El
Reino Prohibido
Capítulo
I
Ash
“El fuego lo devoraba todo. Los gritos se mezclaban hasta
perder forma. Acero, carne, magia, caos. Luego, un silencio antinatural. El mar
borrándolo todo como si nunca hubiera existido. Mi cuerpo no respondía, me
sentía tan cansado. Las tinieblas se cerraban a mi alrededor.”
— ¡¡¡Ash!!!
¡¡¡¿Estás despierto, dormilón?!!!
Me sobresalté, abriendo los ojos de golpe. ¿Qué clase de
sueño había sido ese? Últimamente, esas visiones raras se estaban volviendo
demasiado habituales, lo peor era que cada vez sentía una extraña sensación de
pertenencia. Me froté el rostro con una mano pesada y me senté en la cama,
intentando sacudirme la pegajosa sensación. Intenté levantarme para abrir la
puerta, pero al poner un pie en el suelo, sentí una prominente erección en mis
bóxers. Una carpa gigantesca, dura como una columna de cemento. Mierda, no
podía abrir así. Rápidamente, empecé a buscar mi pantalón.
La puerta volvió a golpear, esta vez con más insistencia. No
contesté, mi mirada se desvió al suelo. Mierda, mierda, mierda. Un montón de
bolitas de papel con semen seco de la noche anterior estaban esparcidas cerca
de la cama. El pánico me invadió. Con manos temblorosas, recogí cada una de las
bolitas y las metí a toda prisa debajo de la cama. Justo cuando estaba
terminando, antes de que pudiera siquiera ponerme una camiseta, la puerta se
abrió de golpe.
—
El desayuno está listo, vago. Si no te mueves
ya, vas a llegar tarde otra vez.
Linda tenía los brazos en jarras, con una mirada de hermana
mayor regañando a su adolescente hermanito problemático. Su pijama, un encaje
negro semitransparente, apenas contenía la gloriosa explosión de sus curvas.
Los bordes de la tela se hundían en la suave carne de sus nalgas, dos globos
perfectamente redondos que se tensaban con su postura. Sus tetas, aunque no tan
gigantescas como las de las otras dos mujeres en esta casa, eran una delicia
firme y jugosa que bailaba bajo la fina tela. Su cabello largo, lacio y sedoso,
caía en cascada oscura sobre sus hombros, enmarcando su piel de un tono oliva
claro, suave y luminoso. Estaba descalza, sus pequeños pies con las uñas
pintadas de un rojo brillante.
No pude evitarlo; mis ojos se deslizaron por cada rincón de
su anatomía exquisita. Linda era mi gran amor desde los doce años, cuando su
sonrisa me había cautivado como un rayo. Siete años mayor, siempre había sido
mi diosa inalcanzable, la que me hacía palpitar el corazón con solo una mirada.
El tiempo había transformado esa devoción infantil en un amor sólido, callado y
cruel, porque ahora era la mujer de mi hermanastro, ocupando el lugar que en
mis sueños siempre había sido mío. Cada vez que la veía, sentía un nudo en el
pecho: deseo puro mezclado con celos que me quemaban por dentro, sabiendo que
sus curvas, que yo anhelaba tocar, eran para él.
Poco a poco, su semblante serio se partió en una sonrisa
burlona, y avanzó hacia mí. Sus tetas se balanceaban suavemente bajo el encaje,
y sus nalgas, esculpidas de forma obscena, se contoneaban con cada paso. Se
inclinó sobre la cama, estirándose, colocando su culo en pompa en una posición
tan sugerente que mi polla volvió a palpitar. Con un movimiento grácil, tomó un
pequeño pedazo de papel higiénico del suelo.
—
Ups, se te olvidó este último bajo la cama,
tontito. —Me lo dijo con una voz melosa, una risita ahogada en su garganta.
—
¿Qué? ¡¡¡Nooo…!!! —exclamé, sintiendo que la
sangre se me subía a la cara. ¡Idiota! Desde la puerta, se podía ver claramente
todo lo que había debajo de mi cama.
“Mierda. Mierda. Mierda.” Tartamudeé, tratando de
articular algo coherente.
