Rebecca con una sonrisa indulgente, extendiendo una mano para ayudar a Brenda a terminar de secar el mantel. Su voz era suave, casi maternal.

Jack las observó. Eran la noche y el día. Dos hermanas salidas del mismo útero, pero ensambladas con manuales de instrucciones completamente opuestos. Brenda era un accidente glorioso, una explosión de feminidad inconsciente. Rebecca, en cambio, era la quintaesencia de la mujer moderna, dueña de sí misma y de su atractivo. Jack lo vio en la forma en que su espalda, expuesta por el corte de su vestido, revelaba el inicio de unos tatuajes tribales que se enroscaban justo por encima de sus caderas. Un cliché de otra década, quizá, pero en ella no era una moda pasada; era una declaración de principios. Ella era dueña de su sexualidad, la había domesticado y la usaba como un accesorio más.

      Por cierto, Margarita—, dijo Rebecca, girándose hacia la mujer latina de complexión robusta que traía otra botella de vino—, ¿ya encontraste a alguien que te sustituya la próxima semana? No quiero que te vayas de vacaciones sin dejarnos cubiertos.

Margarita pareció dudar un instante, sus manos retorciendo el delantal. La vacilación fue casi imperceptible, pero Jack la notó.

      Ehh… sí… sí, señora Rebecca—, dijo finalmente, su voz suave—. Creo… creo que sí. Conozco a alguien…. una chica que… bueno… que necesita mucho el trabajo.

Jack no puedo prestar atención a lo que decía. Sus ojos estaban fijos en su tía Rebecca. Solo él se había dado cuenta de que su tío había bajado la mano al regazo de su mujer. O eso parecía, no estaba muy seguro. Pero la forma en que su tía abría y cerraba la boca, un ligero temblor en sus labios, y la respiración que parecía agitarse bajo la tela de su vestido, le hicieron sospechar. La copa de vino en su mano vibró levemente, casi imperceptiblemente, mientras sus músculos se tensaban con una tensión apenas contenida. Sus ojos, antes llenos de misterio, ahora parecían más oscuros, como si una sombra de éxtasis comenzara a nublarlos. Entonces, Jack comprendió, con una punzada de asombro y una extraña fascinación.

Pudo casi visualizar cómo la tela de su vestido cedía ante la presión, cómo las voluptuosas curvas de tía Rebecca se arqueaban sutilmente en una lucha por mantener la compostura, su cuerpo, una obra de arte sometida a una invasión placentera bajo la mesa. Cada movimiento, cada músculo que se contraía, revelaba el torbellino de sensaciones que la recorrían, la presa de un placer que la embargaba en medio de la cena familiar, oculto a los ojos de todos, excepto a los de Jack.

Ashlee se levantó suavemente de la mesa, su silla apenas emitiendo un sonido. Con una sonrisa dulce, agradeció por la comida y pidió permiso para contestar una llamada.

      Es mi padre —explicó, con un matiz de anticipación en su voz.

Aunque el tío Roger había sido una figura paterna constante en su vida desde los nueve años, su verdadero padre biológico, un investigador dedicado, se encontraba actualmente en la vasta inmensidad de la Antártida.

      Me voy a mi habitación a hablar con él, ¿vale?

Antes de girarse por completo, le hizo un gesto con la boca a Jack, un susurro silencioso pero cargado de promesas: "Después hablamos", dándole una chispa de esperanza que Jack sintió en el estómago.

Justo cuando se disponía a marchar, el tío Roger, la detuvo.

      Mañana empiezas tus clases de refuerzo. Tu primo Jack te ayudará con las asignaturas que necesitas recuperar.

Ashlee afirmó con la cabeza, una sonrisa ahora genuina en su rostro, y se marchó a su habitación. Jack la observó, confuso por el contraste entre la dulzura de su sonrisa y la chispa de complicidad que le había ofrecido. Mientras la veía alejarse, sin embargo, su mente se desvió, y sus ojos se clavaron en su jugoso nalgatorio. Las nalgas de Ashlee subían y bajaban con cada paso, un espectáculo obsceno y delicioso. Eran dos masas firmes y redondas que se batían bajo la tela fina de su vestido, cada movimiento un golpe directo a la entrepierna de Jack. Se meneaban con una libertad descarada, una vista tan caliente que Jack se quedó sin aliento. La visión lo dejó sin aliento, y se encontró pensando que, después de todo, bien valdría la pena el esfuerzo a cambio de tener toda esa carne vibrante y jugosa tan cerca.

Volviendo su atención a la mesa, Jack vio que su tío y su padre reían y chocaban sus copas. La tormenta bajo el mantel parecía haber pasado, y aunque tía Rebecca intentaba mantener la compostura, Jack podía ver el brillo en sus ojos, un residuo del placer que había experimentado. El escote de su tía ahora revelaba una verdad innegable: bajo la tela, sus pezones se habían endurecido, erguidos y marcados, atestiguando el clímax que había alcanzado.

La conversación siguió, salpicada de más risas y brindis. Su padre y tío no parecían preocupados por la cantidad de alcohol que las damas estaban ingiriendo. Margarita, imperturbable, continuaba sirviendo más vino, llenando las copas una y otra vez. Los minutos pasaron lentamente, el ambiente cargándose con el murmullo de las voces y el tintineo de los cubiertos.

De repente, el teléfono de Jack vibró. Era un mensaje de Ashlee: “¿Quieres jugar un rato en la consola?” Una descarga eléctrica recorrió su cuerpo. Con una excusa rápida sobre una tarea, se retiró de la mesa y se dirigió a la habitación de su prima, el corazón latiéndole con fuerza en el pecho.

Al abrir la puerta, Jack se quedó boquiabierto, el aire escapándose de sus pulmones en un jadeo silencioso. Ashlee estaba de pie en el centro de la habitación, envuelta en un pijama otaku que desafiaba toda noción de recato. Un ajustadísimo top amarillo de Pokémon, con los mofletes de Pikachu estirándose hasta el límite, se aferraba a sus senos, haciendo que el par de tetas de Ashlee pareciera querer estallar de la tela, cada curva magnificada, cada movimiento una promesa. El short de dormir, igualmente ajustado y diminuto, apenas cubría la redondez perfecta de sus nalgas, dejando al descubierto una generosa porción de sus muslos bien torneados.

Jack se quedó inmóvil en la puerta, la boca seca, las palabras atoradas en su garganta.

      Yo... yo... uh... — intentó balbucear, sintiendo el rubor subir por sus mejillas.

Ashlee, con una sonrisa juguetona, señaló un sillón doble increíblemente cómodo que invitaba a la cercanía.

      Ven, siéntate. ¿Prefieres sentarte aquí, conmigo, o quieres un mueble para ti solo? —preguntó. Jack, todavía luchando por recuperar el aliento y la compostura, se dejó caer pesadamente junto a ella en el sillón.

      Así... así está bien— logró decir, la voz aún con un deje de tartamudeo. La cercanía de Ashlee, el aroma de su piel, la suave fricción de sus muslos apenas rozándose, era una tortura deliciosa.

Entonces, Ashlee se levantó con un movimiento fluido para conectar la consola de videojuegos. Se inclinó sin doblar las rodillas, estirándose para alcanzar los cables, y en ese instante, el mundo de Jack se redujo a una sola imagen: su trasero. Sus nalgotas, enmarcadas por el ajustadísimo short, se alzaban en un primer plano glorioso, dos masas firmes y redondas que desafiaban la tela, una visión tan obscena y perfecta que Jack sintió que el aire le faltaba. Cada curva, cada pliegue, era una obra de arte carnal.

Mientras mantenía el trasero en alto, Ashlee giró la cabeza para mirarlo, una sonrisa en sus labios.

      Otra vez me estás viendo el culo, ¿verdad? — preguntó, su voz un susurro cargado de picardía.

Jack sintió un sudor frío recorrer su espalda. Su carpa en el pantalón se hizo aún más pronunciada, imposible de ocultar. Se acomodó los anteojos con un gesto torpe y negó con la cabeza, sus ojos intentando desesperadamente apartarse de la vista.

      No... no, yo solo... — balbuceó, sin lograr hilar una frase coherente. Ashlee soltó una risita, una melodía dulce y llena de malicia. Regresó al sillón, la tensión en el aire palpable, y ambos se sentaron para empezar a jugar.

