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El Reino Prohibido: Prólogo


 

El Reino Prohibido

Prólogo

Abrí los ojos con la pesadez, sintiendo cómo mis pestañas luchaban por despegarse. Mi consciencia flotaba en una neblina post-orgásmica, densa y dulce. Lo primero que registré fue el peso obsceno sobre mi propio pecho; mis enormes tetas, esos cántaros de carne lechosa que siempre han sido mi maldición y mi orgullo, estaban embadurnados de un espeso glaseado seminal. Brillaban en la penumbra como dos montañas nevadas tras una tormenta, la cálida semilla de hombre escurriendo perezosamente por mis pezones hinchados y oscuros, trazando caminos húmedos hacia mi vientre y estancándose en el valle profundo de mi sexo. Sentía mi propia concha todavía palpitando, dilatada y hambrienta, como si toda la leche dentro no hubiera sido suficiente.   

El aire de la habitación estaba viciado, cargado con ese olor inconfundible a sexo duro, almizcle y feromonas femeninas desatadas. Mis oídos captaron el sonido rítmico, casi violento, de carne impactando contra carne, un clap-clap húmedo y visceral que resonaba como aplausos en un teatro de depravación. Giré la cabeza sobre la almohada empapada y me encontré con una visión que desafiaba la lógica. A mi lado, removiéndose entre las sábanas revueltas, estaba Kysara, la mujer más poderosa de Kertagar, cuya altivez suele ser tan intimidante como su figura. Yacía allí, despojada de toda dignidad real pero rebosante de una carnalidad grotesca. Su cabello color miel, revuelto por la pasión, le caía desordenadamente sobre los hombros. Sus tetas, aún más masivas y pesadas que las mías, se desparramaban hacia los lados, cubiertas también de ese néctar viril que nos había inundado a todas.

Kysara me miró, y en sus ojos no había vergüenza, solo la complicidad sucia de una perra en celo. Su cuerpo, una arquitectura de curvas demenciales y obscenas, parecía brillar con una capa de sudor y semen. Sus caderas, tan anchas que podrían parir ejércitos, se mecían levemente, y pude ver cómo sus nalgas, dos globos de carne suave y trémula, temblaban con cada respiración. Me dedicó una sonrisa lasciva, relamiéndose los labios como si aún saboreara la verga que la había dejado en ese estado. La comprensión tácita entre nosotras era eléctrica: habíamos sido usadas, vaciadas y rellenadas como meros recipientes de placer, y nos encantaba.

      ¡Aaahhh…! ¡Aaaahhhh! ¡Aaaahhhh… Aaaahhhhh… tu vergaaaaaa…! ¡Aaaaahhh no puedo maaaaasssssssss…!

El grito desgarró la penumbra, una súplica gutural que nos hizo girar la cabeza al unísono hacia el origen del escándalo. Frente a nosotras, la cama principal gemía bajo un castigo brutal. Me froté los ojos, tratando de enfocar a través de la oscuridad y el mareo residual. La luz de la luna, fría y plateada, se filtraba por la ventana, iluminando una cascada de cabello color jade que se agitaba frenéticamente. Y entonces la vi: los cuernos curvos, inconfundibles, recortados contra la luz. Era la reina súcubo, entregada a una danza de apareamiento primitiva.

Yarmila estaba montada sobre el príncipe Darkan, cabalgándolo con una ferocidad que rozaba la violencia. Su culo, una fortaleza de proporciones ciclópeas, subía y bajaba con una fuerza devastadora, tragándose la verga del príncipe hasta la base y más allá. Cada sentón era un terremoto, la colisión de aquel par de nalgas masivas contra la pelvis del príncipe resonaba en toda la estancia. Sus tetas, dos esferas gigantescas que desafiaban la gravedad, rebotaban violentamente con cada embestida, golpeando su propio pecho y salpicando gotas de sudor y leche en todas direcciones.