—
No... no es lo que parece, Linda…
Ella solo se rió, su risa una melodía cristalina que, en ese
momento, sonó a tortura. Se dio la vuelta y, contoneándose con una gracia
innata, caminó hasta la ventana. El movimiento de sus caderas era una sinfonía,
su culo rebotando con cada paso, y mis ojos, hambrientos, no pudieron evitar
seguir el espectáculo. Abrió las cortinas de par en par, dejando que la luz del
sol inundara la habitación.
—
El día está fabuloso —dijo, estirando los
brazos.
“Tu cuerpo es fabuloso”, pensé, mi mirada devorándola
una vez más, cada curva, cada pliegue. Justo en ese momento, un llanto agudo
llegó desde el pasillo. El pequeño Jacob, el hijo de mi Chris y Linda, se había
despertado. Linda se giró de la ventana y corrió hasta la puerta, sus tetas,
llenas de leche para el bebé, se agitaron violentamente, golpeándose entre sí
bajo el encaje.
—
¡Vístete rápido y baja a desayunar! —me ordenó
desde la puerta —. O le diré a tu madre, que otra vez llegaste tarde por
hacerte el vago.
“Dios, qué afortunado era ese bebé”, pensé, teniendo
esas tetotas a su disposición, chupando de ellas cuando quisiera mientras yo
solo podía imaginarlo.
Me metí en el baño, cerrando la puerta con llave, y abrí la
ducha para ahogar mis pensamientos. El agua caliente me golpeó como una
cascada, pero no pude evitarlo: mi mano bajó a mi polla, aún dura por la visión
de Linda, y empecé a masturbarme furiosamente, imaginándola allí conmigo. La
veía enjabonando cada curva de su tremendo cuerpazo, las burbujas resbalando
por sus tetas, endureciendo sus pezones oscuros, bajando por su vientre hasta
perderse en el calor de su coño. En mi mente, ella sucumbía a mis caricias,
gimiendo mi nombre mientras la presionaba contra la mampara, mis manos amasando
sus nalgas carnosas, separándolas para hundirme en ella.
La escena se volvió frenética: la imaginaba pidiéndome que
la follara ahí mismo, su voz ronca suplicando: “Ash, fóllame duro… muy duro”,
mientras yo embestía desde atrás, su culo rebotando contra mis ingles con
golpes húmedos y sonoros, la carne suave temblando con cada impacto. Sus
grandes tetas aplastadas contra la mampara empañada, deslizándose arriba y
abajo, leche goteando de sus pezones por la excitación. Escuchaba en mi cabeza
sus gemidos de placer una y otra vez, la sensación de su coño apretándome como
un tornillo de banco me mataba. El orgasmo me golpeó como un rayo, eyaculando
chorros espesos contra la pared de la ducha, mi cuerpo convulsionando mientras sentía
como Linda llegaba al clímax al mismo tiempo.
***
Bajé las escaleras, y los animados parloteos de Sam y Lorena
llegaron a mis oídos. Al parecer estaban de muy buen humor. Antes de entrar a
la cocina, mis ojos se detuvieron en un pequeño retrato familiar sobre una
mesita del pasillo. Chris, con su uniforme militar impecable, sosteniendo a
Linda por la cintura mientras ella acunaba al pequeño Jacob de apenas un mes de
nacido. Hacía más de tres meses que Chris estaba trabajando en una base en
Oriente Medio, comunicándose por video cada semana, siempre alegre contando
anécdotas que nos hacían extrañarlo más. Todos en casa lo echábamos de menos, y
un nudo de culpa me apretó el estómago al pensar en mis deseos sucios por su
esposa.
Al entrar en la cocina, el aroma a especias y tortillas me
envolvió. Ahí estaban Lorena y Sam, riendo a carcajadas. Mi padrastro, rubio y
en una forma envidiable gracias a su adicción al gimnasio, como mi madre,
intentaba seguir las instrucciones de Lorena para preparar unos chilaquiles.
Él, un gerente regional de autos de lujo, siempre viajando, parecía un poco
torpe en la cocina, lo que solo aumentaba las risas de Lorena.