Jack presionaba los gatillos de su mando, pero su vehículo en la pantalla se movía con una torpeza desesperante. La cercanía de Ashlee era un asalto a sus sentidos; sus codos se rozaban con cada movimiento, el suave aroma de su cabello le cosquilleaba la nariz, y sentía su cálido aliento en su mejilla. Era imposible concentrarse. Ashlee, ajena a su lucha interna o tal vez no del todo, movía el mando de forma exagerada, inclinándose con el cuerpo como si eso pudiera hacer que su coche girara más rápido en la pista virtual.

En una curva prolongada y particularmente cerrada en el juego, Ashlee se inclinó con tanta vehemencia que perdió el equilibrio. Con un pequeño grito ahogado, cayó directamente al regazo de Jack. El impacto fue suave, pero una de sus manos, al buscar apoyo, aterrizó directamente sobre su erección prominente.

Ashlee abrió la boca, sus ojos se agrandaron por la sorpresa y un profundo rubor tiñó sus mejillas. El silencio se hizo denso, roto solo por el sonido del juego en la televisión. Jack no sabía qué decir, las palabras se le habían evaporado.

      Lo siento… es que…— balbuceó, sin poder terminar la frase. Ella esquivó su mirada, igualmente sonrojada.

      No, yo lo siento— dijo, su voz apenas un susurro, también tartamudeando. ¿E… eso es por mí?

Jack tragó saliva, el latido de su corazón resonando en sus oídos. Ya no había nada que ocultar. Con una voz apenas audible, respondió afirmativamente con un leve movimiento de cabeza. Ella se giró entonces para mirarlo directamente a los ojos, sus rostros ahora a escasos centímetros de distancia. El aliento de Ashlee, dulce y cálido, rozaba sus labios.

Jack no pudo soportarlo más. La tensión, el deseo contenido, la electricidad palpable entre ellos... Se inclinó lentamente, sus ojos fijos en los de ella, pidiendo permiso sin palabras. Ashlee no lo rechazó. Sus labios se encontraron en un beso tierno al principio, que rápidamente se transformó. Las inhibiciones se disolvieron. Empezaron a morrearse con más y más lascivia, el beso profundizándose, sus cuerpos pegándose el uno al otro en el mullido sillón, el juego olvidado por completo.

Los labios de Jack y Ashlee se encontraron de nuevo, pero esta vez con una ferocidad que no dejaba lugar a la duda. Las lenguas danzaron, se entrelazaron y succionaron con una avidez salvaje. El intercambio de saliva era crudo y desinhibido, un licor dulce y prohibido que se deslizó entre sus bocas, una mezcla embriagadora de deseo y transgresión. Jack se pegó a Ashlee como una lapa, su erección dura como una roca presionando sin piedad contra su vientre bajo el pijama, sabiendo con cada fibra de su ser que ella lo estaba sintiendo, y Ashlee suspiró, un sonido que era mitad gemido, mitad súplica.

Se separaron brevemente, los labios hinchados y húmedos, los ojos vidriosos por la excitación, sus pechos subiendo y bajando con rapidez. La respiración de ambos era agitada, el aire cargado con la electricidad de sus cuerpos. Entonces, con una furia renovada, Jack se lanzó encima de ella, derribándola suavemente en el sillón, sus labios buscando los suyos en un beso salvaje que no admitía negación. Sus manos se enredaron en el cabello de Jack, tirando de él con un deseo incontrolable.

Pero de repente, Ashlee logró reunir una pizca de compostura. Puso ambas manos en el pecho de Jack y lo apartó, sus ojos oscuros por el deseo, pero con un atisbo de conflicto.

      No... no es correcto lo que estamos haciendo, Jack — jadeó, su voz apenas un susurro tembloroso. — No deberíamos. — Se levantó del sillón, dando un par de pasos tambaleantes, como si huyera de la intensidad del momento, o de sí misma.

Jack no la dejó ir. En un instante, estuvo detrás de ella, sus brazos fuertes rodeándola en un abrazo posesivo. Su polla, dura y palpitante, presionaba con urgencia contra sus exquisitas nalgas. Con un movimiento deliberado, la acomodó entre ellas, y comenzó a frotarse, sintiendo cada curva, cada músculo de sus nalgotas perfectas. Luego al mismo tiempo empezó a atacar sus pechos, atrapándolos, apretándolos y jugando con ellos, como si intentara canalizar la creciente oleada de placer.

Giró su rostro, sus cuerpos pegados, sus ojos encontrándose en una mirada cargada de un deseo innegable, primario. Se besaron de nuevo, esta vez con una desesperación dulce, una entrega silenciosa. Ashlee empezó a gemir, el sonido brotando de lo más profundo de su garganta, y comenzó a hacer movimientos circulares con su culo, meneando sus redondas nalgotas sobre la erección de Jack. Era un baile lento y sensual, una tortura exquisita que lo llevó al límite. Jack sufría, las sensaciones eran tan intensas que pensaba que eyacularía en cualquier momento, el placer y el dolor de la espera entrelazándose en una espiral ardiente.

Ashlee meneaba su culo de forma criminal, cada rotación, cada vaivén de sus nalgotas redondas y prietas, era una tortura deliciosa para Jack. Sentía que se le iba a salir el alma del cuerpo, que si Ashlee no paraba, la leche se le escaparía sin remedio. La situación se le complicó hasta límites insoportables cuando una de las manitas de Ashlee, pequeña y suave como una caricia infernal, volvió a palpar su herramienta a través de la tela. Jack gimió, un sonido gutural que apenas escapó de su garganta.

De pronto Ashlee se giró por completo, y ahora estaban frente a frente, sus cuerpos casi fundidos por la proximidad. Pero los ojos de Ashlee no estaban en los de él; estaban fijos, imantados, en la carpa que se alzaba orgullosa y dolorosamente en sus pantalones. Lentamente, con una delicadeza que lo hizo temblar hasta la médula, Ashlee llevó una de sus manitas hasta su erección y la acarició suavemente por encima de la tela, un roce ligero que prendió fuego a cada fibra de Jack.

      Lo siento — susurró ella, su voz apenas un hálito, cargada de una culpa que Jack sentía inmerecida— siento mucho que estés así por mí.

Jack apretó los dientes con tanta fuerza que le dolía la mandíbula, luchando contra la inminente eyaculación que amenazaba con derribar sus últimas barreras.

      ¿Puedo verlo? — preguntó ella, mordiéndose el labio inferior, sus ojos pidiéndole permiso, desbordando una curiosidad ardiente que le erizó el vello de la nuca.

Jack no podía creer la audacia de Ashlee, la pregunta lo dejó sin aliento. Asintió, incapaz de articular palabra, entregándole el control. Ashlee hizo que se sentara en el borde de la cama, sus muslos rozándose. Con manos que Jack sentía temblar, bajó el zipper de sus pantalones y, tomando su manita, guio sus dedos para liberar por fin su verga, que saltó con una fuerza contenida, como un animal salvaje liberado de su jaula.

Ashlee soltó un grito de asombro. Su polla, de diecisiete centímetros, se irguió orgullosa, gruesa y palpitante, un titán de carne con una gota abundante de líquido preseminal reluciendo sobre la punta. Ashlee estaba en shock, Jack casi podía ver el espanto mezclado con una fascinación hipnotizante en sus ojos, una lucha interna entre la sorpresa y el deseo.

      Me duele, Ashlee— se quejó Jack, su voz ronca por la tensión y el dolor placentero. —Me duele mucho. — Su cosa pareció palpitar afirmativamente ante sus palabras, un recordatorio viviente de su dulce sufrimiento.

Ashlee se levantó de golpe, muy asustada, tratando de volver en sí, de romper el hechizo de esa burbuja de lujuria y desenfreno que los había envuelto. Se echó aire en la cara con una mano, intentando desesperadamente recuperar la razón, de salir de aquel laberinto incestuoso. Empezó a caminar, alejándose lentamente de la cama, creando una distancia física, un vano intento de escapar.

      Jack, no… esto no está bien— dijo, su voz entrecortada por la agitación, cada palabra una lucha. — Es demasiado. No debemos cruzar esa línea. — Se giró, sus ojos llenos de una mezcla ardiente de deseo y un miedo que Jack no quería reconocer. — Lo mejor es que te vayas— le pidió, su voz casi un ruego que lo atravesó como un puñal.