      ¡Aaahhhhhhh siiiiiiiiiii! ¡Aahhhhh préñameeeeeee Darkaaaaaaan! ¡Aaaaayyy llénameeeeeeeeee… llénameeeee con tu semillaaaaaaaaa! — aullaba Yarmila, con la voz rota por el placer y la lujuria.

Sus manos aferraban los hombros del príncipe, sus uñas clavándose en la piel mientras arqueaba la espalda, ofreciendo sus endiabladas tetotas a la boca de su macho. El sonido de su coño húmedo y dilatado succionando y apretando el miembro viril era obscenamente alto, un sonido húmedo constante que se mezclaba con los gemidos y los golpes secos de sus nalgas impactando. Se movía no solo para sentir placer, sino con la determinación biológica de ser fecundada, de sentir aquel deseado chorro caliente inundando sus entrañas.

El príncipe Darkan, lejos de ser una víctima, respondía con embestidas ascendentes que levantaban a la súcubo en el aire. Sus manos amasaban esas nalgas colosales, hundiendo los dedos en la carne suave y abundante, dejando marcas rojas en la piel pálida de Yarmila. Ver cómo la carne de su culo se deformaba y se adaptaba al agarre y al impacto era fascinante y terriblemente excitante. Sentí cómo mi propio coño empezaba a palpitar de nuevo, reaccionando a la escena, lubricando mis muslos con nuevos jugos ante la visión de la vil demonio siendo sometida a través de su insaciable agujero.

Kysara, a mi lado, soltó un gemido bajo y empezó a tocarse, sus dedos buscando su clítoris hinchado entre los labios de su vulva empapada. Yo no pude evitar hacer lo mismo. Observando cómo Yarmila exprimía al príncipe, cómo sus tetas gigantes se sacudían y cómo su culo devoraba esa enorme verga. Observaba hipnotizada cómo las manos del príncipe Darkan se apoderaban de esas nalgas, amasando la carne pálida y suave como si fuera masa de pan cruda. Sus dedos se hundían profundamente, evidenciando la densidad y la riqueza de aquellos hemisferios traseros. De repente, una palmada estruendosa resonó en la habitación. El impacto fue tan brutal que Yarmila arqueó la espalda en un espasmo, ofreciendo aún más sus gigantescas tetas al aire, mientras Darkan redoblaba la apuesta con estocadas que ya no eran humanas, sino arietes de carne diseñados para destruir y conquistar.

Los chillidos de la reina súcubo se volvieron agudos, casi dolorosos, una mezcla obscena de agonía y éxtasis supremo que me helaba la sangre y me calentaba el vientre al mismo tiempo.

      ¡Aaahhhhhhh siiiiiiiiiii! ¡Aahhhhh que ricooooo! ¡Aaaaayyy que rica vergaaaaaaaa…! —aullaba, mientras su cuerpo voluptuoso era sacudido de arriba abajo por la fuerza de los embates.

A mi lado, la maga más temida, poderosa, y deseada de todo Kertagar, había perdido toda compostura. Kysara, con sus propias tetas inmensas colgando y oscilando con su respiración agitada, empezó a masturbarse con desesperación. Yo la imité, y al instante sentí la textura viscosa y tibia del semen que Darkan había dejado en mí hacía apenas unos momentos. Me dedeé con furia, sacando esa leche y volviéndola a meter, lubricando mis pliegues con el recuerdo de su verga, mientras observaba la brutalidad que ocurría en la cama frente a nosotras. El sonido de nuestros dedos chapoteando en nuestros coños encharcados se unió a la sinfonía de gemidos.

Entonces llegó el final, y fue apoteósico.