Ella, de piel canela y melena oscura, abundante y ligeramente
rizada, resplandecía en su vestido amarillo de verano en una visión imposible
de ignorar. El tejido delgado se adhería a sus curvas masivas, delineando sus
tetas enormes y pesadas que se mecían con cada gesto, globos de carne
aceitunada profunda y cálida que desafiaban la gravedad, los pezones oscuros
marcándose contra la tela fina como invitaciones prohibidas. Sus nalgas, un par
de hemisferios voluptuosos y temblorosos, se contoneaban ligeramente al
inclinarse, el vestido subiéndose lo justo para insinuar la plenitud redonda y
carnosa que hacía que mis ojos se clavaran allí sin remedio.
Lorena había llegado a casa hace siete años, contratada por
mamá para ayudar con las tareas del hogar. Recuerdo a Linda, acompañándola
muchas veces, así fue como la conocí, y así fue también como Chris la conoció y
se enamoró. Después de que se casaran, mamá y Sam decidieron que lo mejor era
que Lorena y Linda se quedaran a vivir con nosotros, como una familia. Al fin y
al cabo, la casa era lo suficientemente grande para vivir todos juntos. Que yo
supiera, Lorena no había vuelto a tener una relación; lo que sea que hubiese
ocurrido con su exmarido la había lastimado mucho. Era una mujer trabajadora,
la admiraba por ello. Pero no podía pasar desapercibida su impresionante figura:
esas tetas gordas y rebosantes que se desbordaban en cada movimiento, esas
nalgas anchas y suaves que me habían inspirado tantas pajas furiosas. Deseaba
su cuerpo con la misma intensidad que el de las otras mujeres en esa casa.
Estaba mal, lo sabía, pero no podía evitarlo.
—
Ash, cariño, siéntate. Ahora mismo te sirvo el
desayuno —dijo Lorena con dulzura. Sus tetas se balancearon pesadamente al movimiento,
el vestido amarillo estirándose sobre ellas como si estuviera a punto de
rasgarse.
Después de unos minutos, los tres desayunábamos en relativa
calma, el vapor de los platos subiendo mientras Sam y Lorena intercambiaban
bromas sobre el vecino que había chocado su deportivo nuevo.
—
¡Ese tipo maneja como si estuviera en una
película de acción! — soltó Sam riendo, y Lorena replicó con un guiño:
—
Ay, Sam, tú que vendes autos de lujo, deberías
enseñarle a manejar uno de verdad—. Sus risas llenaban el aire, pero yo comía
en silencio, el tenedor raspando el plato mientras mi vista era incapaz de
apartarse de las grandes tetas de la MILF.
—
¿Y mamá? —pregunté de repente. Llevé el vaso de
zumo de naranja a mis labios. —¿Sigue molesta?
Sam dejó de masticar.
—
No… no sé de qué hablas, Ash.
—
—¿Cómo qué no? —insistí, confundido. —Tú mismo
me contaste anoche que la compañía quiere que vueles a Chicago este fin de
semana, y que tus planes para irte de vacaciones a Barcelona con mamá se habían
vuelto a posponer.
Las palabras salieron con un tono que no pretendía, y el
silencio se tensó como una cuerda a punto de romperse. Sam finalmente suspiró.
—
No debí contarte nada anoche, estaba muy
borracho —dijo con un deje de frustración. —Pero sí, las vacaciones a Barcelona
se han vuelto a posponer, pero esta vez no solo por mi culpa —añadió, de forma
críptica.
El resto del desayuno transcurrió en silencio. Lorena
también parecía haber perdido el humor de hace un rato, su rostro volviéndose
más serio. Pensé que, al ser tan amiga de mi madre, se había enfadado con Sam
también después de escuchar todo lo sucedido.
El incómodo silencio se rompió cuando Linda entró en la
cocina, cargando al bebé. Jacob ya tenía ocho meses, gordito y creciendo muy
rápido. Lorena recobró la alegría al ver a su nieto, e inmediatamente se
levantó para acunarlo en sus brazos. Linda, vestida con un top deportivo y unos
leggings que le quedaban como un guante, estaba como para levantar un muerto.
—
¡Ay, mi pequeñito hermoso! — exclamó Lorena,
extendiendo los brazos para acunarlo contra su pecho abundante, el bebé
gorgoteando feliz mientras se hundía en esa calidez maternal.
Linda sonrió, ajustando el top que se tensaba sobre sus
curvas, y se acercó a la nevera para tomar una botella de agua fría.
—
Mamá, ¿podrías cuidarlo un rato? Voy a salir a
correr—. Dio un sorbo, el agua goteando por su barbilla hasta su escote, y yo
no pude evitar imaginar lamiéndola de allí.