Jack, herido y frustrado por la interrupción de lo que parecía inevitable, guardó rápidamente su herramienta en los pantalones y se levantó para ir tras ella. La alcanzó, tomando su mano, sintiendo la suavidad de su piel bajo sus dedos.

      Ashlee, te quiero— dijo, su voz cargada de una honestidad cruda que brotaba del alma. — Te quiero desde que éramos niños. Siempre me has gustado… y esto que siento no va a cambiar.

Ashlee intentó huir de él, pero Jack la atrapó de nuevo, sus brazos fuertes rodeándola en un abrazo que la pegó a su cuerpo. Se resistió, pero sin mucha convicción, sus movimientos más bien una formalidad, una danza de negación que sus cuerpos desmentían con cada roce. Sus labios se encontraron de nuevo, esta vez con una urgencia desesperada, una entrega silenciosa que lo consumía todo. Las manos de Jack bajaron de su cintura para amasar esas redondas nalgas que tan bien conocía por sus sueños, pero que ahora eran una realidad palpable, una bendición carnal. Las apretó con una ferocidad hambrienta, sus dedos hundiéndose en la suave y prieta carne, elevándolas y estrujándolas como si intentara poseerlas, fusionarse con ellas.

      ¡Diooossss, Ashleeee! — gruñó Jack, su voz ronca y lasciva, un gemido de puro placer que salía de su garganta.

      Te gusta mucho mi culo, ¿verdad? — preguntó Ashlee, gimiendo, su voz apenas un susurro entre sus besos.

      Me encanta— respondió él, la voz cargada de una lascivia que no podía esconder— Es lo más delicioso que he tocado en mi vida.

Ashlee se aferró a Jack, sus labios aún calientes por los besos, pero su voz se tiñó de una pena profunda.

      Lo siento mucho, Jack— susurró, apartándose ligeramente, sus ojos clavados en los de él. — Pero no podemos hacer... eso que estás pensando. — El rostro de Jack se desmoronó, cada músculo de su cara reflejaba una desilusión tan cruda y amarga que era casi insoportable, como si un rayo le hubiera atravesado el pecho, dejando un vacío helado donde antes ardía el deseo.

Ella continuó disculpándose, sus palabras suaves como caricias, pero cargadas de una tristeza sincera.

      Realmente lo siento, de verdad.

Sin embargo, justo cuando el desaliento de Jack amenazaba con consumirlo por completo, Ashlee añadió, con un matiz de picardía que encendió una nueva chispa de esperanza en su interior:

      Pero creo saber una forma de… aliviar tu sufrimiento…

Y antes de que Jack pudiera procesar sus palabras, ella tomó su mano, no con la intención de apartarlo, sino para guiarlo de vuelta a la cama.

Una vez junto al colchón, Ashlee le preguntó de nuevo, sus ojos brillando con una mezcla de vergüenza y una curiosidad voraz.

      ¿De verdad te gusta tanto mi culo?

Jack no dudó, su voz ronca por el deseo que resurgía con una fuerza abrumadora.

      Me vuelve loco, admitió.

Con esas palabras aún resonando en el aire, Ashlee se dio la vuelta, dándole la espalda. Sus nalgas, enmarcadas por el ajustadísimo short, se ofrecieron a Jack en todo su esplendor. Lentamente, con una sensualidad deliberada que le cortó la respiración, se sentó sobre su erección. Los gemidos ahogados de Jack se escaparon de su garganta mientras sentía el calor y la suave presión de sus nalgas abrazando su verga, envolviéndola en una prisión de carne suave y caliente.

Ashlee empezó a moverse, primero con lentitud, un roce suave que era pura tortura. Las nalgas de Ashlee, dos masas firmes y exuberantes, se movían con una cadencia hipnótica, abrazando su erección, estrujándola y masajeándola con una precisión milimétrica, como si hubieran nacido para ese único fin: deslecharlo.

El movimiento se hizo más atrevido, más lascivo, el ritmo subiendo poco a poco. Jack cerró los ojos, gimiendo, tratando de alargar ese momento lo mejor que pudo, cada segundo una eternidad de placer. La sensación de tener el culo de Ashlee de esa forma, presionando y frotando su polla, era una fantasía hecha realidad, un éxtasis que lo llevaba al borde de la locura.

Ashlee se entregó por completo al acto, empezando a molerlo con esos movimientos de cadera que parecían sacados de un sueño febril. Cada roce, cada empuje de sus nalgas sobre su erección, era más rápido, más delicioso, más cercano al borde del precipicio. Lo dio todo, moviendo su cintura con una destreza infernal, sus nalgas rebotando con una elasticidad asombrosa. Jack pensó, en medio de la niebla de placer, que la experiencia de Ashlee haciendo twerking la había convertido en una experta maestra en el arte de hacer rebotar y sacudir su culo. La forma en que sus exquisitas nalgotas se contraían y expandían, una y otra vez, sobre la punta de su verga, era asombrosa.

El meneo de Ashlee subió de nivel, transformándose en una danza frenética de puro goce. Sus nalgas, dos masas firmes y exuberantes, se convirtieron en un motor imparable, moliéndolo sin piedad. Jack arqueó la espalda, suplicando en silencio, aferrándose a la cama mientras el mundo se reducía al tacto ardiente de su piel contra la de ella, al vaivén incesante que lo llevaba más y más profundo en el abismo del placer. El calor se acumulaba, la presión se intensificaba, cada músculo de su cuerpo se tensaba hasta el límite. Gemidos guturales escapaban de su garganta, mezclándose con los jadeos de Ashlee mientras ella aceleraba, sus nalgas golpeando rítmicamente su pelvis, una y otra vez, con una ferocidad que prometía la liberación inminente. Jack se esforzaba por retenerlo, por alargar cada segundo de esa increíble sensación de tenerla así, dominando su miembro con la maestría de su culo, pero sabía que la batalla estaba perdida.

De repente, una oleada incontrolable recorrió su cuerpo. Con un gruñido final, Jack sintió la explosión, la leche caliente disparándose dentro de sus bóxers, empapando la tela con una abundancia que lo dejó tembloroso y exhausto. Su cuerpo se sacudió con las últimas contracciones, el placer residual inundándolo. Ashlee se detuvo, su respiración agitada, y se dejó caer suavemente sobre él. Jack quedó rendido, extenuado pero feliz, una sonrisa de satisfacción beatífica en sus labios. Ella se recostó sobre su pecho, sus suaves pechos presionando contra él, y lo besó tiernamente en los labios, un beso de complicidad y triunfo. Jack se sintió en el cielo, envuelto en una nube de éxtasis y dulzura.

Después de un momento, la realidad se hizo presente. Jack se levantó, sintiendo la incomodidad de sus bóxers empapados y el pantalón manchado. Un gesto de molestia cruzó su rostro. Ashlee, notando su incomodidad, le dedicó una sonrisa pícara.

      Bueno, mañana te estaré esperando para las clases de refuerzo— le dijo, su voz con un matiz de promesa.

Jack asintió, su mente aún en un estado de euforia. Se despidió con un beso breve pero cargado de todo lo que sentía, y se marchó de la habitación, sintiéndose en las nubes, la imagen de las nalgas de Ashlee, y la sensación de su culo sobre su polla, grabadas a fuego en su memoria.

Lorena

Lorena avanzaba por la calle, el sol de la tarde acariciando su piel canela, una diosa latina que hipnotizaba con su presencia. Su cabello teñido de rubio, donde aún se entrelazaban hebras oscuras de su color original, caía sobre sus hombros con una naturalidad salvaje. Pero desde luego, eso no era que más destacaba de la peruana.

Sus shorts de mezclilla se aferraban a sus muslos como una segunda piel, resaltando cada curva de su figura esculpida. La blusa blanca de manga larga, con su escote descaradamente revelador, apenas contenía el exuberante volumen de sus senos, que amenazaban con desbordarse con cada paso. Pero era su trasero lo que realmente comandaba la atención, una creación divina que se movía con una cadencia hipnótica. Las nalgas de Lorena eran un monumento al placer, dos esferas perfectas, rebotando con una insolencia que parecía calculada para excitar hasta al más estoico.