Vi cómo los músculos de la espalda de Darkan se tensaban como cuerdas de arco y hundía su pelvis contra el culo abierto de Yarmila con una fuerza definitiva, quedándose allí, clavado hasta el fondo. La súcubo soltó un alarido que pareció rasgar su garganta, sus ojos se pusieron en blanco y su cuerpo entero entró en convulsiones. Pude ver, casi sentir, cómo su útero se contraía violentamente alrededor de ese miembro descomunal, exprimiéndolo, mientras el príncipe descargaba chorro tras chorro de mecos hirviendo en sus entrañas. Verla ser preñada de esa manera, ver cómo su vientre parecía hincharse con la carga seminal, fue demasiado para nosotras. Kysara gritó y se corrió, sus nalgas gordas temblando contra el colchón, y yo la seguí un segundo después, estallando en un orgasmo que me dejó ciega y muda, con mis propias tetas chorreando leche y sudor.

El silencio que siguió fue pesado, solo roto por las respiraciones entrecortadas y el olor acre a sexo consumado. Yarmila se derrumbó hacia adelante, cayendo flácida sobre el pecho amplio y sudoroso del príncipe, sus enormes pechos aplastándose contra él, su cabello jade cubriéndolos como una cortina. Se quedaron así, enredados en un abrazo post-coital, y aunque la oscuridad los envolvía, pude escuchar el sonido húmedo de besos tiernos y palabras susurradas, promesas o despedidas que solo pertenecían a ellos dos en ese instante de vulnerabilidad compartida.

Minutos después, la cama crujió y Darkan se puso de pie. Su figura imponente se recortó contra la luz de la luna; su verga, aunque ya no estaba en su máximo esplendor, seguía gruesa y pesada, una morcilla de carne venosa que colgaba semidura, brillando con los fluidos de la súcubo. Se acercó a donde Kysara y yo yacíamos, todavía recuperándonos. No dijo nada al principio, solo se inclinó sobre mí. Sentí sus labios ásperos sobre los míos, un beso profundo que sabía a almizcle y a final. Sus manos grandes agarraron mis tetas, sopesando su peso, apretando la carne blanda con una posesividad que me hizo estremecer, antes de bajar a mis caderas y dar un último apretón a mis nalgas. Luego hizo lo mismo con Kysara, quien recibió sus toques con un gemido roto, dejándose manosear como la perra sumisa que era en ese momento.

Sentí cómo las lágrimas comenzaban a acumularse en mis ojos, calientes y traicioneras. La realidad de la situación me golpeó con crudeza. Con la voz temblorosa, rompí el silencio:

      E… entonces, esta será la última vez que nos veamos…. ¿verdad?

Darkan me miró, sus ojos brillando en la penumbra, y asintió con una gravedad solemne.

      Hicimos una promesa…— contestó con voz ronca—… confío en que todos aquí la cumplamos.

Fue entonces cuando Kysara se rompió.

      ¡¡¡Te amoooooo!!! — gritó, aferrándose a su pierna desnuda, sus grandes tetas aplastándose contra la rodilla del príncipe. — ¡¡¡¡No me dejes, te lo ruego!!! ¡¡¡Hazme tuya para siempre!!!

Darkan se soltó suavemente de su agarre, pero su expresión era de tristeza contenida.

      Kertagar tendrá una gran reina cuando te coronen, Kysara — le dijo, acariciando su mejilla húmeda. — Y mi hermano, a tu lado, será un gran rey. Ese es el destino.

Sin decir más, comenzó a vestirse, cubriendo ese cuerpo que nos había dado tanto placer. Cada prenda que se ponía era un muro que se levantaba entre nosotras y él.

Finalmente, se giró y abandonó la habitación sin mirar atrás, dejándonos con el eco de sus pasos.