—
¿No prefieres usar la cinta? —le pregunté, mi
voz saliendo más ronca de lo normal, los ojos fijos en cómo los leggins se
adherían a sus muslos gruesos y a la plenitud de su trasero.
Ella negó con la cabeza, riendo suavemente mientras se ataba
el cabello en una coleta.
—
Hoy quiero salir y respirar un poco de aire puro
—respondió, estirándose.
Sam le hizo un cariñito al bebé, antes de levantarse.
—
Yo iré a mi estudio a hacer unas llamadas —dijo.
Luego, me lanzó una mirada significativa—. No llegues tarde, Ash... y no se te
olvide despedirte de tu madre.
Me levanté, tomando mi mochila del respaldo de la silla, y
me despedí con un "Nos vemos luego" a Lorena y Linda, quien me
guiñó un ojo que me aceleró el pulso. Tal como dijo Sam, me dirigí a ver a
mamá, atravesando la espaciosa propiedad, hasta llegar al mini-gimnasio que mis
padres habían construido el año pasado. Pero cuando fui a abrir la puerta, una
visión me golpeó en el instante en que la abrí, destrozando toda mi confianza.
Me quedé en shock, embelesado con esas tetas y ese culo de
campeonato. A sus cuarenta años, mi esbelta progenitora no podía estar en mejor
forma; su escultural figura parecía sacada de un comercial de televisión, o
mejor aún, de una escena de PornHub. Sus largas piernas estaban extendidas en
direcciones opuestas, formando entre ellas un ángulo de ciento ochenta grados.
Sus pantalones cortos se habían pegado a su abultado culo, exponiendo un
corazón perfecto, listo para ser amasado y degustado de todas las formas
posibles.
Aquel coñito húmedo pegado a la tela hizo que yo sacara mi
teléfono y me pusiera a grabar, consciente del riesgo de ser descubierto con un
simple movimiento. No me importó; me entregué a ese festín de carne
completamente ido y fuera de mí. Estuve a punto de lanzarme encima de ella en
varias ocasiones, sobre todo cuando paraba sus nalgas y ondeaba sus caderas en
un ejercicio de estiramiento que jamás había visto. Cuando se colocó de
perrito, supe que estallaría en mis calzoncillos si no hacía algo en ese
momento.
—
Ehhh… mamá… yo…
—
¡Ash, Dios! ¡Me asustaste! —dijo, llevando una
de sus manitas a su abundante pecho.
Pecado o no, con cada día que pasaba, me resultaba más
difícil contenerme cuando la veía. Sabía que estaba mal, que no debía tener
esos pensamientos. Pero simplemente no podía evitarlo; aquel mar de carne en
perpetuo movimiento no dejaba indiferente a ningún hombre sobre la faz de la
Tierra.
—
¿Te vas a quedar ahí? ¿No se te hace tarde para
ir a la escuela?
Admirando por enésima vez su figura, me quedé sin palabras.
En mi vasto conocimiento del porno: sus tetas eran más grandes que las de la
actriz porno Angela White, y su trasero más grande, redondo y en forma de
corazón que el de la leyenda Alexis Texas. Una hembra con un cuerpo capaz de
poner a temblar a cualquier mortal y que, por si fuera poco, con cada año que
pasaba parecía ponerse mejor.
—
Yo… no… no quise molestarte… —dije, balbuceando.
—So-solo venía a despedirme…
Su apetecible cuerpo de estrella del porno, emitió un jadeo
suave que me hizo temblar hasta los huesos, el sonido reverberando en mi polla
endurecida.
—
Que tengas un lindo día, amor… cuídate mucho…
La vi dirigirse a la cinta de correr. Tomé todo el aire que
pude y dejé de respirar en ese preciso instante. Su camiseta sin mangas con la
frase: “I am the American Dream”, en el centro, le quedaba a la
perfección. Su largo cabello dorado empezó a agitarse, a la par con aquellas
pesadas tetas que rebotaban con violencia, casi peleando por escapar en cada
zancada, mientras sus nalgas, subiendo y bajando, eran una oda a todo buen
amante de los culos grandes y gordos.
—
Te vas a hacer tarde otra vez, mi amor —dijo con
una voz cantarina tan sexy que casi me hizo eyacular ahí mismo.