En su mano izquierda, Lorena portaba una maceta, un detalle inocente para la señora Felisa, una gran amiga de su difunta madre, una excusa para lo que en verdad buscaba. En la otra mano, su teléfono vibraba con los mensajes de Ricardo. "No aguanto más por ti, mi fuego", leía, y una sonrisa perversa se dibujaba en sus labios. Con un gesto calculado, mordió su labio inferior, un tic provocativo que delataba la impaciencia y el calor que corría por sus venas. A su alrededor, las miradas de los hombres se clavaban en ella, un coro silencioso de lujuria y adoración, un combustible para su ego y para sus planes.

El tráfico se detuvo cuando cruzó la calle. Cada rebote de sus nalgas era una sílaba en un poema obsceno que los hombres leían con la boca abierta. Un “¡qué culo, mamacita!” desde una camioneta de reparto y un silbido agudo fueron parte del aplauso que merecía su arte.

El espectáculo terminó cuando la puerta del edificio se cerró tras ella, silenciando el mundo exterior. El ascensor fue un purgatorio de tres pisos antes de llegar a su apartamento. Dentro, el silencio. Una mirada rápida al cuarto de Dani confirmó que la pequeña seguía en su siesta, ajena al huracán hormonal que era su madre.

El baño fue su destino final. La ropa cayó al suelo sin ceremonia. Primero la blusa, liberando sus senos de la tela que apenas los contenía. Eran dos globos perfectos que desafiaban la gravedad, pesados, con areolas anchas y oscuras coronadas por pezones duros como botones de alarma, ya erectos por la anticipación. Los shorts de mezclilla se deslizaron por sus piernas tonificadas, revelando el monumento que era su trasero y, finalmente, el epicentro de su deseo. Entre sus muslos, una fina línea de vellos recortados en un triángulo pulcro enmarcaba unos labios gruesos y húmedos.

El chorro de la ducha la golpeó con una violencia bienvenida, el agua caliente trazando caminos por su piel canela. Se enjabonó sin prisa, un ritual de purificación antes del pecado. Luego, sus manos comenzaron su propia exploración. Un dedo trazó el contorno de su pecho, rodeando un pezón hasta que un escalofrío le recorrió la espalda. Sus dedos viajaron hacia el sur, un roce casual sobre el monte de venus antes de hundirse entre los labios carnosos.

Estaba empapada.

La imagen del vecino de enfrente la asaltó. Dieciocho años recién cumplidos y desvirgado por ella. Su juventud, su energía inagotable, la forma en que su verga joven y dura la había llenado anoche, un polvo rápido y desesperado en el cuarto de lavado del edificio. El recuerdo fue un fósforo en un charco de gasolina.

La imagen del chico se hizo más nítida, su polla joven y dura embistiéndola contra la lavadora. un gemido gutural escapó de sus labios. Sus dedos se movieron con una furia desesperada, castigando su clítoris hinchado. Arqueó la espalda contra los azulejos fríos, sus caderas bombeando contra su propia mano en un ritmo frenético. El placer se convirtió en un nudo insoportable en su vientre, una presión que exigía ser liberada. Con un último recuerdo del peso del chico sobre ella, su cuerpo se convulsionó. Un grito sordo murió contra la palma de su mano mientras su coño se apretaba en espasmos rítmicos y violentos, ordeñando una ola de placer blanco y cegador que la dejó temblando y sin aliento bajo el agua.

Se quedó así un momento, apoyada en la pared, el cuerpo todavía vibrando por las réplicas del orgasmo. El agua caliente era una caricia que la invitaba a quedarse, a buscar una segunda ola. Sus dedos, casi por voluntad propia, volvieron a su coño hinchado, listos para tentar la suerte de nuevo. El deseo era un eco que pedía repetirse, más fuerte.

Pero la realidad, puntual y cabrona, se impuso. Se le hacía tarde. Ricardo. El plan. Con un gruñido de frustración, apartó la mano y cerró el grifo de golpe. El fuego no se había extinguido, ni de coña; simplemente lo había metido en una jaula, pateando por salir.

Salió de la ducha, se secó con movimientos rápidos y eficientes, y fue a su habitación. De una maleta ya casi cerrada sacó un vestido floreado, corto, casi inocente. Se lo puso. La tela ligera abrasando su voluptuosa anatomía en forma de reloj de arena.

En la sala, el sonido de los dibujos animados le dijo que Dani ya estaba despierta. Su niña estaba sentada en la alfombra, con los ojos fijos en la pantalla, completamente absorta. Lorena la observó, luego paseó la mirada por el pequeño apartamento: los muebles gastados, las paredes que necesitaban pintura. Una última vez. No había nostalgia, solo el alivio de una sentencia cumplida.

Tomó su equipaje que esperaba junto a la puerta, pero antes levantó la maceta, esa condenada planta era muy importante. Con la otra mano, sacó el teléfono. Marcó el número de Ricardo.

      Estamos listas—, ronroneó al teléfono, su voz era una caricia de terciopelo y veneno.

La respuesta fue inmediata, una voz rasposa y ansiosa.

      Ya estoy abajo. Mueve ese culo perfecto que tienes, nalgona, que necesito confirmar que es real.

Lorena y la pequeña bajaron. Allí estaba él, Ricardo, un hombre de cincuenta y tantos con la barriga de quien paga por sus placeres, apoyado junto a su coche con la maletera ya abierta. Lorena le dedicó una sonrisa lenta, provocadora, una que prometía el cielo a cambio de la tierra. La niña le saludó con un tímido “hola” y trepó al asiento trasero, desapareciendo en su propio mundo.

Con la tapa del maletero levantada como un escudo improvisado, Ricardo no perdió un segundo. Mientras Lorena se inclinaba para meter la maceta y su equipaje, la mano de él se estrelló contra su nalga derecha, un apretón posesivo, casi doloroso.

      ¡No aguantaba más las ganas de tocarte! —, gruñó cerca de su oído, su aliento caliente contra su piel—. ¡Pero mira nada mas que culazo te cargas, cabrona!

Ella se enderezó, una sonrisa calculada en los labios.

      Será todo tuyo cuando estemos instaladas y cumplas tu parte del trato—, susurró.

Subieron al coche. mientras Ricardo encendía el motor, Lorena echó un último vistazo por la ventanilla. Adiós, barrio. Adiós al olor a cerveza, a la cumbia que se escapaba por las ventanas y al miedo constante. Ocho meses. No lo extrañaría.

El coche se puso en marcha. Dani, en el asiento trasero, ya estaba enfrascada en una conversación silenciosa con una muñeca.

      Ricardito—, empezó Lorena, poniendo un puchero que había practicado frente al espejo—. Mañana… ¿me ayudas a mover los muebles que quedaron? Soy muy débil para hacerlo sola…

La mano de Ricardo aterrizó en su muslo, un gesto posesivo.

      ¡Por ti, mi reina, lo que sea!

Su pulgar comenzó a trazar círculos en la parte interior de su pierna.

      ¡Ese casero tuyo es un perro! ¡Pufff…! Mira que echarte por un problema con la visa… con tanto operativo de los del ICE, la gente está cagada de miedo.

      Lo sé—, dijo ella, fingiendo un temblor.

      En mi barrio no tendrás esos problemas. Allá es otro mundo. Tú y la niña estarán seguras.

Lorena asintió, mirando al frente. Problemas con la visa, pensó. Qué puto chiste. La verdad era más simple: dos meses de renta sin pagar desde que a su amante venezolano lo deportaron por ladrón y violento, dejándola en la mierda. Y el padre de Dani… otro hijo de puta que se largó tres años atrás, después de perder todo su dinero en apuestas. Desapareció, olvidándose de su hija. Le odiaba por ello. Y, sin embargo, tenía que aceptar que nunca había extrañado tanto a un hombre. O, más bien, su verga. De todos los hombres con los que se había acostado, no había encontrado a ninguno a su altura.

Eran tiempos difíciles. Y estaba hasta el cuello de deudas. Así que tuvo que arrastrarse a pedirle ayuda a una vieja amiga de su madre. En concreto, al marido de la vieja: Ricardo. Un español barrigón con una debilidad por los culos latinos. Era una mujer de fuego, sí. Y estaba a punto de quemarlo todo para mantenerse caliente.

***

El silencio en el coche se rompió por una vocecita desde el asiento trasero.

      Mami—, dijo Dani, asomando su cabeza entre los asientos—, ¿por qué estas desnuda?

Lorena miró hacia abajo. El escote, gracias a los manoseos de Ricardo durante el viaje, había cedido, revelando sus dos gordas tetas completamente al aire. Se cubrió de inmediato, metiendo sus melones de vuelta en su sitio.