Kysara se llevó las manos al rostro y rompió en un llanto desgarrador, su cuerpo voluptuoso sacudido por los sollozos. Me acerqué a ella y la abracé, presionando mis tetas contra las suyas, compartiendo el calor de nuestra carne y nuestra miseria. Yo también lloraba, no solo por él, sino por el final de todo. Mi aventura había terminado. Al amanecer, las sacerdotisas de Ahzara vendrían por mí. Me someterían al ritual, abrirían el portal y yo regresaría a mi mundo gris y aburrido, dejando atrás estas tierras de magia y misterio. La cruzada por derrotar al rey demonio había llegado a su fin, y con ella, la parte más vibrante de mi vida se desvanecía en la oscuridad de esa habitación.

      ¿Así que también te casarás con alguien a quien no amas?

La pregunta de Yarmila cortó el aire espeso de la habitación, cargada aún con el olor a sexo y fluidos corporales. Nos giramos para verla; la súcubo permanecía tumbada boca abajo en el lecho desordenado, con ese culo monumental y pálido elevado en el aire como un trofeo de guerra. Jugueteaba con un mechón de su cabello jade, indiferente a su propia desnudez lasciva, mientras sus tetas enormes se aplastaban contra el colchón, desparramándose hacia los lados como masa de pan leudada.

Kysara reaccionó al instante, su rostro endureciéndose en una máscara de frialdad regia que contrastaba ridículamente con su estado. Se puso de pie de un salto, y al hacerlo, sus propias tetas, pesadas y llenas, rebotaron con violencia, golpeando su tórax con un sonido húmedo. Se secó las lágrimas con el dorso de la mano mientras la brisa nocturna agitaba su cabello dorado y enfriaba la piel sudorosa de sus caderas anchas y fértiles.

      ¡Infiel demonio, todavía no entiendo por qué Darkan te dejó con vida! — escupió con veneno, extendiendo la mano para invocar su largo bastón mágico.

El arma materializó en su agarre, y la visión de ella, desnuda, con ese par de nalgas blancas y redondas tensándose por la ira y empuñando un arma mortal, era una mezcla de peligro y erotismo brutal.

      ¡Nooo Kysara! — grité, interponiéndome entre ambas. Sentí el peso de mis propias carnes sacudirse con el movimiento brusco; mis tetas gordas y pesadas oscilaron sin control, y noté el roce de mis muslos gruesos al dar el paso. —¡Ya no es nuestra enemiga!

La miré a los ojos, tratando de calmarla, aunque mi propia respiración agitada hacía que mi pecho subiera y bajara, exhibiendo mis encantos ante la súcubo que nos observaba divertida.

      Pe-pero Crystal… ¿acaso no la recuerdas encabezar varios ejércitos demoníacos contra nuestros camaradas? — insistió la futura reina, bajando ligeramente el bastón, pero manteniendo la tensión en su cuerpo voluptuoso.

      Fue por ella que vencimos al rey demonio— le recordé, sintiendo cómo el semen seco en mi vientre me tiraba de la piel.

      Y por ti también— intervino Yarmila desde la cama, rodando sobre su espalda. El movimiento hizo que sus tetas gigantescas cayeran hacia los lados por la gravedad, y sus pezones oscuros y largos apuntaran al techo. — ¿O acaso ya olvidaste que el gran Argos Malakar se enamoró de ti? — Sentí un escalofrío recorrer mi espina dorsal. Negué con la cabeza, mis mejillas ardiendo.

      Argos solo me quería para su harem personal, igual que a Kysara— repliqué, tratando de sonar convencida, aunque mi voz tembló. La imagen del hechicero corrompido, con su aura oscura y su poder, invadió mi mente por un segundo.

      Uhmmm… no lo creo— respondió la súcubo con una sonrisa perezosa, estirando una pierna al aire y dejando ver, con total descaro, los labios hinchados de su concha rezumante de semen. — Después de todo, cuando estabas a punto de caer aplastada por esa roca en el desfiladero, decidió protegerte con su propio cuerpo en lugar de contraatacar. Eso le dio la ventana a Kysara para que lo lanzara con un hechizo de vacío al fondo de ese volcán.