—
Eeeh… yoo… si… ya me voy… —respondí, obligándome
a salir con todas mis fuerzas.
***
Velaine no aparece en los mapas con letras grandes; apenas
un punto discreto en el corazón del Silver Lake National Park, como si el mundo
hubiese decidido guardarlo en secreto. Somos poco más de mil doscientas almas
respirando al mismo ritmo que los bosques que nos rodean. Aquí los pinos se
alzan como columnas de una catedral verde, las cuevas bostezan en la roca con
promesas de historias no contadas y los lagos, tan quietos que parecen espejos
sagrados, reflejan un cielo que rara vez conoce el humo o la prisa. Dicen que
es un destino místico, que sus senderos están cargados de leyendas antiguas y
que los turistas llegan cada verano atraídos por esa mezcla de silencio y
misterio, como abejas buscando miel. Yo no necesito folletos que me lo
expliquen: me basta con respirar para saber que pertenezco aquí.
Cruzo la carretera principal sobre mi bicicleta, dejándome
envolver por ese paisaje que nunca me cansa. El asfalto es una cinta estrecha
que serpentea entre hileras de árboles altos y espesos; sus copas se inclinan
sobre mí como si quisieran susurrarme algo que solo los nacidos aquí podemos
entender. El aire huele a resina, a tierra húmeda, a agua fría escondida entre
las rocas. Pedaleo sin prisas al principio, contemplando cómo la luz del sol se
filtra entre las ramas y dibuja sombras movedizas sobre el pavimento. Cada
curva me ofrece una postal distinta, y yo la devoro con la mirada como si
temiera que algún día deje de pertenecerme.
Es mi último semestre. La palabra “último” pesa más
que la mochila que llevo a la espalda. Cuando me gradúe, mamá y mi padrastro
querrán que elija una universidad, que salga de Velaine, que busque algo “más
grande”. Más grande que esto, pienso, mientras observo la línea
interminable de árboles abrazando la carretera. ¿Existe algo más grande que un
lugar donde todos saben tu nombre, donde cada sendero guarda un recuerdo tuyo?
La idea de marcharme me oprime el pecho. No quiero irme. Amo este pueblo con
una devoción casi absurda. Estoy orgulloso de decir que soy de aquí. No logro
imaginar mi vida en una ciudad donde el cielo esté recortado por edificios y no
por montañas.
Mis pensamientos empiezan a girar más rápido que las ruedas,
así que pedaleo con más fuerza, como si pudiera dejar atrás las dudas. El
viento me golpea el rostro y me obliga a entrecerrar los ojos; subo el volumen
de mis audífonos hasta que la música ahoga cualquier otra cosa, incluso el
murmullo constante del bosque. Acelero. Si vuelvo a llegar tarde, mamá me va a
matar. Me inclino un poco sobre el manubrio y dejo que la velocidad me despeje
la cabeza. No escucho nada más que la batería retumbando en mis oídos y mi
propia respiración acompasada.
No percibo el rugido hasta que ya es tarde. Un camión enorme
aparece detrás de mí como una bestia metálica; al rebasarme, el conductor hace
sonar la bocina con una violencia que atraviesa la música y me sacude los
nervios. El susto me paraliza un segundo fatal. Pierdo el equilibrio. La rueda
delantera se tambalea y, antes de poder corregir, la bicicleta se desliza hacia
el borde de la carretera. Siento el vacío bajo mis pies y luego el suelo
desaparece. Caigo colina abajo, rodando entre tierra y piedras. Me golpeo las
piernas, los brazos, la cabeza. Todo gira. El cielo y la tierra se intercambian
lugares una y otra vez mientras mi cuerpo rebota sin control.
Sigo rodando hasta que el mundo se abre en un pequeño
estanque oculto entre matorrales. El impacto contra el agua me arranca el aire;
me hundo con una fuerza brutal y mi cabeza choca contra algo sólido. Un
destello blanco atraviesa mi visión. Siento el sabor metálico de la sangre mezclándose
con el agua fría que me rodea. Intento moverme, pero mis extremidades pesan
como si no me pertenecieran. El sonido se vuelve lejano, amortiguado, y la luz
se apaga lentamente, como si alguien cerrara una puerta. Todo se vuelve negro.

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