      Hacía mucho calor, mi amor, por eso—, mintió descaradamente sin mirarla.

      Ya casi llegamos, campeona—, gruñó Ricardo, sin quitar la mano del muslo de lorena.

Un par de calles después, se detuvieron frente a un edificio de ladrillo más cuidado que el habían dejado hace media hora. En la entrada, una mujer de figura amable y pelo canoso los esperaba: Felisa.

Lorena se bajó y se lanzó a sus brazos en un abrazo que era puro teatro.

      ¡Ay, Felisa! ¡Gracias, de verdad! ¡No sabes cómo lamento ser una molestia, es que parece que el mundo se me vino encima…! — su voz se quebró justo en el momento preciso.

      No digas tonterías, hija—, respondió Felisa, devolviéndole el abrazo con una calidez genuina—. Se lo debo a tu madre. Esta es tu casa el tiempo que necesites, no te preocupes por nada.

Cuando Dani bajó del coche, la cara de Felisa se iluminó. se agachó para estar a su altura.

      Hola, preciosa—. Dani, por una vez, no fue tímida y le devolvió una sonrisa. Conectaron al instante.

Lorena le entregó la maceta.

      Te traje esto.

Los ojos de Felisa se llenaron de lágrimas al ver los girasoles.

      Ay, Lorena…

      Sube con la niña, mujer—, interrumpió Ricardo, ya sacando las maletas—. Yo ayudo a Lorena con esto.

Felisa asintió, tomó la mano de Dani y entraron al edificio. Vieron cómo las puertas del ascensor se cerraban tras ellas. Esperaron en un silencio cargado. Sonó el timbre del ascensor al llegar de nuevo a la planta baja.

En cuanto las puertas se cerraron, dejándolos solos en la pequeña cabina, Ricardo se abalanzó sobre ella. Su boca chocó contra la de Lorena, devorándola en un beso hambriento y húmedo. Sus manos se movieron como las de un pulpo desesperado, una en su culo, apretando con fuerza, la otra subiendo por debajo del vestido, buscando a tientas la carne de sus muslos, subiendo sin piedad hacia su objetivo.

Lorena se entregó al asalto, su boca respondiendo al hambre de él. Mientras la mano de Ricardo amasaba su culo y la otra se perdía bajo su vestido, la de ella encontró el bulto en su entrepierna. Lo acarició por encima de la tela del pantalón, sintiendo cómo la verga de él se endurecía hasta ser una porra.

      ¡No puedo creer lo buena que estás, joder! —, jadeó Ricardo contra sus labios—. Si por mí fuera, me colaba en tu cama esta misma noche.

Lorena rompió el beso, empujándolo ligeramente.

      ¡Ni se te ocurra, Ricardo! ¡A menos que quieras que tu mujer me eche a patadas por puta antes de que amanezca!

      ¡Es que no sé si me voy a aguantar! — gruñó él, su mano apretando con más fuerza una de sus nalgotas.

El ding del ascensor los salvó. Las puertas se abrieron. Se recompusieron como pudieron, como si fueran dos adolescentes culpables. Al entrar al apartamento, la euforia de Lorena se desinfló. El piso era pequeño, incluso más que el cuchitril del que venía. Dos pensionistas jubilados que vivían, principalmente, del dinero que su hijo les enviaba mes con mes desde la gran manzana. “¿Qué chucha esperabas?”, se preguntó. “Bueno, peor es la calle”. Suspiró, resignada, y se dirigió a la que sería su habitación. El cuarto del hijo ausente, un joven que trabajaba en la gran ciudad y mandaba dinero de vez en cuando a sus viejos.

Empezó a ordenar, a vaciar las maletas en un intento de crear un espacio propio. el tiempo pasó. Justo cuando se daba cuenta de la hora, unos golpes en la puerta la sobresaltaron. Era Ricardo.

      ¡A cenar!

Dani salió corriendo hacia la cocina como una bala. Ricardo aprovechó el vacío. Se coló en la habitación, cerró la puerta a medias y volvió a la carga, sus manos torpes y desesperadas sobre ella.

      ¡No seas bruto, nos van a descubrir! — siseó lorena, empujándolo.

Desde la cocina llegaban las risas de Felisa y su hija. El sonido la hizo cambiar de táctica. Su mano bajó de nuevo y palpó la erección de Ricardo. Estaba como una puta piedra. Se acercó a su oído.

      Si te portas bien…— le susurró, su aliento una promesa venenosa— …quizá pueda hacer algo por ti cuando la santa de tu mujer se duerma.

Antes de que pudiera salir, la mano de Ricardo fue más rápida. ¡Plas! ¡Plas! Dos latigazos secos y sonoros contra la tela del vestido, cada uno una marca de propiedad. Estaba loco por ella, una obsesión febril en sus ojos. Finalmente, la soltó.

La cena fue un ejercicio de normalidad forzada. Felisa hablaba sin parar, un monólogo nostálgico sobre la madre de Lorena, una mujer muerta que ahora servía de excusa para esta farsa. Lorena asentía y sonreía, pero por dentro se estaba ahogando. Miró a Dani, que comía su pollo con una inocencia brutal. Un nudo de remordimiento se le formó en la garganta. “Tu madre es una puta, Dani,” pensó, la frase un ácido en su mente. “Pero esta puta te jura que no dejará que pases hambre ni un solo día.”

El zumbido de su celular fue una interrupción divina. Margarita, madre del chico que había desvirgado el otro día. Otra de las tantas viejas de su antiguo edificio que la observaban con desprecio. La única sonrisa que recordaba en su rostro, fue el día que le comunicó que se marchaba, sin un céntimo, y le ofreció su número por si acaso, por si sabía de "algo". Lo que fuera. Para su sorpresa, Margarita lo aceptó.

      ¿Aló?

La voz de Margarita, al otro lado, fue directa, sin rodeos inútiles. Una familia adinerada buscaba una empleada a tiempo completo. El sueldo, añadió, era bueno.

      Estaré ahí mañana a primera hora—, dijo Lorena sin dudarlo.

Colgó. Una chispa de esperanza, algo que no sentía hace meses.

      Una conocida me consiguió una entrevista de trabajo—, anunció a la mesa, su voz más firme de lo que se sentía.

La cara de Felisa se iluminó.

      ¡Ay, hija, qué buena noticia!

Ricardo, en cambio, la miró como si le hubiera anunciado que se metía a monja.

Lorena ignoró su cara de culo y le sonrió a su hija. Si conseguía ese trabajo… era un nuevo comienzo. La dirección era en una zona acomodada. Empezar de cero, solo ellas dos. Ganarse la vida sin tener que ir prestando las nalgas como una puta cualquiera. El pensamiento fue tan liberador que casi la hizo reír. Casi.

***

Lorena se giró en la cama, el peso de Dani a su lado era el único ancla a una realidad que se le escurría entre los dedos. El vibrar insistente del teléfono sobre la mesita de noche anunció un mensaje de Ricardo.

“La vieja ya se durmió. ¿Sales o entro?”

Un suspiro escapó de sus labios. La mano bajó instintivamente, la concha ya húmeda, traicionera. "Cálmate", se ordenó, mientras sus dedos tecleaban la respuesta. "Ya salgo."

Se deslizó fuera de la cama, vistiéndose con uno de sus pijamas más diminutos. El top, un simple triángulo de tela, apenas cubría los pezones, dejando la mitad inferior de sus pechos al descubierto, una provocación velada. Los shorts, poco más que un adorno, se perdían en la curva de sus nalgas, cortados tan alto que sus piernas parecían alargarse hasta el infinito. "Así como estoy, este animal va a querer cogerme", pensó, una punzada de preocupación mezclada con una extraña excitación. "Demasiado peligroso". No era precisamente una mujer silenciosa en la cama; sus gemidos podrían despertar a los muertos, no digamos a Felisa en la habitación contigua.

Salió de la habitación como un fantasma, cada paso una coreografía silenciosa para evitar el crujido de las tablas del suelo. La sala estaba sumida en la penumbra, solo rota por la luz azulada y parpadeante del televisor. Ricardo era una silueta tensa junto al sofá, su respiración ronca y audible en el silencio. Desde que la había visto bajar del coche, su mente se había convertido en un bucle pornográfico: la forma en que los shorts de mezclilla se aferraban a sus nalgas, el sutil bamboleo de sus pechos en el ascensor, el aroma embriagador de su piel. Estaba obsesionado, consumido por una urgencia primitiva, las ganas de reventarla contra la pared.