Abrí la boca para refutar, pero las palabras se atascaron en mi garganta. Recordé el impacto, la sombra cubriéndome, el calor de su armadura negra… dudé y escondí mi rostro en mi dorado cabello revuelto.

      ¡Ya basta! — gritó Kysara, golpeando el suelo con el bastón, haciendo que sus nalgas temblaran con el impacto. — ¡Eso te lo estás inventando para confundirnos! — Yarmila soltó una risita musical, burlona y cargada de sensualidad.

      Bueno, está bien, crean lo que quieran— dijo, poniéndose en pie con una gracia felina. al levantarse, todo su cuerpo fue un espectáculo de física obscena; ese culo inmenso y gelatinoso se sacudió hipnóticamente, y sus tetas masivas rebotaron arriba y abajo antes de asentarse. — Yo me voy— anunció, caminando hacia su ropa dispersa. — Mi prometido debe estar esperándome.

Mientras se vestía, cubriendo esa carne pecaminosa, le pregunté:

      ¿A qué te referías con lo que dijiste al principio?

Se detuvo un momento, subiéndose las medias por esas piernas carnosas.

      Todos tenemos un papel— explicó, su voz tornándose seria por un instante. — Si queremos que haya paz, debemos cumplir nuestra promesa.

Kysara, bajando la guardia, preguntó con angustia:

      ¡¡¡¡Darkan…!!!! ¡¡¡¿sabes a dónde irá Darkan?!!!

Yarmila suspiró con pesar, y en el brillo inquieto en sus ojos fosforescentes se adivinó una profunda tristeza.

      A Skarlan— respondió al fin, con la voz apenas firme—. Partirá hacia la Gran torre de Sharastar, al norte, cerca al Castillo Negro. Desde allí podrá vigilar las fronteras y proteger al mundo de las amenazas que emerjan de esa fortaleza maldita.

      ¿Y tú? ¿A dónde irás? — le pregunté, sintiendo una extraña solidaridad con la súcubo.

      No tan lejos— respondió, terminando de abrochar su corsé, que empujaba sus tetas hacia arriba hasta casi tocar su barbilla. — A Thasabel. Lord Ilias Verenthil me ha reclamado como esposa.

      ¡¡¡¿Quéeeeeeee?!!! — gritó Kysara, soltando el bastón que cayó con estrépito. — ¡¿Mi… mi padreeee?! ¡¡¡Noooo, noooo, no puede ser!!!

Yarmila se encogió de hombros, haciendo que su escote profundo se ondulara.

      Al parecer, cuando traicioné a Argos en la batalla de Ekeros y le salvé la vida, se enamoró perdidamente de mí— Jugueteó con su cabello. — Está un poco viejo— dijo suspirando. — Y no creo que tenga en los pantalones lo que se necesita para dejarme satisfecha, pero… si con ello puedo salvar a mi gente… lo haré sin dudar. Cumpliré mi palabra.

Miró a Kysara fijamente.

      Igual que tú también lo harás, ¿verdad?

La poderosa maga, desnuda y vulnerable, con sus grandes pechos subiendo y bajando por la angustia, finalmente asintió, derrotada. “Cruel destino”, pensé, sintiendo el peso de la realidad aplastándonos. Las tres suspiramos al mismo tiempo, tres mujeres de cuerpos exuberantes, usadas y destinadas a ser moneda de cambio.

      Y tú, sangre invocada…— dijo Yarmila mirándome — Cuando regreses a tu mundo… ¿hay alguien esperándote? — Sentí un nudo en la garganta.

      Me casaré— respondí, sintiendo mis ojos humedecerse de nuevo. — Igual que ustedes. Solo que no tendré la gloria de proteger un reino, un pueblo, o una ciudad. Volveré solo para no volver jamás. Volveré solo para ser la esposa de un hombre común… mientras la mujer que fui aquí se desvanecerá como una leyenda que jamás será escrita.  

 

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