En cuanto Lorena cruzó el umbral de su campo de visión, Ricardo se lanzó. No hubo preámbulos, ni palabras. La agarró con una fuerza sorprendente, empujándola contra el mueble del televisor, su cuerpo pesado aprisionándola. Sus manos, torpes y calientes, estaban por todas partes, una intentando colarse por el minúsculo short, la otra manoseando su pecho con una desesperación casi violenta. Intentó arrancarle el top, pero Lorena se resistió, no con miedo, sino con una fría y calculadora estrategia.

      ¡Shhh… para, bruto! —, siseó, su voz una navaja en la oscuridad—. Nos van a oír, imbécil—.

Lo empujó, usando su propio peso contra él. Viendo que la fuerza bruta no funcionaría, cambió de táctica. Le agarró la cara con una mano.

      Tranquilo… te dije que tendrías tu recompensa.

La promesa lo detuvo. Se quedó quieto, jadeando como un perro.

Con un movimiento lento y deliberado, Lorena se deslizó por su cuerpo hasta arrodillarse. Le bajó los pantalones y los calzoncillos de un tirón. Su polla, liberada, saltó hacia arriba, dura y palpitante. No era especialmente larga, pero era gruesa, un ariete. Perfecta para su boquita.

Lorena levantó la vista, le dedicó una sonrisa descarada, de puta profesional, y procedió a masajearla con una mano, cubriéndola lentamente de saliva.

Sus manos se movían con una precisión que solo la práctica repetida puede otorgar. Antes de que pudiera decir nada, Lorena tomó la polla de Ricardo por la base y se la pasó por la cara, arrastrando la cabeza húmeda por su mejilla y luego por el mentón, como si fuera un pincel grotesco. Luego, la sacudió un par de veces contra su piel, la humedad y el calor de su piel se mezclaron con la textura de su miembro.

      Déjame ver esas tetas—, gruñó Ricardo, su voz ronca de deseo.

Lorena obedeció, sus dedos hábiles desatando los tirantes del top con un movimiento fluido. Sus senos se derramaron, pesados y llenos, liberados de su prisión de tela. Los pezones, dos balas duras, la traicionaron al instante, erizados por el frío de la habitación o por una chispa más primigenia que se negaba a ignorar. Siempre había sido así; su cuerpo, un animal indomable, respondía al estímulo más básico, y ella, con la pasión a flor de piel, sentía que algo en su interior estaba a punto de explotar.

Con una sonrisa que no llegó a los ojos del viejo, tomó la verga de nuevo y la arrastró sobre sus pechos, dibujando círculos lentos alrededor de sus pezones erectos, viendo cómo Ricardo contenía la respiración.

La paja empezó lenta, un vaivén metódico y torturante. Luego, el ritmo se aceleró, sus nudillos rozando la base con cada embestida de su muñeca, sus dedos apretando justo lo necesario.

Decidió darle el show completo. Juntó sus tetas con el antebrazo, creando un canal carnoso y apretado, y procedió a meterle la polla en medio. El resultado fue… decepcionante. Su polla, aunque gruesa, no era lo suficientemente larga. Se hundía en la carne de sus senos, pero apenas sobresalía por el otro lado. No era la imagen de poder y exceso que a ella le gustaba crear.

Con un suspiro de impaciencia, Lorena se apartó, sus ojos brillando con una mezcla de determinación y deseo. El canal entre sus senos era un buen valle, pero su boca era un abismo.

Con un movimiento fluido, se inclinó, su melena cayendo como una cortina oscura a cada lado de su rostro. Escupió una cantidad generosa de saliva sobre el glande brillante y lo besó, una caricia húmeda y lenta, probándolo. Luego, sus labios empezaron un peregrinaje por el tronco, besando y lamiendo la piel tensa hasta la base. Su lengua salió a jugar, un trazo largo y provocador desde los huevos hasta la punta, pintándolo de saliva. Finalmente, abrió la boca y se lo tragó todo. De un solo golpe, hasta la garganta.

Lo miró desde abajo, con esos ojitos de puta viciosa que le salían con una naturalidad que la asustaba y la empoderaba a la vez. Y entonces lo sintió. Una punzada de calor en el bajo vientre. Su conchita, que de por sí ya estaba bien húmeda, ahora la sentía completamente encharcada. El sabor salado de esa pinga le estaba empezando a gustar demasiado.

Entonces empezó el verdadero espectáculo.

Lorena empezó a chuparle la verga como una posesa, una fuerza de la naturaleza desatada en la sala oscura. Si las mejores actrices porno del mundo la vieran ahora, estaba segura de que estarían orgullosas. Su cabeza se movía en un ritmo hipnótico, su garganta abriéndose y cerrándose sobre él, mientras su mano libre le masajeaba las bolas con una precisión quirúrgica. El sonido era obsceno, una sinfonía húmeda de succión y carne. El pobre Ricardo apretaba los dedos en el tapizado del sillón, sus nudillos blancos, su rostro una máscara de éxtasis y agonía, como si le estuvieran succionando el alma a través de la polla.

Aceleró, sus movimientos volviéndose un borrón, puro instinto. Ya no pensaba. Ricardo balbuceó algo, una súplica, una orden, pero ella no lo escuchó, perdida en su propia performance. "Uhmmm… que ricaaaa", pensó con un desvergonzado. "¡Ay que ricaaa… que rica vergaaaaa."

El cuerpo de Ricardo se arqueó, un espasmo violento. No podía seguirle el ritmo.

      ¡Me… me corrooo! ¡me corrooooo! —, gritó en un susurro ahogado.

Y Lorena siguió chupando. No se detuvo. No iba a detenerse.

Sintió la primera pulsación en el fondo de su garganta y succionó con más fuerza. Manguerazo tras manguerazo de lefa espesa y caliente fue disparada contra su esófago. A Lorena le encantaba tragar leche, así que no dejó ni una puta gota, tragando con avidez cada oleada.

Cuando él terminó, flácido y temblando, ella no paró. Siguió chupando, ordeñando, sacando hasta el último eco de su orgasmo, hasta dejarlo completamente seco, un pellejo inútil.

Finalmente, se retiró lentamente. Lo miró a los ojos, con una calma depredadora. Abrió la boca y le enseñó la lengua, limpia, dándole a entender sin palabras que se lo había tragado todo. Que no quedaba nada.

Ricardo se quedó tirado en el sofá, un trapo usado. Jadeaba, con la mirada perdida en el techo.

      Te dije que pararas—, se quejó, su voz un hilo débil—. Joder, Lorena… te avisé. Quería metértela…

Lorena se puso de pie, estirándose como una gata. Se acercó a él y le pasó un dedo por el labio inferior.

      Lo sé, mi amor—, susurró, su voz un ronroneo bajo y burlón—. Pero tu verga estaba tan rica que no pude controlarme.

Con una sonrisa satisfecha, se dirigió al baño, dejando a Ricardo en un estado de total rendición, incapaz de moverse, con la mente aún atrapada en el eco del éxtasis que ella le había provocado.

Después de enjuagarse la boca, volvió a su habitación y se deslizó en la cama junto a Dani. Pero el sueño no llegaba. El calor que había empezado en su boca ahora se había instalado en su vientre, una brasa ardiente. Dio vueltas, la tela barata del pijama rozando su piel sensible. Tuvo que admitirlo: ella también hubiera preferido que se corriera dentro. La idea de sentirlo llenándola era ahora una necesidad física.

No podía más con la calentura.

Con su hija durmiendo a centímetros, su mano viajó hacia su intimidad. Se apretó las tetas con el otro brazo, pellizcando sus propios pezones ya duros. Luego, se metió dos dedos en la concha, ya empapada. Se masturbó con furia, una furia silenciosa y desesperada, tratando de controlar los gemidos que amenazaban con escapar de su garganta.

No lo consiguió. Hundió la cara en la almohada, mordiéndola para ahogar los sonidos guturales que brotaban de su interior. Era una batalla perdida. A duras penas lograba contener los gritos de placer. Esta sesión era infinitamente más rica que la de la ducha. Esto era para ella. Solo para ella. El recuerdo de la polla de Ricardo en su garganta, el sabor de su leche… todo se mezcló en un cóctel explosivo.

Solo cuando un orgasmo violento y silenciado la sacudió por completo, dejándola temblando y sin aliento, se quedó dormida.

***

El suave hilo de luz que se colaba por la ventana la despertó. Lorena parpadeó, el techo desconocido sobre ella. Extendió la mano, buscando su teléfono en la mesita de noche improvisada, y miró la hora: las seis y media de la mañana. Demasiado temprano. Pero no para todos.

      Mami, quiero pis —la vocecita de Dani la sacó de sus pensamientos.

Lorena se levantó, desperezándose con un bostezo. Ayudó a su hija a cambiarse el pijama y la llevó al baño. Mientras la pequeña hacía sus necesidades, Lorena se miró en el espejo, los ojos grandes y expresivos, aún con el brillo de la noche anterior. Ricardo... su verga, y toda su leche yendo a parar al fondo de sus entrañas.

      Quiero ir con la abuela Felisa —dijo Dani, aferrándose a su pierna.

"La abuela Felisa", pensó Lorena con una punzada de ironía. Bajaron a la cocina, donde Felisa ya estaba preparando el desayuno.

      Buenos días, Lorena. Buenos días, mi vida —saludó Felisa a Dani con una sonrisa. —Voy a la panadería. ¿Quieres que me lleve a la niña? Así tú puedes ducharte y cambiarte con tranquilidad para tu entrevista de trabajo.

Lorena sintió un alivio inmenso.

      Sí, por favor, Felisa. Muchísimas gracias.

      No te preocupes. Si tardamos, no te agobies. A estas horas suele haber mucha gente y seguro que tengo que hacer cola —dijo Felisa, dándole un beso a Dani en la cabeza.

Lorena las despidió, el sonido de la puerta al cerrarse resonando en el silencio de la casa. El cosquilleo en su cuerpo se intensificó, un fuego lento que empezaba a arder. Solos en la casa. Un silencio denso la envolvió, casi palpable. Los pasos de Lorena resonaron apenas en el pasillo mientras se dirigía, como atraída por un imán invisible, hacia la puerta de la habitación de Felisa y Ricardo. Una oportunidad de oro, pensó. Y estaba en sus manos que pasara o no.

Estaba a punto de levantar la mano para llamar, el corazón latiéndole con fuerza en el pecho, cuando se detuvo. No. No así. Iba a tener que aprovechar cada maldito minuto.

Corrió de vuelta a su habitación, la adrenalina corriendo por sus venas. Sus manos, ágiles y urgentes, despojaron su cuerpo de la ropa, que cayó al suelo como hojas secas. En un instante, su figura emergió en toda su gloriosa desnudez: un espectáculo de tentación natural. Sus pechos, grandes y bronceados, desafiaban la gravedad con su firme turgencia, mientras que sus nalgas, hiperredondas y jugosas, eran un himno a la sensualidad desinhibida.

Con una confianza que emanaba de cada poro, se aventuró de nuevo al pasillo, sintiendo el roce del aire fresco contra su piel expuesta, un escalofrío que no era de frío sino de pura anticipación. Entró al baño, dejando una toalla impoluta y ropa limpia para la entrevista.

“Ahora, a cachar, carajo”.

Con una sonrisa que prometía todo, volvió a la habitación de Felisa y Ricardo. Aporreó la puerta, el sonido resonando con fuerza en el silencio de la mañana.

      ¡¿Qué pasa?! —la voz adormilada de Ricardo gritó desde el interior.

La puerta se abrió de golpe, revelando a Ricardo con el pelo revuelto y los ojos entrecerrados por el sueño. No era de los que madrugaban. Pero su rostro, que al principio mostraba una mezcla de confusión y enfado, cambió de inmediato. Sus ojos se abrieron de par en par, fijos en ella. La vio. La vio desnuda, con esa sonrisa calenturienta en sus labios, tal como Dios la había traído al mundo. El sueño se disipó de golpe, reemplazado por una chispa de asombro y, finalmente, un deseo inconfundible.

La sonrisa de Lorena se ensanchó al ver la reacción de Ricardo. Sus ojos, ya completamente despiertos, se clavaron en ella, escaneando cada centímetro de su figura. Se detuvieron en sus pechos, que se alzaban firmes y desafiantes, coronados por pezones bien paraditos que apuntaban en su dirección. Las curvas de sus senos eran un espectáculo morboso, dos promontorios perfectos que temblaban ligeramente con su respiración. Luego, la mirada de Ricardo descendió, sin prisa, por su abdomen liso hasta llegar a su entrepierna. Allí, la pequeña línea de vello púbico oscuro enmarcaba la entrada de su vagina, un pliegue húmedo y ardiente que parecía latir con vida propia.

El viejo se quedó mudo, sus labios entreabiertos, incapaz de articular palabra, su cerebro procesando la imagen imposible que tenía delante. Lorena no esperó más. Con un empujón decidido, lo hizo retroceder al interior de la habitación y cerró la puerta con un golpe seco.

      No tenemos mucho tiempo —susurró, con la voz teñida de urgencia y picardía.

Ricardo, asintió, su mente ya en sintonía con la suya. Sin perder un segundo, comenzó a desvestirse, sus manos temblorosas liberándolo de la ropa que de repente parecía una barrera insoportable. Cuando ambos estuvieron completamente desnudos, se abalanzaron el uno sobre el otro, sus bocas encontrándose en un beso voraz que supo a desesperación y anhelo. Las manos de Ricardo recorrieron con avidez su espalda, sus nalgas turgentes, y luego subieron para aprisionar sus pechos, amasándolos con una necesidad primitiva. Lorena, por su parte, ya había encontrado la erección de Ricardo, y sus dedos hábiles comenzaron un ritmo excitante, llevándolo al borde. La respiración se volvió pesada, los gemidos ahogados. La urgencia se había apoderado de ellos, y el deseo de unirse, de fundirse, era ya insoportable.

Entre manoseos y gemidos ahogados, llegaron a la cama, sus cuerpos entrelazados como lianas. Ricardo, con una desesperación apenas contenida, se abalanzó sobre sus pechos. Su boca caliente los devoraba con avidez, succionando y mordisqueando sus pezones endurecidos mientras Lorena arqueaba la espalda, un suspiro escapándose de sus labios.

      ¡Métela ya! ¡Por favor, métela de una puta vez! —gimió Lorena, su voz estrangulada por el placer y la impaciencia. Sentía un torrente de humedad entre sus piernas, el deseo desbordándose, pidiendo a gritos ser saciado.

Ricardo, con los ojos inyectados en sangre y la respiración entrecortada, se colocó entre sus piernas, abriéndolas con una mano firme. No podía creerlo. No podía creer que aquella hembra, aquel monumento a la carne, estuviera bajo él, en su propia cama. La contempló, sus ojos devorando cada curva, cada detalle de ese cuerpo esculpido por los dioses. Parecía una muñeca inflable, con esas tetotas turgentes y ese trasero que prometía el cielo y el infierno a partes iguales. Su cuerpo era la fantasía más depravada de un degenerado hecha realidad, pero era real. Oh, sí, era real, y Lorena lo sabía, y se deleitaba en esa certeza.

La miró de nuevo, su polla palpitante rozando sus labios vaginales, la punta bailando en el umbral húmedo. Lorena, al borde del éxtasis y la agonía, volvió a rogarle:

      ¡Clávamela, ya! ¡Clávamela de una puta vez, Ricardo!

Entonces, él apuntó, con la precisión de un depredador, y se la hundió de un solo envión, con una fuerza que hizo temblar el colchón. Un alarido de puro placer escapó de los labios de Lorena, un grito visceral que resonó en la habitación, inconfundiblemente suyo. Siempre había sido escandalosa a la hora de tener sexo, y hoy no sería la excepción. Ricardo la montó entonces como una bestia salvaje, sin piedad, sin freno, entregado por completo al frenesí de la carne.

El alarido inicial de Lorena se transformó rápidamente en un coro de aullidos, como una loba en celo que celebraba la penetración. Sus gemidos llenaban la habitación, una sinfonía de placer y desenfreno que se elevaba con cada embestida de Ricardo.

      ¡Aaahhhhh….!  ¡Aaaahhhh, no pareeess! ¡Aaaaay uhmmm… ma…mássssss fuerteeeeee, Ricardoooooooo! —, suplicaba, su voz arañando el aire, una petición insaciable que espoleaba al viejo a nuevas alturas de furia carnal.

Ricardo, con la sabiduría de años de experiencia y un vigor inesperado, arremetía con movimientos fieros y profundos. Cada empuje era un martillo contra el yunque de su pelvis, y Lorena lo recibía, contoneándose deliciosamente bajo él, apretando su verga con los músculos de su coño, envolviéndolo, exprimiéndolo, elevando la fricción a límites insoportables. La cama, testigo mudo de su pasión desbordada, chirriaba y protestaba con cada embate, un ritmo sincopado que se unía a los gemidos y aullidos, creando una banda sonora cruda y primitiva.

Poco después, con el sudor perlado en sus frentes y los alientos mezclándose en un vaho cálido y húmedo, Lorena buscó la boca de Ricardo. Sus lenguas se entrelazaron con desesperación, un beso salvaje y húmedo que se prolongaba mientras sus cuerpos seguían el frenético baile de la cópula. Se morreaban sin tregua, saboreando el aliento del otro, el gusto a lujuria y sal, mientras las embestidas de Ricardo se hacían más y más feroces.

Para Lorena, el misionero siempre había sido una de sus posiciones favoritas. Le encantaba la intimidad del contacto visual, la posibilidad de ver la expresión de éxtasis en el rostro de su amante mientras él la poseía por completo. Desde esa posición, podía sentir cada centímetro de la verga de Ricardo, cada músculo de su cuerpo trabajando para darle placer. Era una conexión visceral, profunda, que la hacía sentirse poseída en cada fibra de su ser.

Ricardo, con los ojos fijos en los suyos, empezó a susurrarle cosas sucias, palabras cargadas de obscenidad que encendían aún más el fuego en sus entrañas. Le decía lo perra que era, lo bien que se sentía tenerla abierta bajo él, lo apretada que estaba, lo mucho que disfrutaba de sus aullidos. Cada palabra era una chispa, un combustible que avivaba la hoguera de su deseo.

      ¡Aahhhhhhh maaaaaaassssss! ¡Mételaaaaaa maaaaaasssss… maaaaassssss, Ricardooooo! ¡No pareeeeeessssss! —rogaba Lorena, sus caderas elevándose para recibir cada golpe con más fuerza, su cuerpo pidiendo ser penetrado hasta el fondo, hasta el alma. Quería sentir cada centímetro de él, quería que la destrozara con su virilidad, que la hiciera gritar hasta que su voz se perdiera en el éxtasis. La intensidad era abrumadora, el placer una marea creciente que amenazaba con arrastrarla a un abismo de sensaciones incontrolables. Quería más, mucho más, y no pararía hasta que su cuerpo se quebrara en el clímax.

Ricardo no necesitaba más invitación. Susurrando una nueva letanía de obscenidades en su oído, sus palabras se convirtieron en gruñidos guturales, el lenguaje perdiendo su forma ante la urgencia de la carne. Sus embestidas se volvieron más salvajes, más profundas, un pistón frenético que buscaba perforar su alma. Cada golpe hacía que sus tetas se sacudieran violentamente, un espectáculo hipnótico de carne temblorosa que lo volvía aún más loco. Lorena se aferró a él, sus uñas arañando su espalda, dejando surcos rojos en su piel sudorosa. No era dolor, era un mapa de su placer, una forma de marcarlo como suyo en ese instante robado.

La cama de matrimonio, el santuario de Felisa, protestaba bajo ellos, sus chirridos un ritmo desesperado que se unía a los aullidos de Lorena. Para ella, el mundo se había reducido a esto: la sensación de la polla de Ricardo llenándola, el peso de su cuerpo sobre ella, la expresión de pura lujuria animal en su rostro. Lo miraba a los ojos, y en ellos no veía al viejo barrigón y patético, sino a una bestia, su bestia, desatada por ella y para ella. Era una droga, una que superaba cualquier otra. Cada vez que él la embestía, ella levantaba las caderas para recibirlo, para tomarlo más profundo, su coño apretándose alrededor de él como un puño, ordeñándolo, exigiéndolo todo.

      ¡Asíííí, putaaaaaaa! ¡Asíííí me gustaaa oírte gritaaaaaaaar—, jadeó Ricardo, su aliento caliente mezclándose con el de ella—. ¡Gritaaaaaa…! ¡Gritaaaa paraaa miiiii, perraaaaa! ¡Que sepa todo el edificio a quién le pertenece este coño!

Sus palabras, en lugar de ofenderla, eran el combustible más potente. La idea de que alguien pudiera oírla, de que el eco de su placer prohibido se filtrara por las paredes, la llevaba a un nuevo nivel de excitación. Era la reina de este sórdido reino, y sus gemidos eran su decreto.

Con un movimiento brusco, Ricardo le agarró los tobillos y le subió las piernas hasta apoyarlas sobre sus hombros. El cambio de ángulo fue brutal. Lorena sintió la cabeza de su verga golpear directamente contra su cérvix, una sensación tan intensa que era una mezcla de dolor y éxtasis puro. Un grito agudo y desgarrado se le escapó, diferente a los anteriores. Este era involuntario, una reacción visceral a una profundidad que la estaba partiendo en dos. Ahora sí la estaba destrozando, y a ella le encantaba. El sonido húmedo y rítmico de sus cuerpos chocando se volvió más fuerte, un aplauso obsceno en el silencio de la mañana.

El placer comenzó a acumularse en su bajo vientre, una bola de energía eléctrica que crecía y crecía, amenazando con explotar. Sus músculos comenzaron a temblar, el preludio de la tormenta.

      ¡Me voy a correeeeeerrrrrrrrrrrr, Ricardooooooooo! ¡Aaaaaaaaahhhhhhh… me voy cortadaaaaaa! ¡Aaaaaaaaahhh! ¡Aaaaaaaaaahhhhh! ¡Me corroooooooooo!  

Su cuerpo se estaba volviendo ajeno, una marioneta de la sensación. El sudor le picaba en los ojos, su visión se desenfocaba, todo se concentraba en ese punto de fricción incandescente donde estaban unidos.

Y entonces, la presa se rompió. Un orgasmo violento y arrollador la sacudió desde la punta de los pies hasta la raíz de su cabello. Su espalda se arqueó de forma inhumana, levantándola de la cama mientras un alarido largo y agudo llenaba la habitación, un sonido de pura liberación animal. Sus paredes vaginales se contrajeron espasmódicamente alrededor de la polla de Ricardo, apretándolo, succionándolo en una serie de convulsiones incontrolables.

Su clímax fue el detonante final para él. Al sentir las convulsiones de ella, Ricardo rugió, un sonido gutural, primario, y se vació dentro de ella. Lorena sintió el torrente caliente de su leche inundando su útero, una sensación de plenitud absoluta que cumplía la fantasía que la había torturado la noche anterior. Él siguió bombeando, incluso mientras su orgasmo se desvanecía, asegurándose de que cada gota de su esencia quedara dentro de ella.

Finalmente, se derrumbó sobre ella, un peso muerto y sudoroso. La habitación quedó en silencio, salvo por sus respiraciones irregulares y el lejano sonido de un coche pasando por la calle. El olor a sexo, a sudor y a lefa era denso, casi tangible. Ricardo se quedó así un largo minuto, antes de retirarse lentamente, el sonido de su polla saliendo de su coño húmedo un eco obsceno en la quietud. Estaban cubiertos de fluidos, agotados, y la realidad, con su tictac implacable, comenzaba a regresar.

Felisa no tardaría en volver.

Con el cuerpo aún tembloroso por la descarga de placer, Lorena se incorporó de la cama, sus músculos protestando con cada movimiento. Las piernas le flaqueaban, apenas sosteniéndola, una clara señal del agotamiento dulce que la embargaba. A su lado, Ricardo había caído como un peso muerto, roncando suavemente, completamente rendido.

Mientras avanzaba por el pasillo, un escalofrío delicioso recorrió su piel al sentir el semen de Ricardo resbalar por sus muslos, tibio y pegajoso, un recordatorio palpable de la pasión que acababa de consumir. La humedad entre sus piernas era una evidencia de la batalla librada y ganada.

Justo en el momento en que sus pies descalzos tocaron el frío azulejo del baño, el sonido familiar de una puerta abriéndose resonó en la casa: Felisa. Una sonrisa cargada de picardía y satisfacción se dibujó en los labios de Lorena mientras se miraba al espejo empañado. No había mejor forma de empezar el día, pensó.


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